El Dorado, de Robert Juan Cantavella

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Durante el SXVI, el gusto renacentista por los juegos y la recuperación de filosofías como la aristotélica, que proclamaban la necesidad de la risa y la diversión, dio lugar a un importante éxito editorial de la poesía burlesca, que se popularizó en Italia y más tarde en España. Los procedimientos satíricos y burlescos contagiaron la poesía, el teatro y la novela barroca, y otorgaron a la literatura una función jocosa que hoy en día parece casi desaparecida. El Dorado, la última novela de Robert Juan Cantavella, supone una excepción en un panorama literario purgado de comedia.A través de su alter ego en el relato, Trevor Escargot, Cantavella vuelve a los procedimientos satíricos para analizar la cultura kitch de la sociedad española del siglo XXI. Dos son los escenarios donde Escargot pone su tembloroso punto de mira: el complejo residencial Marina D´or, y la visita del Papa Benedicto XVI a Valencia. Su misión como periodista será la de realizar un “aportaje”, suerte de reportaje donde “cada personaje es absolutamente real y todo parecido con la ficción de los hechos, una casualidad maravillosa”. El relato de estos viajes, de sus reflexiones y de sus aventuras -muchas en compañía de su amigo Broma- componen El Dorado.


KITCH

Dice Umberto Eco en Apocalípticos e Integrados que lo kitch es aquello que ya está consumido, y que “llega a las masas o al público medio porque ha sido consumido; y que se consume (y, en consecuencia, se depaupera) precisamente porque el uso a que ha estado sometido por un gran número de consumidores ha acelerado e intensificado su desgaste”. El público medio todavía no ha sido informado de esa degradación y sigue demandando el mismo producto, hasta que se estigmatiza definitivamente tras su identificación definitiva como kitch, a través de procedimientos de ironía, sátira, crítica o comedia. El Burlesque, género que se entiende generalmente como una parodia o pastiche que ridiculiza los hábitos de los distintos estratos sociales, ha servido tradicionalmente como escenario de estas tensiones entre clases altas y bajas, y ha identificado los vicios de unos y otros a través de su ridiculización. En ese sentido, El Dorado supone una especie de kitch burlesque, donde el objeto de burla ya no es la diferencia entre clases altas y bajas sino el espacio intermedio surgido tras la apropiación popular de los códigos elitistas. Tanto Marina D´or como Benedicto XVI pertenecen ya a lo kitch, gracias a políticas de imagen antagónicas que sin embargo los han situado en la misma esfera; mientras Marina Do´r ha intentado suplantar lo elitista a través del simulacro, el Papa de Roma ha mediatizado su figura para evangelizar a escala planetaria, emboscándose en lo popular.
El viaje de Escargot muestra el raro conjunto y señala a sus agentes receptores, en su mayoría pertenecientes al segmento tradicionalista de nuestro país, ya algo desfasado y ausente en las esferas de mayor influencia social. Durante su estancia en el conocido Resort, y más tarde en su visita a Valencia -ya acompañado por su amigo Broma- el periodista posará su mirada alucinada en una realidad contra la que se revela y de la que a su vez es expulsado, una y otra vez, en un ir y venir que evidencia la fractura cultural que ya no puede identificarse con la vieja dicotomía alta/baja cultura, sino con la nueva antinomia kitch/cool. Trevor Escargot, representante de lo cool (en su variación bohemio-outsider-politoxicómano) desciende al universo de lo kitch, de Marina D´or y las apariciones multitudinarias del Santo Pontífice, y evidencia a través de la sátira los nuevos estamentos de una sociedad dividida en consumidores de Papas y consumidores de drogas.

Marina D´or

Marina D´or pertenece a esos territorios vedados, accesibles pero inexpugnables, que abundan en la cotidianeidad. ¿El bingo de la ciudad? ¿la plaza de toros? ¿las iglesias? ¿las playas turísticas? ¿los puti-clubs? Es en esos lugares cercanos-lejanos, donde la fractura kitch se materializa en una frontera psicológica infranqueable, y donde Escargot lleva una labor periodística similar a la de un corresponsal de guerra, enviado desde las facciones de lo cool para una misión de exploración que hasta se vuelve peligrosa, como si verdaderamente se hubieran cruzado auténticas trincheras.
Marina Do´r es un monstruo de cifras y realidades, un megalómano sueño de ladrillo, que en la España post-Malaya y tras monumental derrumbe de nuestro modelo económico, se parece más la pesadilla de un faraón empachado de horchata (p.ej) Los lectores de El Dorado difícilmente podrán dejar de recordar la publicidad masiva que durante años sus promotores colgaron en los principales medios de comunicación españoles. Carol París, en la antología Odio Barcelona, tituló un extracto de su relato: “Barcelona, ciudad de Vacaciones”. Reconocible, ¿no? Por eso la novela de Cantavella bien puede verse como un ejercicio de contrapublicidad sobre una realidad que solo conocemos (pero reconocemos) a través de la ficción publicitaria. Más que mostrar, recicla los códigos dados, los parodia a través de pequeñas variaciones, revirtiendo su significado, como el grafitero que pinta mostachos fascistas en los carteles de los políticos en campaña. Cantavella desnuda los mecanismos de la retórica publicitaria, y deja que luego ésta se desenmascare a sí misma. Usa la técnica del entrevistador que sabe que, a veces, para hundir a alguien solo hace falta dejarlo hablar a su aire el tiempo suficiente.
El Papa

