Días de la Constitución

Así se vivió la Spanish Revolution en una ciudad de provincias. Un tuiteo de 40000 caracteres; las actas banzai, ni oficiales ni autorizadas, de un manifestante en los tres días cruciales del 15M.

(versión en doc. Descargar aquí)

Días de la Constitución.

20 de mayo de 2011. Entro en el Mediamarkt, directo a la sección TOP 10 de los libros más vendidos, donde hago fotos al número 8 y al número 9, ocupados, respectivamente, por “Reacciona: 10 razones por las que debes actuar frente a la crisis económica, política y social”, e “Indignaos”. A los pocos segundos aparece un guardia de seguridad y me dice que no se pueden sacar fotos dentro del establecimiento.

– De acuerdo- digo yo- entonces, si no le importa, cojo estos dos libros y me voy a pagarlos.

– Claro- responde con amabilidad- pero antes tiene que borrar las fotos.

– ¿Pero no se da cuenta de que esto es histórico?

Llamo a mi amiga Cata para que me acompañe a la concentración que desde el martes pasado acampa en la Plaza de la Constitución, para exigir democracia real a dos días de las elecciones autonómicas y municipales. No sé si debería, me responde, como soy colombiana… No pasa nada, no te preocupes, le digo, aunque en las horas sucesivas iré comprendiendo sus miedos. Quiero tomarle el pulso a la acampada como a una mini-república donde se ensaya la viabilidad de este movimiento, el único que ha logrado movilizar a varias generaciones de jóvenes españoles desde que yo estoy vivo.

 

La Plaza de la Constitución se forma por dos segmentos rectangulares a ambos lados de la Gran Vía, y cuando llegamos, solo uno queda ocupado por un grupo de unas doscientas personas, donde se mezcla el ambiente de facultad en un día primaveral con la presencia de familias, gente de edad y algunos miembros de organizaciones políticas con estéticas reconocibles, aunque desposeídos de sus símbolos, para evitar identificaciones partidistas. La Junta Electoral ha prohibido que la acampada siga mañana, día de reflexión antes de las elecciones, y el único argumento para justificar su permanencia es evitar cualquier mensaje que pueda influir en los votantes, lo que incluye signos políticos de cualquier clase. Además, el movimiento ha nacido con la idea de representar a todos, y no identificarse con ninguna organización anterior. De entre la multitud resaltan unas diez personas con chalecos reflectantes y megáfonos que ocupan puestos de información, e identificamos como los organizadores. Entre ellos, un chico de coleta rizada explica a un chaval con una camiseta de la selección española el rifirafe que se produjo ayer en la plaza por este motivo.

 

– Han venido los de Comisiones Obreras y ha habido un pequeño lío, porque nosotros estábamos aquí primero. Se han quedado una media hora, con sus silbatos y sus petardos.

– ¿Y qué querían los de CCOO?- le pregunta el chico.

– No sé -responde el chico del chaleco- a mí no me interesa lo que haga Comisiones Obreras, sinceramente.

– Pero Comisiones Obreras no se ha unido a la manifestación- preguntamos.

– No, no, para nada- responde- nosotros no queremos unirnos ni a Izquierda Unida, ni a Comisiones Obreras, ni a UGT ni a ningún otro sindicato ni tonterías varias

– ¿Pero quienes sois vosotros?

– Nosotros somos… la sociedad. Somos gente que está hasta los huevos, gente joven. También hay un señor de 76 años ahí que lleva más tiempo que yo, aquí a pie de calle, y ha ofrecido comida y mantas. Cada uno pone su granito de arena para aguantar el tiempo que haga falta.

 

– O sea que la organización es espontánea, y…

– Sí, somos una organización horizontal. No hay líderes, no hay jerarquías. Yo llevo ahora mismo un peto amarillo porque no lo lleva otro. Y aquí podría estar recogiendo firmas cualquier otra persona.

 

– ¿Y el manifiesto al que os atenéis cual es?

– En un primer momento nos atenemos al manifiesto de Democracia Real Ya. Después ellos lo cambiaron, lo reajustaron, y nosotros lo hemos estado debatiendo. En la asamblea de las 9 va a quedar todo claro… Estamos de acuerdo al menos en un 90% de los puntos. También se decidirá que es lo que vamos a hacer esta noche, y donde nos vamos a reunir. Probablemente nos quedemos aquí, en la Plaza de la Constitución.

– ¿Y tú por qué estás aquí?

– Tengo 18 años, estoy estudiando, y las cosas están muy chungas. La gente de mi generación no tiene una jubilación decente asegurada. Es por conciencia social, conciencia crítica. No nos pueden estar engañando, no vivimos en democracia, no elegimos al presidente del gobierno, ni al jefe de estado, y eso de un hombre un voto es mentira, gracias a la ley D´hont. Yo quiero una reforma total del sistema.

– ¿Son tus primeras elecciones?

– Sí, y no puedo votar por la burocracia, porque no me ha llegado bien el sobre. Yo soy de Algeciras, en Cádiz.

– ¿Cómo te llamas?

– Pablo Tapia Sánchez.

 

A escasos metros abordamos dos parejas que rondan los cincuenta. Cuando le preguntamos por sus razones para estar aquí, todos animan a uno de los señores a que nos conteste:

-Hombre, porque estamos a favor de esta revolución joven- nos dice- y porque creo que ya basta. España es un país totalmente corrupto. La ley protege al delincuente y joder, ya está bien. Ya era hora de que la gente se movilizara. Lo que los sindicatos no han conseguido lo han conseguido un grupo de jóvenes que son dignos de admiración.

– ¿Esta concienciación les viene por ustedes mismos, por algún hijo o familiar con una mala situación?

