Esa excursión a la ciudad donde hacen tu cerveza favorita

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La experiencia viajera por China te acaba convirtiendo en un buscador de ironías, alguien que disfruta contemplando el horror que el desarrollismo ha causado en zonas antaño pintorescas o interesantes. Después de 3 años en ese país, viajamos a Tsingtao con tan pocas expectativas que cualquier cosa similar a Torremolinos o un parque de atracciones de los 70 será capaz de hacernos disfrutar. De nuevo, al rumbo al corazón hortera del país.

El sueño de la diversión china, produce monstruos.

Pasarán 30 minutos hasta que el tren, lanzado a 250 kilómetrospor hora, deje atrás la maraña pequinesa, y dé comienzo la llanura de villorrios de ladrillo, cemento y chapa, diseminados entre campos resecos y arboledas raquíticas. Algunas grúas gigantescas se alzan en medio del erial terroso. En las pantallas, se repite la publicidad de los nuevos trenes ultrarrápidos que se abren paso entre ciudades, convirtiendo el mapa nacional en un esquema de líneas rojas sobre un blanco que representa esa nada que es la China rural donde vive el grueso de la población y ahora atravesamos: ese estorbo subdesarrollado entre ciudades efervescentes. Mientras, entre las manos, manoseo la prosa entusiasta de la Lonely Planet. Sus redactores tienen la maña de los vendedores de humo: sin cargar las tintas, mantienen un optimismo tal que cualquier cosa les parece visitable; la guía de viaje como texto promocional, como un manual de autoayuda para acertar con la actitud bobalicona y acrítica, adecuada para disfrutar de espacios que jamás sugestionarían ese tipo de sensaciones por sí mismos.

El tren se desliza pitando entre los villorrios. Las fuerzas de la aerodinámica deshacen en hilachos su aullido intermitente. Se multiplican los entramados de cables, comienza un horizonte fabril de volúmenes geométricos ensuciados por el humo y la herrumbre. Las casas revestidas de ladrillos térmicos de las afueras de Tsingtao, transmiten la modernidad de otra época y otra sociedad, cuado en Pekín, esa incipiente modernidad de los ochenta comienza a ser arrasada por otra modernidad más rabiosa. A Tsingtao también la llaman la Suiza de China por sus barrios e iglesias construidos por la colonia alemana asentada aquí desde tiempo atrás. Para los chinos, pasear por esos barrios es como para nosotros darse una vuelta por China Town.

En el hostal, uno de nosotros anuncia “voy a hacer cruising por el pasillo”. No se trata de esa clase de lugar, pero aún así le deseamos suerte.

En el restaurante, dos de nosotros juegan a poner a prueba el nivel de homofobia local.

En el paseo marítimo, nos dejamos embaucar por un repartidor de publicidad para darse una vuelta en barco. Nos hemos convertido en anti-buscadores de lo auténtico. Tres años después de nuestra llegada a China, huimos de lo exótico, abrazamos el turismo kitsch, (el único que existe), y nos fotografiamos en aberrantes posturas tapando los paisajes que veníamos a visitar.

La conversación viajera con nativos esta sobrevalorada. Siempre se pregunta lo mismo. El tema de conversación nunca son ellos, sino tú.

Mientras el barquito da su vuelta absurda entre una isleta unida al mar por un rompeolas artificial y un astillero con chatarra de la Marina, rememoramos los mayores fiascos de nuestro turismo por China, y divagamos sobre la causa de tanto horror arquitectónico y paisajístico: el desarrollismo salvaje; la fiebre iconoclasta que sucede a cada golpe de estado; La dinastía Qing que destruyó la herencia Ming, los comunistas que destruyeron el patrimonio de la élite, los capitalistas que destruyen todo lo que aluda a la pobreza; o la falta de espacios públicos y la consagración de cada metro de la ciudad a su explotación comercial. Algunos extranjeros confiesan pasarlo mal por el feísmo imperante. Para mí, lo que resta es la explotación estética del kitch. No necesito que un coolhunter lo ponga en una revista de tendencias para explotarlo en mi cabeza.

Llegamos al hostal con el pis colgando, y hacemos migas con los backpackers tirados por los sofás de la sala lounge. Para entretenerlos, inventamos anécdotas viajeras sobre un país imaginario que acabamos de visitar. Los trotamundos, alucinados por el descubrimiento, toman apuntes y deciden seguir las instrucciones al pie de la letra para llegar a ese paraíso todavía inexplorado. Emocionados como nunca, los backpakers se van a dormir para partir a primer hora de la mañana. Posiblemente, nadie vuelva a saber de ellos. Una pareja de rusos, (ella ataviada como la hermana mayor de la Kelly family, él como un granjero de Kentucky), nos deleitan con un show etno-rock en la Open Mic, y lo hacen realmente bien. A Tere le invade un tremendo dolor de riñón: búsqueda infructuosa de farmacia 24 horas. En la habitación, barajo un nombre posible para una banda: Buscapina y los Voltaren. Me invade una migraña bestial. Me pongo unas bragas mojadas (limpias) sobre los ojos, fade to back.

