El principio de algo

Artículo originalmente publicado en Quimera. Nº 313. Diciembre 2009

Durante el primer tramo del siglo XXI, en España hemos tenido muchas novelas que nos han ayudado a comprender mejor nuestro pasado, pero muy pocas capaces de contemporizar con nuestro presente y nuestro futuro. Si algo ha caracterizado esta última década, ha sido el progresivo envejecimiento de un cosmos narrativo cada vez más distanciado de lo que se vive en las calles y en nuestras pantallas. Denunciar este retraso ya es una crítica generalizada, ni siquiera original, que secundan críticos, escritores y lectores de todas las facciones, pero que desmienten las ventas de una maquinaria editorial que ha ido ganando en sofisticación para especializarse en la venta al por mayor del pasado. Cada vez más, la novela parece haber encontrado su cuota de mercado en servir como congelador donde meter en conserva las nostalgias, en dar rienda suelta a fantasías históricas, en asegurar un discurso conservador donde refugiarse cómodamente de nuestro propio siglo.

Hace poco, un prestigioso escritor decía que en sus tiempos a los españoles no se les permitía ser jóvenes. Como lamentable reflejo de esa carencia colectiva, a la novela española tampoco se le ha permitido. Sumado al progresivo envejecimiento de la población lectora y la fuerte institucionalización del género, no debe extrañarnos el enrocamiento de la novela en los valores del mundo adulto, en claro contraste con el espíritu de una época totalmente volcada en el culto a la juventud. La llamada cultura novelesca comparte con las humanidades clásicas su pulso agónico contra la cultura contemporánea, su observancia de unos modales burgueses que han decaído en paralelo a los proyectos narrativos de nuestros más laureados novelistas. Lo suyo no se trata de un mero rechazo de lo banal; implica la renuncia a todas las subculturas que se fraguaron en el ambiente de vanguardias de los años 20, que recorren el principio de siglo XX en clave de jazz y que eclosionaron en millones de facetas tras la explosión de la juventud americana de los 50. En su confinamiento, la novela española ha ignorado ese pulso juvenil que alimenta la renovación estética, para concentrarse en un único oficio: la fábula. Aún con honrosas excepciones, durante la primera década del siglo XXI, la novela española ha renunciado a ser artística.

Frente a estas carencias, se han favorecido otras funciones de la literatura, y muy en concreto, la memoria. Se han escrito muchas novelas que nos ayudan a aceptar nuestro pasado, como demuestra la proliferación masiva en los últimos años de la narrativa sobre la etapa franquista, que solo puede entenderse si comprendemos la necesidad muchos españoles de afrontar un perido traumático que no habían podido revisar antes, en aras del espíritu amnésico de la transición. La escritura sobre el franquismo tiene mucho de terapéutica y necesaria, por cuanto trata de resolver los problemas existenciales de toda una generación. Pero también se ha visto afectada por la progresiva mercantilización de la memoria histórica, dando lugar a una fórmula de éxito editorial que ha acabado difuminando sus méritos reales. Además, avanzan las generaciones que no tienen ninguna cuenta que saldar con el franquismo; ni nostalgia, ni odio. Para el lector nacido a finales de los 70 y los 80, la época más dura de la dictadura está tan alejadada cronológicamente como lo está para un escritor nacido en los 40 el desastre del 98. Ya no hay implicación emocional alguna, solo la conciencia de un pasado nacional indeseable del que no se quiere nada, y no estimula ninguna necesidad íntima de profundizar.

Estos problemas de la novela se han traducido en una incapacidad para captar la nueva hornada de consumidores culturales, a quienes van dirigidas la producción y publicidad de la mayor parte de la industria cultural, que abarca las series, las webs, las películas, la música urbana, los videojuegos… Ese lector, al revés que el lector del siglo XX, no se posee en exclusividad. Sus gustos y aficiones se hayan mucho más diversificados, y su concepto de la cultura, sustentado en una densa red de relaciones multimedia que se amalgama a través de Internet y la descarga de archivos digitales. En la medida en que la novela permanece muda, sorda y ciega a este nuevo contexto, tanto por sus contenidos como por su soporte, su futuro como agente de influencia social se ha visto más que comprometido. Por desgracia, muchos de los jóvenes novelistas que deberían haber incorporado estos códigos, también se han visto arrastrados por una tradición nacional que los ha llevado a perpetuar los viejos modos de representación. Víctimas de una herencia envenenada, continúan ensimismados en una cultura literaria obsesionada consigo misma.

