Crónicas Birmanas, de Guy Delisle

Artículo originalmente publicado en Quimera. Nº316. Marzo de 2010

En los últimos años al mundo del cómic se le han permitido algunas apariciones en las librerías no especializadas. Obras gráficas que lograron romper el cerco del género, como Pyongyang (Astiberri 2005), del propio Guy Delisle, Persépolis (Norma Editorial, 2002), de Marjane Satrapi, o Maus (Aleph editores, 1989), de Spiegelman, comparten con Crónicas Birmanas unos presupuestos que parecen dotarles de un atractivo especial para lectores que habitualmente reniegan de todo lo que tenga viñetas. En todos los casos, se trata de obras que se valen de una experiencia biográfica para hablarnos del dramatismo de sociedades castigadas por regímenes políticos deleznables, y que comparten un talante muy cercano al libro infantil; en Maus los personajes que protagonizan el exterminio judío tienen cabeza de ratón, en consonancia con la estrategia básica de las fábulas de presentar animales con roles de personas; en Persépolis, gran parte del relato se ofrece a través de los ojos de una niña iraní, utilizando su fantasía como motor evocador para ramificar la historia; y en Pyongyang y Crónicas Birmanas, el retrato de las dictaduras de Corea del Norte y Birmania también se contagia de modos típicos de la historieta y los dibujos animados. Gracias a las tintas planas, a la limpieza del trazo y las simpáticas representaciones humanas, estos cómics se apoyan en registros naif para endulzar con falsa ingenuidad el retrato de algunos de los peores regímenes políticos de las últimas décadas, volviendo amenas y hasta agradables sus historias, aunque no sin ciertos riesgos. Determinados temas, sobre todo cuando hay violaciones masivas de derechos humanos de por medio, no permiten demasiadas licencias artísticas. La obra de denuncia se sustenta en los hechos, y por tanto, debe minimizar las distorsiones típicas del acto artístico y maximizar la fidelidad en su uso del lenguaje. Concebir el cómic como un soporte válido para esta función ya supone un acto revolucionario, sobre cuando aparecen autores que han sabido adaptar sin renuncias las características intrínsecas del género. Pero no todo son logros. Tanto en Crónicas Birmanas como Pyongyang, algunos errores le restan audacia al proyecto.

¿Alguien recuerda La vida es bella, de Roberto Begnini? Muy rara vez aparece alguien capaz de elevar una tragedia humanitaria al rango de comedia sin descalabrarse por el camino. Charles Chaplin quizás fue el gran maestro, con su continua parodia de la extrema pobreza de la clase obrera de entreguerras. En Pyongyang, sin embargo, el balance es más dudoso. Al simpático estilo del dibujo, Delisle suma numerosos chascarrillos que describen en clave irónica cosas como el lóbrego decorado en que los dirigentes han convertido la capital del país, el culto mesiánico a la imagen del fundador de la nación, o el lavado de cerebro al que se ha sometido a la población local. Hasta ahí, el álbum se antoja como una versión divertida del documental típico sobre Corea del Norte hecho sobre el terreno, y digo típico porque todos tienden a parecerse muchísimo, debido a que los extranjeros tienen el acceso restringido a siempre a las mismas áreas y personas del país. Si lo que diferencia a Delisle, quien protagoniza sus propios álbumes, es la ironía, hay que decir que ésta acaba pareciendo más una forma de distanciamiento (de autoprotección ante la otredad) que de crítica humanitaria. Su excelente humor a lo largo de su estancia de tres meses en Pyongyang, en calidad de jefe de una producción de dibujos animados en un estudio local, transmite más indiferencia que compasión. Todo aparece potentemente caricaturizado, menos el propio observador, quién no duda en demostrar la inferioridad intelectual y la falta de carisma de los norcoreanos frente a su propia arrolladora vitalidad y rollo cool. Solo al final del libro, el autor parece implicarse emocionalmente con el entorno, aunque no logra disipar la sensación de que hemos consumido un producto moralmente dudoso.

