“La luz es más antigua que el amor”, de Ricardo Menéndez Salmón

Un artículo originalmente publicado en Quimera nº323. Octubre, 2010

Un trasunto de Menéndez Salmón llamado Bocanegra, nos dice al final de la La luz es más antigua que el amor que se trata del “más ambicioso libro que había concebido”, “una ofrenda a los creadores”, donde ha querido “contar a los demás pero también a sí mismo el misterio de la creación, en qué consiste el don y la condena de estar tocado por la pesada mano del arte”. En la historia de tres pintores – uno real (Rothko) y dos inventados- y de algunos episodios referidos a Bocanegra, vida y arte se hayan tan entrelazados que el relato de vida se convierte en pura reflexión sobre el sentido del arte. Una vez más, existencialismo y tragedia serán los ejes vertebradores de la obra novelesca de Salmón, que ha hecho de la desgracia y su devenir su materia predilecta para explorar las profundidades de la condición humana. De esa inseparable unión, subyace un compromiso del autor casi análogo al que tienen los pintores de su ficción, haciendo de la novela un manifiesto de su radical búsqueda de la trascendencia a través de la literatura.

Cobra importancia la écfrasis en La luz, por cuanto la pintura forma parte de la esencia de los protagonistas, todos ellos tocados por el genio de la creación. La obra plástica se configura como portal de entrada a la intimidad del personaje, así como un estímulo donde encuentra Salmón una veta nueva para su literatura, más reflexiva y ensayística que en sus tres novelas anteriores, que conforman “La trilogía del mal”. Disertaciones sobre arte, belleza, la función del creador o la figura del genio son nuevos aportes a un estilo narrativo que ya había alcanzado una gran altura en Derrumbe, la segunda de la citada trilogía, compartiendo con la tragedia aristotélica su gusto por el sufrimiento humano y, sobre todo, su búsqueda de la elevación, valiéndose de una serie de estrategias que, entre otras cosas, marcan la diferencia con muchos de los novelistas de su generación.

Frente a la referencialidad basada en la cultura de masas, el consumo, las tendencias y los géneros narrativos, Salmón se enroca en los valores y el espíritu de las humanidades, abrazando el canon más prestigioso del arte y la cultura universal, con especial presencia de la tradición grecolatina. Frente a un lenguaje pasado a través de la licuadora mediática y audiovisual, reestablece registros eruditos, ricos en latinismos y vocablos raros, permeable a los usos históricos del español, y no tan contaminado por las traducciones de contemporáneos anglosajones. Si, además, los discursos imperantes de nuestro tiempo (la publicidad, la moda, el fin de las ideologías fuertes, el abandono de la religión…) llaman a mensajes soft, frívolos, sin demasiada seriedad, el autor redobla la carga ontológica de sus obras, imponiendo gravedad a cada escena y cada reflexión, y valiéndose de la literatura para reciclar lo mundano en sublime o trascendente, en guerra declarada contra la mediocridad. Salmón no disimula su orgullo al saberse independiente de la actitud de moda, lo que en La luz es más antigua que el amor no solo se manifiesta en su estilo (aunque menos abundante en arcaísmos que obras anteriores), sino también en los temas elegidos y en la idiosincrasia subyacente en la obra.

Es verdad que tanto Derrumbe y como El Corrector (esta última cierra la trilogía), se valen de estas estrategias de elevación, pero también se hallan influenciadas por modos y preocupaciones compartidos con su contexto literario. En Derrumbe abundan las referencias al cine de psicópatas y los guiños a autores posmodernos norteamericanos como Don Delillo, especialmente a su Ruido de Fondo. Y en El Corrector, directamente aborda un asunto tan candente como el atentado del 11-M, adoptando la perspectiva de un telespectador. Gracias a su peculiar estilo, Mendénez Salmón logra en ambas novelas (pero, sobre todo, en Derrumbe) un giro original en la narrativa de la era de la información, dotando al relato hipermoderno de una elevación trágica y filosófica que aumenta su capacidad simbólica. Es lo que sucede cuando un autor hace de la Historia el centro de comprensión para abordar su realidad, logrando que el presente deje de percibirse como un hecho aislado, flotante, al crear conexiones con el continuum de los tiempos.

