El autor sin nación

La literatura nacional: verdad y mercadologo-quimera

Renunciar a la literatura como hecho histórico y nacional armoniza bien con el sentido común de un habitante informado del siglo XXI. No en vano en las últimas décadas hemos aprendido a desconfiar de las viejas categorías de conocimiento, heredadas de un mundo radicalmente distinto al nuestro. Por eso en el presente globalizado nos resulta complicado seguir participando con el mismo entusiasmo en la cosmovisión inaugurada por el alumbramiento de los estados nacionales, sobre todo cuando el mismo concepto de nación se halla sumido en un perpetuo estado de crisis. La propia literatura nacional lleva tantos años cuestionada que hace casi dos décadas que las teorías anti-historicistas proclamaron su fin, y otras recientes aportaciones no han hecho sino añadir nuevos argumentos para la crítica. Pero desgraciadamente las nuevas ideas suelen chocar con los viejos intereses. Y ya se sabe quién gana.

Ni trabajos como los de José Carlos Mainer o Linda Hutcheon, ni antologías recientes como la de Dolores Romero López, ni polémicas tan fructíferas como las mantenidas en universidades francesas y anglosajonas durante los últimos cuarenta años bastan para hacer tambalear un templo tan bien apuntalado por el pacto social. Un puñado de pensadores no alcanzan para oponerse al contrato atávico entre poder y cultura, que tan fructífero ha resultado para la transferencia de legitimidad a cambio de promoción. Sobre todo cuando la sociedad en pleno ha sido adoctrinada desde su infancia con programas educativos que limitan el estudio del arte a elementos que contribuyen a la formación de una identidad patriótica. Así seguimos proclamando regularmente a los campeones nacionales, que luego han de competir a nivel internacional, y conquistar el Nobel, el Príncipe de Asturias, o cualquier otro premio consensuado según soplen los vientos de la política. El afán proclamador, propio de contraportadas (uno de los mejores escritores de nuestro país, un narrador capital en la literatura del siglo XX) sirve a los editores para popularizar una visión de la literatura como un combate por el prestigio nacional. Y constituye una estrategia esencial para muchos centros universitarios, que ganan presencia e influencia gracias al encumbramiento (congresos, conferencias, cursos, publicaciones) de sus figuras locales. Mientras tanto, el Estado abre sucursales del Instituto Cervantes por todo el mundo, en base a la exportación más patria que existe: el idioma. Allí se representa la simbiosis perfecta entre nación y cultura. La proyección a nivel internacional del agente cultural revierte directamente en la promoción de la propia idea de España, un país en constante promoción de su imagen. Los beneficios son innegables.

Imbricada en el complejo entramado de abstracciones que conforman “la literatura nacional” se encuentra una incontestable verdad de mercado que llamaremos sin más “panorama nacional”. Así se puede aludir al estado real y actualizado de la literatura en España. Desde un punto de vista teórico, podemos cuestionar la verdad objetiva de una literatura nacional, poniendo en duda si las relaciones intrínsecas entre obras conforman un conjunto de rasgos lo suficiente exclusivos e identitarios como para tenerla en cuenta como conjunto. Pero no podemos negar la existencia verídica de un mercado editorial español, como no podemos cuestionar la naturaleza capitalista de nuestra sociedad, ni la fragmentación en estados de la economía mundial. Desde esa perspectiva, una alternativa a las formas tradicionales de historia de la literatura nacional (periodizaciones, movimientos estéticos, influencias) comienza a ser la descripción de la compleja dinámica de fuerzas del magma nacional editorial-fundacional-institucional-mediático-público; una labor que a día de hoy puede llegar a generar más interés en los suplementos culturales y blogs literarios que la vieja Historia.

