La huida del cubo blanco

Originalmente publicado en Literaturas.com. Por favor, en caso de cita, especifique el link de Literaturas.com

Ha llegado

¿Habrá nacido ya el escritor de éxito que no publique una sola línea en papel? ¿El nuevo entorno digital se limitará a ser mera reproducción del sistema literario tradicional? ¿O todo ha de cambiar completamente? De los muchos interrogantes que plantea el futuro digital de la lectura lo único claro es que no se trata de una entelequia sino de una realidad que tiende a imponerse en todos los campos. Desde los inicios del Proyecto Gutemberg en 1971, la digitalización de obras literarias ha crecido exponencialmente tanto en número de obras como en proyectos y tecnologías dedicadas a ello. Algunos datos de la pasada edición de la Feria de Frankfurt ofrecidos por EL País, reflejan que en 2008, de los títulos de las 361 editoriales presentes en el evento, casi uno de cada tres títulos allí presentes tenía una opción digital. Simon & Schuster incrementó un 40% sus ventas en formato digital, Random House un 60%, y el 20% de los libros en China nacieron de Internet el pasado año. Mientras Amazon ya cuenta con 170.000 libros digitales a disposición del público, y Google consolida su proyecto de digitalizar la hemeroteca mundial -que pronto será indexada por los buscadores como una parte navegable más de la red- no hay día que no aparezca en la prensa un artículo que dé cuenta del imparable proceso de digitalización a que estamos abocados. El día en que escribo, el periódico Christian Science Monitor, con siete premios Pulitzer y más de un siglo de antigüedad en su haber, ha anunciado que abandona su tirada diaria en papel para centrarse en su edición digital. Vicente Luis Mora, en un reciente artículo de su blog, diario de lecturas, traía a colación una declaraciones de Fred Bass, dueño de la monumental librería Strand de Nueva York: “quien diga que la televisión o Internet le ha robado lectores a los libros, miente. Yo vendo más ahora que hace dos décadas. En el futuro leerán directamente en una gran pantalla en su casa. Es inevitable. Se llama progreso (…) Estamos destinados a desaparecer [los libreros] pero no importa (…) mira lo rápido que ha sido con la música. La gente ya solo se la baja de Internet. Con los libros pasará lo mismo. Nadie usará el soporte tradicional, solo los románticos”. Importe o no, cada día aumenta la venta de los llamados e-books, pantallas del tamaño de un libro que gracias a la tecnología de e-ink o tinta electrónica, permiten una lectura agradable, sin los efectos agotadores del monitor de PC. Del Kindle y el E-reader ya se han vendido cientos de miles de unidades en Estados Unidos, y su comercialización en Europa se acelera día a día, aunque -como señala Delia Rodríguez en un artículo de Soitu- aún son caros, su tecnología está en pañales, y de momento parecen más dirigidos a los techies que a los grandes lectores. Ciertamente en los foros españoles abundan más las opiniones de los enamorados del objeto libro, que recelan de la frialdad de estos aparatos aún mal entendidos (la mayoría cree son como monitores de ordenador pero pequeños, e igual de agotadores a la vista). Pero si algo nos ha enseñado el capitalismo es que lo que hoy parece excentricidad de unos pocos, mañana se convierte en una necesidad creada (¿Se prometió usted no tener teléfono móvil? ¿Dijo no necesitar DVD?). Los usuarios naturales del e-reader son los grandes lectores, las empresas lo saben y trabajarán duro hasta conquistarlos. Por mucho que perviva el papel, la lectura no escapará a la lógica implacable de nuestro tiempo.

