El semáforo negro

Relato originalmente publicado en Quimera. Nº308-309. Julio 2009

El día del fin del mundo, Alvy Singer se pasó toda la mañana pensando en la palabra subsahariano. Jamás la había escuchado hasta que llegó a Salamanca, y tardó unos cuantos meses en darse cuenta de que era la palabra que utilizaba la gente amable cuando querían decir negro.

A su lado dormía Susan. Susan era una mujer muy grande; debía pesar alrededor de unos ciento veinte kilos. Y su piel era blanca como la leche.

Susan era una preciosidad, pensó Alvy mientras la miraba dormir. Y no es que fuera condescendiente con los gordos. La gordura extrema era una deformidad tan repugnante como cualquier otra. Pero es que Susan era una de las personas más bellas y morbosas que había conocido. Y era precisamente su enorme tamaño lo que la hacía tan especial.

Todos los negros de la ciudad conocían a Susan, y todos los negros de la ciudad se conocían entre ellos. Era una ciudad de blancos. Había venido siendo una ciudad de blancos desde su fundación, ya antes de los romanos. Dios, pensó Alvy, y lo seguirá siendo. Porque nosotros, los negros de esta ciudad, acabaremos siendo blancos. Aquí los negros se vuelven blancos, no hay otra explicación o solución posible.

Alvy tenía resaca, y estaba bastante incómodo. La cama era muy pequeña y Alvy era una persona corpulenta. Debían formar un cuadro bastante cómico; ella tan grande y tan blanca, y él, tan negro y tan corpulento, en ese diminuto catre. Pero Alvy no quería irse; no hasta que Susan se despertara. Quería volver a hacer el amor con ella antes de volver a su casa. Así que Alvy siguió pensando.

Eran pocos los negros de la ciudad, y se conocían todos. Contrastaban tanto como el brazo de Alvy rodeando el lechoso vientre de Susan. Eran más visibles que los semáforos; su negritud parecía refulgir a varios centenares de metros. Y era algo que Alvy no podía soportar, estar siempre rodeado de blancos. Todo el puto día rodeado de blancos. No es que tuviera nada en contra de los blancos, como tampoco tenía nada en contra de los fontaneros, o de las personas mayores de sesenta y cinco años. Eso no determina el fondo de las personas, concluyó Alvy. Pero tanto blanco era una auténtica jodienda. Y los días como hoy, que se había despertado en casa ajena y no podría ducharse, ni peinarse, ni cambiarse de ropa antes de salir a la calle, se iba a sentir realmente incómodo. Sentiría a las personas mirándole, girándose molestas por el olor rancio que desprendía su cuerpo. La gente le miraría en el autobús, muy discretamente. Llamaría la atención. Podría decirle a Susan que le acompañara. La invitaría a comer. Así, yendo con ella, se sentiría menos incómodo.

¿No es increíble que yo sea así?, pensó Alvy. A veces se escandalizaba a sí mismo. Pero lo cierto es que le hubiera encantado que Susan le acompañara a casa porque así llamaría menos la atención, pasaría más desapercibido. Y si había algo que odiaba Alvy era llamar la atención. Desde pequeño había sido tímido.

Pero Susan no le acompañaría, y Alvy lo sabía. Se lo habían dicho sus amigos, que también se habían acostado con ella. Susan era la joven hija de unos agricultores adinerados de un pueblo de Leipizg, cuyo nombre solo podían pronunciar los del propio pueblo. Había venido a la ciudad para aprender español y luego decidió quedarse a vivir, sin más ocupación aparente que salir por la noche a bailar y acostarse con el mayor número de negros que fuera posible. Uno siempre la podía encontrar en El Savor, la única discoteca de salsa que había en la ciudad. Llegaba sola, cuando apenas había gente, y se sentaba a tomar una copa con los camareros. No bebía mucho, Susan. Lo justo, pensó Alvy. Posiblemente no tenga tanta resaca como yo, y quiera volver a hacer el amor conmigo.

El bulo se había extendido por toda la ciudad. Un bulo de negros, se dijo divertido. En ese momento Susan se movió un poco. Alvy se tuvo que agarrarse a las mantas para no caerse al suelo. Casi se parte de risa pero se mordió los labios. No quería despertarla. No quería que ella le preguntara por qué seguía allí, y luego continuara durmiendo. No, esperaría a que ella despertara espontáneamente. Así estaría de buen humor y podría hacerle el amor. Solo de pensarlo ya se estaba empalmando otra vez.

Subsaharianos. Había pocas cosas que los negros de la ciudad tuvieran en común, excepto esa palabra. Aunque refulgieran como putos semáforos entre tanto blanco, lo cierto es que no eran más afines que cualquier otro grupo de extraños escogidos al azar. Así que cada vez que un negro pesado se acercaba a hablar con Alvy solo porque él también era negro, Alvy le soltaba la historia de Susan. ¿Qué otra cosa se podía decir?

Susan se había convertido en una leyenda urbana, siempre en la misma discoteca, esperando a algún negro para acostarse con él. Allí podías ir a buscarla, y si tenías suerte y no había a la vista otro morenito más guapo y simpático que tú, te acostarías con ella. Y mira por donde que hoy era él, Alvy, quien había conquistado la cama de Susan. ¡Ya formaba parte de la leyenda! Alvy se mondaba solo de pensarlo. Lo único que quería volver a metérsela hasta dejarla completamente rellena, oírla cantar la Traviata como la noche anterior.

Una lástima que luego tuviera que volver a su casa, ya se lo habían dicho sus amigos. Y tendría que tomar el autobús con esa facha. Todo el mundo le miraría. Igual que a un puto semáforo negro. ¡Qué pereza da siempre ser negro!, pensó Alvy. Y ya no pudo más: se descojonó

Esta entrada fue publicada el 20/08/2009 a las 6:45 am. Se guardó como literatura, Relatos y etiquetado como , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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