Al contrario que la literatura nacional, el panorama nacional no se configura tanto en base a una ideología o un método, sino a través de las leyes del mercado. Cuando reconocemos a las librerías, los media culturales y los catálogos de venta por Internet como los espacios de escenificación de la literatura real, observamos que por encima de las demás posibilidades hoy prima la concepción del libro como producto. Entra en juego entonces la ley más sagrada del liberalismo económico: la libre competencia sin discriminación de origen. Nuestra experiencia como consumidores nos arroja una y otra vez una miríada de referencias en cambiante desorden, en contraste con la visión reglada de las ciencias del conocimiento. Contra la versión discursiva de la literatura nacional, necesariamente excluyente, vertical y jerárquica, la realidad materialista de la literatura se pretende expansiva, horizontal, tendente a eliminar jerarquías para aproximarse a esa libre competencia obligada. Si aparece otra desigualdad generada por los recursos de marketing (por ejemplo, el afán proclamador), al cabo hay que asegurar que el sistema liberal funciona. De ahí surge la paradoja; por un lado, la estrategia de ventas llama a la cooperación con la Institución en su adoctrinamiento ideológico; por otro, el libre mercado obliga a la inclusión indiscriminada de todos los productos, en régimen jurídico de igualdad, sin proteccionismos rampantes. Además, lo último es difícil si queremos cumplir con el programa acumulativo que exige un sector como el literario. El consumo de libros, configurado como un coleccionismo ad infinitum, obliga a la generación ininterrumpida de la mayor diversidad posible.

El panorama nacional no hace sino afirmarse en esa condición de indiscriminado magma de publicaciones de cualquier origen, y el cisma entre realidad literaria y el concepto de la “literatura nacional” sigue aumentando cada día. La diferencia efectiva entre escritores hispano-hablantes o escritores traducidos, escritores españoles o escritores extranjeros, se disuelve como hecho en la amalgama caótica de las librerías, y en las convivencias arbitrarias de las novedades en los medios críticos y publicitarios. Los escritores españoles forman en realidad una parte indistinguible del continuum de literatura editada en castellano y distribuida en España, gracias en buena medida a la generalización de la obra traducida. Y solo a través de constructos críticos pueden destilarse posteriormente un puñado de nombres patrios para continuar con la vieja Historia.
Los nuevos narradores

Según datos del 2006, en España se publican 77000 libros al año, de los que 60000 son novedades y el resto reimpresiones, en un flujo constante que solo constituye el último sedimento de los atiborrados anaqueles de la oferta editorial. Sin publicidad ni foco mediático, un nuevo libro conoce hoy la misma notoriedad que un anónimo recién llegado a una ciudad de provincias, lo que legitima la necesidad constante de generar noticias que atraigan al ojo público. En el peor de los casos, la crítica se adhiere a los eventos intelectuales que la industria solicita. Pero hay ocasiones en las que las convicciones sinceras de la crítica coinciden estratégicamente con las necesidades promocionales que se presentan. De esta simbiosis entre necesidad y una crítica íntegra ha surgido de un tiempo a esta parte lo que llamamos los “nuevos narradores”: una designación concreta para autores españoles relativamente nuevos, relativamente jóvenes, relativamente poco conocidos, nacidos todos en las postrimerías del franquismo.

Lo mejor es prescindir de cualquier lista, pero muchos de ellos participaron en el NEO3 o el Atlas Literario Español, ambos encuentros celebrados en 2007, que lograron cierto revuelo mediático y una fructífera polémica en diversos foros como el blog de Vicente Luís Mora. Algunos aprovecharon entonces (otros lo hicieron después) para posicionarse acerca del reciente discurso crítico. Si hubo una opinión generalizada fue la oposición a un artículo publicado por Nuria Azancot en El Cultural, donde la periodista nominaba “Generación Nocilla” a un grupo específico de estos nuevos narradores, inaugurando así una nueva realidad a través de la creación de un nuevo nombre. Los autores dejaron entonces claro su rechazo a formulaciones caducas de la historiografía como “generación literaria”, aunque se reconocieron sus posibilidades promocionales. Muchas de las confusiones que se volcaron en esos días contra ellos surgieron de confundir su reivindicación legítima de querer ser valorados en el “panorama nacional”, con la pretensión (atribuida) de intentar escribir el próximo capítulo de la “literatura nacional”. Desde entonces se han esforzado por aclarar que no existe la influencia recíproca entre ellos, como tampoco se deben a una tradición común, ni mucho menos a una tradición literaria española.