En cambio, en La luz es más antigua que el amor, puede leerse: “Rothko dialoga a menudo con la posteridad durante este final de década”. Una sensación que se tiene con el último Salmón, quien, al igual que sus personajes pintores, ya no parece dialogar sino con la Historia. La ofensa, su fábula sobre un soldado alemán de la II Guerra Mundial, ya había sorprendido por guardar más similitudes con, digamos, la escritura de un europeo del norte de la segunda mitad del XX que con la de un escritor de su edad y sus coordenadas. La luz es más antigua que el amor redobla los esfuerzos de apelar directamente a los universales de la modernidad, y de ahí que los valores que defiende queden más cercanos a idiosincrasias del siglo pasado que a las del nuestro. Ello puede interpretarse como un retorno a lo esencial, una valiosa restauración frente a los estragos de la tendencia, o como el atrincheramiento en una intelectualidad no falta de conservadurismo. Posiblemente lo mejor sea no decantarse por ninguno de estos dos polos, ni tampoco perderlos de vista.

Tras la desacralización social, las culminaciones desastrosas de las ideologías elitistas, y la consiguiente extensión (más o menos retórica) de la política de la igualdad, cualquier discurso de encumbramiento o mitificación será objeto de sospecha y sometido al rodillo posmoderno, cuyo vocablo más celebre, no en vano, es “deconstrucción”. En La luz es más antigua que el amor, Menéndez Salmón rescata la celebración del genio, mostrando a su vez una acidez despiadada hacia la mediocridad imperante en el mundillo de la creación también presente en El Corrector. El retrato salmoniano del artista de élite muestra a un sujeto autodestructivo, sometido a una desazón existencial que se revela pura energía de acción y creación. Frente al acecho de los poderes imperantes, este creador se muestra insobornable e individualista hasta el extremo. Se nos relata así el renacimiento del humanismo laico en la conciencia de un pintor de la edad media tardía llamado De Robertis; el rechazo de Rothko a las directrices impuestas desde el mercado del arte; la rebeldía silenciosa del ruso Semiasin contra la instrumentalización impuesta al arte por Stalin. He aquí las elevadas misiones de un gremio al que la prosa de Salmón confiere una condición casi divina: “Rothko es a veces Uno, a veces Trino, siempre absconditus. Rothko coquetea con el ireneísmo y en ocasiones parece Yahvé en llamas. Rotkho funda y derriba, da y quita, corona y expulsa (…) El ansia de Rothko no cabe en los museos, desborda los tribunales de justicia, escapa de las tesis doctorales que sobre su obra comienzan a proliferar: el ansia de Rothko engloba incluso la anti-materia, abarca el universo todo, es la hybris de un demiurgo”. O: “porque ese hombre, el verbo, William, [Faulkner] perdurará”. Más estrategia de elevación: a fuerza de sublimar lo sublime, La luz… se va contagiando de esa condición.

“Los Kennedy de este mundo pasan, pero el arte –cierto arte- sobrevive a todas las contingencias”. Resulta difícil imaginar una formulación más contundente que esta esgrimida por Salmón para recordarnos que cierto arte tiene garantizada su permanencia incluso por encima de los mayores mitos seculares. Y es que el lema de la novela (Lux antiquior amore, en latín)- ya nos anuncia una reflexión sobre los límites. ¿Y qué es el oficio de pintar sino el esfuerzo de convertir en luz –o reflejo de luz- el amor, o lo que es lo mismo, la vida? En La luz…perdurar en la obra parece la única salida a una desazón existencialista que afecta a un conjunto amplio de los arquetipos salmonianos. No es casual que el autor saque a colación una entrada de los diarios de Kafka que reza, simplemente, “nada”: “quizás ese momento de purísimo terror fue lo que Kafka constató aquel día en sus diarios. La evidencia de que la nada devuelve la mirada al escritor cada vez que se asoma a ella”. O este pensamiento de Goethe: “todo está ahí y yo no soy nada. Esa es mi religión”. Del vacío de sensaciones del soldado Kurt de La Ofensa; de la expectación pasiva ante la desgracia del Valdivia de Derrumbe; del mismo Bocanegra: de todos se destila la negrura existencial del sujeto enfrentado a su propio vacío. La aterradora visión del cuadro blanco solo parece aliviarse con la esperanza de sumarse al panteón de quienes sobreviven a través de su obra, refundando una metafísica que ya no se basa en el encuentro con un orden superior, sino en la conversión del individuo en idea a través de su expresión artística. Salmón fantaseará con su propio ingreso en la historia al final del libro, dando acogida a su trasunto en la máxima institución de la literatura universal.

Esta entrada fue publicada el 26/03/2011 a las 11:44 am. Se guardó como Crítica, Quimera y etiquetado como , , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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