Todo lo que usted quiso saber sobre el festival Eñe y nunca se atrevió a preguntar

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Llego al festival Eñe, después de abandonar el coche a 40 minutos en metro, en el aparcamiento gratuito más cercano a El Círculo de Bellas Artes, Madrid. Este espacio monumental al que los secuaces de Alberti (según una leyenda de pasillo) disparaban ráfagas durante la Guerra Civil, albergará durante hoy viernes y mañana sábado el festival de literatura española más importante del año. De primeras el ambiente parece más desangelado que en la edición anterior. Según cae la primera cerveza y entablo conversación con amigos presentes, comprendo que una actitud de hastío irónico resulta lo más apropiado para distinguirse. ¿Por qué?

Dos conferencias y un par de encuentros más tarde, la acción Eñe se traslada al habitual garito donde dar rienda suelta a las discursiones que se llevan paseando del ágora a la tasca desde hace cien años: que si generación literaria sí, que si generación literaria no… esta vez, surge al hilo de la mesa a la que acabamos de asistir, formada por Castro, Bautista y L´autremonde, tres de la veintena de poetas que Luna Miguel ha reunido en el libro Tenían 20 años y estaban locos, y Elena Medel -quien además moderaba el debate- ha editado en La Bella Varsovia. Los protagonistas del libro insisten en no pretender instaurar una generación literaria. Yo opino que un libro titulado Fumaban Lucky Strike y estaban locos, o Sabían nadar y estaban locos sí hubiera sido una propuesta no generacional, pero cuando el sesgo es cronológico, ay amigo. Y que su negación a ser una generación literaria, ya es, en sí misma, una de las formas más típicas de manifiesto. La conversación se anima y alguien me acusa de razonar menos que un periodista cultural. Repíteme eso en la calle, le respondo. Salimos a fumar.

Tenían 20 años y bebían chupitos podría haber sido otro título razonable, a juzgar por la resaca con la que quien escribe -que ya tiene treinta- se levanta a la mañana siguiente para arrastrarse hasta el evento donde Fernando Varela evaluará en directo tres novelas presentadas por sus autores, para su posible publicación en Lengua de Trapo. Sentados en la mesa de juntas, rodeados por un público cuya actitud oscila entre el interés y la desgana más snob, los escritores explican su trayectoria y el contenido de su novela. Comienza una mujer de traje ceñido, de la escena underground de Barcelona, especialista en relato erótico y gore. Le sigue un escritor de provincias que ha venido para presentar el relato amable y con humor de un muchacho que vive rodeado de tebeos, en el contexto de una España previa a las nuevas tecnologías. Todo transcurre dentro de lo previsible hasta que el último aspirante comienza su fulgurante exposición; se define como guionista, confiesa no conocer el mundo editorial, pero haber tenido una idea que merecía mucho la pena y debe ser convertida en libro: “Elige tu propia aventura llevado al mundo del ligar con tías”. Cuando despliega un árbol de conceptos de unos diez metros de largo sobre la mesa oval, todos nos acercamos a admirar su obra: leo en una de las ramificaciones “encuentras a unos chavales fumando un peta, ¿les preguntas si tienen condones?” ¿Que se le pasará por la mente a Fernando Varela, ante semejante exhibición de mainstream digno del club de los monólogos de Telecinco? Concluyo que el guionista es el único con posibilidades reales de hacerse millonario. Lengua de Trapo jamás lo publicará.

Volviendo al salón de baile, me acerco a la mesa de libros donde atiende Carlos Pardo, me compro la última novela de Alberto Olmos, y tengo la sensación de haber entrado dentro de una de esas crónicas de Javier Rioyo o peor, una de aquellas en las que los nombres de las personalidades aparecen en negrita, como las de Elvira Lindo. Estoy ya apunto de unirme a la cata de vinos para hablar en modo dicharachero con algun tío con gafas, cuando me digo ¡Fuera Elvira, fuera Javier! Para completar el exorcismo, me tiro sin querer una Coca Cola por encima. Mientras me seco en una silla del salón, leo unas 20 páginas de la de Olmos. Decido cambiarla por la de Pardo. La cambio.