Milo Krmpotic, interrogado en el citado blog por las similitudes de su obra con sus modelos y maestros, declaraba “a veces todo. En ocasiones nada. Quizás (…) se debería aclarar que cambiamos de una obra a otra. ¿Cómo parecerse a otros si no quiere uno parecerse demasiado a sí mismo?”. Jorge Carrión negaba cualquier pertenencia a un círculo cerrado, subrayando “mi búsqueda me ha llevado a una comunidad personal integrada por personas de Argentina, México o los Estados Unidos, además de españoles”. En un artículo de El País, Elvira Navarro citaba como referencias personales a Stendhal, Dostoievski, Chéjov, Cortázar, Lispector, Ray Bradbury, Conrad, Kafka, Henry James, Carver, Bolaño, Faulkner y Duras; Menéndez Salmón citaba a Kafka, Broch, Musil, Schulz, Gombrowicz, Dostoievski; Julián Rodríguez a Pavese, Beckett, Ginzburg, Onetti, Rhys, Duras, Camus, Sciascia, Faulkner, Saer; Javier Calvo a Austen, Dickens, Crowley, Mary Poppins, el Doctor Who, Winterbottom, Bolaño, Fresán, Los Soprano… En el mismo artículo, se nos decía que dichos escritores “no tienen nada en común. Sus influencias son distintas, lo es su manera de escribir, la longitud de sus obras y el estilo con que se manejan.” Son estos algunos ejemplos de los muchos que confirman la radical autonomía sincrónica (entre ellos) y diacrónica (con la historia), volviendo inane para la Teoría el empeño de relacionar sus nombres.

Pero existen otras motivaciones que dan vida al constructo “nuevos narradores”, al margen de las afinidades estéticas. En la lucha por ganar la relevancia merecida dentro de esta ciudad de provincias que llamamos panorama nacional, se revela fundamental una cooperación colectiva para bregar con los grupos de presión consolidados. Son muchos los juegos de interés que se esconden al otro lado del telón, mientras la función “artística” se sigue representando. Y por eso se justifica la actitud beligerante de los recién llegados, enfrentados a un situación especialmente difícil en el caso español. Mientras en otros países como EEUU el sistema lleva décadas cuestionado gracias a la crítica reivindicativa de las minorías políticas, nuestro panorama nacional no ha conocido más oposición en bloque que la presión de los autores marginales. Son ellos los primeros que han de enfrentarse a opiniones tan selváticas como las mantenidas por Harold Bloom para expulsar a las minorías de los temarios de literatura estadounidense. Las delaciones del crítico de Yale hacia feministas y poscolonialistas, y las opiniones de sus homólogos españoles respecto a los nuevos escritores, se parecen demasiado como para no denotar algo: todos son acusados de querer suplantar a los genios, a través del victimismo.