– También, también. Pero con una nómina de poco más de 1000 euros y retención e IRF del 20%, no hace falta más. ¿Quién paga la crisis? ¿Nosotros, los trabajadores? Se acabó la tontería. Yo creo que hay que seguir, y debemos ir a más. Esto debe continuar después de las próximas elecciones, hasta las próximas.

¿Pero la política puede interceder en la banca en España, en los grandes capitales?

– Yo no sé como puede intervenir. Pero nosotros hemos planteado un problema y ellos son los que tienen que resolverlo. Si son tan listos que lo resuelvan. Igual, ellos no quieren resolver la corrupción. Pero esto es una manifestación de gente joven, y algo tendrán que hacer. Y si no saben se tendrán que ir.

– ¿Hay algún partido que le haya decepcionado especialmente? ¿O todos?

– Yo soy de izquierda, y entiendo que este gobierno lo ha tenido muy difícil. Si hubiera ocurrido con un gobierno de derechas, esto no hubiera sido una manifestación pacífica, estaríamos hablando de una cosa mucho peor.

 

Entre la multitud abundan los estudiantes, algunos ejerciendo in situ, repasando sus exámenes en un rincón de la plaza identificado en un mapa escrito a mano sobre un cartón como “biblioteca”. También hay algunos matrimonios de cuarenta años, con sus hijos pequeños correteando entre las piedras blancas que bordean el centro de la plaza o durmiendo la siesta en sus sillitas, junto al grupo que toca tambores y didjeridus con discreción, y que más adelante desaparecerá. Entre la algarabía de dueños de perros, mimos haciendo globos en forma de corazón y guitarristas grabados por equipos de televisión, nos llaman la atención tres adolescentes sentadas un banco. Cuando hablamos con ellas, una comienza una frase y otra la termina, o bien se interrumpen para completar ideas, en perfecta sintonía.

– ¿Por qué estáis aquí?- les preguntamos.

– Queremos un cambio. Y un futuro.

– Sí. Un futuro mejor.

– Porque según vemos como van las cosas… nada

– ¿Es por una preocupación personal, por vuestro grupo de edad, o por toda la sociedad?

– Yo creo que somos el futuro, que somos jóvenes…

– Se supone que tenemos que empezar ya…

– Tenemos que mentalizarnos antes de llegar a los dieciocho, y pensar ya en quién queremos que nos gobierne. Porque yo no quiero que me gobierne un bastardo que esté borracho y se reúna con otros presidentes y lo único que haga es reírse de a quién gobierna. Yo quiero saber quién manda.

– Y que hable en nombre de la gente, en nombre del pueblo. No que hable para ellos y se quede la pasta y…

– Y sobre todo que oiga lo que quiere el pueblo, no que haga lo que le convenga a él.

– Veis que aquí no hay ideologías políticas ¿Eso que os parece?

– Bien, porque lo que se quiere es un cambio, y lógicamente no vamos a coincidir todos.

– A ella le han dicho que se quitase la camiseta de Anarquía… Yo creo que no deberíamos llevarlas, porque aquí tenemos que estar todos en común, lo que queremos es un mejor futuro…

– Un cambio.

– Lo de la ideología es ya otro tema.

– Es verdad ¿Y creéis que seremos capaces de seguir con esta organización? ¿Cuándo esto termine?

-Sí

– No lo sé.

– Si la gente quiere que haya cambio, si de verdad están convencidos, y de verdad quieren, sí. Si no se rinden, sí.

 

Según van pasando las horas me encuentro con amigos y más gente de la ciudad, aunque con muchos menos de los que me gustaría. Entre ellas, saludo a Alba, filóloga y profesora de español. Cuando la conocí, y me enteré que trabajaba en una academia, por la cara que debí poner, me preguntó directamente, ¿buscas trabajo? ¡Claro!

Yo también tengo mis razones para manifestarme. Tengo 30 años, con 26 terminé mis estudios y pasé dos años trabajando como profesor de español en el extranjero, hasta que se me acabaron las becas y volví a casa con mis padres. En los meses siguientes he movido mi CV para encontrar trabajo en varias académicas de la ciudad, pero todas me rechazaron. Recuerdo que un amigo intercedió por mí, y luego me copio el chateo con el que había intentado convencer a un contacto para que me contratara.

– Es licenciado en Filología y Teoría de la literatura, tiene experiencia laboral, y es escritor.

– O sea, un rojo- objetó el contacto. No volví a saber nada…

– Me ha dicho mi jefa que le des el CV ya- me dice Alba en estos momentos- contratan 20 horas semanales. El sueldo no es muy alto pero son serios.

– Claro -le digo entusiasmado- la iré a ver inmediatamente.

Pero en el fondo, me jode que me haya salido esta oferta. En la enseñanza de español no hay convenio, se considera enseñanza no reglada, por lo que una profesión que podría dar de comer a muchos filólogos ha degradado notablemente sus condiciones. Si a esto le sumamos que muchas academias han sido montadas por gente venida del negocio de la hostelería, que las manejan como si fueran parte de un paquete turístico (y de hecho, muchas veces, lo son), se entenderá porque adolecen de tanta precariedad.

 

La plaza se ha ido llenando hasta casi rebosar. Cuando la asamblea da comienzo y la gente se sienta, aún queda un gran grupo en pie. Son las nueve y diecisiete de la noche, y se respira una gran expectación, pues somos muchos los que acudimos a una asamblea por primera vez, motivados por en gran medida por la inminencia de las elecciones, y la orden de la Junta Electoral de disolver las acampadas del 15M, que se hace efectiva a las 12 de la noche. Pese a la promesas del Ministerio del Interior de no cargar con la policía, existe una gran incertidumbre sobre lo que pasará. Un tío alto, de unos 30 años, cabeza rapada y grandes patillas, es recibido con manos agitándose y los brazos alzados, uno de los tres gestos silenciosos que los asistentes ya han asimilado y permiten agilizar el encuentro.

