Power Point

Os habían sentado en torno a una gran mesa rectangular, frente a una pantalla mural hacia donde un proyector 3M emitía su luz blanca. Os habían apartado de vuestras respectivas tareas, no más de diez personas, todos jóvenes aspirantes, y esperabais en silencio la llegada del Macho de Lomo Plateado, absortos en vuestros equipos portátiles o teléfonos móviles.

El Macho de Lomo Plateado había conocido a El Hombre. Había sido uno de sus más estrechos colaboradores, os dijeron, se contaba entre los pocos que podían llamarle amigo. Colaboró con El Hombre muchos años, desde sus humildes inicios hasta la cumbre de su éxito, y ahora se había retirado y daba conferencias por todo el mundo. Escucharle suponía un raro privilegio, os dijeron, además de un gran desembolso que debíais apreciar en todo su valor, como una apuesta de la entidad por la formación y el crecimiento individual, lo primero en un ente dinámico como aquel. Vosotros, los jóvenes aspirantes, debíais escucharle con la mayor atención.

Llegó unos minutos más tarde de la hora fijada, acompañado por un Cuadro Medio. Dialogaron brevemente en voz baja, mientras le acercaban un sillón ergonómico y el Macho de Lomo Plateado desplegaba en la mesa su tecnología (una Blackberry, un mando a distancia con puntero láser, un ordenador de 2000 euros). Era un macho alto y obeso, te fijaste; su barba y su pelo plateado enmarcaban un rostro orondo, levemente enrojecido en las zonas de más capilaridad, como la nariz y los pómulos. Su ficisidad te pareció imponente; llevaba un traje oscuro de sastre, una buena camisa, una buena corbata, un mejor reloj. Había traído su Blackberry y su ordenador de 2000 euros, y su traje oscuro de sastre, y una corbata de seda, y un reloj que valía más que todo lo que tú tenías en el mundo.

Su sillón tenía un apoya cabezas ajustable, y una serie de palancas para calibrar su inclinación, no como vuestras sillas, cuadradas y normales. Aún así había algo en el sillón que lo hacía sentir incómodo, algo con lo que se sentía a disgusto, creíste entender. El Cuadro Medio se agachó y trató de ajustar las palancas, se arrodilló a los pies del Macho del Lomo Plateado, que la observaba desde las alturas. No llevaba la ropa más adecuada para agacharse el Cuadro Medio, llevaba una falda ajustada, tacones y pantis, y una camisa abierta que dejó ver ampliamente su sostén, que constreñía sus carnes flácidas, trabajadas a base de menús en los diversos locales de los alrededores, enrojecidas por el rozamiento de las gomas. Todos los que estabais allí conocías bien al Cuadro Medio; y también conocía bien a los aspirantes el Cuadro Medio. Se puede decir que tú y el Cuadro Medio os conocías bien, y cada vez te resultaba más difícil fingir respeto en público hacia el Cuadro Medio. Cada vez te resultaba más angustioso fingir ese respeto hacia el Cuadro Medio. Alguien cerró la puerta.

Un sistema, comenzó diciendo el Macho de Lomo Plateado, apretando un botón de su pequeño mando a distancia. El proyector escupió la primera diapositiva de Power Point, con el título de la conferencia. Solo entraba algo de luz por las rendijas de los estores grises que tapaban las ventanas, y alguien había conectado el aire acondicionado, hacía frío. La voz del Macho de Lomo Plateado sonaba grave, trabajada por los malos hábitos y el sobrepeso, mientras el Power Point dibujaba sus palabras con gráficos, mapas conceptuales, diagramas, conceptos llave. Un sistema es lo que hace falta para comprender a El Hombre y el universo que logramos construir, prosiguió.

Tú estabas más cerca suyo que nadie, y vuestras miradas se cruzaban regularmente. Teníais similar estatura aunque él era mucho más corpulento, y ambos habíais adoptado la misma postura, con las espaldas reclinadas y las piernas estiradas y cruzadas. Habló de la filosofía de El Hombre, de las estrategias de El Hombre, del espíritu creativo de El Hombre, de la feroz competitividad de El Hombre, del ejemplo de El Hombre entre sus semejantes. Cada vez que te miraba creíste observar cómo arqueaba levísimamente la comisura de los labios, en algo remotamente interpretable como una sonrisa. El habría ganado peso con los años y los problemas de salud, claro, en aquellos otros tiempos debía ser imponente.