Reacciones de la industria

En España las editoriales tradicionales no dejan mostrar su inquietud ante un fenómeno que, según las palabras de un responsable del Grupo Planeta, “está condenado a existir”. La expresión dice algo del ánimo con que se está acogiendo este cambio sin precedentes. En el pasado VI Congreso de Editores en España celebrado en Sevilla, donde todos coincidieron en subrayar que el sector vive una conversión trascendental por la irrupción de las nuevas tecnologías, se volcaron algunas declaraciones significativas. Daniel Fernández, de Edhasa, declaró: “vamos a seguir la figura del editor como intelectual que hace que las enciclopedias sean más sensatas que la Wikipedia, en la que puede pasar cualquier cosa”. Sobre el kindle dijo sentirse “decepcionado” pues “no ha resuelto el capítulo de los derechos de autor o del editor como figura pensante y creadora”, y añadió “en este mundo de Google o Amazon en el que parece que todo es barra libre, debe hacerse hincapié en los sistemas de protección de los derechos del creador”. Javier Caso, de Santillana, explicó que el libro electrónico se encuentra en una “encrucijada”, ya que avanza “lentamente”, los lectores “desconfían” de él y “no acaba de encontrar su modelo de negocio”, según Europa Press.

Aunque la defensa del editor como creador también es legítima, llama la atención cómo los empresarios esgrimen una encendida retórica sobre los derechos del artista cada vez que quieren proteger sus beneficios de explotación de la obra. Aciertan los editores cuando desconfían de proyectos como la Wikipedia, la enciclopedia más visitada del mundo, gratuita y autorregulada, que junto a otras iniciativas de la Red ha provocado el desplome mundial de la lucrativa venta de enciclopedias por fascículos. Es lógico que no encuentren su modelo de negocio cuando la esencia de la actividad editorial se halla intrínsecamente ligada a la fisicidad del objeto consumible, que genera toda una industria de producción de materia prima, fabricación del libro, transporte, almacenaje, distribución y venta directa, ahora bajo amenaza de recesión ante el avance de los canales digitales. Esta industria tratará de perpetuar las estructuras establecidas, de las que dependen, no lo olvidemos, miles de puestos de trabajo, aunque no faltarán nuevas empresas como Amazon que impulsen la conversión del sector.

Sin embargo, si algo ha demostrado la webcom Amazon es su voluntad de cambiar los soportes sin traicionar un ápice las fijaciones corporativas más tradicionalistas. Su libro electrónico Kindle solo puede conectarse a la red Amazon, desde donde se pueden descargar libros electrónicos previo pago de una cantidad que inexplicablemente a ido subiendo hasta casi igualar el precio del libro en papel. Ni siquiera los feeds de los blogs pueden leerse en el kindle sin pagar una cuota a la propia Amazon, que saca así su comisión mafiosa de los contenidos que gratuitamente se ofrecen en Internet. Como no podía ser de otra manera, las empresas rediseñan el nuevo contexto para ampliar sus beneficios y sus privilegios, con su sempiterno doble juego donde con una mano se hipnotiza al consumidor mientras con la otra se recortan sus derechos. En La era de la información, libro esencial de referencia para este artículo, Manuel Castells nos recuerda que las empresas no buscan la tecnología en sí mismas por el aumento de la productividad en beneficio de la humanidad, sino impulsadas por la rentabilidad y el aumento del valor de sus acciones. En un periodo revolucionario como el que vivimos, explica Castells, se viven acontecimientos con gran rapidez que servirán para el establecimiento de la siguiente etapa, y los próximos años serán cruciales para encauzar los cambios. El ejemplo del Kindle debería advertirnos sobre el peligro real de que la potencialidad de las nuevas redes para evolucionar el sistema literario acabe anulada por una configuración eminentemente comercial, equiparable a las plataformas digitales de venta de contenidos de televisión (como Canal Satélite), que ya tratan de implantar estas empresas.

La presión del marketing

Cambian las formas de comercialización, y el sistema literario se perpetúa como actividad empresarial. Bien, pero si el trabajo del buen escritor no se ve afectado, si así se mantiene su independencia y se sostiene su labor comprometida con los altos valores literarios, ¿qué importa cómo se difunda la obra? Con ese argumento, hoy en día, muchos escritores comprometidos aceptan cualquier nueva forma de comercialización de su literatura propuesta por sus grupos editoriales. Se da por hecho que mientras el editor no interfiera directamente en el proceso creativo, su influencia sobre la obra es nula. Sin embargo los hechos demuestran que cada vez más las nuevas estrategias de comercialización están deformando en la forma en la que se escribe y (sobre todo) se lee esa clase de literatura que tenemos por independiente.