– Estamos aquí desde el martes, con una actitud pacífica- comienza, a través de un megáfono gigantesco- y esto tiene que seguir siendo así. En el campamento no se pueden consumir bebidas alcohólicas, sustancias estupefacientes o drogas. Quien quiera hacerlo, que se aleje doscientos metros de la plaza. No llevamos banderas. Estamos aquí para defender intereses comunes, sin partidismos de derecha o izquierda. Aceptamos gentes de todas las razas. No representamos a la Democracia Real Ya, pero adoptamos su manifiesto. SOMOS PERSONAS, NO PRODUCTOS DEL MERCADO. (Aplausos silenciosos y por fin aplausos de verdad). Aunque veáis a gente con chalecos distintivos, esta gente no vale más de lo que vosotros. Simplemente nos obligan a llevarlos, por normativa. Quien quiera, puede pedirlos y tomar el relevo. Los puntos de esta asamblea se ceñirán a lo que va a ocurrir hoy y mañana. Que intervenga todo el mundo que quiera intervenir. La viabilidad que tiene quedarnos aquí, hasta ahora no la conocemos. La acampada de esta ciudad queda desconvocada a partir de las 12 horas, para que no se pueda hacer responsables a las personas que pidieron el permiso. Quienes que se quedan lo hacen bajo su propia responsabilidad. No va a haber insultos ni silbidos. No va a haber ningún tipo de provocación. Y nada de tocar las piedras de los arbolitos (risas sonoras)). En el caso que alguien incumpla lo anterior, aislarlo. Dejarle claro que no representa al grupo. Si no podemos controlarlo, nos retiraremos y luego volvemos.

Una chica con camiseta de tirantes toma el relevo.

– Si viene la policía a echarnos, lo que está pensando es no movernos. Haremos una sentada pacífica, encadenados de manos y piernas. Mantened el puño cerrado, y el pulgar entre la palma y los dedos. Si te pillan por el pulgar, malo. Volvemos a repetir: nada de insultos ni de provocaciones. Aquel que los haga no será ayudado por el resto del grupo. Si hay una trifulca, acudiremos en ayuda del compañero.

– La policía nos ha tratado maravillosamente bien- retoma el de las patillas- hemos tenido un trato exquisito con la policía. Me parece peligroso decir que la policía es peligrosa, que nos van a matar a porrazos. Eso es mentira.

-¡No se oye! ¡Que hable la chica!- gritan.

– Rubalbaca y Castilla y León han dicho que no van a levantar acampadas mientras no haya violencia. El tribunal está tramitando un Recurso. En cuanto sepamos algo os lo contaremos. A partir de las 24 horas nos pueden desalojar. La primera pregunta de la asamblea es, si eso sucede, ¿vamos a continuar aquí o nos vamos a otra parte, si nuestra resistencia pacífica no es suficiente? Si hay carga, va a haber que moverse de uno a otro lugar. Debemos decidir cuatro puntos de encuentro (esos no los vamos a decidir aquí, evidentemente). Y que nadie firme ningún papel que traiga a policía.

 

Mientras los organizadores se alargan en su discurso, se extiende la confusión, propiciada por el gentío creciente, la mala visibilidad, el murmullo y la distorsión en los megáfonos. El de las patillas se escusa: “lo siento, es que hay mucha información”. Finalmente, comienza la asamblea. El primer punto, que se comerá la mayoría del tiempo, es sobre si trasladar la concentración a la Plaza Mayor. La gente hablara de pros y contras, pero sus voces se pierden por la escasa potencia de los megáfonos. Un hombre se levanta y se larga con actitud resuelta, como para mostrar su disidencia con la asamblea.

– Aquí se está llegando a una rutina que es importante- dicen algunos- ya nos estamos familiarizando con esta plaza, ¿vale?, y eso es bueno. Se puede empezar a habilitar al espacio del otro lado de la Gran Vía, y así cabremos más. Si nos movemos de aquí, ya nos han desalojado antes de intervenir. Y la policía tiene más experiencia en la Plaza Mayor.

– En la plaza Mayor hay más espacio- dicen otros- es un lugar más público, tendremos más visibilidad (tímidos aplausos en cierto sector de la plaza). Tendremos oportunidad de captar más gente. Además, la Plaza Mayor es patrimonio de la humanidad

– Pero toda la ciudad es patrimonio de la humanidad- apostilla alguien (aplausos y silbidos).

– Eh… vale, ya está, ¡eh!- gritan los de más allá- cuando lleguen las lecheras, nos van a pillar en esta ratonera. La Plaza es un sitio grande, habrá más movilidad, y eso hará que la gente no se caiga si hay movimientos bruscos. Además, aquí estamos escondidos.

– ¿Te parece que estamos escondidos aquí?

– ¡SÍÍÍIÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍ!

– ¡NOOOOOOOOOOOOO!

– ¡!!UN POCO SÍ!!!

(Silbidos y más silbidos, los moderadores piden tranquilidad)

– ¡QUE LO REPITAN!- gritan por ahí- ¡NO LO HEMOS OÍDO!

Movimiento, algunas personas se van, pero en general, sigue habiendo mucha gente.

– No podemos seguir haciendo lo que quiere Rubalcaba -siguen- no necesitamos permiso, no necesitamos nada. Vamos a hacer las cosas, como queremos, cuando queramos. El menor de los problemas es si nos vamos a La Plaza o no. Tenemos que ser más reivindicativos, mucho más reivindicativos.

