En la paradeta. Hacia una política del mercadillo hippie

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Las fotos: imágenes Instagram de los artesanos del FIRAC, en Ciudadella, Menorca. 

Los genuinos perroflautas abundaban en Menorca en los 90. Había colonias enteras viviendo en las cuevas de los acantilados, frente a playas de aguas turquesas y helechos antediluvianos. Para muchos okupas de Granada, Barcelona o Bilbao, cumplían la función de verdaderas residencias de verano. Otros vivían en cuarteles militares y búnkeres abandonados, en furgonetas, o en una mera hamaca atada a dos pinos. Hasta mi amigo Jaime estuvo compartiendo una de esas cuevas con una rata del tamaño de un buldog francés. En esos años yo pasé un par de meses de friegaplatos, durmiendo detrás de un armario en el garaje de la novia de mi colega Omti, a quien había conocido tocando el tambor debajo de un puente. Después volví a casa para repetir curso, mientras Omti se quedaba en la isla. Y tras él, fueron más amigos. He ido volviendo de visita de tanto en tanto, a casa de unos y otros, Y ahora, después de dejar la maleta en casa de Milena e Iván, me invaden los recuerdos.

Ya hace años que cerraron las cuevas y las casas okupas, y echaron a los pies negros. De un verano para otro, Menorca convirtió en personas non gratas a sus visitantes más libérrimos. ¿Y mis amigos? Omti se casó con una jamaicana que trabaja en el sector financiero y se fue a vivir a Manhattan. Jaime cambió la cueva por una hipoteca. Y Milena e Iván, que otros veranos iban de rave en rave con el diablo metido en el cuerpo, ahora son papás de una niñita rubicunda, y han entrado a formar parte de una asociación de artesanos que monta sus paradas, con fiel cumplimiento de la normativa municipal, en la cuesta del puerto de Ciudadela.

¿Cuanto hay de alternativa en un mercado artesanal? ¿Cuánto de capitalismo con rostro amable?

Para mis amigos artesanos agosto ha empezado flojo, y nos da por pensar en algunas ideas de marketing. Aquí hay un juego constante entre la artesanía y la empresa ordinaria. En este mercado solo se permite vender productos que el asociado ha hecho con sus propias manos, aunque en la práctica, se toleran algunas excepciones. Algunos contratan a alguien para que haga las labores más duras, otros a dependientes para atender otros puestos (sucursales) repartidos por la isla. ¿En qué difieren estas prácticas del capitalismo puro y duro? La pregunta importa hoy más que nunca, cuando un buen número de individuos, ante la incapacidad de cambiar un sistema abyecto, se buscan formas de vida que les permitan, al menos, no sentirse participantes de la Gran Estafa. ¿Cuanto hay de alternativa en un mercado artesanal? ¿Cuánto de capitalismo con rostro amable?

Cuando pregunto a mis amigos si se sienten fuera o dentro del sistema, su respuesta va por fuera de toda pose: si la gente no compra aquí no se vive. El 90% de lo que se vende en el mercado son cosas inútiles y caras. Nadie necesita unos zapatos artesanales de 120 euros, ni un marca-páginas de 15. Lo único es la sensación personal de trabajar para ti, y también la energía que te llega desde el otro lado de la paradeta, de los no compran y piensan, “mira cómo se lo han montado éste mientras yo sigo pringando en una oficina de Bilbao o de Barcelona”. Y esa es nuestra ilusión, cruzar los dedos y pensar “ojalá pueda vivir de esto”.

Mientras mis amigos atienden a sus clientes, me entretengo aplicando teorías sobre competitividad social al público de clase alta que pasea frente a nosotros. En el puerto deportivo de Ciudadela pugnan los vestuarios más exclusivos, los yates más grandes, las cirugías mejor acabadas. Se intuyen ingentes esfuerzos para llegar a la etapa vacacional en plena forma, mientras, entre los artesanos, el ambiente es de una indiferencia neta por el concurso clasista. “Hoy no me apetece vender nada”, dice Iván, antes de escabullirse para fumarse un porro. Barbas de dos semanas, camisetas sin planchar, nula necesidad de proyectar una imagen socialmente ganadora… Tuvieron que adelantarse los diseñadores de Zara o Berska para que las peripuestas se sintieran psicológicamente preparadas para hacer del look hippie una posibilidad más de su desfile social, aunque sea en forma de pulsera que se desprenderá con los primeros rigores de la temporada otoño-invierno.