En paralelo a este panorama, a partir de 2003 empezaron a surgir una serie de acciones reivindicativas que llegaron a su punto álgido en 2007, y que han conseguido dar visibilidad a un grupo de novelistas que se presentaron como verdadera alternativa a los modos literarios dominantes. Gracias a una serie de eventos, promociones, acciones en Internet y apoyo mediático, España disfrutó de un debate sobre la crisis de su novela que ha supuesto el evento más estimulante de toda la década, y sirvió como catalizador del inconformismo de un gran número de críticos y lectores. Algunos pueden dudar de la genialidad de los artífices, pero lo innegable es que, gracias a ellos, hoy podemos preguntarnos si no estamos ante el comienzo de una nueva etapa. La creciente popularidad de sus libros, su mayor presencia mediática y estatus editorial, nos hacen albergar esperanzas sobre un futuro más diversificado y conectado con el presente, que genere un nuevo contexto de recepción que otros escritores afines podrán aprovechar. Estas nuevas narrativas han conectado la literatura con el mundo referencial hoy predominante, trayendo unos aires de vanguardia y de experimentación artística que ya se daban por desaparecidos. Entre los escritores aludidos, se encuentran algunos con verdadero potencial para provocar un cambio en nuestra tradición narrativa, y cuya influencia en las posteriores generaciones está casi asegurada.

Al margen de otras consideraciones positivas, estos agentes de cambio también anuncian transformaciones en el perfil del novelista no tan beneficiosas. Con la crisis del programa social de la novela, derivada de los excesos cometidos por la fuerte ideologización de las décadas anteriores, el nuevo escritor parece absorto en su mundo personal, falto de compromiso con la causa política y con poco interés en su papel de agitador social. Si durante el siglo XX los escritores ocupaban escaños en los parlamentos y embajadas, si se convirtieron por su exilio y persecución política en mártires de un padecer colectivo, si se tomaron por gurús de opinión en la lucha por la mejora democrática -y las sombras de ese papel activo en la sociedad llegan en forma de alargada columna dominical hasta nuestros días- los nuevos novelistas de siglo XXI parecen tener muy clara la práctica devaluación del escritor como líder intelectual. En nuestro país, esa desmotivación no parece más que un reflejo de la desmovilización general de la sociedad española, que, después del paréntesis de la Transición, está volviendo a sus bases tradicionalmente apolíticas. Relegado por la sociedad a un papel cada vez más secundario, el novelista de hoy, más que querer cambiar la sociedad, trata de comprenderla, mostrándose más interesado por la renovación estética que por la mejora social. Quizás no sea sino parte de un agotamiento general palpable en todas las sociedades democráticas, en las que la explotación sin límites de la libertad de expresión parece haber fundido las capacidades del arte para promover un cambio social. Además, en la construcción de su identidad, tanto estos nuevos escritores como las viejas glorias se han visto arrastrados por el imparable avance del marketing, que puede considerarse el verdadero configurador del panorama literario de nuestros días. En un contexto donde periodismo cultural y publicidad se confunden continuamente, uno nunca sabe si la presencia mediática de un autor corresponde a su valía literaria o a su valor como producto. El producto, como todo el mundo sabe, ya no es la novela, sino el propio escritor: el personaje es el producto. El marketing ha puesto al novelista por delante de su propia obra.

Con todo, vivimos un momento que nos permite soñar con un futuro mejor para nuestra novela. Algunos psicoanalistas dicen que una crisis es como tirar una baraja mágica al aire. Mientras siga en el aire, uno puede mover las cartas, reordenarlas, cambiar cosas con relativa facilidad. Cuando las cartas vuelvan al suelo, cualquier cambio se volverá mucho más difícil. Para algunos, la segunda década del siglo XXI comenzará con las cartas de la novela española en el aire. El sistema literario, como realidad puramente discursiva, puede moldearse en los siguientes años de forma mucho más conveniente. La dialéctica entre generaciones, o la falsa creencia de que para elevar una propuesta propia hay que desbancar la establecida, puede tener justificación para la dinámica empresarial y mediática, pero no para una discursión crítica, filosófica, que busca un sentido más profundo a las cosas. Si hay que construir una literatura nacional, existen grandes alternativas que van más allá de la confrontación generacional, cuyos beneficios a día de hoy pueden darse por agotados. La beligerancia necesita facciones; necesita generalizaciones sumarias. Pero la complejidad de la novela española es mucho mayor: se compone de una pléyade de individualidades, algunas de ellas aisladas, otras conectadas a densas redes de influencias. Atender a la pluralidad, mostrar tolerancia y comprensión mutua, quizás sean las mejores recetas para reordenar la baraja. Vivimos un proceso imparable de segmentación del público, cada vez más especializado, más selectivo. Ningún tipo de novela tendría que triunfar sobre otro tipo, ninguna estética debería prevalecer. Si algo podría desearse como legado de la saliente década, sería haber ganado la diversidad.

