Calor, de Manuel Vilas

Escribir con el cuerpo

CALOR

Manuel Vilas

Visor. Madrid, 2008. 63 pags.

Artículo originalmente publicado en la revista Quimera. No 303. Febrero 2009

Manuel Vilas se ha movido entre fronteras para componer su nuevo poemario. Fronteras transgredidas en lo que al género se refiere, ignorando los límites que dictan las diferencias entre poesía y narrativa. Juego de fronteras para confundir la identidad real y el yo poético, llenando de significación su nombre propio y situándose como personaje central de la experiencia plasmada. Fronteras como el espacio vital que se habita física y sentimentalmente, en el borde entre la ciudad y la nada, en la periferia de la acción del mundo, del lugar llamado extrarradio. Se difuminan las fronteras entre crítica social y perversidad moral, entre espiritualidad y lascivia, entre la pureza y la basura, entre lo global y lo provinciano, invitando al lector a replantearse sus propias fronteras, o dicho de otro modo, a enfrentarse a sus propios prejuicios.

Los paisajes de Calor coinciden con el arte posmoderno en explorar las zonas baldías de la periferia urbana, invirtiendo su carácter anti-poético. Si gracias a los actores de la modernidad conseguimos desarrollar una sensibilidad estética hacia la metrópoli y el soplo cosmopolita, en los albores del Siglo XXI los poetas se lanzan a explorar estéticamente el segundo anillo de la civilización, ya alejados de la grandilocuencia urbanita, concentrados en el inconsistente paisaje en constante construcción que genera la expansión ininterrumpida de las ciudades, donde el hombre ha pasado a vivir sobre su propio detritus. No esta exento Calor de cierta lectura distópica de estos paisajes, como muchas manifestaciones artísticas en esta línea, que se ofrecen como estampas de la decadencia milenarista. La diferencia es que Vilas lo resuelve con gran intimismo, humanizando el paisaje posmoderno con experiencias de vida, de felicidad que florece en los límites del drama social.

Desde su posición periférica, el hombre del extrarradio se convierte en testigo inane del espectáculo del poder. La obscenidad del lujo, y las bajas pasiones emboscadas tras las estampa de confort de la clase media alta, son denunciadas hasta volverse grotescas, y a la vez desvelan la obsesión del individuo marginal por fantasear con las vidas de las clases dominantes. Calor transforma en eco poético el discurso atávico de los humildes, cuya posición no permite engaños sobre la división que más afecta a este mundo, entre los que tienen y los que no tienen. La fuerza igualadora de esa perspectiva, que borra las diferencias entre Fidel Castro, Benedicto XVI o Letizia Ortiz, invoca a una sociedad neo-estamental, donde ya no existe movilidad social ni enfrentamiento entre clases, y la plebe ya no entierra a sus bestias sino a sus turismos, igualmente explotados hasta la extenuación. Vilas da buena cuenta de la mirada contradictoria de las clases populares hacia la élite social, debatiéndose siempre entre la fascinación glam y el escándalo que provoca su despiadado derroche.

Pero Calor trasciende del retrato estrecho de la vida como experiencia social, ya tan manoseado por el realismo socialista. El personaje Vilas se dota de una espiritualidad postindustrial, que parece recuperar la sentimentalidad del cristianismo de los evangelios y la iglesia de los pobres, previa a su romanización, aunque purgada de cualquier creencia en una moral suprema. Más bien nos habla un Zaratustra que reparte amor a diestro y siniestro y declara su hermanamiento con niños, ancianos y negros, que predica la felicidad, se cierra a los malos pensamientos y clama gratitud por las cosas maravillosas que le han tocado vivir. Amén de obvios paralelismos con textos cristianos como el Padre nuestro, Calor puede considerarse en la misma línea de los estilos de música norteamericana donde la espiritualidad gospel/evangelista ha evolucionado hasta perder toda religiosidad. Una vez retirada la metafísica, dicha espiritualidad se transforma en mero sentimiento. El mismo que reside en la palabra brother de la jerga estadounidense (Brother, can yo spare a dime?), Vilas lo activa en su texto, con varios recursos, entre los cuales se asimila el “hermano” afroamericano.

