CT o la Cultura de la Transición

Muchos de los que creen que los libros no pueden cambiar la sociedad, o no saben de activismo, o no saben de libros. En un sistema donde las posibilidades de participación popular en la política son casi inexistentes, mucha militancia se centra en actividades que se parecen mucho a escribir libros o leerlos. Manifestaciones, charlas, campañas de comunicación o acciones de denuncia, son, al igual que los libros, herramientas fundamentales para la difusión y transformación del discurso que debe anteceder a las acciones judiciales, legislativas, de resistencia o de autogestión que son el objetivo final. Un libro no se diferencia en nada de cualquier otra estrategia comunicativa del activismo, siempre y cuando se escriba como detonante de la acción política. Y en ese “siempre y cuando” he cifrado mi lectura de CT o la cultura de la Transición. Entiendo que el derecho a una mayor participación social en la democracia, debe ir acompañada del deber ciudadano de formarse para ejercer esa responsabilidad. Por tanto, el examen al que me interesa someter a CT o la cultura de la Transición es ese: ¿me sirve o no para ese propósito?

 Estilos que celebro en crítica cultural y literatura, me parecen inoperantes como herramientas de comunicación para provocar cambios sociales.

Adelanto que al tratarse de un libro colectivo, cada texto necesitaría un juicio aparte. Más allá de su tema común, CT se presenta como una antología de escrituras que, resumiendo mucho, podrían dividirse en dos: las de quienes trabajan desde las disciplinas y el bagaje tradicionales de la escritura política (la filosofía, el análisis histórico, la crónica), y las de quienes han buscado una forma de politizar su escritura habitualmente dedicada a otros menesteres.

Entre los primeros se encuentran, a mi juicio, los textos importantes. Amador Fernández Savater hace una revisión de los movimientos sociales que han surgido en la democracia española al margen de los agentes de cambio anulados por las alianzas de la Transición (el No a la Guerra, la respuesta colectiva al atentado de Atocha y a la Ley Sinde, el 15M…) Campabadal hace una relación de las concesiones a la baja que sentaron las bases de una democracia deficitaria. Isidro López contextualiza históricamente el estado actual de nuestra economía. García Aristegui nos regala una crónica que deja al descubierto las raíces antidemocráticas de la SGAE y su participación en las peores prácticas del capitalismo y el clientelismo político. Minchinela habla de la incapacidad de los agentes tradicionales para comprender la cultura de Internet. Y Víctor Lenore demuestra la corrupción, la falta de conciencia y el conchabamiento con la clase dirigente del panorama musical más cool y laureado.

Algunos textos de otros autores participantes me han hecho reflexionar sobre la escritura que yo siento como inútil para desembocar en una acción política. Estilos que celebro en crítica cultural y literatura, me parecen inoperantes como herramientas de comunicación para provocar cambios sociales. El texto de Jordi Costa tiene su valor, pero nunca podría funcionar como desencadenante de una reivindicación colectiva, y lo mismo se podría decir de los apuntes para una historia del humor de Miqui Otero. Con el catálogo de arquetipos femeninos de García Rubio y Silvia Nanclares me pasa lo mismo que con los titulares inventados de Carlos Prieto; los disfrutaría porque son inteligentes, modernos, pero los acojo con frialdad cuando ando enfrascado en una lectura cuyo tono, 100 páginas antes, me invitaba a sentir que tenía entre manos un libro riguroso. Algunos de estos textos se hayan afectados por lo que Alberto Santamaría llama “el tono compadre”, que yo definiría como la inclusión en el ensayo de juegos de lenguaje y registros cool destinados a empatizar con los códigos de las nuevas generaciones. Y cuando estos esfuerzos estilísticos se anteponen al pensamiento, el resultado suele ser una experiencia de lectura más divertida que importante.

La libertad de la que han gozado los articulistas ha producido otras descompensaciones. El conflicto de Ignacio Echevarría con El País se explica nada menos que ¡dos veces! (en sendos artículos de Carolina León y Pablo Muñoz),  como si este lugar común del mundillo literario fuera el caso más relevante de censura en 30 años. Y la libertad con la que cada autor se ha valido del concepto CT (Cultura de la Transición), lo acaba convirtiendo en un cajón de sastre que desmerece el esfuerzo de aquellos autores que sí lo usan desde un conocimiento serio del contexto histórico. Así, el CT deriva con facilidad en la clase de abstracción que se empieza a usar de forma indiscriminada, y más que ayudar a clarificar la complejidad de lo real, acaba convirtiendo lo real en una simpleza que es pura ficción.

En conclusión, el peso de la literariedad y el libertinaje de muchos artículos de CT o la Cultura de la Transición, los alejan de dar la talla como relevantes para la regeneración pública. Mientras, los artículos nacidos de un trabajo de conocimiento y pensamiento político, escritos con intención más comunicativa que estilística, lo acercan a esos otros títulos como Cleptopía, Hay alternativas o La economía del bien común; libros que, directamente, inician o forman parte de un programa de acción, y se ganan su lugar como herramientas fundamentales de los procesos reivindicativos. Con todo, CT o la Cultura de la Transición sigue siendo un libro valioso, que juega ya desde su portada la baza de la vergüenza nacional, y supone una identificación de un montón de problemas y malas actitudes como propiamente españolas. Lástima que se les pasaran por alto algunas panderetas que suenan dentro de él.

Esta entrada fue publicada el 29/08/2012 a las 6:57 am. Se guardó como Crítica y etiquetado como , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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