El triunfo de la filosofía neoliberal ha impregnado todas las facetas de la actividad humana, que ya solo se consideran relevantes por el papel que juegan en el terreno económico. De ahí que el destino de la literatura se halle cada vez más intrínsecamente ligado a las prácticas empresariales que la sustentan, pues es la empresa la única que hoy puede aseguran a las cosas un lugar en el mundo, a través de su integración en negocios rentables. Las escrituras independientes, comprometidas con los valores artísticos y la libre expresión, y poco atractivas a los ojos del gran público, también necesitan tener un rol dentro del sistema capitalista, y su rol no puede ser otro que el de objeto consumible. Sin un editor que permute la literatura en cosa, la literatura se queda en potencialidad sin efecto existente. Por eso en los últimos años la literatura comprometida se ha visto obligada a aceptar la rentabilidad como único medio de supervivencia. Escritores, editores, distribuidores, libreros, críticos y demás agentes comprometidos aceptan la necesidad de hacer rentable la empresa general de comercializar estas obras, como único modo posible de asegurarles una existencia reconocida.

Ni la literatura ni arte alguno ha escapado nunca del condicionamiento de las estructuras de control y producción en que se hayan insertos. Un análisis de la evolución de los géneros literarios muestra su adecuación progresiva a las necesidades del producción, como ha sucedido siempre, desde que la generalización de los libros impresos normalizó la lectura silenciosa, cambiado radicalmente la forma de concebir la literatura. La novedad del panorama actual es que a estos condicionantes de producción se han sumado los propios de lo que Deleuze llamó la sociedad de control, que ya no se funda en una capitalismo para la producción sino para el producto, para la venta y para el mercado: “el servicio de venta se ha convertido en el centro o el “alma” de la empresa, Se nos enseña que las empresas tienen un alma, lo cual es sin duda la noticia más terrorífica del mundo. El marketing es ahora el instrumento del control social, y forma la raza impúdica de nuestros amos”. Si en las sociedades disciplinarias el poder político y religioso se imponía coactivamente al escritor a través de la censura, en el contexto actual nuevas formas de censura se articulan a través de la religión del marketing. Hace pocos meses, en una conferencia celebrada en la fundación Juan March, Javier Marías reconocía que tras la publicación de Tu rostro mañana, su última novela en tres volúmenes, sentía que “había cumplido” con su responsabilidad, y remarcaba ese término dejando ver que los escritores hoy en día se sienten coaccionados para tratar de hacer el “más difícil todavía” en cada novela, como en un espectáculo circense, adecuando así su labor con esa regla número uno del marketing: la nuevo es mejor que lo viejo, lo último es mejor que lo anterior. Marías también reconocía que quizás hoy en día no hubiera podido llegar a publicar sus mejores novelas, pues durante una época de varios años de su vida dejó de escribir, pecado que hoy los departamentos de ventas castigan con pena de muerte. Explicó además como controla los textos, las ilustraciones y las promociones que acompañan al libro en su versión española, es decir, supervisa su marketing, consciente de que más que nunca, el marketing es significado que acompaña a la obra, y se adelanta a ella, condicionando la recepción del lector. ¿Cuántas veces nos hemos sentidos decepcionados con un libro porque incumple lo dicho en su publicidad/contraportada? Cada vez más, los libros que nos han vendido sustituyen en nuestra mesilla a los libros que querríamos estar leyendo.

Si esto es así habrá que calibrar hasta qué punto la obra de los escritores más dependientes del favor de una editorial se halla intrínsecamente afectada por las exigencias del marketing. De los muchos que se quejan del absurdo ritmo del publicación al que se ven sometidos, un ejemplo es Isaac Rosa, a quien tras el éxito de El Vano Ayer, Seix Barral le conminó a reeditar su primera novela. Él lo explicaba así en una entrevista a Literaturas.com: “A mí desde el 2004 todo el mundo me preguntaba: bueno, ¿y cuándo sale tu próxima novela? ¿Tienes ya novela? Y sólo hace tres años que he publicado El vano ayer, pero nos hemos acostumbrado a que haya autores que publican libro todos los años, incluso varios libros al año: que si una novela, que si un libro de artículos… Yo avisé a la editorial de que hasta dentro de un tiempo no iba a tener novela. Y no me refería a publicar, sino a entregársela yo a la editorial, y entonces la editorial me dijo que, mientras, podíamos sacar mi primera novela, para que no pasara tanto tiempo. Pero ya ves tú, “tanto tiempo”: estamos hablando de dos o tres años”.