El yo poético Vilas se hermana con el mundo a través del disfrute, la comprensión, la empatía, el hedonismo y la alabanza. Es el vitalismo carnal de Walt Whitman pero extasiado de todo lo que horrorizó a ese otro Poeta en Nueva York, ochenta años después, cuando salió del Madrid rural de los años 30 y descubrió Manhattan. Así, mientras Whitman se escapaba a Long Island para rebozarse en sus hojas de hierba, y García Lorca se lamentaba La aurora de Nueva York tiene/cuatro columnas de cieno/y un huracán de negras palomas/que chapotean en aguas podridas, Manuel Vilas nos dice Me encantan las palomas del Pilar, hediondas, subidas a las torres más altas, sin ganas de bajar, presidiendo la estúpida luz planetaria que arde para vivos y para muertos. El impulso dionisiaco se dispara a direcciones inhóspitas, que contradicen valores estéticos convencionales.

Vitalismo y espiritualidad parecen facetas de una pasión donde dolor y placer, vicio y virtud, se confunden y desembocan en una sexualidad llena de perversidades. La basura y la mugre desencadenan la especie de lujuria del sujeto Vilas, cuando el cuerpo busca la contaminación y chapotea felizmente en ella. Ya sea con barro, rodeado de vertidos oleosos o bien entre las olas de una playa de Barcelona, el encuentro con el agua se revela como un acto poético lleno de intensidad que se repite varias veces a lo largo del libro. La basura constituye uno de los elementos centrales del imaginario de Calor, hasta el punto de identificarse con la muerte. Basura eres, y en basura te convertirás, podría ser una frase del evangelio según Vilas. Dos son las ceremonias funerarias que aparecen en el libro, alineándose para adquirir semejanzas; una es la despedida del viejo coche del protagonista/voz poética en el chatarrero, y otra es la recogida de la cenizas de su padre muerto en un crematorio de pueblo, regenteado por un hombre gordo que Vilas hace hablar así: “Dura dos o tres horas, depende del peso del difunto, dijo difunto pero pensaba en fiambre o saco de mierda antes hemos quemado a un señor de ciento veinte kilos y ha tardado largo rato”.

La poesía sobre la cremación de su padre nos advierte de la seriedad de apuesta de Manuel Vilas por hacer de su propia vida materia poética. Del mismo modo en que Calor ignora libremente los límites entre narrativa y poesía, el personaje y la identidad real se confunden hasta el punto de incluir el nombre propio y utilizarlo con total conciencia del peso semántico que supone en el texto. La consiguiente transformación del pacto de verosimilitud anuncia una concepción diferente de la biografía, no ya atada a los límites del relato objetivista sino más flexible y moldeable, donde la vida se interpreta y expresa para significar en el plano poético. Hay en Calor una original mezcla de realismo y metáfora, que suceden de forma tan abrupta como efectiva en el continuum, de modo que pasamos de fragmentos narrados con un sobrio estilo realista a su interpretación poética, plagada de metáforas, que abre ante nosotros un nuevo plano de la realidad y anuncia que el mundo Vilas se encuentra a caballo entre ambas experiencia sensibles, que se confunden sin que ningún plano tenga preeminencia sobre el otro, equiparando ambas verdades.