Esta entrada fue publicada el 01/02/2010 a las 6:44 pm. Se guardó como Crítica, Quimera y etiquetado como , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

3 pensamientos en “El principio de algo

  1. daniel en dijo:

    Hola, en realidad llego porque me gustó mucho el ensayito narrado que trae este mes Quimera, laralito, Martini, etc. así que ya que estamos te aplaudo por él.

    Y me encuentro con esta serie de reflexiones que no creo haber leído en la revista, al menos no la recuerdo. Tengo un par de salvedades parciales que sin embargo, carecen de valor, así que las dejo para otro día, son cuestiones menores que no hacen al fondo de lo que se expresa. Pero lo que sí me parece que tiene algo que ver es que más o menos siempre fue igual, las nuevas generaciones crearon sus espacios o coparon espacios ya existentes y desde ahí adquierieron visibilidad. Las nuevas camadas siempre traen nuevos métodos y nuevos procedimeintos para hecer literatura, incluso nuevas pretensiones. Métodos, procedimientos y pretensiones que suelen ser muy diferentes a los de quienes los precedieron porque justamente en literatura se trabaja siempre en oposición (hay quien afirma que es mas importante aquello que no gusta que aquello que gusta, por ejemplo y yo no creo que sea muy errado). Y además pasa que quienes “están” no suelen actuar con generosidad con quienes “llegan” porque abrir espacios de algún modo implica también perderlos. Los espacios son los que son y por cada uno que entra otro tiene que salir, digamos. Y siempre está el hastío con la literatura anterior porque no expresa, no narra el mundo tal cual lo ven estos que llegan, el arte envejece y la literatura incluso mucho mas. al menos más o menos por ahí pasa el argumento. Pero el problema es que el argumento en algún punto es falaz y te explico por qué: eso que sucede en España, sucede también en Argentina, de manera muy pero muy similar. Y esperá un poco más antes de pensar las coincidencias, también pasa más o menos igual en Perú, Chile, Brasil, FRancia e Inglaterra y podríamos seguir nombrando decenas de países. Lo que lleva además a interrogarse sobre si no fue siempre así. Dos o tres ejemplos: los modernistas de principio del siglo xx Borges incluido, los surrealistas y los beatniks. Digo, es para pensarlo.

    Y algo más que abona y refuerza tu tesis de la diversidad, es un dato de la realidad editorial: no te olvides que hoy, por múltiples razones, el negocio pasa por editar mucho. Por lo tanto la diversidad deviene en una necesidad del mercado. Y además de eso tenemos internet que también acciona en el mismo sentido.

    Bueno, nada, me pareció que tenía que dejártelo dicho. Perdón por la carencia de síntesis, me pasa seguido con los comentarios de los blogs, no me sale razonar en un haikú, culpa mía.

    • Hola Daniel, muchas gracias por tu comentario. No es nada habitual tener feedback con artículos y reseñas críticas, así que aprecio mucho que te hayas pasado por aquí para dejar tus impresiones y tus razonamientos, que me parecen muy certeros. Es verdad que no hay nada nuevo bajo el sol; y que en literatura los ciclos se repiten. Hay acciones y reacciones que llevan sucediéndose, del mismo modo, desde el inicio de la modernidad. El otro día hablaba con un colega justo de eso; de cómo los modernistas se revelaron contra la novela decimonónica de forma muy parecida a la que estos nuevos narradores españoles han tenido de rebelarse contra la novela española.