(Ligero Abucheo, que acabe ya, algunos aplauden)

– No hay que hacer discursos basados en el miedo- dice otro- aquí es donde nació el movimiento, aquí es donde empezamos. Hay que dejar la Plaza Mayor para el final. Quedarse aquí no significa miedo. Nos hemos multiplicado un millón de veces. Y podemos ocupar la acera de enfrente. La calle es nuestra y vamos a donde queremos. Una plaza no hace más grande un sentimiento… bla bla bla…

La gente gira los brazos, para que se cambie de tema. Las señoras mayores ya conocen perfectamente la kinésica oficial.

– ¿Por favor, hay un abogado aquí? Nos vendría bien un abogado- grita alguien por el megáfono- si hay algún abogado que venga aquí urgentemente.

– Llevamos una hora hablando de lo mismo- me dice Cata, que está sentada a mi lado.

– Pero es que así es la democracia participativa- digo yo.

– Ya –dice Cata- yo no creo en eso.

(“Esto es una frikada”, oigo por detrás) La gente agita los brazos, otros los giran. Se habla de cosas diferentes desde varios megáfonos. Alguien se burla de la que habla, imitándola con voz de gilipollas. Le recriminan su actitud y le piden que se calle. El responde “me toca los cojones, que no sea tan gilipollas”. Finalmente se procede a la votación. La chica de mi lado confiesa que no sabe que se está votando.

– Para respetarnos todos- repiten- intentemos usar un lenguaje más cuidado.

– Bueno, bueno, bueno- oigo por detrás- el lenguaje que nos salga de los cojones.

Luego me giraré y reconozco a los tipos que esperaba encontrarme, aunque privados de sus distintivos. Si no hubieran abierto la boca, no hubiera adivinado de qué palo iban, pero puedo distinguirlos del resto de la multitud en cuanto hablan, aunque no vayan marcados. Son los que más inciden en las supuestas cargas policiales. Se nota que están en minoría, cuando la calle ha sido suya, y han sido los único que se han manifestado en la ciudad durante años, por un montón de causas que van desde los saharauis hasta el imperialismo. Pero hoy han sido desposeídos de sus símbolos y se encuentran entre personas que nunca verían en las manifestaciones minoritarias que convocan tantos días.

– ¿Quien se quiere cambiar a la Plaza Mayor?

Levanta la mano un 10%

– ¿Quien se quiere quedar aquí?

La levanta todo el mundo.

– Por mayoría, nos quedamos aquí.

La chica de los tirantes habla con esa clase de paciencia que desarrollan los monitores de los Boy Scout. El de las patillas habla como una persona pura, y humilde, sabedor del peligro que tendría asumir cualquier rol de liderazgo. Un pequeño grupo de gente se marcha mientras se intenta votar un plan de evacuación. Alguien dice: “Rami, el Chuchi pide que se va a votar un cigarro a título personal”. Otros sugieren que sean los del balcón los que cuenten las votaciones. Lo malo es que no tienen megáfono.

– “NO HAY PROBLEMA”- grita la del balcón con voz de verdulera. Risas y aplausos.

– No va a haber desalojo- nos dicen ahora- pero, por si acaso, debemos pactar cuándo y cómo nos vamos a mover por la ciudad.

Se continúa el debate. La gente quiere que se planteen más alternativas al desalojo. Mueven los brazos. Alguien dice “Esto tiene que organizarlo alguien, macho”. Pero no hay líderes, solo ciudadanos. Un francés habla (mal) sobre algo que nadie comprende. “Aprende español”, escucho por detrás, “Viva la resistance”. Los culos empiezan a doler de estar en el suelo. Se habla de un artículo de la ley, intentando explicar el movidón legal del desalojo, y la gente se impacienta. Alguien dice que la policía está encantada. La policía está encantada de liarse a hostias, responde el de atrás.

 

-¿Quién está de acuerdo en que no se firme nada que nos traiga la policía?

Todos de acuerdo

– ¿Quien no?

Nadie.

– Si yo firmo –dice Cata- me ponen en un avión mañana.

Nos estamos perdiendo en las formas- dice un hombre de pelo cano vestido con ropa vaquera- hemos venido a ver que pasa con la sanidad, hemos venido a ver que pasa con el paro. Así que a hablar.

Más movimientos de manos giratorias. Después de esa protesta, se va a leer otra propuesta. La gente se cansa (no se entiende a la chica que habla) Alguien se pone hablar de no llevar símbolos de ningún partido y de ningún sindicato. Se propone el color negro. Hartazgo general. Finalmente, Se da por clausurada la asamblea.

Luego nos encontraremos a un amigo de Cata, director de un grupo de teatro, que nos contará que llevan desde el martes discutiendo los mismos temas, que la gente no se entera, que por eso algunos se han ido. Que en el futuro espera que esto se organice más, que tome forma. Dice que él es muy hippy, pero que su espalda no, que lleva aquí desde el martes y que se va a casa a dormir. Un tipo muy competente, me comenta Cata cuando se marcha, un Aries. Un guapo que no es guapo. Los organizadores a media tarde eran muy visibles. Llevaban su chaleco reflectante y tres de ellos se agrupaban en el puesto de información, y atendían a mucha gente que se acercaba a preguntar. Después de la asamblea, los chalecos desaparecieron, y los organizadores se disolvieron en la masa, disolviendo también cualquier posibilidad de liderazgo.

