El Muro

Miras el Facebook cada 15 minutos, y en el lapso en que tarda en abrirse sientes una leve excitación ante la expectativa de ¿qué? ¿Una nueva solicitud de amistad? ¿Pulgares arriba para tu última actualización de estado? ¿Te habrán etiquetado en una foto? ¿Alguien te citó? ¿Tienes comentarios?

Una (o varias) de esas cosas han sucedido, y una micro estimulación sacude tu sistema límbico. Ya puedes sentarte en la mesa (lo miras de pie, siempre que pasas delante de tu ordenador) y recrearte un poco. Durante unas horas esa bocanada será suficiente, pero sabes que luego volverás a abrir la ventanita y nada te asegura que vuelvas a tener respuesta. No dejas de consultar el ordenador durante la tarde, ansiosa por otro jeringazo de feedback. Pero la red calla, y tu excitación se va tornando en ansiedad. Entonces decides jugar duro tus fichas en el casino social: publicas más estados, comentas los estados de otros, picas en sus perfiles, y curioseas sus fotos repartiendo pulgares arriba. Te levantas de la silla, paseas sin rumbo por la casa (haces tiempo), antes de volver a sentarte para ver como ha rentado tu apuesta: abres el navegador, que tarda en cargarse. En tus sesos, una carrera de galgos llega a su punto explosivo; a 50kbts de la meta, Ansiedad va a la cabeza, muy seguida de Ilusión, mientras Insatisfacción saca medio cuerpo a Orgullo y su desesperado tronar de patas. La pantalla se ilumina de azul marino.

Nada. Ningún aviso.

Ahora haces girar con desgana la ruleta del ratón, dejando que el scroll cobre inercia por los estados de tus “amigos”. Te detienes (y te odias por ello) en aquellos que más éxito han tenido hoy; pulgares hacia arriba e hilos de conversación largos como la envidia, brillantes como  fichas de una partida de póker. Un aburrimiento virtual hace que ahora sientas repulsión por la máquina que se recalienta bajo tus dedos. Así que la apagas. Por primera vez en el día, la habitación queda libre de radiación. Te sientas en el sofá, vacía. Sopesas el mando del televisor, pero no lo encenderás. En su lugar, miras las fotografía en marcos plateados donde apareces de vacaciones, el primer plano de tu novio sonriente. Imágenes sin posibilidad de interacción.

La casa ha quedado en silencio. Es buena hora para beberte las cervezas de tus padres. Vuelves a encender el ordenador. (¿Acaso tienes opción?) Vuelves a deslizar el scroll por la actividad ya paralizada de los estados de tus “amigos”. Vuelves a ser otra más de cientos de millones de personas mirando un muro. En los albores de la civilización, los muros inauguraron el aislamiento de la humanidad, su significación espacial. Hoy los muros transpiran, y se abren a otros muros, son ventanas en los muros de los otros. Los sillares han sido sustituidos por una membrana que se traspasa con la mirada, aunque nunca con los dedos. Cuando lo intentas (cuando intentas traspasarla con tus dedos), el plasma de la pantalla emite un quejido de oscuridad.  Dentro de unas semanas, o unos meses, esa pantalla seguirá mirándote igual que te mira ahora.

Cuatro horas después te despiertas sin recordar muy bien como llegaste a la cama. Te debiste caer sobre las sábanas en bragas, con las ventanas abiertas. Te inspeccionas la pierna, pero no encuentras nada pese a sentir como si una pulga estuviera escarbando en tu piel. Te rascas, te mojas, pero el hormigueo persiste. Te mojas la cara, enciendes un cigarro que complica más tu congestión nasal. De camino al salón te encuentras con tu madre, que se va a trabajar. Ni ella ni tú tenéis ganas de comunicaros, tampoco hay nada que decir. Te sientas en la mesa, con los ojos hinchados.

Enciendes el ordenador.

Entras en El Muro.

Esta entrada fue publicada el 22/08/2012 a las 7:54 am. Se guardó como Relatos y etiquetado como , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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