Macho Alfa

Relato publicado originalmente en Quimera. nº 332-333. Julio, 2011

Dos balas silbaron a ambos lados del Doctor Sheldon Cooper, físico teórico de la universidad de Pasadena, y los dos hombres con poncho que hacía un instante iban a dispararle, cayeron redondos, de una muerte limpia y cinematográfica. Sus sombreros de chicano rodaron por la calle polvorienta del escenario de un western, demasiado real. Un sol de justicia brillaba en lo alto del cielo, y hacía resplandecer el largo cañón de una Magnum del 44 aún humeante, que su dueño blandía en dirección a los hombres que acababa de abatir. El hombre de la Magnum se acercó hasta el Dr. Sheldon, que se había orinado encima, le tendió su nudosa mano y le ayudó a incorporarse.

– ¿Es usted Clint Eastwood, Sir?- preguntó Sheldon.

– El mismo- respondió Clint, guiñando los ojos bajo el sol- Virgen Santa, te has puesto hecho una porquería… Vamos, son. Iremos dentro. Un trago te vendrá bien.

Dentro del establecimiento lóbrego, lleno de hombres, mierda de caballo y escupitajos, se notaba que Clint se sentía de puta madre. Con su cara de mala hostia, pero de puta madre. Tras echarse al coleto un turbio whisky, echó un vistazo al especimen al que acababa de salvar.

– Tomaré leche en un vaso largo desinfectado con vapor- le estaba diciendo Sheldon al camarero- la leche, que no esté a una temperatura mayor 45 grados (hablo de Celsius, por supuesto, en cuestiones centesimales me temo que no puedo ser patriota), que sea semi-desnatada pasteurizada, y que haya sido abierta, como mucho en las últimas 24 horas, y eso siempre que se haya mantenido refrigerada a una temperatura entre 2 y 4 grados centígrados. ¿Disponen aquí de frío industrial? Discúlpeme la indiscreción, pero el lugar parece un poco primitivo.

Clint observó al muchacho. En otra época, allá por los 80′, aquella escenita hubiera sido suficiente para agotarle la paciencia. Pero hablamos de un Eastwood que ya ha hecho Los puentes de Madison. Un Eastwood que ya ha hecho Mystic River, Gran Torino y Million Dollar Baby. Que ya ha rodado a su indio alcohólico llorando de uniforme tras colocar la bandera de nuestros padres. Todo aquello había ablandado su corazón, tanto como las carnes que le aleteaban en los antebrazos. Aquel personaje meado, y que sin embargo exhalaba una extraordinaria confianza en sí mismo hablando de leche, solo le provocaba una punzada de lástima.

– Le felicito por su hazaña, sir– dijo Sheldon, ya con una orla blanca en la pelusa- estoy seguro de que las autoridades de California convendrán en que se ha movido dentro de los justos principios de impartición de justicia que rigen en el espíritu de nuestra Constitución y nuestras leyes estatales.

– ¿Autoridades de California?- dijo Clint- aquí ninguna autoridad pincha ni corta, son. Si Dios hubiera querido que las autoridades de California te salvaran el culo hoy, no me hubiera puesto delante con mi Magnum 44. Y te diré otra cosa: no he conocido a un solo hombre culpable que no lo llevara escrito en la cara.

– Disculpe, sir. Como usted sabe, según el artículo 11 del primer libro de nuestro código penal, es nuestro deber informar de cualquier homicidio, así como de cualquier uso indebido de arma de fuego en lugares no autorizados, así como de cualquier cadáver que yazca en la vía pública. También permítame recordarle que no existe ninguna evidencia científica de la existencia de un ser supremo, y que varias ramas del conocimiento han demostrado que la deificación de las energías creadoras, se debe a una necesidad primitiva de comprender las leyes del cosmos en términos antropológicos, y que ninguno de los modelos serios discutidos por la física actual admite la justicia divina como una fuerza de causalidad universal, sir. Aunque, por cuestiones familiares, creo tolerable que se le permita tener “fe” a ciertas personas más “simples”, siempre y cuando no les dejemos redactar nuestros libros de texto… Quizás le gustaría saber algo de la Big Bang Theory, sir.

– Aclárame una cosa, son – dijo Clint, al que se le había acumulado una cantidad importante de espumarajos en la comisura de los labios- ¿Te acabas de reír de mi Dios y llamarme retrasado mental?

Dos minutos después, Clint y el doctor Sheldon Cooper, físico teórico de la Universidad de Pasadena, se hallaban en la misma calle western, veinte pasos de por medio, frente a frente. El doctor Sheldon sintió como su vejiga liberaba las últimas gotas de pis por su entrepierna, mientras al otro lado, el viejo Clint esperaba su momento para desenfundar. Sheldon intentó hacer un balance de la situación. Miró a su alrededor. Todo estaba exactamente igual… exactamente igual que antes… el mismo pájaro trazó la misma trayectoria por el cielo… las sombras no se habían movido ni un milímetro… de nuevo el mismo pájaro… las mismas sombras. Miles de viñetas de cómic y fotogramas Sci-fi pasaron a frente a él a velocidad vertiginosa. ¿Sería ese el resumen de su vida, asaltándole antes de morir?

