La verdad sobre Quimera

El pasado 18 de abril, los colaboradores de Quimera nos llevamos una buena sorpresa. La revista anunciaba en Internet su salida en mayo con un nuevo consejo de redacción al completo y casi todas las firmas renovadas. Semanas antes habíamos recibido un mail de Jaime Rodríguez Z. su director de los últimos años, que nos anunciaba que dejaba la revista, y esperaba que Miguel Riera, su propietario, se pusiera en contacto con nosotros. La crítica situación económica de la empresa había obligado a Jaime a abandonar la dirección. Entonces preguntó reiteradamente a Riera sobre del destino de Quimera, con la intención de hacer una transición ordenada y respetuosa con los colaboradores y los lectores, pero nunca fue atendido en ese sentido y se le negó cualquier información. Tiempo después Jaime se enteró por terceros de que:

 “No sólo ya había un nuevo equipo trabajando en Quimera, sino que llevaban más tiempo aun comunicándose con la prensa y solicitando colaboraciones a nombre de la revista que yo aún dirigía nominalmente (…) Enterado finalmente de manera no oficial de que Fernando Clemot había asumido ya la dirección de la revista, y al seguir sin ninguna información por parte del editor, me comuniqué directamente con él, pidiéndole, creo que de manera razonable, que hiciéramos una transición adecuada y racional. Tampoco se me dijo la verdad en ese momento. Lo lamento mucho pero esto ocurrió así. Tras varias evasivas Fernando Clemot dejó de contestar a mis mensajes.”

Hablando por Facebook, colaboradores y lectores de la revista acabamos de dibujar el cuadro completo de la situación: Miguel Riera había montado un nuevo equipo en secreto, lo había puesto a funcionar para sacar un nuevo número de Quimera y nos había dado al resto una patada en el culo sin aviso ni explicación. No hubo excepciones ni respeto ni en los casos más flagrantes, como el de Marco Kunz, un señor catedrático de la Universidad de Lausana que lleva escribiendo crítica mensualmente en la revista casi una década. O el de Luis Gámez, que como nos explicó, era: “uno de los coordinadores de ese material que iba a publicarse en abril según lo que se acordó con la Revista Quimera. Se trataba de la obra de muchos colaboradores de gran nivel que regalaron su talento, esfuerzo y dedicación de meses. (…) he intentado ponerme en contacto con el nuevo director, Fernando Clemot, para que me aclare qué va a ser de todo el material (gráfico, ensayístico y narrativo) que envié, lo digo de nuevo, a la Revista Quimera (no a ningún particular) hace semanas y semanas. Yo no lo sé, aún no he recibido respuesta a mis mensajes”.

Tras el aluvión de críticas similares de otros colaboradores y lectores, escribí al nuevo equipo de redacción para preguntarles su punto de vista, y pedirles explicaciones por el trato recibido. Copio y pego aquí la respuesta de Clemot:

Parece el informe de una comisaría… ