El otro día bajé a la tienda de informática a por un cable. Se trata de una tienda pequeña donde te atiende un hombre de cuarenta años con la amabilidad desesperada del tendero necesitado de clientes. Salí de allí y los quince minutos ya estaba de vuelta: me había confundido de cable y venía a por el correcto.

Para mi sorpresa, el hombre me ofreció devolverme el dinero del que compré en primer lugar, pese a que ya había roto el envoltorio. Entonces pensé que aquel tendero era en realidad una buena persona y no solo una persona desesperada. Tanto la tienda como él se veían un tanto desastrados, al borde de algo deprimente que sin embargo no terminaba de acabar con ellos.

Un rato más tarde, de vuelta a casa, me miré en un espejo y me di cuenta de que había bajado a la calle con la mitad de la barba sin afeitar. Una hora antes me estaba cortando la barba con una maquinilla eléctrica que se había quedado sin batería a mitad del proceso. Después me había olvidado de que tenía solo media cara afeitada y de esa guisa había comparecido no una, sino dos veces en la tienda de informática.

El hombre de la tienda debía haber sentido lástima de un hombre tan joven y sin embargo ya tan desequilibrado como para aparecer en público con unos viejos pantalones de montaña y barba solo en la mitad del rostro. Aquella tarde, además, también me veía embargado por una angustia relativamente nueva para mí, la angustia de que la vida se ha vuelto demasiado seria.

Me sentía  mal por haber gastado siete euros en un cable que no me servía para nada y no había tenido el valor de devolver a ese hombre por lástima, pero que el hombre había intentado que le devolviera, sin duda por lástima también hacia mí. Se quedara quien se quedara con el cable, el universo no podría equilibrarse en ese asunto, pues yo intuía que si le devolvía el cable a ese hombre es como si me lo estuviera devolviendo a mí mismo.

¿Cuál fue mi solución? pues me hice un ovillo en el sofá y me dispuse a releer el cómic American Splendor.

American Splendor se considera un cómic pionero, el primer cómic autobiográfico donde se nos narra su vida muy corriente. Muñoz Molina ha dicho de él lo siguiente: “en American Splendor las peripecias de la vida de cualquiera alcanzaban esa cualidad de las epifanías de lo cotidiano que buscaron Chéjov o Joyce”.

Yo había tenido una tarde cutre, llena de experiencias cutres y deprimentes, lo que podría situarse en el espectro opuesto de lo que se supone que se ocupa el arte. Sin embargo, yo había acudido a American Splendor, un cómic donde el autor llena páginas y páginas de anécdotas como la que acabo de narrar, para dejarme contagiar por su capacidad para convertir lo mundano, lo cutre, lo rutinario, en algo trascendente a través del arte.

Allí encontré la inspiración para escribir esta pequeña anécdota, y así conjurar su intrascendencia. Y ahora el episodio se ha convertido en algo importante; en algo que mereció ser vivido, pues está siendo contado y me estoy esforzando por que el relato también trascienda para vosotros. Ahí está la magia del arte. Gracias al arte, trascendemos.

Otras actividades similares capaces de obrar esa magia son la exploración, la investigación, la actividad religiosa mística o el amor complejo. Practicar a diario estas actividades o consumir su fruto se trata para mí de una forma de vida aumentada respecto a la de quienes se limitan a sentirse a gusto con la vida. Sin embargo, la trascendencia no está de moda: lo estuvo en la Edad Media, en el Romanticismo. Ahora lo que está de moda es el éxtasis, que es distinto.

Aumentado aquí es un adjetivo escogido cuidadosamente. Porque la vida, sin esa búsqueda, sin la aspiración de colmar unas aspiraciones, me parece menos. Pero cuanto más escribamos, exploremos, amemos de formas complejas y enrevesadas, más vivamos así, más estamos en el mundo, y más mundo estará en nosotros.

(…)

Escribo para desvelar verdades. Me dejo guiar por una intuición que me señala las cosas que deben aclamarse. Deseo, sobre todo, dar a conocer. Para ello, me valgo de la literatura y no de técnicas documentales como el periodismo o la investigación humanística, porque la experiencia humana no puede plasmarse al completo a través de los relatos objetivos. La misión del arte, a mi parecer, es aprehender y difundir esa subjetividad embelleciéndola a través de sus lenguajes.

Yo, además, pertenezco a ese grupo mayoritario de personas a las que les gustan las historias. Lo que más me gusta de ellas es que me permiten vivir más allá de mi mismo, sentir un paso del tiempo diferente al mío.

Los seres humanos tenemos una relación muy concreta con la dimensión temporal del universo. Y nuestra herramienta primordial de cognición, el lenguaje humano, se asienta sobre un sistema verbal, en el que el tiempo es el núcleo de la comunicación. En el principio fue el verbo, podríamos decir.

El cuerpo humano no da puntada sin hilo; escuchar historias es divertido por la misma razón que el sexo es divertido: el cuerpo premia aquellas actividades que nos han ayudado a sobrevivir y prevalecer.

Es mucho más fácil recordar lo que está conectado que lo deslavazado, lo inconexo. Igual que el verso une a través de la sonoridad las partes de un poema, la historia une los hechos, los conecta, es decir, que los colecta y los engarza como las cuentas de un collar.

(…)

Escribo para indagar en mi tiempo. Tengo un enorme apego al presente, y dedico mucho tiempo a pensar en el futuro. Sin embargo, soy incapaz de interesarme en exceso por mi pasado. Yo creo que cada persona tiene una relación específica con el tiempo en función de su vida y sus cualidades.

Yo soy una persona muy desmemoriada. Teresa, mi mujer, que es una persona con muy buena memoria, tiene muy en cuenta su pasado, de manera que este se superpone en su presente. Digamos que su presente es una constante referencia a lo vivido, mientras que yo, en cambio, lo vivo más por sus posibilidades de futuro. Teresa habla mucho de las posibilidades que no fueron (arrepentimiento, dudas sobre las decisiones tomadas). Pero yo rara vez siento arrepentimiento de decisiones lejanas, o nostalgia. Tampoco soy rencoroso, porque olvido con mucha facilidad los agravios, y a la vez soy desconfiado, pues olvido con la misma facilidad el modo en que las cosas y las personas me hicieron feliz.

Y ahí están mis novelas para recordarme todo lo que mereció la pena vivir