Luego podré asistir a la lectura de Pardo y a la de Javier Calvo, y esa será la parte divertida del festival Eñe: al menos, le ponen sangre, gracia, nos lo pasamos bien. Porque lo cierto es que mientras nos movemos a un garito para nuestra particular ceremonia de clausura del festival Eñe, coincidimos en que el nivel general de las intervenciones ha sido pobre. Rondan las diez y media de la noche, y la Gran Vía hierve de coches y gentes, de luces y actividad que se esparce por las calles del centro. Caminamos en dirección al Picnic, el señor Vanity, yo, y un amigo que ha trabajado intensamente en el festival Eñe durante sus tres días, y al que llamaremos Jeff Goldblum para evitarle conflictos laborales. Mientras el señor Vanity se deshace en elogios sobre la hermosura y porte de las prostitutas callejeras de Montera, le pido al señor Goldblum que me confirme o desmienta si mi impresión general sobre las ponencias es acertada. “En efecto, Miguel, hay escritores que sí se trabajan sus intervenciones, pero en general, la mayoría, se tocan los cojones, hacen cualquier mierda, y se van”. “¿Pero cobran?” “Claro que cobran, algunos más, otros menos, pero cobran, además del hotel bueno y los desplazamientos en AVE, todo siempre de calidad”.

Una vez más, hemos salido de un evento literario con una sensación de insatisfacción y nos preguntamos por qué demonios los eventos literarios suelen ser tan decepcionantes. A mí se me ocurren unas cuantas razones. Ojala alguien se moleste en completarlas o contradecirlas, a ver si entre todos solucionamos este problemón del mundillo. Aquí lo lanzo:

1. El escritor va por quién es, no por lo que va a hacer. La presencia del escritor es el mayor valor de sus intervenciones públicas. Lo que haga en ellas da exactamente igual porque todo el estatus del evento se basta, casi exclusivamente, en el hecho de que el escritor esté allí, de cuerpo presente, compartiendo el mismo aire que sus asistentes, quienes, entendemos, debemos encontrar esta experiencia de proximidad física lo suficientemente estimulante como para no demandar absolutamente nada más.

2. Al escritor no se le exige trabajar sus intervenciones. Es más, está mal visto que lo haga. Si un neurólogo llega a un congreso por el que se ha embolsado su dinero, para ponerse a divagar con actitud pastosa sobre lo primero que se le viene a la cabeza, es posible que se labre una mala reputación. Si un músico, en vez de dar un concierto, se sienta en el escenario a rasgar distraídamente las cuerdas de su guitarra y tararear ocurrencias, posiblemente, también lo echen a abucheos y le traiga problemas. Si un escritor aniquila a su audiencia a base de balbucear durante una hora una sarta de lugares comunes a los que, según confiesa con indisimulado orgullo, no ha dedicado más tiempo de reflexión que el del trayecto de metro hasta el bolo, se le aplaude. Ninguna intervención en un evento literario, por floja, insulsa e irresponsablemente improvisada que sea, tiene consecuencias para la continuidad del escritor en el circuito de saraos, donde podrá seguir rentabilizando su “presencialidad” sin preocuparse más que de apuntar cuatro notas en su Moleskine antes de subir al estrado. Un esfuerzo más exhaustivo podría contradecir ese “hastío irónico” que parece ser la actitud de moda.

3. El escritor se dedica a escribir, así que no tiene por qué hacer bien nada más. Muchos escritores no sienten la más mínima vergüenza en ofrecer una mierda de intervención, ya sea en forma de conferencia, lectura, diálogo o mesa redonda, porque consideran que su valía no sirve a la escena, sino a la literatura. Sin embargo, el problema no es que estos escritores carezcan de habilidades innatas para la oratoria, de magnetismo personal o no sepan generar formatos espectaculares. El problema es que, una parte muy significativa, no hace ni el huevo, vamos, que no se lo curra ni un poquito para asumir el reto que es levantar una hora de directo. Todos admiramos al profesor que se preparan sus clases hasta la saciedad, al actor que pierde dos kilos en una representación, al músico que alarga el concierto. Es más, casi exigimos que sea así. ¿Y qué exigimos al escritor? Nada. Qué esté ahí. A ser posible, despierto. Luego nos extrañamos que vaya tan poca gente a los eventos literarios; Lo maravilloso es que todavía haya alguien dispuesto a refrendar semejante pacto de mediocridad. Si estos participantes remolones no lo consideran un trabajo digno de su esfuerzo, ¿por qué lo cobran? Si es que están saturados ¿por qué no descansan? Y si no les gusta o no se les da bien. ¿por qué lo hacen?

Ya son las dos de la mañana del sábado, y medio bar está en la calle fumando y bebiendo a escondidas del portero. En la pared de enfrente, un cartel de denuncia política contra el bipartidismo y la injerencia de los mercados en la democracia. Entonces me doy cuenta que llevaba todo el fin de semana sin pensar en la situación política de España, desde el mismo comienzo del Festival Eñe.  Eso también significa algo.

