Gran Escalera a la Montaña Sagrada

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Desde que vivo en Pekín, siempre estoy viajando. No me refiero al viaje como un estado del alma, sino como a la mera forma de moverse por el espacio. Es rara la semana donde no piso un territorio desconocido, y voy mirando por la ventanilla del taxi, preguntándome si me dirijo a la dirección correcta, o busco señales para guiarme por el dédalo del metro, o puntos de referencia en la maraña de edificios. No siento que mi tiempo se interrumpa cuando aprovecho las vacaciones o los fines de semana para viajar. En Pekín siempre estoy viajando. El nuevo viaje solo será una etapa más de este viaje en el que vivo.

La rutina de los pequineses puede resumirse como entrar por unos agujeros y salir por otros. Desde la puerta del metro, te transportas por una colección de tubos, paneles, pasillos y cubículos sellados, y cuando vuelves a la superficie, estás a2000 kilómetrosde tu casa. Por eso, al facturar, he pedido ventanilla. Una concesión romántica en este entorno de invierno nuclear. No hay mayor armonía entre la humanidad que en un aeropuerto, el lugar con más densidad de regulación por metro cuadrado. Aquí todos nos sentimos culpables al entrar, y luego contentísimos de haber logrado cumplir con la exigente normativa. Qué privilegio poder franquear los arcos anti metal hacia la gloriosa Duty Free.

Las aero acomodadoras de este vuelvo no serán menos tristes que las chicas con malos trabajos de Ahí Abajo. Solo un poco mejor maquilladas. Un poco mas ceñidas, un toque de dignidad fiftiees con su pañuelo 50% licra. Hombres de negocios les deslizan la dirección del hotel donde se hospedarán, solo por una noche. Conozco su desdicha; sus miles de horas de despresurización, el latido permanente de sus sienes contra las paredes de la migraña. Sus almas caen del mismo lado que las de las mozas del metro que guardan el andén para que nadie se tire.

Me desentiendo de sus instrucciones de seguridad, y leo Introducción a la cultura china, un librito de un sinólogo, Ernest Fenollosa, que Ezra Pound encontró muy inspirador a principios del XX. Incluso un ignorante como yo advierte errores serios en las teorías de su autor. Pero también hay páginas en las que me gustaría creer. En el año 420 d.C, nos cuenta, la cultura china, incluyendo su arte y su poesía, se reinventó a sí misma. De entonces data el trabajo del poeta Xi Lingyun, a quien “se debe la palabra actual para referirse al paisaje: dos caracteres que literalmente significan “montaña y agua”. En esta etimología está implícita la noción de que la perfecta pintura o poesía paisajística debe combinar la exaltación sólida de la forma con la suavidad móvil del agua”.

¿Qué éxtasis hubieran alcanzado esos paisajistas de haber viajado por este mar de montañas de agua, estas cordilleras de cirros elevándose sobre llanuras gaseosas? El piloto del cinturón parpadea. Se anuncian turbulencias. La velocidad nos da la vida y la velocidad nos la quita: eso es el siglo XXI.

La velocidad ha hecho que la distancia solo sea una cuestión de tiempo. El espacio flexible se extiende bajo nosotros, contrayéndose como un acordeón bajo el efecto de la travesía. Con nuestra velocidad arrugamos las llanuras hasta convertirlas en sierras y cordilleras, el espacio plegándose como una lata de Coca Cola en una cámara de vacío. La velocidad nos da la vida y la velocidad nos la quita: eso es el siglo XXI.

– Disculpe señor, tiene que desconectar su pensamiento poético. Puede interferir con los aparatos de navegación.

Es el sobrecargo. Habla con amabilidad pero con firmeza.

– Pero si lo tengo en airplane mode…

– Señor, tiene que desconectarlo.

Vuelvo la cabeza por la ventanilla. Estamos descendiendo y hay un segundo en que sobrevolamos el mar de nubes como si fuéramos a amerizar y luego nos engulle la negrura. Y luego el paisaje.

El paisaje. Siempre.