Juan Pablo II y su estrategia de evangelización a través de los viajes, seguidos por millones de personas en directo y desde los televisores, “consumió” la figura del Santo Pontífice, dejando en herencia a Benedicto XVI un papado rebajado a material para la televisión pública. Cantavella señala especialmente los elementos que asemejaron el cónclave de Valencia a un festival de música o reunión similar (merchandising, pulseras, estética marcada de los asistentes, stands comerciales, gregarismo), evidenciando las contradicciones que supone organizar un evento supuestamente espiritual como si se tratara de un concierto de los Rolling Stones, Arco, o la Feria Anual de Turismo. La nueva peregrinación asume los protocolos comunes a estos actos y por lo mismo se convierte en otro acto de consumo. Las enormes medidas de seguridad más la masificación vuelven al Papa inaccesible y distante, y Trevor acaba viendo sus apariciones publicas por el televisor de un bar, pese a haberse acercado al lugar de los hechos. Como en un concierto en un estadio, donde no vemos a nuestro ídolo sino a través de las proyecciones de las pantallas gigantes, la experiencia de directo no llega a producirse, y nuestra asistencia física deviene en una experiencia vacía, insatisfactoria, que nos iguala con el resto de la masa y a las vez nos obliga a competir dentro de ella, en una “guerra de interés” que jerarquiza a la muchedumbre según se distancie de su objetivo. Trevor, al renunciar a la proximidad no hace sino proclamarse en el último nivel de esa jerarquía: el nivel de interés 0.
El Papa en El Dorado aparecerá además como el último monarca del mundo, el único que no sucumbe a un atentado terrorista. Extenuados ya todos por el desgaste continuado de su imagen gracias a apariciones públicas, baños de masas y cuñas en programas del corazón, los monarcas kitch de Europa mueren en la ficción de Cantavella por un atentado suicida con explosivos, un medio de asesinato cuya repetición continuada en los telediarios ha vulgarizado hasta la total desacralización.

BURLESQUE
Según Rodrigo Cacho, en el Siglo de Oro se cultivaron dos géneros que la tradición italiana condicionó (la poesía satírica y la poesía burlesca), de manera que se puede seguir el desarrollo de la poesía burlesca en España atendiendo a la influencia que ejerció sobre ella la literatura italiana. Si ahora tuviéramos que escribir un artículo similar sobre las influencias de El Dorado, con criterios metodológicos parecidos a los seguidos por el notable filólogo, difícilmente podríamos encontrar tradición literaria alguna para justificar los modos de Cantavella, y menos aún en el contexto europeo. El actual panorama cultural ha eliminado cualquier posibilidad de ceñirse a un sistema exclusivamente literario, y todavía con menos razón si pretendemos parcelar ese sistema en categorías nacionales estancas. Sin embargo, no hace ni dos semanas asistí a una conferencia donde una profesora de universidad explicó la novela ganadora del Premio Ateneo de Sevilla 2006 por contraposición a la “lista” de atributos de la Generación X, lo que demuestra la voluntad de algunos de seguir aplicando la metodología tradicional de la filología hispánica a los nuevos contextos. Cuando el aquí escribiente le preguntó qué necesidad había de valerse del concepto de generaciones literarias, su respuesta fue de lo más elocuente: porque las necesitamos (para existir nosotros mismos, le faltó decir). En verdad, difícilmente podremos reformar esos principios metodológicos, que cimientan la filología, sin que se tambalee el conjunto (y el edificio es de hace dos siglos, hay peligro de derrumbe).

Los procedimientos satíricos, burlescos o directamente cómicos de El Dorado se relacionan más con la cultura cinematográfica y televisiva estadounidense que con cualquier tradición literaria, si bien muchos de sus gags son universales, atemporales, y llevan repitiéndose desde Aristófanes hasta Muchachada Nui con igual efectividad. A la clásica colección de trompazos, enredos y persecuciones, El Dorado suma un renovado repertorio de paridas sin más pretensiones que hacer risa. Las sitcom, el stand-up comedy, el talk-show y series como Family Guy, South Park, The Simpsons, Futurama, o películas como El Gran Lewosky, Fear and Loathing in Las Vegas, Arizona Baby, Air Bag o Jay y Bob el silencioso comparten una forma de comprender el humor con El Dorado, que a veces recuerda mucho a una de las road movie mencionadas. Queda patente en las técnicas de deformación de la realidad que utiliza Cantavella -como convertir al protagonista en el muñeco de un video-juego de scroll lateral, o introducirlo en un argumento de combate entre superhéroes- la relación con estas series de dibujos donde el pastiche y la parodia de los lenguajes ficcionales son recurso constante. La novela se convierte así en una herramienta de transvase y adaptación de los códigos audiovisuales a los literarios, y se confirma la inversión de un proceso que comenzó a principios del siglo XX, cuando el cine se inclinó hacia la faceta narrativa y comenzó a beber de la literatura. Ahora es la literatura la que acude a lo fílmico para evolucionar y reconciliarse con el pop.