Los compradores

Pero de momento, estamos a 13 de agosto, en medio de una ola de calor que revienta los termómetros, y Milena vuelve de darse una vuelta con la nena, y de paso, comprarse una libretita. Su factura es perfecta. Me explican que su artesana usa una guillotina y una prensa de una imprenta. Pero, ¿cuánto puede valerse de maquinaria la artesanía? Los límites con la producción industrial son difusos, pero también fundamentales para mantener su supuesto valor añadido. ¿Supone la artesanía una alternativa responsable a las fábricas deslocalizadas, a la producción en serie, a la venta sin implicación con la manufactura? El instinto se inclina a pensar que sí. Hay algo humano en que la persona que fabrica sea también quien disfrute de los beneficios de la venta, sin intermediarios. El mercado artesano agrada porque es una vuelta a la sencillez de un mundo pequeño, donde los objetos no se producen en lugares fuera de nuestro control, sino delante de nuestros ojos, al otro lado de la paradeta, donde Iván cose su género mientras los paseantes echan sus miradas y pasan de largo.

Al atardecer, vuelvo a Playa Grande, a mi roca blanqueada por la sal que queda tras la evaporación del agua. La desembocadura de este fondeadero se tiñe de rosas pastel donde se recortan las sombras de los veleros. Cuando me sumerjo con el tubo y las gafas me siento solo en el silencio submarino. Los peces buscan su escondite en las rocas cubiertas de erizos y algas mecidas por las corrientes, y yo me hago el muerto boca abajo, hasta flotar entre un banco revolucionado por los mendrugos de pan que alguien tira para luego lanzar un anzuelo tramposo entre ellos. A mi derecha, entra una flecha envuelta en burbujas que resulta ser un niño que se acaba de lanzar desde un pequeño acantilado. Quizás mis amigos no estén arreglando el mundo, pienso, quizás el mercadillo artesano no contenga claves para salvarnos del derrumbe, pero al menos han logrado dar con un modo de vida del que puede sentirse orgullosos.

 No vendo objetos, vendo… El rollito… Que la gente cuando vea la pulsera se acuerde del chaval que se la vendió

Al día siguiente acompaño a mi amigo al banco Santander para abrir una cuenta de ahorro para su hija de 3 meses. Nos atiende un señor muy comprensivo que nos explica los cientos de documentos que son necesarios, la clase de papeles que aseguran una integración plena en el mundo cotizante que mi colega ha esquivado como la peste desde que dejó su trabajo tras 8 años de celador en una residencia de Alzheimer. Antes los bancos no ponían impedimentos, me cuenta, ahora te tratan como un desclasado por no tener una nomina. Se veía muy animado al hombre del Santander explicándonos lo bien que le va a su empresa. Este mundo se va al puto carajo, reflexionamos mientras nos comemos unas bravas en una terraza, pero hasta en los países mas jodidos la microeconomía sigue funcionando, y en el juego de salir a la calle a buscarse la vida, los artesanos son alumnos aventajados. Pescadores del Gran Norte, el Gulf Stream de la pasta que fluye desde el norte rico al sur pobre como los bancos de merluza; el dinero turista, que penetra en regiones de pobreza y eyacula una cura milagrosa para países bellos y desafortunados como el nuestro.

“No vendo objetos, vendo… El rollito… Que la gente cuando vea la pulsera se acuerde del chaval que se la vendió”, me dice mi colega por la noche, en la paradeta, con una sonrisa de fumado que resplandece buen rollo. Así se entrona el Rey de la Isla, su última criatura mitológica, con sus rastas endurecidas por la sal del mar y la arena de las calas, rodeado de trenzas de cuero como crines de un caballo salvaje. Llegan más clientes y mi colega juega a ser tan guay que ellos sienten la necesidad de ponerse a su nivel, aunque no hayan sido guays en sus vidas. Cuando el maestro artesano resplandece en su paradeta, todos quieren congraciarse, al menos el tiempo que dure la venta. Se intercambian conversaciones bronceadas; primero los pececitos solo miran, pero se irán con el anzuelo enganchado, y volverán el último día de sus vacaciones para rematar la compra. Y quizás esa noche, tras una sesión de sexo de pareja, esos clientes se queden pensando en ese reyezuelo que parece saber algo de la vida que a ellos se les está escapando.

Esta entrada fue publicada el 12/10/2012 a las 8:31 am. Se guardó como Crónicas y etiquetado como , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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