La presión del marketing no termina en la relación del escritor con los departamentos editoriales. La sinergía empresarial ha dado lugar a que los críticos de muchos de los suplementos literarios más influyentes sean asalariados de los grupos editoriales cuyos libros deben juzgar. En un panorama nacional donde cada vez se publican más títulos, y cada vez con menos tirada cada uno, lo importante ya no es que la crítica sea favorable, sino que la obra haya sido elegida de entre la informe masa de novedades. Muchos críticos, cuando son entrevistados, aseguran que aunque deben reseñar los libros que sus editores les dictan, estos les dejan plena libertad para escribir sobre ellos cuánto se les antoje. Lo que callan es que poco importa lo que el crítico diga sobre el libro. Es el editor del medio quien controla la presencia, apariencia, extensión y posicionamiento de la crítica en el suplemento, marginando los libros donde su grupo empresarial no tiene nada que ganar y dando máxima relevancia a los productos de la casa, o bien aquellos que la dotan de prestigio (más marketing). Un importante distribuidor de Madrid me confesó que las críticas malas apenas afectan a las ventas del libro. En realidad, lo que marca la diferencia es si ha habido reseña a página completa, y si esta ha sido o no acompañada de una buena fotografía. ¿Y qué es la crítica? Una caja de texto, un elemento gráfico del advertishment que enmaqueta el editor según las reglas del marketing (de su empresa). Los escritores ya no compiten por las buenas críticas sino por la continuidad, la presencia y la buena localización en el espacio mediático, convirtiéndose ellos mismos en un producto de marketing, que se vende a través de entrevistas, presentaciones, apariciones, participaciones en prensa, premios, conferencias y congresos que generan noticias de las que se nutren los medios. Es lo que se llama la profesionalización del escritor, que paradójicamente lo ha llevado a dedicar menos tiempo a la obra y más a la promoción de la misma. Y son solo algunos ejemplos de como las nuevas formas de comercialización están deformando la forma en que leemos y escribimos buena literatura. Que cada uno juzgue si la lista no se queda corta.

Nuevas posibilidades

En la sociedad red, Manuel Castells recalca de diferentes formas la idea de que la flexibilidad de la red puede ser una fuerza liberadora, pero también una tendencia represiva si quienes reescriben las leyes son siempre los mismos poderes. Y sentencia: “el control empresarial sobre los primeros estadios del desarrollo de los sistemas multimedia habrá tenido consecuencias duraderas sobre las características de la nueva cultura electrónica. A pesar de toda la ideología sobre el potencial de las nuevas tecnologías para mejorar la educación, la salud, la cultura, la estrategia prevaleciente apunta hacia el desarrollo de un gigantesco sistema de entretenimiento electrónico, considerado la inversión más segura desde una perspectiva empresarial. (…) El uso real en los primeros estadios del nuevo sistema determinará considerablemente los usos, las percepciones y, en última instancia, las consecuencias sociales del multimedia”. En el terreno literario, Internet y la edición digital pueden ofrecer una opción real a esas plataformas de comercialización viciadas por el marketing. La literatura comprometida, que arriesga, fiel a un ideal artístico y responsable con la realidad, debería comenzar a hacer más uso de las posibilidades que ofrecen los canales de comunicación por ordenador para cumplir con su programa idealista. No se trata de enfrentarse frontalmente al stablishment editorial ni de proclamar la muerte del libro en pro de un futuro digital libertario, sino de aunar trabajo, pensamiento y genio para generar algo nuevo y mejor, que suponga una verdadera alternativa a las dinámicas empresariales contrarias a este ideal, sin por ello tener que negarlas o abandonarlas por completo. Algunas dinámicas en que se fundamenta esa alternativa digital, llevan en funcionamiento bastantes años y su éxito es creciente, como los blogs literarios, que conviven o directamente se integran en los mass media. Pero las editoriales dedicadas a la literatura más comprometida apenas participan hoy en la literatura digital, a pesar de ser fundamentales para su buena evolución.

