La ciudad en la pantalla

Artículo originalmente publicado en ABCD. Nº904. 24 de mayo de 2009

En primera década del siglo XXI, Barcelona se ilumina en la literatura a la luz de las pantallas. Las obras de varios escritores, que crecieron en los ochenta marcados por las profundas transformaciones de la ciudad, emiten para el lector la versión catódica de una Barcelona que se desmarca claramente de la imagen oficial que los poderes locales tanto se han esforzado por transmitir en los últimos tiempos. Cada escritor es un emisor y cada libro, un nuevo enfoque. Una parrilla de pequeños monitores arroja su miríada de señales ante el espectador, que al principio no reconoce más que un caos simultáneo de imágenes vagamente relacionadas con Barcelona. Poco a poco, ese mosaico aparentemente caótico va generando sus propios patrones. Conjuntos que dibujan una ciudad cambiante, compleja, conflictiva. Lejos del telediario político y la campaña promocional, la Barcelona literaria se define por miles de pantallazos, inestables, que se suceden fugazmente en la lectura.

Para Kiko Amat, en Cosas que hacen bum (Anagrama, 2007), Barcelona, y concretamente el barrio de Gràcia, se convierten en el escenario donde proyectar la fantasía de autorrealización que cada año impulsa a miles de jóvenes a buscarse a sí mismos en la ciudad de moda. Sus protagonistas formarán un elenco de personajes con leves resonancias locales, desde abuelas anarquistas, militantes históricas del POUM, hasta dandis del siglo XXI, en una versión muy libre de las emblemáticas camarillas vanguardistas de los años veinte. El creador toma así materia prima local para configurar un mundo íntimo que no rinde cuentas a la realidad. Del mismo modo, Javier Calvo, en su novela Mundo Maravilloso (Mondadori, 2007), se vale de Barcelona como escenario para una comedia de mafiosos donde lo local se queda en rasgos puramente ambientales. Como en un plató virtual, la ciudad se limita a ser mero telón de fondo para que el director de vida a su propio guión.

Los nuevos camarógrafos ya no parecen tan embelesados por la fascinación cosmopolita que durante la modernidad procuró tantas poéticas basadas en grandes urbes como Nueva York o París. Perdida la concepción de la ciudad como ideal estético, hoy Barcelona se ve sometida a la exploración conflictiva propia de las narrativas posmodernas. En el Canal Juan Trejo, echan El fin de la guerra fría (La otra orilla, 2008); emisión de tarde que explora posibilidades expresivas de Barcelona como representación del mundo globalizado, rompiendo el anonimato de los individuos urbanos a través de la profundización psicológica y la reconstrucción biográfica. Se suceden las secuencias de la ciudad como un lugar de transito, extensión del espacio abstracto que contiene al conjunto de las civilizaciones. Tres estrellas.

Ya en un terreno más combativo, surgen autores que no se resignan al papel de espectadores pasivos del show. Si los escritores no pueden tomar el mando de la ciudad, tomarán, al menos, los mandos de su consola literaria. “Barcelona Arcade”, relato de Robert Juan Cantavella recogido en la antología Odio Barcelona (Melusina, 2008), dibuja, en clave de videojuego, un paraíso turístico que en verdad enmascara una férrea sociedad de control. Tras esa sospechosa falta de conflictos y un decorado de cartón piedra, late el maniqueísmo cultural, la dictadura del cool y el design, y la explotación de lo genuino hasta su degradación. En la misma antología encontramos “Ríos Perdidos”, de Javier Calvo; un texto que atrajo una merecida atención y hoy parpadea en nuestros monitores como la primera entrada de un blog con el mismo nombre. El relato evoca las primeras edades de Barcelona, aludiendo a un pasado remoto, sagrado y natural, que redobla la sensación de pérdida ante un presente donde los poderes locales han hecho desaparecer la ciudad para sustituirla por un artefacto muerto.

La ciudad, nos dice Calvo en “Ríos Perdidos”, está muerta y embalsamada, y entregada al turismo, a “los zombis con olor a crema solar”. Pero si el turismo es la nueva religión que ordena Barcelona, tampoco faltará el escritor turista. En la handycam de Manuel Vilas, que acude a la ciudad condal como tantos otros visitantes, quedan grabadas postales llenas de resplandor. “Adoro Barcelona. Me gusta su luz y siempre hace calor”, escribe en Calor (Visor, 2008). “Barcelona parecía la Quinta Avenida. A doscientos kilómetros de la Quinta Avenida, hay pueblos aragoneses llenos de niebla, llenos de nadie”. Complejas y a menudo contradictorias son las miradas de los escritores. Pero llaman a cierto optimismo. Al menos en la literatura, Barcelona parece seguir a salvo de la estupidez.

Esta entrada fue publicada el 20/08/2009 a las 7:00 am. Se guardó como Crítica, Otros medios y etiquetado como , , , , , , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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