Y en un momento dado, el Macho de Lomo Plateado dejó de hablar. Bajó la cabeza y apoyó los brazos encima de la mesa. Tomo el botellín de agua mineral y lo vació de un trago. Finalmente, dijo, hay matrimonios por amor y hay otro tipo de matrimonios. El mío con El Hombre ha durado más de cuarenta años. No todos los matrimonios terminan bien, otros sí. Él con su mujer –subrayó acariciando su anillo- se llevaba divinamente.

Nadie podía conocer mejor a El Hombre, os dijo, después de cuarenta años, ni siquiera su propia familia, cuya relación se había roto hacía años y era el Macho de Lomo Plateado, y no El Hombre, quien solía visitarlos cuando iba a Madrid. ¿Sabéis por qué? Se preguntó. Porque hay secretos que o se comparten o acaban por destruirte, concluyó.

Por eso iba a dar datos inéditos, datos de su biografía desconocidos hasta ahora. Alguno de tus compañeros hizo el ademán de tomar un bolígrafo, y tú también lo cogiste, escribiste algo sin sentido en una hoja en blanco en la que no volviste a escribir más. El Macho de Lomo Plateado habló del transcurso de los años, del distanciamiento, de la pérdida de valores. De vez en cuando escuchabas como el Cuadro Medio se revolvía en su asiento, mirando de cuando en cuando a los jóvenes aspirantes como se mira a los testigos mudos de un delito. Siguió hablando de inestabilidad, de dosis casi letales de sedantes, de relaciones tormentosas con la madre, y mientras apretaba mecánicamente el mando a distancia y la presentación Power Point iba saltando de consignas para el éxito a cronologías de los grandes logros, de frases célebres a mapas conceptuales sobre sus deslumbrantes proyectos. Habló de la falsedad del origen humilde del Hombre, y de sus mentiras sobre las penurias que pasó en la guerra, y de su invención del pasado heroico de su padre como militar. Habló de cómo había presionado a políticos, importantes funcionarios e incluso a algún presidente para recibir condecoraciones y premios del más alto nivel; medallas, estatuillas y latones, os dijo, que llegaron a obsesionarle más que su propia vida.

Por qué no hacemos un descanso, interrumpió el Cuadro Medio, un descansillo y volvemos en veinte minutos para continuar la sesión que, no sé ha vosotros, pero a mí me está pareciendo interesantísima, dijo, levantándose y enciendo las luces, y entonces tú, joven aspirante, te levantas muy deprisa y sales de la sala, del salón, del seminario, sin mirar a nadie y sin esperar a nadie.

¿Qué te ha pasado, joven aspirante? Hacía mucho frío en la sala, en el salón, en el seminario y saliste a toda velocidad. Todos necesitamos un descanso, advirtió el Cuadro Medio, veinte minutos y volvemos. Tú saliste pitando de allí, no querías retardarte, no querías pasear al mismo ritmo que el Cuadro Medio y los demás aspirantes de camino a la cafetería, como sin duda irían todos juntos, no querías ir avanzando por el pasillo lentamente con ellos, y mucho menos con el Macho de Lomo Plateado, quien os acompañaría a la cafetería, seguro. Necesitabas dejar de oír esa voz penetrante, y pensar en algo que no fueran las diapositivas de Power Point, sucediéndose lenta y regularmente.

Pensar en tus cosas, en tus cosas. Intentar recordar uno solo de tus temas. Ya en la cafetería, pediste un Red Bull y dos Donut de chocolate con cream e intentaste recordar uno solo de esos jodidos temas tuyos. Los camareros, por ejemplo, con su pantalón negro y la camisa blanca de mangas cortas. Cambiaban a menudo os camareros. Camareros de toda la vida, jóvenes/viejos, cubiertos por una pátina de grasa de los extractores de las cocinas, ajados y relucientes por la mierda, y su mierda de jornada laboral, su mierda de sueldo, su mierda de transporte.

Viste, por encima del hombro, como la comitiva del seminario aterrizaba en el otro extremo de la cafetería. Les diste la espalda. ¿No trabajas en equipo? ¿Vas sólo? ¿Eres uno de esos, uno de esos solitarios, uno de esos inadaptados, uno de esos que creen QUE AÚN PUEDEN IR SOLOS A PEDIR A LA BARRA DEL BAR, Y NO ESPERAR A SUS COMPAÑEROS, Y NO ESPERAR AL CUADRO MEDIO NI AL PONENTE, IR SOLOS, SOLOS, MARCHARSE SIN LOS DEMÁS, A SOLAS. Entonces el Macho de Lomo Plateado, para tu sorpresa, se desligó del grupo y se dirigió directamente hacia ti.