Montañas con escalones, montañas con tornos de entrada, montañas que cierran a las 17. Así es Laoshan, antigua serranía de retiro taoista, a las 15 horas del sábado, cuando ascendemos por sus senderos con barandilla, encementados según la costumbre local. Dos horas después, nos llega por los aires la suave voz femenina de la montaña advirtiéndonos de que el aparcamiento cierra en una hora y deberíamos ir bajando. La voz de la montaña es dulce, sin distorsiones, emerge de todas partes, como si el sonido no viajara, ni creara ecos, sino que te fuera susurrado al oído. Tras la calina, se dibujan las siluetas de las islas del Mar Amarillo, y su costa empalizada de torres sin nada que envidiar al horror mediterráneo. Parece mentira que en el mundo haya tanta gente para tanto horror. Pero la hay.

Desde el espacio, a escala galáctica, el horterismo humano ha comenzado a ser perceptible. Nos estamos convirtiendo en un planeta hortera a vista de telescopio.

Ahogaremos nuestras penas en la calle de la cerveza, intoxicándonos de marisco y bebiendo la birra sin filtrar que hacen en la otra acera, en la inmensa fábrica de Tsingtao. A la mañana siguiente, mientras Tere se retuerce de dolor, compongo en mi PSP el primer y último tema de Buscapina y los Voltaren, grupo nacido y muerto un domingo a las 9 de la mañana en un hostal de Tsingtao, con su hit, Cómo me duele la cabeza, de su único álbum “Gafas de carne”, que luego dejaré sonando en mis cascos, mientras, por la ventana, se cuela el canto primaveral de las taladradoras.

Esta entrada fue publicada el 16/04/2012 a las 2:00 am. Se guardó como Crónicas, Literatura multimedia y etiquetado como , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

7 pensamientos en “Esa excursión a la ciudad donde hacen tu cerveza favorita

  1. Adri en dijo:

    que bueno leerte, amigo! me has alegrado el dia! me dan ganas de sumarme al horterismo!

  2. Wang Jun en dijo:

    “La conversación viajera con nativos esta sobrevalorada. Siempre se pregunta lo mismo. El tema de conversación nunca son ellos, sino tú”.

    Nos ha jodido. No todo el mundo es tan egocéntrico como para hablar constantemente de sí mismo o inluso creer que sus pensamientos merecen ser publicados en un blog. Si tan duro es viajar para tu acicalado intelecto quédate en tu casa. Yo viví tres años China y no voy dando la brasa al personal. No le interesan a nadie mis patéticas impresiones eurocéntricas. Suerte, Marco Polo.

    • Estimada Wang, creo que has malinterpretado mi post de arriba a abajo. Aunque tu definición de la crónica de viajes como “dar la brasa al personal”, no tiene precio. Supongo la crítica sería extensible a toda la literatura; a toda la que no te gusta a ti, por supuesto. Los escritores podrían ahorrarle mucha bazofia al mundo si supieran de antemano el valor de sus textos por hacer; sin embargo, es imposible. Para ello, tienen que ser escritos y leídos. A mi tampoco me ha resultado interesante tu comentario. Sin embargo, me alegro de que, al menos, los dos lo hayamos intentado.

      Saludos cordiales y eurocéntricos.

  3. Wang Jun en dijo:

    Me gusta tu deportividad. He repasado otros post tuyos y tienes grandes momentos, pero pecas de narcisismo, como casi todos los escritores. A ver si le echo un vistazo a tu novela. Yo también viví en Beijing y me pica la curiosidad ver cómo has enfocado lo tuyo. Sólo tres cosas: mi comentario no pretendía ser interesante, sólo pinchar. Quizás yo te haya malinterpretado, pero también es posible que tú no te hayas expresado bien. Es lo que tiene la literariedad, que está hinchada de sí misma y a veces le cuesta ver más allá de su panza. Y lo último: sí, los viajeros que creen que tienen algo que compartir con los catetos de su pueblo son todos un coñazo. El mundo ha cambiado mucho, sobran aventureros y faltan labriegos.

    Salud.

    • El narcisismo es parte esencial de gran cantidad de estilos y disciplinas artísticas, y de otras, no. Y muchísimos amantes de la música, de la literatura o del cine disfrutan de ese componente narcisista porque forma parte de su idea de lo que es el arte. Obviamente, tú no eres uno de ellos. Gracias a ti por tu lectura, Wang. Un saludo.

  4. Celia en dijo:

    Ay, ay, que risas me he echado, desde Torremolinos a las posturas aberrantes. 100% agreeeeeee!

  5. Eva en dijo:

    Jo, hace tiempo que no leía nada tuyo, que ya no recibía crónicas como antaño en el mail. Me gusta leerte. Me gusta, pero no por compartir la experiencia o saber de ti, ya que la vida te ha puesto tan lejos en todos los sentidos que eres un desconocido o conocido sin más en el mundo, sino por la forma que tienes de escribir que está obrada con técnica e inteligencia. Incluso tus respuestas a los comentarios me hacen gracia. Te diré que perdí un texto que escribiste hace más de 15 años en un papelajo cuadriculado arrancado de las hojas de alguno de los cuadernos que sin duda no utilizabas porque en la cafetería no se toman apuntes, pero recuerdo que ese papel me decía “rodea el muro”, tristemente recuerdo sólo eso, pero desde entonces trato de rodear todos los muros que encuentro, en un recuerdo que no amarillea ni se arruga, y ahora que he encontrado este blog, leeré las palabras y descripciones que nos regalas porque me gusta leer. Enhorabuena por ser escritor.

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