A las 10, nos vamos a cenar al Tritón, un bar de lugareños. Hemos pasado al lado de los furgones de antidisturbios, dos para una multitud de mil personas. Mientras comemos costillas con chirimichi y una tosca ensalada mixta, Cata habla de los policías, de cómo se encienden, y solo necesitan un acicate para descargar toda su violencia. Le digo que hoy no será así. Hay gente de clase media en la manifestación, padres de familia, y cuando esa gente está involucrada, la policía nunca se mete. Cuando volvemos de la cena, a eso de las 12, los antidisturbios han sido sustituidos por dos furgonetas de la nacional. Desde el otro lado de la plaza, cuatro caimanes, con sus barrigas colgándoles por encima del cinto, hacen una guardia apacible a un centenar de metros de la multitud. Cata y yo nos damos un respiro de la masificación, y nos quedamos observando desde la perspectiva del caimán. Corre una brisa, y en las escaleras donde nos hemos sentado se está muy a gusto. Un agente charla con un periodista local que toma notas en su Macbook. Al parecer, por lo que oímos, eran compañeros en el instituto.

 

– Ves -le digo a Cata- esto va a ser así.

– Claro -reconoce Cata- no me acordaba de lo pacífico que es este país. Allí en Bogotá las manifestaciones eran algo diferentes. Estaban en clase y oías como explotaba un autobús. Se utilizaban unas bombas caseras de pólvora que explotaban y distribuían los pasquines haciéndolos revolotear a distancias muy grandes. Se hacían grandes sopas, todos las comíamos con nuestra totuma. Te hubiera encantado, Miguel, hubieras sido uno de esos intelectuales que andaban por ahí… Y la policía entraba duro, muy duro.

– ¿Y contra qué protestabais? – pregunto- ¿contra algo concreto?

– ¿Hay algo más concreto que la pobreza de mi país?

A eso de las doce y media me llama mi madre.

– ¿Hijo, qué haces? Estábamos tu padre y yo esperándote para darte tu regalo de cumpleaños, como ya son las doce…

– Estoy en lo del 15M, mamá, en la Plaza de la Constitución.

– Ah, ¿y qué tal?

– Muy bien, muy bien. Es… diferente. No hay pancartas, ni gritos, ni símbolos. A la hora punta, a eso de las 22, había mucha gente de la ciudad, gente de clase media, de mediana edad. Ahora se han ido quedando los universitarios.

– Pero, a ver. ¿Entonces hay quien hay que votar? ¿A quién dicen que tenemos que votar? ¿Qué dicen que tenemos que votar?

– No pueden decirlo, porque si hablan del voto les disuelven. Además, tampoco hay “nadie” que diga nada porque no hay una organización detrás que dé consignas comunes. No hay un “quien” que nos diga nada. Es muy curioso, muy curioso. Las prohibiciones han generado un ambiente diferente al de cualquier manifestación.

– Ya, pero entonces, es una pena que todo esto se acabe el domingo.

– No, mamá, no se acabará el domingo. Yo lo siento así. Nunca en toda mi vida había visto algo así, de verdad.

Pasan las horas y la gente ha ido abandonando la plaza, aunque aún quedan unas trescientas personas, que ya dan síntomas de agotamiento y se acomodan como pueden en el granito, apoyados en las piedras de las fachadas. A mí lado, un chico habla con una chica japonesa, exponiéndole con claridad su situación. .

– Trabajo para una empresa sin convenio- se lamenta- paso 12 horas en la carretera, pero no puedo cambiar mis condiciones laborales por la amenaza de despido. Yo sé que sería feliz vendiendo pulseras en una playa y comiendo bocatas de mortadela. Voy con corbata y dicen que debo representar los valores de la empresa, pero no me siento capaz de hacer eso. Mañana me mandan de viaje a vigilar a los inspectores, a hacer de policía. Luego me vengo aquí, pero tengo que ir a trabajar muy pronto, y estoy cansado. Pero bueno, somos jóvenes, hay que sacar fuerzas de donde sea. Hay cosas peores. He venido porque estaba indignado, y ahora estoy más indignado todavía. Sería muy bonito que por primera vez tuviéramos una democracia, porque hasta ahora no la hemos tenido. Los políticos solo representan sus propios intereses.

La chica que le acompaña le dice que se tiene que ir. Él dice que también se irá, con todo el dolor de su corazón. Ella le frota la espalda y le da ánimo con voz dulce.

– Hay días que conduzco dormido- murmura él, ya para sí mismo- mientras no beba….

 

El mundo se ha callado repentinamente, se levanta y observa. Suena la música pachanguera de la discoteca vacía que hay en una esquina. Los seguratas nos miran con curiosidad. Un grupo de borrachos grita en la lejanía “¡ZP dimisión!”. Un tío recorre la plaza desnudo y con una gran sonrisa, levantado aplausos. Sin embargo, el ambiente cada vez es más somnoliento. Nadie bebe. De vez en cuando, se manda callar a la multitud, para respetar a los vecinos. Las horas de granito comienzan a pesar en los ánimos, y a las 3, la plaza se ha vaciado. Empieza a correr un viento frío. Se han sacado los cartones y la poca gente que queda se organiza en torno a mantas compartidas. Duermen en el suelo con lo que llevan puesto. No hay carpas, ni tiendas, ni sacos de dormir, ni esterillas. Se han dejado caer al suelo y pasarán la noche al raso, como en tantas otras madrugadas, solo que sin alcohol y drogas de por medio.

Cuando ya me voy a casa me encuentro a Álex, que fuma con sus colegas en la puerta de una discoteca. Siendo viernes y en una ciudad de fiestones como esta, pensé que la interacción entre el mundo de la fiesta y el mundo de la manifestación sería mucho mayor: de hecho, estaba esperando ese momento de encuentro entre el único mundo que congregó a los jóvenes por más de una década, y nuestra pequeña revolución. Sin embargo, no ha existido. Los dos mundos han permanecido completamente al margen el uno del otro. Los que quisieron salir de fiesta, siguieron de fiesta.

