Todo lleva carne, de Peio H.Riaño

Naranjas, peras y mandarinas

Todo lleva carne

Peio H. Riaño

Caballo de Troya. Barcelona, 2008. 148 pags.

Reseña originalmente publicada en Quimera. Nº308-309. Julio-agosto 2009

Cuando uno se come una naranja, espera que le sepa a naranja. Y cuando uno le inca el diente a una novela, espera saborear una novela. Por eso el verdadero riesgo de escribir una novela de vanguardia no es desafiar las convenciones del género. Al fin y al cabo, ningún sistema abstracto de reglas le ha mordido a nadie. Lo verdaderamente arriesgado es que ese sistema de reglas describe todo lo que el lector demanda al realizar el esfuerzo de lectura, y todo lo que el lector espera haber atesorado una vez concluido. Las convenciones de un género regulan, de algún modo, el sabor de la naranja. Peio H. Riaño, con Todo lleva Carne, propone una obra de vanguardia que trata de sugestionar el hambre de otra clase de literatura, esa que disfrutamos por cuanto rompe las expectativas. Pero, ¿Qué pasa cuando las rompe todas? ¿Queremos realmente que rompa todas ellas? En el proceso de lectura, podemos descubrir que no somos tan vanguardistas como creíamos. Y que la vanguardia nos provoca cierta desconfianza cuando no se mueve en los terrenos de la excelencia literaria.

En una sucesión de fragmentos dispares, Todo lleva carne alterna entradas de lo que podría ser un blog personal con relatos más elaborados, en un tono que alcanza desde lo literario a lo abiertamente coloquial, con registros propios del idiolecto con que alguien nacido en los setenta se habla a sí mismo. En varias ocasiones, se acerca bastante a una versión sofisticada de esa escritura terapéutica en la que uno transcribe en clave lírica sus pensamientos para aclarar las ideas. Aunque en general la prosa se nos presenta en forma ordinaria, Riaño a veces la corta, versificándola, dándole ritmo y acudiendo a las repeticiones hasta convertirla en poesía. Durante toda la obra, se mantiene un yo poético que sin embargo no podemos identificar con un personaje o identidad única, pues se diversifica en personalidades e historias que no se engarzan formando una sola identidad. ¿Y dónde está aquí el sabor a naranja? Quizás en la voluntad del lector de buscar un sentido común, conjunto, a la sucesión de textos. Finalmente, una naranja no es más que un acto de ilusionismo: un acto de fe. Editor, lector y escritor deciden que lo es.

Como sucede en otras novelas fragmentarias, la unidad de sentido no llega dada por una historia sino por la indagación repetida en ciertos temas, juegos, tonalidades, actitudes, utilización de un tipo de lenguaje, etc, o sea, en la forma en que tradicionalmente se le viene dando unidad a un poemario. En Todo lleva carne abundará el tono amargo, la expresión de los espacios interiores de frustración, desde la acritud del individuo adocenado por sus obligaciones laborales hasta el fracaso en la experiencia paternal. Se deja ver detrás de muchos textos la mirada del lector de periódicos, que utiliza la literatura como una herramienta de indagación y profundización en la información. Así leemos la reelaboración en clave ficcional de un reportaje del National Geographic, o la descripción de la filosofía empresarial de una tienda identificable con Ikea. Generalmente, nos conducen a una reflexión agria sobre las miserias de la sociedad contemporánea, con algún que otro retrato de zonas horripilantes de la realidad que nada tendrían que envidiarle al chiringuito del Coronel Kurt en Apocalipsis Now. Con todo, la crítica de Riaño se desmarca de las clásicas posturas de la vieja guardia intelectual, y presenta posiciones más matizadas, más comprensivas respecto al individuo actual. Hay un yo que ejerce de consumidor satisfecho, y empatiza con prácticas tan escasamente apreciadas por la aristocracia cultural como el tunning o el chabolismo. Ya en las últimas páginas de la novela, van ganando peso los fragmentos tipo blog donde se nos dan retazos de una vida con rasgos claramente autobiográficos. Es en la descripción de las propias experiencias como padre, cuando el prisma de Todo lleva carne acaba de encajar, dibujando un mensaje lleno de humanidad, de respeto y preocupación por la vida, que merece la pena contemplar.

Esta entrada fue publicada el 20/08/2009 a las 7:21 am. Se guardó como Crítica, Quimera y etiquetado como , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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