Ordenó al camarero que trajera su café con leche, abandonado al otro extremo de la barra. Le dijo que lo trajera hasta donde tú estabas, hasta dónde te habías ido para no estar con ellos, para olvidar su voz, e intentar pensar en uno de tus temas. Teníais una altura similar, aunque él era más imponente. Sus gruesas manos acariciaron un paquete de Begdson and Edges que se transparentaba dentro del bolsillo de su camisa. En todo el edificio, ni siquiera a alguien como el Macho de Lomo Plateado se le permitía fumar.

Yo he tenido mucha suerte en la vida, a mí me ha ido bien de verdad, dijo. Joven aspirante, tú le mirabas, preguntándote si debías dejar de comer tu Donut de chocolate con cream o seguir comiendo. No sabías si mirarle directamente, ni cómo poner las manos, si sostener el bote de Red Bull o dejarlo en la barra. Tienes que irte de aquí, dijo, aquí no saben qué hacer con gente como tú, no lograrás nada. Tú respondiste algo que interesó muy poco al Macho de Lomo Plateado. Cuando yo tenía tu edad, siguió, esto era el tercer mundo, y aún sigue siéndolo, pero entonces todos andábamos advertidos, no como ahora. Por eso hay que irse cuanto antes, lo más lejos posible, y no volver jamás. Mi mujer, prosiguió, se ha trastornado desde que hemos vuelto, y eso que ella es extranjera, y ni siquiera percibe muchas de las cosas que a nosotros nos enloquecen y nos inducen al suicidio o a algo muchísimo peor. Tú dijiste algo. Él fingió no haberlo oído.

Todo es estrategia, prosiguió, y no hay una sola cosa que haya hecho en mi vida que no haya sido, exclusivamente, para mi riguroso y estricto beneficio personal. Y todos los que ves aquí buscan única y exclusivamente su beneficio personal, disfrazándolo de miles de millones de formas imaginables. Porque todo es un tablero de juego, y tú dijiste sí, todo son movimientos. Y el Macho de Lomo Plateado dijo, ni una sola vez El Hombre o yo creímos en una empresa más de lo que creímos en el dinero que íbamos a ganar. Porque el hombre y amábamos el dinero más que cualquier otra cosa, incluidas nuestras familias, y prueba de ello es que El Hombre rompió todos los contactos con su familia, y ahora soy yo, que me he retirado, quien visita a sus familiares cuando voy a Madrid. Y ahora me tienen dando estas charlas cuando yo lo único que quiero es jubilarme de una puta vez e irme a Londres a vivir con mi mujer y mi hija, y de ahí que monte estos numeritos en las charlas, por si deciden a soltarme los cojones.

La Cuadro Medio se os acerca. Quiere que volváis al seminario, a la sala de juntas, al salón de conferencias, a la presentación de Power Point. Tiene una risa nerviosa.

En la sala hace mucho frío, y los jóvenes aspirantes no os quitáis las cazadoras. La sesión se alarga y ahora solo se oye la voz del Macho de Lomo plateado, que divaga sobre las zonas oscuras de su pasado con El Hombre. Habla de mañanas en París, de tardes en Nueva York, de noches en Madrid, perdidas en la neblina del tiempo. Evoca encuentros al más alto nivel y se pregunta por el destino de todos esos nombres propios, personas relevantes en los 70 y los 80. ¡Hay que ver cómo ha desaparecido este hombre! Exclama, refiriéndose a este y al otro, todos gente muy poderosa que se comió la tierra y ahora solo son fantasmas en el recuerdo, fantasmas encorbatados, evaporados tras perder su poder ejecutivo. Tú sientes cada vez más frío, y cuando finalmente termina la sesión te marchas corriendo de la sala. En el garaje espera tu Honda CB plateada. Sales jodidamente bufado por la circunvalación. En el espejo retrovisor observas tu cabeza, cubierta por el casco negro, y las luces del subterráneo luciendo raudas en su superficie reflectante. Has aprendido a comprender cada vibración del motor que trabaja debajo de tus piernas, y a cada cambio de marchas tu cuerpo se estremece. Te diriges a un local de copas, te diriges a casa de tu camello, te diriges a una partida de poker, te diriges a un Karaoke que abre hasta las 12 de la mañana. En cada sitio, antes y después, pides más. Todos los que te rodean también son fantasmas que se desvanecen, como las cosas que tocas y se vuelven humo mientras el tiempo se precipita, y tú también te precipitas dentro del tiempo, gritando muy alto, cada vez más dolorido.

Imágenes

Dan Burn-Forti. Frankenstein. 2002.

Peter Meade. A life more ordinary. 2007.


Esta entrada fue publicada el 28/05/2008 a las 9:40 am. Se guardó como literatura, Relatos y etiquetado como , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: