Vida de Pablo, de Carlos Pardo

Hay dos realidades que suelen omitirse en la crítica literaria para salvar las apariencias de imparcialidad: el contexto de recepción que antecedió a la lectura (lo que al crítico le llegó del autor y el texto justo antes de leerlo), y el programa estético que defiende este crítico, por el que juzga las obras según su adecuación. Para mí, Vida de Pablo vino precedida por lo que un amigo me contó sobre la opinión que sus alumnos universitarios habían manifestado en una clase tras su lectura. A pesar de gustarles, y sorprenderles la existencia real de los personajes (y su drogadicción), les pareció que sobraban esas alusiones a trifulcas literarias y poetas que Carlos Pardo no se molestaba en explicar a los no iniciados.

La objeción de los alumnos daba en la diana de un prejuicio al que yo, como crítico, me siento especialmente inclinado. Las letras occidentales de las últimas décadas han convertido la escritura y su entorno social en un tema obsesivo hasta el agotamiento. La profesionalización e institucionalización han absorbido a algunos escritores hacia una existencia absorta en los valores y la socialización de su minoría, lo que ha empobrecido su literatura. Frente a la diversidad de peripecias vitales, el escritor participa en la misma rutina que el resto de los escritores, conformando una comunidad cerrada para la que se acaba escribiendo, y sustituye al interlocutor general, aquel que nos obliga al ambicioso ejercicio de ser interesantes y hacernos entender sin presuponer códigos compartidos. Así se va consolidando un nuevo tipo de escritura provinciana, ensimismada en los intereses, los chistes, las personalidades y los códigos internos de la localidad literaria.

Vida de Pablo participa de esa tendencia. Pero incluso quienes disfrutamos leyendo a la contra (los críticos natos, apócrifos o no), al final nos dejamos vencer cuando el  libro es tan bueno que desmonta cualquier programa. Y lo que empezó a la contra, se acaba convirtiendo en una fiesta. Porque Vida de Pablo es una fiesta a su manera, como la que se adivina en su portada: el edificio barato, los atuendos de la posmodernidad ochentera, el aire de inauguración de piso compartido, de alegría desganada, de clase baja disfrazada de bohemia: el chaleco festivo y la fachada de cemento. Me he descubierto cerrando a menudo el libro para mirar a esa gente, tratando de indagar su misterio.

Contra lo que pensaba a priori, estos personajes, y quien los fotografía, son los protagonistas de la novela, y no la literatura, que aparece como un rasgo que los define, y solo en las últimas páginas les arrebata el protagonismo. Excepto por esa parte, lo que más me ha gustado de la novela es, sorprendentemente, lo que más estaba predispuesto a criticar: el elemento literario.

Hay una fábula que se ha reescrito una y otra vez en los últimos años: un grupo de jóvenes que rechazan los convencionalismos, coincide en una nueva ciudad donde ponen a funcionar una sociedad privada donde experimentan sus propias ideas sobre la libertad individual y la relación con los otros. Todo va de compartir: opiniones filosóficas o políticas, posicionamientos críticos, gustos y referencias estéticas, musicales, artísticas, literarias, drogas, experiencias vitales, parejas, espacios, etc. Su derivación literaria más popular han sido la novelas que en el ámbito hispano recorren un arco que va desde Rayuela a Los detectives Salvajes, y de las que Vida de Pablo puede leerse como última realización. En todas ellas, se narra el viaje de ida y vuelta de un protagonista que nunca acaba de resolver la tensión entre su individualismo estético y su socialización. Y en todas, el narrador seduce al lector a través de la exhibición de su yo, sacando de ahí sus páginas más memorables.

Muchas de estas novelas se vuelven de culto, sobre todo, cuando se han escrito a través de las sensibilidades heredadas del Romanticismo, que van de la actitud Rock & Roll al malditismo baudeleriano. Quizás Bolaño, con su recepción masiva, acabó de quemar los cartuchos que le quedaban a la literatura para explotar el malditismo. Por eso Vida de Pablo me ha gustado mucho. Porque siguiendo la línea de este mito, consigue romper con el malditismo. Y ya para ponernos estupendos, diremos: consigue romper la maldición del malditismo.

El malditismo obliga a colocar a sus víctimas al borde de la autodestrucción, obsesionadas por la literatura, que se convierte en el centro que da sentido a  sus vidas. Pero en Vida de Pablo, pese a que la literatura es capital para el protagonista, ésta es tratada como un rasgo más de su actividad vital, y su actividad como escritor es sometida a elipsis implacables. Queda así desplazada por otras preocupaciones: el trabajo, la amistad y el amor, la precariedad existencial, la música. Cuando aparece, lo hace como una actividad que se lleva a cabo sin un gramo de idealización, elevación o relumbrón. El mundillo literario no se muestra en el texto ocupando la posición de importancia que se da a sí mismo, sino la posición real que tiene en relación con la vida, y el gran mundo. El escritor protagonista se empapa de normalidad, filtra sus recuerdos a través del desapasionamiento: madura. La inteligencia con la que los personajes hablan de sus consumos moderados, patológicos, de las drogas, es otra prueba del rechazo de Pardo a esa estética del exceso, la autodestrucción, la exaltación. Tanto en el malditismo como en Vida de Pablo, el error vital juega un papel muy importante. Pero mientras el malditismo lo utiliza para mitificar al héroe y convertirlo en anti-héroe, Carlos Pardo se vale del error para lo contrario: desmitificar al héroe convirtiéndolo en no-héroe, una destrucción hiperrealista de lo prototípico que llega casi hasta a negar el personaje.

Vida de Pablo logra ser una novela de jóvenes letraheridos que sortea toda esa sensibilidad desgastada. Sin embargo, no se trata de una deconstrucción: la afectación del malditismo no es solo destruida, sino sustituida por una afectación nueva, que Pardo no renunciará a explicar (páginas 259-260). Ahí se señala a “Pablo”, el personaje del título, como la referencia para contagiarse de esta actitud que Carlos, el protagonista, absorbe para sacudirse los clichés de su personalidad. Esta afectación nueva se basa, precisamente, en la renuncia a toda afectación: una reivindicación de la llaneza, de la economía emocional, del campechanismo, una normalización de la actitud literaria, que ridiculiza la ínfula, la tragedia, los aires trascendentes de los modales aristocráticos que aún persisten en mundo literario, y entre los cuales el malditismo siempre sirvió como reverso tenebroso.

Solo en las páginas finales, cuando Pardo se lanza a escribir la crítica a la propia novela que termina, me parece equivocado el tratamiento de lo literario. ¿Qué sentido tiene hacerle el trabajo a la crítica? Saca la novela de su propio tiempo, un tiempo privado, de seres humanos y lo coloca en la escena de una recepción literaria, un tiempo de novedades, de libro. Pardo establece defensas, adelantándose a posibles críticas, citando las influencias a tener en cuenta, denostando otras con quien pudieran relacionarlo. Parece que quisiera controlar las lecturas, señalarse como autoridad de su interpretación. Por lo demás, Vida de Pablo me queda como uno de mis libros favoritos de la última narrativa española.

Esta entrada fue publicada el 24/05/2012 a las 11:08 am. Se guardó como Crítica, Otros medios y etiquetado como , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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