Dentro de poco el lector se descargará libros de la red con tanta normalidad como hoy descarga música o películas. Además de gadgets como el e-reader, la organización OLPC quiere fabricar cientos de miles del modelo XO2, un libro electrónico con dos touchscreen que hará las veces de teclado, que costará 75 dólares y está pensado para su expansión en los países subdesarrollados. Con la misma tecnología, el i-phone se vende (también) como un soporte de lectura, con varias aplicaciones en marcha como Legends (Bestsellers del New York Times por 2 dólares), TexOnPhone, (acceso a 300000 libros de forma gratuita), o ereader, (versión para descargar desde Ficcionwise). Y si al lector le sigue sin convencer leer en una pantalla, la llamada impresión bajo demanda le permitirá encargar a una máquina la impresión del libro que desee, que además encuadernará y se lo entregará en el acto, como si fuera un paquete de Lucky Strike o una bolsita de m&m. El propietario de la librería malagueña Luces, en el quinto aniversario del establecimiento, explicaba así su buena disposición a la incorporación de las máquinas expendedoras a su librería: “si en el siglo XV los libreros eran impresores, ¿por qué hoy no?”. La impresión bajo demanda abarata el coste del producto, es más ecológica, ayuda a aliviar la sobreproducción brutal que padece la industria editorial, y ahorra riesgos al editor comprometido, sin privar a los lectores de seguir disfrutando del objeto libro.

En los últimos años han surgido negocios que ya están explorando el potencial de las tecnologías mencionadas, como Lulu.com, la página de autopublicación líder del mercado que ofrece a sus clientes publicación mediante impresión bajo demanda y también la comercialización de una versión digital de su producto. Muchas de sus prestaciones deberían verse como un adelanto de las ventajas que estos canales pueden reportar al panorama literario. Con la eliminación de algunos intermediarios, costes de producción y marketing, el escritor disfruta de un margen de ganancias mucho mayor que el habitual (80%), y adquiere un control total sobre los derechos de autor y las licencias de propiedad intelectual de su producto. La compañía permite al escritor vender el contenido publicado a través de su propia página Web, con total influencia para decidir sobre el marketing, o su ausencia. Además, como negocio online, se integra plenamente en la economía global, no en economías interiores como la mayoría de las editoriales, lo que en el caso del español ayudaría a generar un panorama panhispánico, en el que éxito o fracaso en la región de origen ya no condicionaría sus posibilidades de expansión.

Con todo, Lulu.com es negocio que aspira a la máxima rentabilidad, a crecer indefinidamente y aumentar el número de sus clientes, que no son los lectores, sino los creadores (Publica, vende, compra, es el lema visible de su página Web). Lulu como marca, no ofrece garantía sobre los contenidos, solo una oportunidad de publicar a todos aquellos que lo deseen. Existe una creencia extendida hacia la edición digital que confunde el modelo de Lulu con el único posible, imaginando al editor digital como una especie de Diógenes que, al no tener que hacer frente a costes iniciales de producción, intenta engrosar su catálogo indiscriminadamente sin preocuparse por la calidad de lo que vende. Probablemente surgirán muchas iniciativas que corroboren este augurio, embarrando el proceso y depauperando el producto digital a los ojos de los escépticos. La buena literatura, que tiene mucho que perder con esta mala praxis, necesita de mecanismos de legitimación y prestigio, que en la red tienden a desaparecer con demasiada frecuencia. Por eso las editoriales consolidadas tienen un papel fundamental en el futuro de la literatura digital, al ofrecer una marca, un distintivo de calidad y una orientación estética reconocible, y realizar un trabajo de selección y edición de textos totalmente necesario para el funcionamiento del sistema literario. En el contexto español, mi fe personal está puesta en el grupo de editoriales que viene a coincidir con la lista que Vicente Luis Mora recoge en su blog Diario de lecturas. Opino que la literatura digital ofrece una gran oportunidad para los editores que anteponen el cumplimiento de objetivos intelectuales y artísticos a los estrictamente comerciales. Aquellos que se tienen por agentes culturales y no por meros vendedores, podrían concentrarse más en los contenidos, y menos en la ingrata búsqueda de la rentabilidad, tan precaria para mucha de la literatura que defienden, al asumir menos riesgos gracias a la copia digital o la impresión bajo demanda. Por desgracia, a día de hoy, esas editoriales no parecen demasiado interesadas en consumar proyectos en este sentido; es como si todo el panorama editorial español viviera en una especie de inexplicable stand-by, a la espera de que alguien dé el primer paso. Mientras, corporaciones como Amazon o Apple consolidan sus estructuras a pasos de gigante.