      De diversidad, como bien apuntas, las editoriales nos tienen bien surtidos. Yo en el artículo quería apuntar que no hay que ser nazi con las opciones estéticas. A veces, cuando lees ciertos libros o artículos, parece que para proponer una estética nueva hay que descabezar la anterior. Quizás sea cierto, por el tema de la limitación de espacios (más que editoriales, de poder o simbólicos) que también apuntas. Aunque no por cierto es lo más deseable. Sobre todo, me parece muy empobrecedor cuando se repite el discurso a la contra en torno a una determinada corriente estética, que trata de prejuzgar obras y autores muy diversos de un plumazo. Eso en narrativa española es una realidad. Si no, ahí está el artículo de Nuria Azancot el pasado 12 de marzo en El Cultural. Y vuelta la burra al trigo, diríamos en mi pueblo.

      Saludos

  2. daniel en dijo:

    Bueno, en cuanto al feedback, ya lo tendrás o no, internet tiene sus propias vueltas, algunas de ellas hasta me resultan incomprensibles.

    No leí el artículo que referencias, lo buscaré. De todos también quisiera matizar un poco lo que comenté: me parece que es una batalla que de cualquier modo hay que presentar. Es decir, si los postulados en base a los cuales se elabora literatura envejecen y existe otra forma deescribir ¿por qué no intentar que adquiera visibilidad? El hecho de que en la modernidad siempre haya sucedido de forma similar no agota el procedimiento, al contrario, refuerza la hipótesis de su necesidad. Sí como decimos, la literatura se elabora en base a postulados antagónicos también es lógico pensar que desde otro lado se ofrecerá resistencia. En cuanto a la crítica, específicamente, siempre funda una lectura posible. Que algunas lecturas nieguen, cancelen e incluso se impongan a otras, es parte de la metodología histórica, la normativa general. Pero esas imposiciones son siempre temporales. Un ejercicio agradable de hacer por ejemplo, es tomar una Quimera de hace diez o veinte años y compararla con la actual. Tanto en coincidencias como en contradicciones. Hay cierto flujo y reflujo en esto y pasaremos la vida discutiendo más o menos las mismas cuestiones, como antes tantos otros pasaron su vida discutiendo las mismas cuestiones. Ahora bien, la diversidad editorial sí es un elemento nuevo a tener muy en cuenta, es un fenómeno actual, sólo ahora distintas corrientes pueden coexistir porque todas pueden llegar al libro. Pero eso no quiere decir que todos los que adquirieron alguna notoriedad, algún espacio simbólico, se dediquen a aplaudir esta divergencia. Ojo, todos necesitan imponer sus propios postulados como válidos. La crítica discute lecturas sólo en su superficie, porque en el fondo lo que siempre estamos dicutiendo son escrituras. Ahí todos necesitamos creer que vamos por la avenida correcta.

    Algo más, en el comentario anterior te dije que la situación en Argentina era similar y me quedé pensando en eso. Ahora me contradigo, la cuestión ni es similar ni asimilable, es muy distinta: aquí una nueva camada de diversas generaciones accionan contra el canon e intentan entrar en la disputa por la visibilidad. Reclaman para sí la novedad y se plantan como vanguardia. Es un modo de pensarse, de razonar, que en sí es bastante sano. ¿Para qué escribir si en términos de calidad textual nadie podrá superar a Borges ni a Flaubert? Escribimos porque registramos el mundo de un modo diverso y queremos dar cuenta de ese cambio, es una respuesta razonable. En Argentina no es igual, el concepto de vanguardia, ese modo de pensarse en relación a la propia biblioteca es cosa de mi generación, no de las posteriores. Yo soy nacido en los sesenta, para que me entiendas. Las camadas posteriores detestan cualquier postulado de vanguardia, lo combaten, lo desprecian. Lo único que comparten con las nuevas camadas españolas es la articulación de discursos otrora tabúes, como el marketing. Pero lo utilizan de un modo diverso, para darle visibilidad a un texto sí, pera articular un texto desde ahí no. La nueva literatura argentina es la más profundamente conservadora de su historia, todos aspiran a ganarse un lugar simbólico de prestigio (algunos incluso ya lo han logrado) pero todos se apoyan en quienes están en esos mismos sitios de visibilidad. Allí no existe ninguna posibilidad de que alguien solicite, como vendría a ser tu caso, que las aproximaciones críticas no sean “nazis” en cuanto a las consideraciones estéticas. Ahora la pregunta es ¿aquello es mejor? Yo creo que no, que de los debates y las posiciones enfrentadas e irreconciliables, se hace mejor literatura. Pero sé que todo esto es dicutible y que además se aleja de tu planteo original, sólo que como lo pensé a partir de tu texto me permití hacértelo conocer, nada más. otro papiro, perdón.

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