BONUS LEVEL
“Ya tengo ilusión de que alguien [algún crítico] me trate mal, porque nunca me ha pasado”
Robert Juan Cantavella

El País Semanal 14/09/08

Prousa con momentos de soberana vacuidad, de giros argumentales inverosímiles, que despacha con desfachatez el hilo principal de la historia (supuestamente la búsqueda del Dorado) y confunde en ocasiones el tono coloquial con una absoluta ausencia de estilo, presenta una vez más a la manida pareja cómica de descerebrados poniendo patas arriba algún lugar respetable, como si Charles Chaplin, los Hermanos Marx y una lista de otros tres ochocientos cómicos a lo largo de toda la historia del cine no hubieran sido suficientes para explotar hasta la saciedad el concepto. ¿Lo debemos entender como un “homenaje” del clásico underground de los setenta: fear and loathing in Las Vegas? Si entendemos homenaje como una forma educada de decir copia, no hay inconveniente en situar El Dorado como homenaje de esa cultura para cerebros fritos por las ondas catódicas que algunos ya quieren enseñar en las universidades. También debemos entender que El Dorado es una novela porque así se lo ha propuesto el escritor, quien no ha tenido reparo en empitonar como bien ha podido dos narraciones independientes a través de una endeble trama general que se nos derrite bajo la luz del flexo como la mantequilla, y que aparece y desaparece, sin que Cantavella sepa en ningún momento qué hacer exactamente con ella, y al final se acaba olvidando por el camino como si fuera un chicle usado (y para lo mismo vale). Y es que si El Dorado levanta un poco el vuelo cuando tiene un contexto real sobre el que asentarse (Marina D´or o la visita de El Papa Benedicto XVI), se precipita en caída libre en cuanto Cantavella tiene que enfrentarse a los ejercicios puros de imaginación, algo que parchea improvisando una ficción plana y llena de grisuras, puro cartón piedra al que se le ven las junturas a poco que uno conozca las miserias del oficio. Así sucede cuando le da por poner a dialogar a su insufrible alter ego, Trevor Escargot, con el mediocre Broma, en ese interminable paseo en coche donde no faltan trompazos de baja estofa al estilo Dos Tontos muy Tontos. La musiquilla de cientos de guiones cinematográficos de películas de verano chisporrotean en nuestros oídos; tales son los modelos a los que aspira El Dorado, y ya solo faltan las palomitas y el muslo de una novia adolescente para la total lobotomización del lector que, inocente de él, no podía preveer que ahora también los libros se van a encargar de hacer comedia de gracieta y chiste a un dólar. Trevor Escargot y el execrable Broma no se limitan a dar el pego como calcomanías de los personajes de Fear and Loathing… también le sobra desvergüenza a Cantavella para convertirlos en un anuncio con patas de apología a las drogas, que son consumidas en la novela incesantemente y sin consecuencias, dando informaciones completamente falaces a la juventud (¿es que no habíamos oído suficientes veces en todas esas películas de drogadictos cool la retahíla de medicamentos que colocan?). Desde un punto de vista crítico, odio a Cantavella y odio El Dorado porque en la página 234 su protagonista dice “está buena la coca, eh..”. ¡Por favor! ¡Todo el mundo sabe que ya no queda coca buena en España y menos para un ridículo como Escargot! ¿Es que puede darse inverosimilitud más sangrante? Si realmente existiera un camello capaz de suministrar drogas tan buenas y tan variadas como de las que disfruta el protagonista, con descaro, alevosía, y sin el más mínimo ademán de compartir, reto ya mismo al autor a darnos, aquí y ahora, su número de teléfono. Que a nadie extrañe que Cantavella nos salga con la monserga del punk journalism para no facilitarnos ese número, es el hallazgo que parece haber sonsacado tras sus buenos años de carrera y que esgrime como instrumental teórico para justificar la monumental cobardía con la que aborda ahora su (inexistente) labor periodística. Una carencia que a ningún lector avispado podría sorprender. Y otra de las responsabilidades de las muchas que Cantavella, como escritor, nunca será capaz de asumir. (Robert, Robert, has sido un chico muy malo…)

Esta entrada fue publicada el 01/04/2009 a las 8:14 am. Se guardó como Afterpost, Crítica y etiquetado como , , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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