– ¡Que pasa Álex, cómo no estás en la revolución!- le grito.

– ¡Qué pasa Miki, feliz cumpleaños, tío!

– Coño, cómo te has enterao…

– He venido con el Quique en el coche, y me lo ha dicho. ¿Que venís, de la manifa?

– Sí, ha estado muy bien, muy bien.

– Ya, si el Quique se quería quedar hoy en Madrid, que decía que con tanta peña en Sol, esta noche iba a haber en Madrid una fiesta de la hostia…

 

21 de mayo. Es la hora de comer. Le digo a mi novia que la tengo que dejar. Me ha llamado desde Pekín para felicitarme por mi cumpleaños y le he contado todo lo que estaba pasando. La he notado triste por no estar aquí para vivirlo, y más triste por no estar el día de mi cumpleaños. Estuvo pensando en volver a España, pero allí tiene un buen trabajo, y tal y como están las cosas, hemos decidido que será mejor que me vaya yo a Pekín, a probar suerte.

Justo después llama mi abuela.

– ¿Hola cariño, qué tal estás?

– Muy bien, abuela. Ayer estuve en la manifestación.

– ¿Cómo los de Sol? Uy, pues aquí se les quiere mucho. Les llevan comida y todo.

– Sí, aquí también nos quieren mucho.

– Y son muy limpios, y muy ordenados. Esta mañana estaban barriendo y todo.

– Sí, abuela, es muy bonito.

– Bueno, hijo, a ver si conseguís algo, que no creo, pero bueno.

– Bueno abuela…

– Bueno, hijo, felicidades, que estás en lo mejor de la vida…

Mi madre ha hecho una receta especial del cumpleaños: musaka. Son las 14.50, hora oficial de la comida en mi casa. Veo Corazón Corazón mientras espero la apertura del telediario de la 1. Mi padre no hay podido venir, está de guardia.

– Anda, baja eso, que me aturulla -dice mi madre.

– Espera, que va empezar el telediario.

En mi casa vemos siempre el telediario de la 1, excepto cuando gobernaba el PP, que veíamos el de Telecinco. En tiempos de paz, ver el telediario de la 1 es de vital importancia para mí.

– ¿Qué te ha contado la abuela?- me pregunta mi madre.

– Nada, hemos estado hablando de la manifestación

– Tu hermana me ha dicho que mañana va a acompañarla a votar. Mira que mi madre es del PSOE de toda la vida, pero con esto de la manifestación está un poco… descolocada.

La presentadora de TVE1 abre con semblante serio, informando del rechazo del Constitucional, y la decisión de Rubalcaba de no disolver las manifestaciones, y dejando claro que somos ilegales pero que Interior nos consiente. Después, se conecta con Sol, donde una sonriente reportera introduce un picadillo de imágenes y declaraciones donde se omite cualquier mensaje de índole política, dejando solo las declaraciones que hablan de la buena organización, gestión y voluntad de organizarse en el futuro. Se recalca, en varias ocasiones, la palabra festivo para referirse al día de hoy, y la idea de que se han programado muchas actividades (sale gente disfrazada, con la cara pintada y colorines). Se palpan las dificultades y el peligro informativo que late por debajo; la lógica tendencia a apoyar al gobierno de turno, la necesidad de cumplir la ley, y la necesidad de informar y la necesidad de no despegarse demasiado del movimiento, no dejar de representarlo, pero, eso sí, desarbolándolo de contenido político en la jornada de reflexión, y adoptando un tono de España Directo, como si se estuviera retransmitiendo una fiesta patronal.

Cuando acabamos la musaka, mi madre, por sorpresa, saca una tarta de la nevera.

– Feliz cumpleaños, hijo.

– ¡Gracias mamá!

– Vamos a poner una vela por cada década, que si no destrozamos la tarta.

Soplo tres velas rojas semi derretidas de algún cumpleaños anterior. Mi madre y yo cantamos como dos niños pequeños, ante la mirada estupefacta de mi perro.

Trabajo toda la tarde. Mi idea es pasarme por la noche por la manifestación, pero me llaman mis amigos, que han venido ex profeso a la ciudad para celebrar mi cumpleaños y me dicen que ya están tomando copas en una terraza cercana a la plaza de la Constitución, así que voy para allá . Luego una visita a la Juani, otra al Mercadona, y de ahí a casa de mi amigo Caño. Esta noche mis amigos tienen una actuación gloriosa. Yo, que no puedo beber por motivos de salud, me lleno de felicidad ante su heroica forma de trincar chupitos hasta las 8 de la mañana. Soy feliz de tenerlos a ellos y ellos son felices de tenerse entre sí. A eso de las 9 acerco a Quique y a Richi a su casa. Quique recibe un mensaje del Nacho: se ha olvidado la cartera. Y necesita el carnet para ir a votar mañana. Le va a tocar mañana subir a buscarlo. De camino, vemos de pasada el campamento de la Plaza de la Constitución.

– Tío, vente mañana a Madrid conmigo- dice Quique- lo de Sol eso sí que es histórico. Te quedas en mi casa el tiempo que quieras.

– No sé, tío. Creo que me interesa más quedarme aquí. Aquí son cuatro gatos, en Madrid hay miles de personas.

– Sí, pero allí es historia.

– No, creo que me quedaré por aquí. Gracias, Quique.