En Crónicas Birmanas, Delisle cobra todavía más protagonismo, estableciéndose como personaje principal de una serie de viñetas temáticas que tratan la larga estancia pasada en Rangún con su esposa, miembro de Médicos sin Fronteras, y su hijo recién nacido. En gran medida, el álbum resulta un singular cruce entre el reportaje humanitario y la historieta de tebeo. A la denuncia de las condiciones de vida en Birmania, se intercalan numerosas páginas donde el autor hace gala de un gran repertorio de gags y recursos propios del humor de los dibujos animados, lo que acaba transfiriéndole al protagonista, con su sucesión de risibles penalidades, el rango emocional de un cartoon. Sobre todo a la mitad, esta cartoonización acaba volviendo muchas páginas tan ligeras como intrascendentes. Aunque es cierto que en Crónica Birmanas sigue sacando tajada de su campechanía, del esquema típico de “un tipo normal en…”, a diferencia de Pyongyang, aquí sí incluirá la autoparodia, y solo por eso, ya gana altura respecto a su trabajo anterior. Su humor se vuelve especialmente agudo cuando satiriza la laxitud y el desganado idealismo del occidental de izquierdas. Como lector, yo necesitaba esa autocrítica para sentirme cómodo.

Cualquiera que habite más allá de las fronteras de los países desarrollados, sabe que son muchos los expatriados que pasean por esos mundos de Dios con la soberbia y el desdén de quienes consideran su civilización occidental mejor que cualquier otra, y tratan de reafirmar su identidad a través de la negación de todo lo que les rodea. A ese reflejo instintivo de autodefensa debemos mucha distorsión en las crónicas de viajes de todos los tiempos, aunque con los años se ha ido suavizando conforme los occidentales asumían posiciones más respetuosas y humildes. En su trayectoria, Delisle parece experimentar una evolución parecida, ya no solo de un álbum a otro, sino en el desarrollo de cada historia. Al comienzo, ejerce de crítico que aplica el filtro de indignación ciudadana de un parisino o barcelonés, pero a la realidad de ciudades como Pyongyang o Rangún (¡vaya idea!). A veces, sus intereses fundamentales parecen pasar por demostrar por qué Birmania y Corea del Norte son países de mierda, poniendo énfasis en lo pintoresco, en el subdesarrollo amable, ingenuo, fotografiable, que nos divierte por no ser nosotros quienes lo padecemos. Como buen relato humanitario, Delisle construye la identidad de un país en base a sus carencias, realizado estudios de campo de los problemas y las miserias de la ciudad, que plasma en su álbum con retóricas a veces idénticas a las que utilizan las ONG para conseguir fondos. La urgencia y el afán pragmático de la denuncia prevalecen sobre otras posibilidades de la crónica, como la búsqueda de las esencias culturales y humanas del lugar; algo de innegable valor humanitario, pero algo injusto con la identidad de sus habitantes que, al fin y al cabo, jamás se definirían por esas miserias, que posiblemente traten de ignorar en su día a día para concentrarse en otros aspectos de la vida más enriquecedores. La denuncia activista satura los medios de comunicación y la actividad política, y crea un telón que a menudo no nos permite ver más que los problemas de un país (pienso en Colombia, Sudáfrica o la Cuba castrista). Como contrapunto al discurso mediático, quizás el cómic, el cine y la literatura deberían siempre marcarse el objetivo de profundizar más allá de esa mera protesta, para tratar de rescatar las identidades sepultadas por la marea de malas noticias.

Con todo, a Delisle le debemos el haber traducido a un lenguaje muy accesible un mensaje que merece la pena propagar. Crónicas Birmanas, además de ser una lectura amena, destaca por su calidad gráfica, que brilla especialmente en el retrato y la narrativa visual. Y lo mejor está al final. Página a página, el relato va ganando profundidad, conforme el protagonista se implica cada vez más en la realidad birmana, y se va librando de esa personalidad de dibujo animado para transmitir experiencias vitales trascendentes, que anuncian la transformación de un personaje de carne y hueso. La realidad (eso que siempre supera la ficción) le aportará el giro a lo fantástico que necesitaba: una apoteósica acción de surrealismo político que Delisle sabrá transmitir con especial intensidad. Finalmente, el álbum se convierte en la maravilla que podría haber sido.

Esta entrada fue publicada el 31/07/2010 a las 6:52 am. Se guardó como Crítica, Quimera y etiquetado como , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: