Stradivarius Rex, de Román Piña

Reír o no reír

Stradivarius Rex

Román Piña

Sloper, Palma de Mallorca, 2009. 266 pags.

Reseña publicada originalmente en Quimera. Nº311. Octubre 2009

¿Hasta qué punto puede hacer gracia un libro? Si lo comparamos con series televisivas como Padre de Familia, con programas como La hora chanante, con pelis como Wall-e, hay que reconocer que la literatura anda bastante limitada de recursos, al menos para alcanzar el nivel de sofisticación que hoy demanda el público que se ha educado consumiendo cantidades industriales de comedia. Son ya pocos los escritores que adoptan un tono abiertamente humorístico, como si ya se hubiera interiorizado que la lectura silenciosa difícilmente puede procurarnos los momentazos que vivimos delante de nuestras pantallas, y los humoristas vocacionales siempre encontraran lenguajes más propicios para dar rienda suelta a su capacidad de hacer el chorra. De ahí la sorpresa de Stradivarius Rex, una novela que ya desde la primera página se atreve con el arriesgado desafío que supone hoy procurar la carcajada a base de literatura.

Un fracasado con ínfulas de escritor se despierta un día en el cuerpo del otro. Cada día, durante diez años, irá cambiando de cuerpo, dando cuenta de una colección de personajes y vivencias características de nuestro tiempo, que se entremezclan con un marco general donde se resuelve la vida del protagonista hasta el momento de su primera trasmigración. Con este planteamiento, Román Piña se procura un eficaz sistema de cajas chinas donde colgar todo tipo de materiales, para abordar un género –el cómico- que cada vez tira más de sketches, y menos de tramas con largos desarrollos. En vez de decantarse por una clase de humor, el autor tantea todas: hay una caricatura de Bill Clinton, un pastiche en clave low burlesque de la mitología griega, una columna sobre la política mallorquina, caricaturas de celebrities del siglo XX como Hitler o John Lennon; pero sobre todo impera la sátira, aplicada a un mosaico de personajes contemporáneos, con especial énfasis en el mundillo de los talleres literarios, los aspirantes a premios como el Planeta y los escritores de éxito sin escrúpulos.

Desde Chaucer hasta nuestros días, la sátira se ha revelado como una de las herramientas más afinadas para denunciar clichés y vicios instalados silenciosamente en la sociedad. Su materia prima sale de lo que late bajo las apariencias, lo respetable y socialmente aceptado, siendo su objetivo airear esas vergüenzas que se vienen callando, bien por la complicidad de un colectivo que comparte unos mismos defectos, bien porque nadie había recaído en ellos. La sátira nunca inventa nada: su éxito depende de descubrir lo que todos conocían de un modo inconsciente, pero no se había verbalizado. A Stradivarius Rex, en gran medida, le falta esa novedad: muy posiblemente sus lectores se encuentren con mucha sátira que no descubre nada nuevo, sino que recae en estereotipos y comportamientos que ya son vox populi, cuando no se desvelan directamente como caricaturas de caricaturas, perdiendo su principal efecto. Si a esto le sumamos el desgaste apreciable de los recursos humorísticos que deben sostener algunos de sus pasajes, nos damos cuenta de que el escritor comediante, con su producción basada en la soledad y el papel, parece tenerlo bien difícil. No es sencillo satisfacer a un lector -espectador educado por los shows de una industria que se vale de legiones de actores, dibujantes, productores y guionistas, que se van quemando, junto con sus chistes, a velocidades supersónicas.

Stradivarius Rex, concebida con grandes dosis de fantasía, convencerá a aquellos que esperan que les cuenten un cuento, no tanto a quienes recelan de las texturas propias de la imaginación. Sin embargo, todos apreciarán credibilidad y profundidad en el retrato Marcos Badosa, su protagonista, que entronca con la estela de grandes perdedores de la ficción cómica, como el Wilt de Tom Sharpe, el Ignatius J.Reilly de John Kennedy Toole, los clercks de Kevin Smith, el Philip J.Fray Fray de Matt Groenning o el soldado de la reciente Abril, de Carlos Eugenio López. Hay algo liberador en la contemplación de estas vidas vulgares y en gran medida absurdas, que alivia el peso de nuestra propia humanidad. Obran algo parecido a un milagro: que nos riamos de nosotros mismos.

Esta entrada fue publicada el 01/02/2010 a las 6:03 pm. Se guardó como Crítica, Quimera y etiquetado como , , , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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