22 de Mayo. Duermo tres horas, y me levanto para celebrar mi cumpleaños con mi padre, comiendo en el Izurpi. Nos gastamos 100 euros en cocina de diseño con toques locales, sin demasiada queja, aunque yo encuentro mi Carpaccio con pisto y setas ligeramente salado. Como no puedo beber, mis padres se pimplan toda la botella de vino blanco.

– ¿A quién vais a votar?

Mi padre nos lo dice a condición de que le guardemos el secreto. Mi madre votará a Los verdes en mi pueblo, y sobre las autonómicas nada en un mar de confusión, pero seguro que no va a votar al PSOE.

– Creo que es la primera vez que vamos a votar tan bebidos- confiesa mi madre, de camino al colegio electoral.

Una vez allí, ellos se van por su lado, yo por el mío. Pero cuando llego a la mesa de las papeletas, no encuentro la de Los Verdes por ningún lado.

– Este año no hicieron coalición con Izquierda Unida- me aclaran en la mesa.

¡No jodas! Miro los nombres de las listas de Izquierda Unida. No conozco a ni Dios. Apoyo los brazos en la mesa. Nunca antes había sentido tanta confusión a la hora de votar. Y la cosa no mejora cuando paso a las autonómicas. Encuentro una papeleta que pone “Ciudadanos en blanco”, la meto en el sobre y de ahí a la urna. No conozco a nadie de sus listas, pero, sin duda, “ciudadanos en blanco” es el partido cuyo nombre concuerda mejor con mi estado mental en estos momentos. Me guardo las dos papeletas en el bolsillo para averiguar más tarde a quién cojones he votado. Después de la siesta, meto un saco y una esterilla en el maletero del coche y me voy a la plaza de La Constitución. Quiero estar allí cuando comiencen a salir los sondeos.

Cuando salgo de casa comienza una llovizna, y suenan los truenos de una tormenta. En la plaza, la asamblea se desarrollará bajo paraguas y plásticos. Sin embargo, ya hay un equipo de sonido bien instalado que permite a la gente hablar y ser escuchada con claridad., Los contornos se van limando de personas que abandonan bajo la lluvia, depurando el núcleo.

Me encuentro a mi amigo Javi, de unos 38 años, al que conozco desde que era un niño, y hace años vive en la zona de Pirineos, tiene un hijo, y está pasando unos meses en Salamanca. Le pregunto qué tal y con su tono tranquilo me dice que aquí no hay cultura de asamblea, que es como una cinta de Moebius, en la que se gira una y otra vez sobre los mismos temas. En el micro se va sucediendo gente joven. Javi conoce a muchos porque ha sido una persona muy activa en asociaciones de la ciudad, y es cierto que, conforme transcurre la asamblea, siento que la pluralidad ciudadana del viernes se ha ido disolviendo con el tiempo y las inclemencias del clima, y hoy se siente más la presencia de grupos y organizaciones ya establecidas antes del inicio del movimiento, con los cuales ya tengo una afinidad o un rechazo preestablecido. Algunos oradores hablan del excesivo colaboracionismo de la movilización con la policía. Como me explicarán más tarde, la médula de la distensión se debe a que ayer quisieron colocar la fotografía de un detenido en Sol, y finalmente se evitó hacerlo, siguiendo con la política de no confrontación. La decisión ha dado lugar a que algunos participantes recalquen que la policía es violenta. “No son Heidi”, dice Vero, una argentina que ahora porta el peto de los organizadores. Decido intervenir. El público me observa bajo los paraguas. “Tenemos que ser una unidad y actuar como uno contra la violencia policial. Tenemos que estar siempre vigilantes, y apoyar a nuestros compañeros. Pero igual que a nosotros no nos gustan que nos juzguen en masa, tampoco podemos juzgar a la policía por naturaleza. Esos policías tienen nombres y apellidos. Hay gente en esta plaza que ha hecho un gran trabajo trabajando con la policía, y desde aquí quiero felicitarlos. Demonizar a la policía me parece reaccionario”. Algún aplauso aislado, silencio. Me retiro y otros ponentes siguen. En la esquina, el director de teatro que conocimos el otro día permanece apartado junto a otra chica, sin participar en las votaciones, con su ordenador portátil. Nos acercamos, ¿Qué tal vamos?

– El PP arrasa -nos dice- mira en el mapa. Los puntos azules son los del PP. Han salido más votos en algunos grupos minoritarios, pero como han sido votos limados al PSOE, no suman.

Nos enseña un mapa que se ve poblado de puntos azules de diferentes tamaños, que salen como hongos en todas las provincias y autonomías, con algún punto rojo perdido en la marea azul. Siento un bajón inmediato y me invade una sensación de culpabilidad. Joder, ¿por qué me siento culpable? Miro a mi alrededor. La lluvia cae con fuerza, mermando más a un grupo que no pasa de las 100 personas, todos jóvenes y de un perfil similar. El director de teatro mantiene esa distancia, pero permanece en la plaza, en el suelo. Su portátil tiene algunas gotas de lluvia. Entonces me doy cuenta de que en la asamblea no se ha hecho una sola alusión a las elecciones. Nadie ha dado una sola noticia sobre lo que está pasando por megafonía, y nadie la dará… Justo al otro lado de la plaza, frente a nosotros, la policía ha despejado un tramo de la Gran Vía para que aparquen los camiones que traen las papeletas de los municipios para su recuento, pero algunos están tan desinformados que creen que el aumento policial se debe a que van a cargar de un momento a otro. Ya no estoy alegre, solo serio.

