El mar de las historias tristes

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El emigrante regresa con su dinero y solo ve cielos azules, calles limpias y carreteras vacías que cruzan montañas y valles de una belleza intocable. Quiere disfrutar, despreocupado porque la vida le ha echado media sonrisa y su futuro no pende de un hilo por primera vez en años. Vuelve de vacaciones a su Castilla, con sus casas de siempre, sus iglesias de siempre, su sequía de siempre, su verano tan esplendoroso como ha sido siempre, no importa el desastre que en esos momentos se cerniera sobre sus habitantes. Se ha acostumbrado a otros países donde la desgracia es, en primer lugar, un paisaje humano que desborda calles minadas por socavones y aguas fecales, yermos de tierras sin naturaleza, de aire sin luz. Pero España sigue cristalina, elevada.

Desde que llegó, no ha dejado de escuchar historias tristes. Todos sus seres queridos (el amigo que le recogió en el aeropuerto, la hermana, sus padres, la señora que limpia en su casa, los conocidos que se encuentra por la calle) bregan con una lucha que les quema la lengua. Con el paso de los días, el gesto vacacional del emigrante se va congelando en una expresión estúpida, tan incongruente como la belleza inmutable de las montañas de su país. Q. vive ahogado en deudas, traza castillos en el aire para escapar del fracaso profesional. I. se ha quedado sin vacaciones, ha dejado de fumar porque con lo que gana no le da para mantener a su niño. M. esta a punto de cerrar el negocio, harto de luchar día a día por la falta de clientes. A J. le han quitado 5000 e de sueldo, su futuro es incierto. En la empresa de H. echan gente todos los meses, ella no sabe si será la siguiente. C. ha ido a juicio para que su jefe, fugado de la justicia, responda por 6 nominas debidas. El emigrante siempre pensó que su vida había transcurrido en uno de esos remansos de la Historia, pero ahora no tiene dudas: el Gran Avatar que llenará las crónicas de su tiempo ha dado comienzo. Los zombis han salido a las calles, el hongo nuclear ilumina el horizonte. Y a ese emigrante, entre placenteros baños de sol, jarras en terrazas y paseos en chanclas al atardecer, se le va anudando un sentimiento en la boca del estomago que ya no le abandonará. Es el miedo. Simple y llanamente, el Miedo.

Llega el día de la manifestación, el emigrante acude con su madre. La eterna pregunta, ¿servirá para algo? Su sensación desde hace tiempo es la de vivir en una jungla artificial, una sociedad neo-hobbesiana, de lobos con IPhone. La gente va llegando a la concentración, como hilos de agua precipitándose desde la soledad de sus historias tristes a esa cuenca que las transforma en un clamor, un paso al frente, un contacto. Esas piezas del rompecabezas cobran sentido en el puzzle completo de la manifestación. Porque solo ahí se ve el Gran Dibujo. Y el Gran Dibujo es un pueblo. Un pueblo que padece. El emigrante camina entre la gente; son las nueve y cuarto de la noche y, a esa hora, todas las historias tristes de España confluyen en una manifestación que llena el territorio. Imbuido en su ambiente, se siente algo menos idiota que la esperanza: se siente a la sociedad. España, piensa, debería ser una manifestación continua. La desgracia de la gente debería volverse escandalosa, ser proclamada a voz en grito. Merece la pena salir a la calle, donde las historias tristes confluyen, solo para sentir a la sociedad que las comparte. La manifestación, como una gigantesca conjura colectiva de la soledad con la que cada cual vive su desgracia.

Esta entrada fue publicada el 20/07/2012 a las 10:13 am. Se guardó como Uncategorized y etiquetado como , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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