Nueva crítica

Gracias a las oportunidades del medio digital, la promoción de una novela o un poemario puede cifrarse en la dinámica de difusión exponencial de la información que ocurre en Internet, versión ultramoderna del boca a boca. Los grandes aliados de la alternativa digital son los medios de comunicación gratuitos que hoy proliferan en la red, entre los que los blogs tienen una posición predominante. Se trata de un soporte que ha devuelto al crítico la exclusividad de presentar la obra al lector, sin la mediación dominante del marketing o de discursos simplificadores del periodismo no especializado, obsesionados tanto lo uno como lo otro por vociferar lo nuevo antes que por descifrar sentido alguno. La actual intoxicación de tópicos en que se halla sumida la interpretación de la nueva literatura, fruto de los juicios sumarísimos con que los espídicos mass media despachan todo en clave de actualidad, solo parece encontrar remedio en el tiempo sosegado de las publicaciones y foros de internet que, pese a muchas inconveniencias, son hoy un refugio para la reflexión de fondo y el pensamiento complejo, sin los límites de tiempo o espacio que imponen los medios convencionales.

Manuel Castells apunta como Internet debe gran parte de sus fundamentos estructurales a la cultura de la primera generación de usuarios y desarrolladores, con sus contradicciones utópicas, comunales y libertarias. Y añade: “a medida que los actos heroicos de las primeras tribus informáticas pierden relieve bajo el flujo incesante de los recién llegados, lo que queda de esos orígenes contraculturales de la red es la informalidad y el carácter independiente de la comunicación, la idea de que son muchos los que aportan muchas cosas y que, no obstante, cada uno tiene su propia voz y espera una respuesta individualizada”. La gran mayoría de blogs de/sobre literatura no pasan de ser espacios de expresión personal y carecen de voluntad de servicio, aunque realizan una importante labor de difusión de contenidos e interconexión de la red, y son muestra de que el lector ha pasando de mero receptor a participante activo en el sistema cultural. Sin embargo, son ya significativos los blogs y Web donde se realiza una rigurosa labor crítica, teórica y periodística, que son seguidos por miles de usuarios y generan importantes comunidades virtuales de intercambio y debate, como es el caso de Diario de Lecturas, SalonKritik o Moleskine literario. Estas y otras iniciativas ya consolidadas han sentado un precedente de cómo un medio gratuito y personal, que no exige compromisos ni tampoco reporta beneficios económicos directos, puede llegar a convertirse en un medio de publicación tan solvente y recomendable como los clásicos suplementos y revistas literarias. José Luis Brea, director de SalonKritik, nos decía: “salonkritik funciona más bien con un criterio de repositorio selectivo. No tiene ni pretende exclusividad en los texto que publica y cita siempre la fuente original. Tenemos un cierto número de artículos propios de nuestro equipo editorial, otro de colaboraciones desinteresadas a propuesta de sus autores (cada vez nos llegan más de éstos) y finalmente la parte de repositorio -que es el grueso de lo que publicamos- que funciona a la manera de una revista de revistas (…) todo bajo la licencia de creative commons”. Gracias a la actitud no beligerante de los grandes -como ABC o El País- respecto sus derechos reservados en Internet, la blogosfera cumple un importante papel para rescatar, ensalzar y dar permanencia a contenidos que de otro modo pasarían desapercibidos en el veloz torrente periodístico. Salonkritik quizás sea el caso más sofisticado del continuo cut and paste con que los blogs reverberan libremente la producción cultural, generando una especie de caja de resonancia donde el discurso mediático se reelabora, adquiere nuevas complejidades, interpretaciones, (también misreading), y va sedimentándose a ritmo más sosegado. Aquíla crítica ya no es una caja de texto en manos de un editor comercial, enmaquetada según la estrategia de marketing, ni debe competir con anuncios, banners, y links varios que sobrecargan las páginas de las revistas. Muchas veces, son los blogs, y no los grandes portales de información, los que están dando a los artículos la vida que se merecen.