Si no fuera por la comida, el viaje ya solo sería paisaje. El posmodernismo puede considerarse como la conversión de lo autentico en paisaje. O lo que es lo mismo, en fotografiable. Pero el objetivo que denuncia su singularidad, lo vuelve vulgar de inmediato.

Dendritas de luces en las montañas. Su color lava, recortado en la sombra, recuerda a las vetas de un leño ardiendo.

– Perdone señor -vuelve el sobrecargo- creí haberle dicho que desconectara el pensamiento poético.

– Pero si ya lo he desconectado…

Él me mira con esa cara que viene a decir “no puedo discutir qué es poesía con cada capullo que no quiere apagar su pensamiento poético como hace el puto resto del pasaje”.

Está bien, está bien… joder, cómo se ponen.

A la llegada a la nueva ciudad no siento ninguna tensión aventurera. Esa misma que lleva a algunos viajeros, sobre todo hombres, a desenvolverse como si alguien les fuera a asaltar con un puñal en cualquier momento. Desde el inicio me he limitado a pasar folios de billetes y reservas a personal de tierra y taxistas. Siglo XXI. La velocidad nos da la vida y etc, etc. Teresa me espera en el hotel. Los aires acondicionados me han dado duro. Una organización diabólica de vendedores de kleenex y sprays nasales se ha hecho con el control de todos los climatizadores del mundo. Como unos noodles instantáneos en la habitación, mientras ojeo un mapa puzzle de China para niños.

– ¿Y donde coño estamos?- pregunto- ¿en el centro?

– En el suroeste- dice Teresa- Al norte de Yunnan y al este del Tíbet.

– ¿Cómo se llama esta provincia?

– No te lo digo.

Junto al puzzle y los noodles, unas cuantas tarjetas de putas que se anuncian como peluqueras a domicilio. Me escandalizo cuando escucho a mi padre hacer un chiste al respecto.

Se me olvidaba. También me he reunido con papi y mami, y una amiga de la familia, que han venido de vacaciones a China. Si hay algo sagrado, esos son papi y mami. Ambos guardan la sensatez de generaciones anteriores, y no les agrada que se aireen sus cosas por Internet. Pero háganse cargo de que están todo el rato a mi lado.

Al día siguiente, viajamos por carretera en dirección contraria al epicentro de un terremoto que hace 4 años asoló la vida de 250000 personas. Wei Wei y sus listas de niños muertos, en el distrito de arte 798. Las madres clamando en los telediarios contra los constructores pagados por el gobierno, que levantaron sus escuelas con escupitajos, y sepultaron a todos esos hijos únicos, con su chándal de uniforme y sus dioptrías de tanto copiar caracteres. Las mismas madres que luego aparecen en las fotos de propaganda del gobierno, cogiendo llaves de sus nuevas casas de protección oficial. Papi dice que China es como España en los 60; una mezcla de desarrollismo y folclore, cultura patrimonial, dinero a paletadas y mafia. Le gusta mucho.

Jornadas de deshidratación, de meadas duras, mal filtradas. Vitriolo por la próstata, golpeando un retrete de diseño mal ensamblado en la habitación de hotel. Afuera, la floresta exuberante de los subtrópicos, el lago de aguas marrones, el limo contra las paredes de cemento y toda esa herrumbre chorreando por las fachadas de baldosines térmicos. Paisaje, solo paisaje. La sensación de que esta urbe húmeda es un artificio en proceso de descomposición. La lluvia que no cesa en su erosión. Al fondo, la montaña y la niebla. Agua y montaña: paisaje. Camareros lánguidos y mal adiestrados, insectos achicharrados antesdeayer, panzarriba. Roemos los trozos de pollo hasta arrancar la carne del hueso. Chinesse style.

¿Cual es la misión del viajero en China? Perseguir las sombras de lo que fue antes de su explotación turística. Ningún lugar se conserva por lo que es, sino por lo que se puede sacar de él.