La lluvia no deja de caer, y la asamblea avanza con rapidez. Se habla de un programa de 16 puntos propuesto por Madrid. Se aprueban y se presentan otros puntos con fluidez y sin confusión. En las votaciones hay una unanimidad que contrasta con la falta de organización y la disparidad de discursos que se escuchan, lo cual me hace pensar que hay sensatez en el voto, aunque con las palabras y las formas estemos muy lejos de acertar. Javi y yo nos hemos refugiado bajo un soportal desde el que seguimos la resolución, donde hay dos chicas que han venido cada una por su lado, y que aplauden mucho cuando alguien habla de adelantar las asambleas para que puedan acudir los trabajadores. Lo que sí siento es que ya se configuran dos facciones principales en la plaza. Una más cívica, y conservadora en el sentido estratégico, y otra más reivindicativa, que exige más acción callejera, y no tanta colaboración con la policía. Vuelvo a mirar chico del portátil. ¿A qué distancia mantenerse de todo esto? ¿Quién soy yo aquí? ¿Cuál es mi cometido? ¿Qué papel debo adoptar?

Termina la asamblea, y me despido de Javi. Luego me acerco a la carpa, que no he visto por dentro, con la idea de ofrecerme para ayudar en logística (se pidieron voluntarios), y preguntarles si falta gente para dormir allí, pero cuando entro en el espacio, muy reducido, me encuentro que casi todo está ocupado por objetos en desorden, y que el único lugar acondicionado es una mesa con tres ordenadores. Hay personas tiradas en un sofá, y gente hablando en el poco espacio que resta a ese caos, pero soy incapaz de reconocer a nadie que haya visto formando parte de la organización, ya que los petos han desaparecido, y no hay nada a una un punto de información. Me vuelvo a mi casa, sin decir nada.

En Internet, observo la portada de El País, y siento una clara sensación de derrota. Recaigo en la foto del presidente al que yo voté alguna vez, atrapado en un gesto de apuro. Juraría que se ha se girado, y ahora me dice, con gravedad:

– Es razonable pensar que el PSOE recibiese hoy un castigo en las urnas, lo asumimos y lo entendemos. Muchos españoles padecen graves dificultades y temen por su trabajo y su bienestar futuro, y muchos jóvenes contemplan ese futuro con inquietud. Sin duda tú también has expresado tu malestar en las urnas.

– No lo dudes, José Luis- respondo a su foto- pero también me siento parte de tu derrota.

Y es verdad, tengo la sensación de que yo también he perdido estas elecciones. Al día siguiente algunos amigos como María Maza (Aragón) o Bernardo Ciudad (Extremadura) se mostrarán más optimistas, pero yo seré incapaz. Quizás, la única lectura que me importe de estos días se tardará décadas en sintetizar, y pertenecerá a la Historia. De momento, no me interesan las conclusiones. No quiero pensar demasiado A mí me interesa esa carpa precaria llena de colchones y gente extraña, puesta en el corazón de mi ciudad, que moja la lluvia mientras termino este texto. Esa carpa, y las personas que le dan aliento, los que ya concilian el sueño dentro de ella. Esa carpa y lo que pasará con ella a partir de mañana.

Esta entrada fue publicada el 26/05/2011 a las 10:24 am. Se guardó como Crónicas, literatura, Política, sobre todo, cultural y etiquetado como , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

5 pensamientos en “Días de la Constitución

  1. Juanca en dijo:

    Pues yo, que voté PP porque como trabajador por cuenta ajena no puedo permitirme el lujo de votar a la izquierda, me alegré un huevo por la victoria pepera y de paso por el castigo que el pueblo le ha dado a un partido como el PSOE, que nos engañó a todos comprando votos con la pasta que el dejó en caja el PP, pero uno puede engañar a todos un tiempo pero no a todos todo el tiempo. Yo tengo ya edad para conocer lo que dan de si los dos partidos: el PP gestiona muchisimo mejor que el PSOE, que es un verdadero desastre, porque desprecian la economía, que como dijo Clinton, es lo esencial: si las cosas van bien la riqueza se reparte, mal que bien, pero se reparte. Donde no hay harina todo es mohina. Gonzalez, el terrorista de los GAL, dejó Es`paña con 23 % de paro y ZP, el tipo más incompetente y sectario de la Democracia, se va (lo echamos) con el 21 % de parados y dejándole el marrón al que venga, como hizo Gonzalez.

  2. Juanca en dijo:

    Se agradece. Pensé que no me lo ibas a publicar.
    Por cierto, excelente la crónica que haces sobre los acampados en Sol. He aprendido más de lo que reclaman los concentrados que viendo las diferentes televisiones, cada una condicionada por prejuicios e intereses complementarios.

    • Hola Juanca. Aquí no se censura a nadie, excepto a los trolls recalcitrantes. Sobre el post, es sobre la acampada Salamanca, no sobre la de Sol. Quería dar una visión de cómo se vivió ese fin de semana crucial en una ciudad de provincias. Sobre el 15M, creo que se vuelcan muchas propuestas, algunas totalmente disparatadas y otras más aceptables, pero que su rasgo definitorio son los acuerdos de mínimos, que es lo que nos hará salir a todos a la calle tarde o temprano. Seguro que como votante también te preocupa la corrupción y los tejemanejes de los políticos, ya sean del PP, del PSOE o de cualquier otro partido (en todos hay manzanas podridas). Ahí es donde tendríamos que hacer fuerza común, tanto los de unas facciones como las de otras, para acabar con esa lacra de la vida política española.

  3. Antonio (rastas) en dijo:

    Qué gusto leerte. Difundiré este documento porque el desconocimiento de lo que se pretende con ésto, es posible que sea la muerte del movimiento. Los indignados frente al televisor no están conectando con los indignados de la calle. Temen despeinarse, quizá porque no entienden que ésto va de éso, de la necesidad de despeinarnos.

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