Esta entrada fue publicada el 14/11/2011 a las 9:23 pm. Se guardó como Política, sobre todo, cultural y etiquetado como , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

12 pensamientos en “Todo lo que usted quiso saber sobre el festival Eñe y nunca se atrevió a preguntar

  1. Yo tuve la misma sensación. Salvo la intervención de Trapiello, el resto me pareció una sucesión de improvisaciones con mayor o menor fortuna.
    Una decepción.

  2. ¿De verdad que no hubo nada interesante más que el efecto lenitivo de no pensar en las elecciones? Pues me alegro de no haber ido. Ánimo.

  3. Y me parece que al bloguero se le aplaude por generalizar a partir de un par de impresiones. Por tu nota, infiero que entraste a ver a los poetas jóvenes, quizás la última media hora después de salir de la de Olmos, Miguel y Sierra; viste un par de lecturas, seguramente desde fuera, con lo que escuchar, poco; y entraste a la actividad de Lengua de Trapo. Qué más.
    Lo honesto aquí sería enumerar las actividades a las que realmente entraste y ponerle nombre a los mediocres.
    Yo te puedo decir algunas a las que entré y contradicen todo lo que afirmas: Volpi (ni un segundo sin dar información), Suso33 (apoyando el discurso con proyección de varios vídeos y fotografías), Fernando Marías y Javier Olivares (igual), Amador Fernandez-Savater (discurso sólido también), Valérie Beaudouin (con su sapiencia sobre Oulipo), Rivas y Morán (como bien dices, no se puede improvisar con una guitarra en el escenario a menos que seas Stevie Ray Vaughan), la conversación de Longares con Pozuelo Yvancos (que fue una clase magistral de literatura), las lecturas todas estaban bien preparadas (podía gustarte más o menos un autor, pero todos llevaban bien escogidas y cronometradas su lectura)…
    Cada cual tiene su festival, por algo cada media hora comienzan hasta 4 actividades.
    Te invito a hacer esa lista: a qué entraste y qué te pareció mediocre.
    Vamos, sin miedo a ofender. Que toda generalización es una simplificación.
    Un abrazo,
    Doménico

    • Señor Doménico, rechazo amablemente su invitación a hacer lista alguna, y estoy de acuerdo con su afirmación: toda generalización es una simplificación. Y todo texto crítico-literario es una tergiversación, añadiría. Aclaro, de primeras, que mi crítica no va dirigida contra el festival, todo lo contrario: es una llamada al respeto a la oportunidad que brindan estos eventos a los escritores, recompensándoles, además, con una retribución más que digna. Quienes, como usted cita, hacen correctamente su trabajo no se sentirán en lo absoluto ofendidos; quizás lo agradezcan, pues son los otros, quienes no hacen ni el huevo, quienes bajan el nivel y desmerecen los eventos en su conjunto. ¿No sería también honesto, por parte de todos, reconocer que existe un problema de actitud en muchas intervenciones en los eventos literarios? ¿Que muchos escritores parecen considerar que su responsabilidad en estos eventos no pasa más que por hacer acto de presencia? Quizás mi crítica sea subjetiva, sesgada y poco fundada (aunque, se lo ha aseguro, no sintetiza solo mis impresiones sino la de otros tantos asistentes que acudieron a una buena cantidad de intervenciones), pero creo que es honesta en cuanto a sus intenciones. Para mí, el festival Ñ es un increíble despliegue de medios, con un potencial impresionante de intervención cultural en la literatura en España. Yo he acudido a las últimas dos ediciones, viajando desde otra ciudad, solo como espectador, por el enorme interés que me suscita. Se puede decir que soy un seguidor, en definitiva. Quizás mi crítica le resulte más tolerable si, en vez de etiquetarme como bloguero, lo asume como la opinión de un asistente, sin más. Y lo cierto es que no se me ocurre ninguna crítica relevante hacia la organización, ni al festival en sí. Lo que yo critico, es la naturaleza de un tipo de intervenciones que se han generalizado en todos los eventos literarios. Son aquellas en las que el escritor llega sin nada preparado, divaga durante una hora, y se lo lleva crudo a pesar de haber hecho un trabajo mediocre, con la seguridad de que su mal trabajo no tendrá consecuencias. Un problema que, coincidirá, usted sufre como responsable de un evento tanto o más que yo como espectador. Mi opinión (todo lo subjetiva y parcial que usted quiera) es que, si existe un clima donde esa clase de actitudes sean permisibles, deberíamos terminar con él cuanto antes. Tanto espectadores, como organizadores, como escritores, deberíamos exigir más al evento literario, premiar a aquellos que sí realicen un buen trabajo, criticar a aquellos que se toquen la vaina. Usted dice que en el último festival Ñ todas las intervenciones a las que asistió contradicen lo que yo digo. Honestamente, me alegro que sea así. Si tengo oportunidad, yo seguiré asistiendo al Festival Ñ, porque creo en que la literatura tiene muchísimo que ganar (y que aprender) con los eventos literarios. Ojalá, entre todos, los elevemos hasta el nivel que se merecen.