Beneficios

El coste mínimo de producción y distribución de la copia digital, y los nuevas redes independientes de difusión de la información, han generado un contexto donde la obra ya no necesita ser objeto consumible para ser en el mundo, o no al menos para cumplir con el programa idealista que se supone a la labor artística. Un modelo hipotético perfectamente factible sería el del escritor que presenta una copia de su obra terminada a un editor, éste la selecciona, envía el archivo a un número N de medios críticos, y ellos se encargan de dar a conocer la obra al público, que se la baja de una Web o directamente la copia. Sin embargo, todo apunta a que muy pocos querrían ver sus obras difundidas de este modo, ¿por qué? Roberto Bolaño, quien llevó su compromiso con la literatura a los límites de lo físicamente soportable, (e incluso se diría que llegó a traspasarlos), dejó escrito: “los escritores actuales no son ya, como bien hiciera notar Pere Gimferrer, señoritos dispuestos a fulminar la respetabilidad social ni mucho menos un hatajo de inadaptados sino gente salida de la clase media y del proletariado dispuesta a escalar el Everest de la respetabilidad, deseosa de respetabilidad. Son rubios y morenos hijos del pueblo de Madrid, son gente de clase media baja que espera terminar sus días en la clase media alta. No rechazan la respetabilidad. La buscan desesperadamente”. Aún siendo una ambición perfectamente legítima, difícilmente podrá verse colmada gracias a la distribución y promoción de la obra por las redes de comunicación independientes. La cultura que circula libremente por Internet se ha visto estigmatizada por la falta de mecanismos de control de calidad, contaminada por el océano de basura informacional donde cada vez resulta más difícil encontrar y reconocer lo valioso. El primer juicio que pesa sobre el medio o el artista digital es que, de primeras, sea más basura. A partir de ahí, se puede entender la absoluta necesidad de que entren en juego las editoriales comprometidas, y pongan sus marcas y su prestigio a funcionar en Internet, con la misma vocación que en el medio físico les lleva a cribar las decenas de miles de manuscritos que circulan a la espera de ser publicados. Deberían asumir la doble función de reconocer y apoyar los medios y literaturas de la red con las que comparten las mismas coordenadas culturales, estéticas y de exigencia de calidad, y verlos más como aliados naturales en esa causa común de apoyo a la buena literatura.

Según una encuesta publicada por José Antonio Millán en el futuro de la lectura, “el 69% de los encuestados considera que la principal prioridad de las editoriales ante el reto de la digitalización del libro es la definición de su modelo de negocio online. Esta decisión no sólo conlleva seleccionar un buen proveedor que digitalice todo el fondo y a un precio competitivo; estamos hablando principalmente de una transformación general de la editorial, de su estrategia de producción y distribución, de sus futuras políticas de marketing y comercialización de sus libros y hasta del propio mercado.(…) Siguiendo el ranking de prioridades, el 48% de los encuestados opina que, después de la definición de su modelo de negocio online, la segunda decisión más importante que debe tomar las editoriales en los próximos meses es invertir en formación de sus equipos para ponerse al día sobre el impacto de las nuevas tecnologías en sus negocios”. Como no podía ser de otra manera, las estadísticas reflejan las preocupaciones que se le suponen a una empresa. Pero los editores a los que me refiero se consideran mucho más que empresarios; antes agentes culturales y mecenas, que gracias a una arriesgada labor corporativa, consiguen sacar a la calle libros de poca o nula rentabilidad para satisfacer los gustos de los lectores más instruidos y exigentes. De ahí que resulte extraño que la mayoría de estos editores todavía no hayan puesto en marcha proyectos de literatura digital, cuando precisamente el nuevo medio ofrece grandes posibilidades para cumplir con esos ideales intelectuales y artísticos sin tanto riesgo para su capital. En algunos casos, probablemente lo que prima simple y llanamente sea un prejuicio, un snobismo clasista contra Internet y sus participantes, un rechazo reaccionario ante el cambio, una defensa generacional de unos privilegios, una empecinada negación de lo que se les viene encima.