Luego avanzaremos un metro más allá de la carretera para estar solos, en el templo y la jungla. Crematorios budistas, negros de hollín, comidos por la selva, las arañas clavadas en el centro de sus telares, las mariposas arrastrando sus gigantescas alas, sin apenas poder levantarlas, barriendo las losas polvorientas del templo tras la escalinata verdosa. El bambú, el escupitajo del monje sobre los peldaños. Avispas de color ámbar zumbando entre los retratos de las tumbas de los budistas muertos, sus rostros custodiados por un dragón de cerámica, y dos leones de piedra, comidos por el verdín, y un teléfono de los 50 que timbrea (bien, es de los 50, paisaje, paisaje).

Lo antiguo hace paisaje. Aquí todo es paisaje. Las telarañas tejidas en los párpados esculpidos. Los cantos de pájaros como radiales en época de cría, su exuberante chirrido. Las casas metidas en la loma, las hojas y la tierra entrando en las estancias vacías, suena la música de un habitante secreto entre los cuartos de muebles podridos. Monjes que pasean, los turistas. Las sierras mecánicas en la plenitud de la vida, arriba, en el follaje de las tuberías que ascienden entre el bambú, clamando al sexo. Bicicletas deportivas y mosquitos. Atardecer en el restaurante del padre de Kung Fu Panda. Yo feliz por haber pisado un metro fuera del circuito.

Y mas allá de la niebla, el Himalaya.

Ya anochece, y algunas hojas levitan, sujetas por una tela de araña invisible desde las ramas. Nos sirven un té cultivado en lomas robadas a esta montaña, un manojo de hojas que ensucian el agua de un vaso de papel. El sonido de las piezas de mayiang en las mesas lejanas. En medio de la vida atronadora, hablamos de paisajes minerales de mil colores. Pakistán, el Karakorum. Un lago de sal en Bolivia. El Uyuni tras el desierto de Atakama. De amigos perdidos en paletadas de nieve a8000 metros, que volvieron a encontrarse justo después de decidir que la vida ya no les importaba.

A la mañana siguiente, emprendemos la conquista de una de las cuatro montañas sagradas del budismo en China. Nuestro minibus se adentra por los congostos.  Monos souvenir cuelgan de las ramas en las laderas verticales. 350 yuanes en entradas y un teleférico después llegamos a los3.040 metros. Mi mayor cima en Asia, y sin una gota de sudor. Entre los tejados de los hoteles y las antenas descoyuntadas, se ven las montañas.

Pensé que este viaje seria diferente, que quizás habíamos llegado más lejos de la cuenta, lo suficiente para ganar terreno al desarrollismo que convierte cada escenario chino en una máquina tragaperras. Pero el cemento cochambroso de los hoteles habla por sí solo. Horror con solera. Y lo malo del horror es que tú formas parte de él. Tu presencia suma horror. Bajo la imagen de un buda de cuatro cabezas aupado sobre elefantes, los devotos se dan coscorrones. Una mujer se derrumba, llora. Posiblemente Alzheimer o alguna otra senilidad. Y cuando creemos que no ha merecido la pena, nos asomamos a la cumbre y ahí está: agua y montaña en estado puro.

Un valle de almas tendría el mismo aspecto desde la lejanía. Al amanecer, el sol forma una aureola multicolor, un fuego sagrado que ha puesto a los fieles de rodillas desde los Orígenes.

Bajando a pie, conoceré a los habitantes de la Gran Escalera que asciende a la Montaña Sagrada. Porteadores, barrenderos, devotos. Hoy pido permiso a cada persona que fotografío directamente. Y nunca utilizo teleobjetivos. Lo otro es un safari. Retratos de francotirador. Un buda gigante después, un calígrafo nos regala una palabra: calma.

Esta entrada fue publicada el 19/06/2012 a las 8:32 am. Se guardó como Crónicas, literatura y etiquetado como , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

2 pensamientos en “Gran Escalera a la Montaña Sagrada

  1. adri en dijo:

    un placer sumergirme en tu viaje

  2. Nacho en dijo:

    Que recuerdos!!! Sigue explorando tu que puedes, y sigue contandonoslo.
    Un abrazo (Nos vemos prontito)

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