      Un abrazo

  4. Leo este post como aludido, y no puedo estar más de acuerdo con Doménico: lo de generalizar está muy bien a los veinte años, por lo del entusiasmo y la adolescencia; pero con treinta tacos, mejor seguir el consejo de Baudelaire: si vas a criticar, hazlo de frente (pero asegúrate de tener dos buenos puños).
    Ah, y argumentos, claro.

    • Juan Carlos, para sentirse aludido tendrías que participar en esa actitud que denuncio. Yo tengo clara mi responsabilidad, y es la criticar a aquellos que sí se comportan así. De los demás, incluidos los participantes responsables, yo esperaría algo más de complicidad, dado que ellos también son perjudicados. Sinceramente, te pregunto, ¿no crees que tenemos un problema con la falta de nivel y preparación de muchas intervenciones en los eventos literarios?

      • Generalizar, sí creo que generalizas: “…le pido al señor Goldblum que me confirme o desmienta si mi impresión general sobre las ponencias es acertada. “En efecto, Miguel, hay escritores que sí se trabajan sus intervenciones, pero en general, la mayoría, se tocan los cojones, hacen cualquier mierda, y se van”. “¿Pero cobran?” “Claro que cobran, algunos más, otros menos, pero cobran, además del hotel bueno y los desplazamientos en AVE, todo siempre de calidad”.”.

        Y, además, das una lista en la que caracterizas en tres puntos por qué “sueles salir” decepcionado de estos eventos. Si eso no es generalizar, pues será que yo no entiendo el concepto.

        Aquí estás planteando una impresión tuya como sentir general, o de muchos (¿quiénes?), y yo solo te pido que hagas un ejercicio de honestidad y digas quién es criticable y quién no; y si debe de criticarse a los organizadores por invitar, o permitir actuar como lo hacen a esos irresponsables que evocas pero que no nombras. A mí me invitaron e hice exactamente lo que se me pidió dentro de los límites pautados. Y solo puede escuchar a Vanessa Montfort y a Juan Carlos Méndez Guédez: ambos leyeron textos no solo buenos, sino hermosos.

        Dime tú, que estuviste más tiempo y te confiesas seguidor del festival Eñe, quiénes fueron los que metieron gato por liebre. Más que nada porque has titulado este post “Todo lo que usted quiso saber sobre el festival Eñe y nunca se atrevió a preguntar”.

        A esto me refería cuando decía que a estas alturas ya no vale el pataleo adolescente: o te metes en la candela, o no te metes. De hecho, creo que en este post incurres en lo mismo que le criticas a los mediocres intervinientes (¿pero quiénes son?): un post que promete mucho en su título y que luego se desinfla, es vago, vacuamente irónico.

        Lo repito: o te metes en la candela, o no te metes. Medias tintas, al criticar, no tienen objeto alguno.

      • Juan Carlos, no veo sentido a que ambos repitamos los mismos argumentos en un tono más furibundo, me atengo a lo dicho en los comentarios anteriores. Sobre todo porque no veo mucho sentido a seguir razonando cuando ignoras de forma sistemática mi comentarios anteriores en tu nueva argumentación. Tampoco voy a entrar a valorar en detalle tus opiniones sobre mi honestidad, mi cobardía y demás miserias, que me parecen tremendamente equívocas teniendo en cuenta que esto no es un blog anónimo, y yo estoy dando la cara por una crítica que muchos no se atreverían hacer, pese a compartirla. Tanto yo como personas cercanas observamos en muchas intervenciones del Festival Ñ un comportamiento que se está generalizando en las intervenciones literarias, marcado por la laxitud, la falta de exigencia y el perfil bajo. Para mí lo interesante, y lo positivo, es discutir sobre ese comportamiento en términos abstractos. Te animo a reeler el post, que explícitamente invita a ello. Esto no pretende ser La Noria, sino abrir un debate constructivo sobre la necesidad de cambiar ese clima.

  5. rodrigo en dijo:

    Disculpe, Gonzalo Escarpa estuvo sublime!

  6. Ana Barbudo en dijo:

    ¿Dejaron escapar a Amador Fernández Savater? Una pena. Fue, posiblemente, la mejor conferencia express del festival.

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