Postpoesía, de Agustín Fernández Mallo

Reseña originalmente publicada en Afterpost.

Fernández Mallo ya había manifestado de forma escueta la pésima opinión que le merece el panorama poético nacional, pero nunca hasta ahora había sido tan sistemático ni osado en sus ataques como en Postpoesía, que además de un ensayo de estética, se revela como un misil dirigido directamente contra la práctica totalidad de los poetas, editores y críticos que operan en el campo de la poesía nacional de nuestros días. Con ese doble objetivo, el autor defiende su propio programa literario como antídoto para la renovación de una poesía falta de libertad, dominada por un stablishment corporativo y castrador, ensimismado en su propia tradición e incapaz de abrirse a los discursos que dominan otras esferas creativas, como la ciencia en el arte contemporáneo. Para argumentarlo, se vale de una oposición binaria que divide ese escenario entre “poesía ortodoxa”, donde engloba casi al conjunto de la poesía española, y la poesía postpoética, paradigma estético que los lectores habituales del autor ya conocerán, por corresponder a las directrices que viene aplicando en sus últimas obras literarias, y por los artículos anteriores que ya publicó al respecto.

Hay partes muy interesantes en Postpoesía, que profundizan en los planteamientos estéticos que Fernández Mallo aplicó para construir la narrativa que, en palabras de su editor “ha generado más reseñas y debates literarios de los últimos años”. Con prosa rítmica y clara, Mallo desglosa con originalidad nuevos enfoques para comprender la disección entre alta y baja cultura, entre lo natural y artificial, lo privado y lo público, la literatura y el mercado; nos habla de las estructuras rizomáticas, de las redes, del trabajo literario con spam, de la reelaboración contemporánea de la tradición; establece explicaciones sobre su concepción de la literatura valiéndose de perspectivas científicas y filosóficas, como los conceptores, la no secuencialidad y el orden-lista, la deriva o el falsacionismo. Continua, además, conectando a los lectores con expresiones del arte contemporáneo, ayudándolos a replantearse una nueva relación con la ciencia, más provechosa que su tópico encumbramiento como gran discurso legitimador de nuestro tiempo. Como Nocilla Dream, Nocilla Experience, o su blog, El hombre que salió de la tarta, el nuevo libro de Fernández Mallo constituye una prueba más de la vitalidad de un escritor capaz de ofrecer algunos de los materiales más divertidos, originales y artísticos del panorama. Por eso nos preguntamos, ¿qué necesidad había de liarse hablando de “nuestros poetas”?

De todos los enfoques posibles para definir la estética postpoética, su creador ha elegido realizar la clásica comparación de corrientes dentro de una tradición patria, recuperando esas píldoras de conocimiento de “poesía de la experiencia” y “poesía de la diferencia”, para empaquetarlas en la aún más fantasmal “poesía ortodoxa”. Sin aportar ejemplos ni distinciones de ningún tipo, con esta macro-simplificación se pretende tipificar una vastedad de poesía que aparece reducida a una lista de rasgos generales (o más bien, carencias y miserias) que debemos dar por válida, del mismo modo que, en los vetustos cursos de Filología, nos vendían una lista de rasgos para despachar dos siglos de literatura, al que luego daban títulos como “el Barroco”. Esa voracidad aglutinadora tenía sus ventajas: no hacía falta leer un solo libro: bastaba con creer a pies juntillas esas versiones secundarias para dar por sabida toda la literatura española en solo cuatro años. La literatura, relegada por la Historia, terminaba reducida a temario de oposición.

Lo esperanzador es que esa mala educación parece haber avivado en muchos un espíritu crítico que les ha llevado a desconfiar de esas crédulas generalizaciones. Así se demostró cuando, hace dos años, un grupo de escritores emergentes se opuso a ser conocido como “la generación Nocilla”. De alguna manera se intuía que la aceptación de esa etiqueta suponía dar vitalidad a una generalización que borraría sus diferencias, que discriminaría su originalidad individual para priorizar un discurso único que acabaría por condicionar la lectura de sus libros, o aún peor, que acabaría por sustituirlos. No hacía falta mucho más que su cooperación para que la inercia historicista los convirtiera en un capítulo perfecto: una pieza inmejorable para esa causalidad de corrientes y contracorrientes que se suceden en un ámbito estrictamente nacional, y que hasta hace poco parecía el único modelo posible para comprender la literatura. Si algo aprendimos algunos de esa polémica es que la literatura que ofrece una mirada diferente de la realidad, no se puede comprender si es mirada desde los viejos balcones neoclásicos del conocimiento. Y eso es lo que no puede comprenderse de Postpoesía; que Fernández Mallo, para explicar una estética de vanguardia, conectada con las líneas de actuación más renovadoras de la ciencia y el arte, la haya convertido en una corriente nacional, definida por oposición binaria con la fantasmagórica “poesía ortodoxa”, que se nos presenta como abstracción carente de referentes, buena solo para mantener una lucha entre dos bloques con que sostener el hilo argumental.

Al margen de esa crítica, los lectores de ensayo más curtidos deberán decidir si les convence este texto que ya en sus primeras páginas se nos anuncia como “puro experimento, siempre incompleto y más lleno de fragmentos que de sistematología (…) una investigación por inducción analógica, en absoluto científica al uso”. Sobre todo cuando Fernández Mallo se sustenta en discursos filosóficos y científicos que, en lo que a sistematicidad se refiere, se escribieron con un talante muy diferente, más bien para ser comprendidos y ampliados de forma sistemática y rigurosa, no analógica ni metafórica. ¿Libertad artística en un ensayo? ¿Apropiacionismo ensayístico? Cuanto menos, Postpoesía logra cumplir con su programa de hibridación de la literatura con las artes, provocando la misma pregunta que inauguró el arte contemporáneo. Estamos llamados a preguntarnos sinceramente, sin sombra de ironía ¿esto es pensamiento? Quizás, en la dinámica irresoluta de esa duda, Postpoesía alcanza su mejor efecto.

Esta entrada fue publicada el 01/02/2010 a las 7:06 pm. Se guardó como Afterpost, Crítica y etiquetado como , , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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