La apuesta por incluir su nombre propio quizás sea una de las señas más importantes de la poética de Calor, en consonancia con una tendencia estética que podemos considerar característica de nuestro tiempo y tiene expresiones en todas las ramas artísticas. Si bien siempre han existido los autorretratos, hoy se presta una especial atención a la elaboración de poéticas de la identidad privada. Han entrado en escena creadores donde obra y vida se confunden, como Violeta Gómez, que centra sus trabajos de video en un mundo de niñas del que se siente parte a pesar de ser un adulto, o David Nebreda, fotógrafo que se dirige a la exploración de representaciones macabras de su cuerpo. Christian Ferrer, en su artículo “el arte del cuerpo en la era de su infinita perfectibilidad técnica”, postula que en un mundo donde arte ha pasado a la retaguardia, dejando a la ciencia y la técnica la idea de abrir mundos a la imaginación: “la necesidad de amortiguación técnica del sufrimiento se acentuó, y el cuerpo devino en campo de modelación para una subjetividad que sueña con salir indemne de su paso por la existencia (…) Curiosamente, la exigencia de “acolchonamiento subjetivo” ante la intemperie del mundo está promoviendo el despliegue del género pornográfico como incentivador de imágenes idílicas, de felicidad intersubjetiva”. También hay en Calor una pulsión pornográfica, una exhibición de los sometimientos del cuerpo a experiencias que lo desnudan de forma obscena, contraviniendo el puritanismo que aún hoy domina un arte eminentemente aburguesado como es la literatura. Igual que el actor pornográfico, Vilas solo es actor hasta cierto modo, solo en cuanto a la expresión de sus sentimientos, de los que puede darnos la versión más exagerada, falsa, poética, según se quiera. Pero, al igual que el actor porno, también nos ofrece una realidad cruda, con sometimientos reales del cuerpo, cuyo valor precisamente radica en la no ficción, o el espectáculo de lo real.

La mayor obscenidad de Vilas no son las escenas de sexo, la lujuria espiritual o la sensibilidad carnal hacia la basura, sino quitarse el velo literario y ofrecer su propio cuerpo, representado semióticamente a través de su nombre propio, para mostrarnos facetas íntimas de su vida privada. Esta práctica supone un paso más allá (o mas acá, si se quiere) en técnicas de literalización de la identidad de narrativas como las de Vila-Matas (Montano), Roberto Bolaño (Arturo Belano) o Charles Bukowski, (Henry Hank Chinaski). En los autores citados hay una tendencia fuerte a ficcionalizar la memoria de vida con diferentes grados de licencia, y lo relevante no es tanto contar la vida sino utilizar la vida para contar historias. De la otra vertiente, creadores como Manuel Vilas no instrumentalizan la vida para “contar historias”, sino que se comprometen vitalmente con el arte, y arte y vida se resuelven en un mismo plano. Son los artistas que hacen arte con su propio cuerpo.

Dentro del proceso de definición, el escritor se identifica con la clase social media baja, lo que, junto con otros elementos, configura la dimensión ideológica y política de la obra, cuya importancia siempre recalca Manuel Vilas en sus entrevistas e intervenciones. En la contraportada de Calor, Luis García Montero asegura: “Calor es un libro muy creativo, que apuesta por un nuevo modo de poesía de crítica social donde se toma conciencia de la realidad…” Con todo, también habría razones para no abusar de expresiones como “crítica social” para definir Calor, de Manuel Vilas. Durante varias

décadas, escritores, artistas e intelectuales de izquierda han llevado a cabo sus intervenciones de crítica social bajo unas consignas tan insistentes que se han codificado hasta el manierismo. En el discurso bienpensante de la “crítica social” se articula casi siempre un relato donde operan dos roles: por un lado, la víctima, cuyas abyeciones quedan siempre justificadas por las penurias de su vida. Y por otro lado, el observador, escritor o artista, que resulta ennoblecido, gratificado y promocionado a agente del bien gracias a su obra social. Pero en Calor hay una tendencia manifiesta a desactivar cualquier identificación con algo parecido a esta crítica social de la que se viene abusando en todo el mundo desde la Ilustración. En una obra tan fuertemente contextualizada, no puede ignorarse el mensaje velado que lanza Calor a través del envilecimiento de la voz poética, la disolución del maniqueismo moral, el énfasis en la perversidad y las interferencias entre los bajos instintos y la sentimentalidad cristiana, hasta abortar cualquier posibilidad moralizante. Calor tiene la consistencia moral de un sueño, y no precisamente como el de Obama. Más bien, produce monstruos.

Esta entrada fue publicada el 22/05/2009 a las 4:09 pm. Se guardó como Crítica, Quimera y etiquetado como , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: