Superego

(escrito en junio de 2008)

superego1

Hoy se ha presentado mi primer libro. Lo edita una editorial institucional como no puede ser de otra manera. Pensé que no me iba afectar, apenas he pensado en el asunto poco o nada, ni siquiera los últimos días. Luego he llegado media hora antes al acto y de pronto lo he visto allí. Lo he cogido y ha sido una experiencia aluciante. Tenía calidad de impresión que solo tienen los libros de editorial, la cálidad del papel y la encuadernación, ciertamente parece mejor libro de lo que en realidad es.

Me he acordado de Jorge Carrión, cuando me hablaba de su apego a los libros. Ahora yo he pensado que nunca he querido tener un hijo, igual que Chendler, y ahora que lo tenía, igual que Chendler, imaginé que lo amaría siempre, siempre. Ahora quiero libros, libros, masas forestales enteras reconvertidas al soporte de MI PALABRA. Luego he llamado a mi amiga Catalina y hablando con ella he caído en que en el libro que tenía entre manos, en el libro que acababa de coger, en su portada, a mi apellido le faltaba una letra. En vez de poner Miguel Iglesias Ortiz, ponía Miguel Iglesia Ortiz. O sea, que mi nombre estaba mal. Sueño con este momento desde que vi un anuncio de coches en el que, entre otras escenas de idilio y éxito en la madurez, un padre de familia abría una caja llena de libros ante su familia. Ese es el fotograma que tengo grabado a fuego, y desde ese momento, siempre que me he imaginado recogiendo mi primer libro me he imaginado en el salón de un chalet con parquet, rodeado de gente rubia, esposa y niña corriendo hacia una caja en medio del salón, llena a rebosar de gruesos volúmenes en cartorné.

El sueño como el anuncio era perfecto, por eso era un sueño. Los sueños son así, están hechos a medida de nuestros deseos. Pero aquel libro ya anunciaba lo real desde la portada, desde la segunda palabra: Miguel Iglesia Ortiz. Ya anunciaba la imperfección de lo real, y precisamente, la imperfección anunciaba lo real, la imperfección anunciaba que me estaba pasando realmente. Yo creo que Superego, mi libro publicado, va un poco de eso. Superego fracasa en el mundo porque no acepta la imperfección. Creo que ni siquiera al final de la obra llega a algo, fracasa ante sus inconclusiones.

Esto lo iba pensado sentado en la primera fila del Hospital Real, un imponente edificio de la Universidad de Granada reconvertido a espacio de exposiciones y actos oficiales. En la gran cruzeta de planta catedralicia dispusieron las sillas en forma de cruz mirando a la mesa presidencial donde la Secretaria general de no sé qué iba leyendo una lista interminable de nombres, y los aludidos se acercaban a recoger el premio, y así hasta cuarenta veces, aproximadamente. (Yo ya me lo sabía porque el año pasado me tocó a mí, este año daban el libro a los ganadores de la edición anterior). Una chica de protocolo me había adiestrado bien, y cuando el rector dijo mi nombre, me levanté y me acerqué al micro. Se supone que tenía que leer. El rector dijo va a leer Patatín.

Lo siento no voy a leer, dije yo, incomprensiblemente, porque si escribo teatro es por no haber superado la frustración de ser tan mal actor. Luego conté lo que se me pasó por la cabeza. Concluí diciendo que el arte que me importa es el que está casado con la imperfección. La sala estaba ocupada por un setenta por ciento de estudiantes de Bellas Artes, que aplaudieron a rabiar. No puedo decir que no lo tuviera en cuenta, y (joder, a veces me sorprendo a mí mismo) que no lo hubiera ponderado antes de echar el discursito, que, por supuesto, caló mucho. Joder, normal. ¿Quién mejor aprecia las imperfecciones que un artista tan imperfecto como son la mayoría de los estudiantes de Bellas Artes? Pues ahí nos parecemos muchachos, va por vosotros.

Cuando volví a mi asiento, la señora retomo la retahíla y yo volvía a mi perfecta ensoñación. Tenía entre mis manos Superego, y hasta parecía un buen libro. No saldrá ninguna reseña, pensé, no tendrá distribución. Lo leerán mis amigos, mis conocidos. Lo juzgarán por lo que es, un libro, cuando no es un libro, es el reverso de una caja de cereales, es un capítulo de los golfos apandadores, es, como mucho, una trama digna de Matt Groeggin si el sueño de Matt Groegin hubiera sido ser pedante. Pero ahora ya es un libro, ya no tiene remedio. Iba solo, así que a la hora del canapé he apretado un par de manos y le he ido a preguntarle a Maria José (la directora de no sé qué) donde estaban mis libros. Al otro lado de la calle, me ha respondido, coge cincuenta, los demás los distribuimos nosotros.

He llegado a la secretaria y allí me han llevado a una salita llena de enormes bolsas de plástico. -Me ha dicho Maria José que me los des todos.

¿Los cien?

-Exacto.

En Granada hace calor ahora. Para llegar a mi casa tenía que atravesar un parque. Iba sudando, con dos bolsas con cincuenta libros cada una en cada mano (el libro tiene 80 páginas, no se vayan a pensar). Hacia mucho calor, los libros pesaban demasiado y mi casa estaba demasiado lejos, o quizás es que no se puede hacer otra cosa cuando uno va por la calle con dos bolsas de plástico llenas de cien libros, así que me he puesto a buscar potenciales lectores. Primero he visto a una familia de jais con bebé. Nada. Luego he visto a tres yonquis. Uno de ellos silbaba, mientras otra le afeitaba la cara primorosamente a otro con una maquinilla desechable, que mojaba de vez en cuando en un riachuelo artificial que cae por las losas para refrescar. Finalmente he visto a cinco jovencitas yanquis leyendo a la sombra, me he acercado. He tardado bastante en hacerles entender lo que quería, y creo que cuando me he ido ni siquiera sabían que coño había pasado. Mierda puta, por qué coño no los repartí entre los yonquis. De camino a mi casa he ido regalando. Todo el mundo me decía que no al pricicipio, hasta que les decía que es gratis y entonces me pedían dos o tres. Gente que no se los va a leer en la vida, gente que lo usará para adornar una estantería, y con mucha suerte como posavasos, o para que el niño pequeño dibuje con los carioca pollas y B52 tirando bombas, que es lo único que dibujan los niños pequeños. Finalmente acabarán cerca de las cajas de cereales, el libro como objeto triunfará. He llegado a mi casa, Tere no está. Escribo esto mientras la espero. Mi casa tiene parquet. El sol entra por la ventana. Teresa es rubia, no tenemos hijos. Joder, que bueno. Me está pasando.

Por cierto, si alguien quiere el libro, se lo regalo.

Esta entrada se publicó el 17/11/2008 en 7:44 pm y se archivó dentro de literatura. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

3 pensamientos en “Superego

  1. Ibrahím B. en dijo:

    El título me encanta, ya te diré por qué. ¿Me lo puedes mandar al mail en .pdf?

    Un abrazo,

  2. Espigado en dijo:

    Ibrahím! Claro que te lo mando, lo único que tengo que descargar un programilla para hacer PDF, esta semana lo hago. Además, quiero colgarlo en el blog. Ahora la obra le pertenece a la universidad de granada, pero dado que les robé todos los ejemplares y no he recibido queja alguna, dudo que les importe. En cuanto esté colgado aquí te mando un mensaje, encantado de que la leas, un abrazo.

  3. Aztek en dijo:

    Matt Groeggin? Matt Groegin?….

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