Alguien dijo no hace mucho: “los jóvenes son los pobres del siglo XXI”. En nuestra actual sociedad del bienestar, la inversión de la pirámide poblacional ha convertido a las nuevas generaciones en una minoría enfrentada a la gerontocracia que domina el establishment. El panorama nacional se nos muestra como otro espacio de escenificación de esta pugna social, donde la reivindicación estética por parte de los “nuevos narradores” implica un deseo de transformar la obsoleta cosmovisión heredada. El fenómeno parece análogo al de las interferencias de las minorías políticas en otros países, y lamentablemente también implica algunas de sus contrapartidas. Jay y Hutcheon ya advierten sobre el consistente atractivo de la proyección linear utópica (hacia el futuro) de la literatura nacional, que crea continuidad y confiere legitimidad a los grupos marginales. Y Chow muestra cómo los nuevos historiadores literarios de las minorías pueden acabar reafirmando “nociones esencialistas sobre la cultura y la historia; nociones conservadoras sobre el territorio y el decoro lingüístico, y la alteridad que sigue en ellas”. Por todo ello, podríamos acabar traicionando la interpretación de la nueva literatura si recurrimos al viejo sistema de periodizaciones y movimientos estéticos de alcance nacional, perpetuando esquemas de pensamiento propios de la cosmovisión que precisamente la nueva literatura viene a derribar.


El autor sin nación

Hay una lógica histórica que establece la época y el origen como las señas cruciales de la identidad de una persona. No por nada la mínima expresión de una biografía cabe en un paréntesis (Salamanca, 1981) en el que creemos poder atrapar las dos coordenadas esenciales de la vida. En el caso de artistas, escritores y otras figuras públicas, la patria (gorda o chica) se adhiere como un segundo apellido que incluso llega a suplantar al nombre propio a través de la paráfrasis: Vila-Matas se convierte en el escritor catalán y Günter Grass en el novelista alemán. Se provoca así en el discurso una transferencia recíproca de rasgos identitarios, donde se personifica a la colectividad y se colectiviza al individuo; una operación satisfactoria siempre y cuando el escritor milite creativamente como continuador de la identidad local. Pero muy a menudo surgen autores cuyas trayectorias vitales, decisiones creativas, convicciones políticas y resultados artísticos, niegan cualquier posibilidad de transferencia identitaria con la comunidad.

El siglo XXI ha traído al desarrollo poderosas herramientas para colmar las ansias individualistas que el hombre-masa ha ido acumulando a lo largo de la edad moderna. Aún sujetos a poderosas fuerzas que escapan a nuestro control, nunca antes habíamos sido más libres para customizar nuestra experiencia humana, hasta tal punto que hoy la aceptación social del común depende en gran medida de lograr una apariencia de autenticidad, mientras antes el colectivo condenaba a quienes no guardaban “las apariencias” (de gregarismo). Una de las canalizaciones más afortunadas de esta nueva necesidad humana y social está siendo protagonizada por el consumidor convertido en diseñador de su propia cultura. La sociedad global, lejos de igualarnos “globalmente”, nos permite el acceso absoluto a la diferencia. Y mientras la materia concreta desaparece bajo nuestros pies, nos imbuimos cada vez más en una burbuja cultural donde cada cual es su propio demiurgo. Nuestros accesos a la hiperrealidad -cuyas honduras explora con perspectiva el Pangea de Vicente Luís Mora- aumentan hasta formar un telón de estímulos artificiales que eclipsa la experiencia sensible. Y consciente o inconscientemente, nos emancipamos de la identidad de origen que nos ha sido dada.

El nuevo escritor -como consumidor de cultura altamente sofisticado- también vive esa experiencia de deslocalización, como puede reconocerse en la obra de muchos de los “nuevos narradores”. Por algo son la primera generación que se ha hecho adulta en la vigente etapa democrática. Si aceptamos el fin del franquismo también como el fin del Antiguo Régimen, entenderemos hasta qué punto la desaparición del determinismo social también significó el acabamiento de un determinismo cultural en nuestro país. La guadaña doctrinaria del Nacional Catolicismo limitó durante décadas la cultura a un escueto corpus, y el mítico contrabando fronterizo de los libros de Ruedo Ibérico no viene sino a ejemplificar la politización cultural que impregnó todo el periodo. Pero hoy España, por muchas rémoras que haya que lamentar, pertenece un mundo globalizado, y las nuevas tecnologías y los canales de venta y distribución han puesto a nuestra disposición una constelación casi infinita de producción cultural. Cada escritor de nuevo cuño se convierte en un nodo atravesado por decenas de miles de referencias de orígenes tan diversos que hacen ridículo cualquier intento de encorsetarlos en una cosmovisión nacionalista. Al igual que la cultura que consumen, pertenecen a todos los sitios antes que pertenecer a ninguno. Y su valía como escritores dependerá en gran medida de su capacidad para guiarse -y guiarnos- por ese magma ubicuo de manifestaciones.