La huída del cubo blanco

Hubo un momento en la historia en que el arte para evolucionar debió trascender de las formas más apropiadas para exponerse en un museo o venderse en una subasta. En 1976, el crítico y artista irlandés Brian O´Doherty, describió el espacio galerístico como una celda blanca, un white cube, que funciona como célula protectora frente a todos los factores de la vida cotidiana: “the work is isolated from everything that would detract from its own evaluation of itself. This gives the space a presence possessed by other spaces where conventions are preserved through the repetition of a closed system of values. Some of the sanctity of the church, the formality of the courtroom, the mystique of the experimental laboratory joins with chic design to produce a unique chamber of esthetics. (…) Things become art in a space where powerful ideas about art focus on them”. Actualmente muchas las corrientes artísticas exploran lenguajes artísticos sin preocuparse de si son adecuados o no para su exposición y/o comercialización. Manifestaciones de este tipo – que se han catalogado dentro de corrientes de land art, arte conceptual, video arte o arte de las nuevas tecnologías- han conseguido ya el reconocimiento y la promoción de las instituciones legitimadoras.

Son mayoría los que enarbolan una defensa del objeto libro, aunque sus argumentos rara vez trascienden de la evocación cariñosa de la experiencia plástica que procura su uso y colección. Sin embargo, el libro tradicional también es un white cube, una celda blanca donde se reitera un cerrado sistema de valores que son preservados gracias a la sacralización psicológica del objeto, que genera toda una serie de presupuestos, conscientes o inconscientes, sobre lo que debe ser su contenido. El libro es un símbolo en sí mismo que viene significando desde hace milenios y cuyo sentido acumulado se antepone al sentido de la obra que contiene. Por mucho que la obra rompa nuestras expectativas, nunca dejará de ser el libro, que no significa poco, sino mucho. ¿Pero por qué la literatura tiene que ser un libro? El sistema capitalista dominante obliga: es lo que se vende. La literatura ya no solo asume la carga simbólica del objeto que la contiene, también debe ponerse al servicio de la deformación que las estrategias de venta del propio objeto generan sobre su significado. El marketing obliga a que las novelas tengan una determinada extensión, a que los autores publiquen con una determinada frecuencia, a que las portadas exageren o encubran, disfracen o calumnien, a que la publicidad y el periodismo de usar y tirar imponga un sentido, a que tengamos que conocer el rostro del autor, su biografía, sus vergüenzas, y eso solo cuando la editorial directamente no interviene en el contenido para adaptarla a los estudios de mercado. Los escritores toleran los abusos con la esperanza de ver publicada su obra, único ticket posible para entrar en el nuevo panteón de la literatura: el panteón de la rentabilidad.

Hoy el medio digital ofrece su potencial para librar a la literatura del fatum del objeto consumible. Al revés que las revoluciones tradicionales, obsesionadas con aniquilar el orden anterior para instaurarse a sí mismas, la revolución digital debería consistir en una alternativa que trate de rellenar las carencias del viejo sistema, abriendo el campo de experimentación literaria y artística sin histerias ni dogmatismos. Quizás el futuro pase por refundar la unidad literaria y volver a segmentos más breves como la nouvelle o el poema o relato como unidades independientes. Quizás pase por incorporar nuevos lenguajes artísticos y acercar la literatura a la experiencia multimedia. O quizás por la gestión personalizada de los derechos de propiedad intelectual, dando un nuevo sentido político a la obra. Son muchas las posibilidades. De momento quizás. La literatura que arriesga, que se compromete con la realidad y persigue la renovación estética, tiene mucho que ganar con la implantación de una alternativa digital, independiente de las estructuras de comercialización que imponen los grandes capitales. Un poco de idealismo no nos vendría nada mal.

Esta entrada fue publicada el 03/04/2009 a las 8:43 am. Se guardó como Crítica, Otros medios y etiquetado como , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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