Sheldon lo dudada.

Porque hoy era su día. Pero no para morir.

Bullet time. Cuatro balas surcaron el aire a velocidad hiperlenta desde la Magnum 44, pero para Sheldon Cooper, ya no había cuchara. Las balas, detenidas por un mero gesto de su mano, cayeron inofensivas al suelo, ante la mirada bizqueante del viejo Clint. Entonces Sheldon comenzó a levitar, convocando una tormenta de rayos que parecían enroscarse en sus brazos. Sus ojos vacíos fulminaban al viejo.

-¡Se acabó el boxeo! ¡Se acabaron las tardes de béisbol!- clamó Sheldon con voz de súper villano- ¡Se acabó LA SECOND WORLD WAR! ¡Se acabó la nostalgia de los 50, se acabó reparar coches en el jardín! ¡Se acabaron los cigarrillos rubios! ¡Se acabó escupir! ¡Se acabaron los marines! ¡Se acabó el alcoholismo! ¡Doblégate ante el nuevo macho Alfa, INSIGNIFICANTE WASP!

Un haz láser de cuatro metros de diámetro emergió de los ojos de Sheldon Cooper y comenzó a partir la tierra hacia un Clint Eastwood que, justo antes de ser carbonizado y tragado por el abismo que se abrió bajo sus pies, tuvo tiempo de meter una última frase de guión.

“Estoy demasiado viejo para esto”

You win! Sheldon se quitó los auriculares, y echó para atrás su silla con ruedas, apartándose del ordenador con gesto triunfal. Ya no estaba en un western, sino en su piso de Pasadena, junto sus compañeros Leonard, Howard y Rajesh, que le observaban expectantes. En la mesa de al lado, aún se veía el paquete del último videojuego para PC: “Provoca a Clint”, que ya era nº1 en todos los stores del área metropolitana de Los Angeles, y estaba barriendo en los foros.

– Ha sido mejor que cuando conseguí que despidieran al entrenador de mi instituto- exclamó Sheldon.

– Apártate- dijo Howard, sentándose frente al ordenador- va a ser la primera vez que un judío le patee el culo a Eastwood.

– Y luego va la minoría étnica- apuntó Raj.

– Sí, lástima que no sea real- dijo Leonard, con una mueca.

Desde algún lugar del edificio, de la calle o de la atmósfera, llegó el eco de las risas de un gran público. Qué raro; aquello pasaba constantemente, y el teatro más cercano debía estar… en Broadway.

Aquella noche, Sheldon abandonó a sus amigos un poco pasado de azúcar, e hizo lo que siempre hacía cuando era incapaz de conciliar el sueño: frotar su micro pene contra sus sábanas de franela e imaginarse paseando por Sheldopolis, la ciudad del SimCity que él mismo se había diseñado, prodigio de organización urbanística, saneamiento de cuentas, balance de producción y gasto de recursos. Mientras torcía por la Sheldon Avenue y llegaba a Sheldon Park, creyó ver el reflejo de unas Ray Ban y a su dueño, ataviado con un traje de grandes solapas y pantalones ligeramente ceñidos. Cuando se dio la vuelta ahí estaba: Clint. Pero no el anciano con quien se había medido antes, sino el Clint de los 80’, y más concretamente, Harry el Sucio, acompañado de un orangután que llevaba de la mano, vestido de marinerito, de la forma más absurda.

– ¿Cuántas mujeres he tenido?- le soltó a Sheldon sin más- ni me acuerdo. ¿Cuántos hijos? Francamente, no tengo ni idea. Pero ¿Sabes? Recuerdo que uno los más pequeños se parece a ti y a tus amigos, con sus chorradas de los cómics y el internet. Y no me extraña que saliera tan amariconado; nunca le hice el más puto caso. Supongo que a vosotros os pasará lo mismo, ¿no? Todos niños de mamá, tan maricas que vuestro padre deseó que hubieseis nacido niñas, para no tener que avergonzarse de vosotros el resto de su vida (Aquí Clint hace una pausa para acariciar con ternura a su orangután, que le besa la mano). Pero te voy a decir algo…

Con un movimiento relámpago, Clint Eastwood le agarró de los cojones a Sheldon Cooper, retorciéndoselos hasta casi levantarlo del suelo.

– Lo único que cuenta- dijo Clint, enseñándole los dientes, a escasos milímetros de su cara- ¡Es meterla!

Esta entrada fue publicada el 30/09/2011 a las 8:37 am. Se guardó como literatura, Quimera, Relatos y etiquetado como , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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