Este acceso total a la vastedad del programa cultural contemporáneo ha provocado una crisis definitiva de la concepción localista de la cultura, aunque una maraña de intereses pragmáticos llame al inmovilismo ideológico. No se debería permitir que una vez más el discurso institucional secuestre el sentido de la nueva literatura que hoy emerge en el panorama nacional. Los “nuevos narradores”, como ha lamentado Antonio Gil, constituyen el material indispensable para escribir el próximo capítulo de la literatura española. Pero también podrían marcar precisamente la interrupción de esa historia. Desde el punto de vista cultural, quizás vivamos en un tiempo sin nación. Y los autores, lejos de identificarse con la identidad de un pueblo, hayan diluido su personalidad literaria en la multiplicidad de identidades ofrecidas por la globalización cultural. Tras el fin de la Historia proclamado por Fukuyama, emerge una generación vivencialmente apartada de los grandes dramas aunque informada de todos ellos. Los nuevos escritores no han sufrido experiencias traumáticas como las que antaño movilizaron a otros a profundizar sobre su contexto nacional. Libres de la llamada al deber con la Historia, su expresión se ha individualizado, al margen de una zona concreta de realidad.
Weltliteratur

Desde hace tiempo una nueva mentalidad crítica se está imponiendo en los círculos “no corrompidos”, que diría José Luís Brea. Fruto de la preocupación por ampliar el paradigma surgen propuestas como sustituir la tradicional “literatura nacional” por una concepción lingüística como “literatura en castellano”. Quizás se sobreentiende que la idiosincrasia implícita en una misma lengua denota la diferencia cultural más significativa, como antaño se pensó del origen nacional. O bien se cree en la necesidad de parcelar el campo de acción para poder abarcar su estudio, aunque se reconozca que el criterio de lengua también recrea una selección artificial. Y acaso se perpetúa la máxima filológica que sentencia que el auténtico sentido de la obra solo es accesible en su lengua original, ignorando así la obra traducida. Contra estos respetables preceptos, surge la posibilidad de comprender de otra manera las propuestas narrativas del siglo XXI. Si abandonamos de forma definitiva la pretensión positivista de crear una taxonomía de las obras literarias, quizás nos ahorremos la necesidad de tener que inventar acotaciones cientificistas como la “literatura en castellano”, cuya cohesión identitaria resulta tan dudosa como la que se supone a la literatura de cada país.

Goethe ya soñó hace dos siglos con una weltliteratur que liberara nuestra razón del aprisionamiento nacionalista. Gracias a la formulación moderna de su visión de la traducción como diálogo y apertura, hoy podemos obviar cualquier asimetría entre la literatura nacional y la literatura traducida. En el magma dinámico de nuestro panorama, no deberían existir prejuicios entre ambas, como tampoco existen en las librerías de los nuevos escritores, que han globalizado su experiencia y hoy acceden a todas las literaturas sin pertenecer a ninguna. En contra de barreras idiomáticas, institucionales, geográficas, empresariales, políticas e ideológicas, todos los agentes independientes deberían reivindicar ese mismo espíritu.

* Este artículo ha sido originalmente publicado en la Revista Quimera. Por favor, en caso de cita, remítase a Revista Quimera. Diciembre, 2008.

Esta entrada fue publicada el 07/01/2009 a las 4:59 pm. Se guardó como Crítica, Quimera y etiquetado como , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

Un pensamiento en “El autor sin nación

  1. Un saludo desde el otro lado, Señor Espigado.

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