Autobiografía sin vida, de Féliz de Azúa

Artículo originalmente publicado en Quimera. No 325. Diciembre 2010

Este un libro más allá de todo género, así que es normal que durante las primeras páginas, el lector se sienta algo perdido ante el avance de lo que parece ser una historia de las imágenes desde las cuevas hasta nuestros días. Pero “historia” es una palabra muy cargada porque implica un método, una epistemología, una objetividad y también unas convenciones literarias, cuando en realidad, de la historia, Azúa solo toma un puñado de hechos y manifestaciones, que relaciona a través de un hilo de causalidad que es cualquier cosa menos histórico, al menos, según los planteamientos actuales.

La interpretación de la obra también dependerá de en qué medida el lector se tome en serio su título, uno de esos que, por el alto contraste entre las expectativas que abren y el posterior contenido, dialogará con cada página, justificándose o contradiciéndose, iluminando u oscureciendo su sentido. Olvidar el título le restará algo de cohesión al volumen, con dos capítulos finales dedicados a la novela y la poesía que quedarán un tanto desligados de la coherencia interna de los diez primeros, donde se traza una evolución de las artes plásticas en referencia a las sucesivas edades de la civilización europea, según van cambiando los motivos y formas de representación. Por el contrario, si asumimos plenamente el título, si nos entregamos al reto de leer todo el libro como una autobiografía, si realmente cumplimos con ese deber, nos hallaremos ante una pieza muy singular de literatura del yo.

Ahora bien; si el “nosotros” aparece en el primer capítulo -en un repaso a los signos cristianos y su sentido para un “nosotros” generacional de posguerra- el “yo” no aparecerá hasta el penúltimo. Entre medias, lo que impera es la interpretación de la evolución del mundo según los motivos del arte, entendidos como signos de las ideologías y el espíritu de cada época y lugar. Por tanto, la realidad sobre la que opera no será la vida íntima, sino el relato elaborado y canónico de los hitos de nuestro pasado y sus manifestaciones artísticas. ¿Qué tiene que ver eso con una autobiografía?

La autobiografía está en el estilo. En la forma. En las elecciones y las omisiones. En la causalidad, en el hilo conductor. La tendencia de otros ensayos es a desbordarse en una multiplicidad de factores, hasta el punto negar la posibilidad de verdad y ofrecerse como una interpretación llena de excepciones a pie de página. Por otro lado, está el paso firme de quien avanza sin rendir cuentas más que a su propio juicio. Ese el tono de Autobiografía sin vida; una arqueología de la cultura fundacional de un individuo, y su descomposición en estratos históricos. Autobiografía porque se toma a sí mismo como parcela y cava hacia abajo, nunca hacia los lados. Y sobre todo, por la subjetividad. Porque el molde con el que le ha dado forma, forma un vaciado perfecto de sus íntimos orígenes, prejuicios y valores culturales.

Una autobiografía, por lógica, no debería tener final. Y sin embargo, a veces la vida se considera una pieza acabada antes de su agotamiento orgánico. En los cuatro últimos capítulos de Autobiografía sin vida, la finitud cobra un gran protagonismo: se explica el fin del arte, el fin de la poesía, el fin de la novela, haciéndolo coincidir con la imagen recurrente, crepuscular, del escritor observando el ocaso en una campiña junto a su perro. Una imagen clásica, que cobra fuerza, pues es la única imagen autorreferencial en un libro plagado de écfrasis. No es poco habitual que los escritores, en sus memorias, quieran hacer coincidir su propio final con el del orden y los valores que mejor dicen representarlos, quizás hallando consoladora esa actitud despectiva hacia el presente. Nadie deseará que Azúa, nacido en 1944, caiga en ese discurso de forma tan prematura, tal y como le ha pasado a otros de su generación (pienso en el maestro Marías y sus artículos de El País Semanal), Aunque al final sí hay cierto tono de liquidación en esta singular autobiografía, por lo demás, exquisita.

Esta entrada fue publicada el 12/05/2011 a las 8:40 am. Se guardó como Crítica, Quimera y etiquetado como , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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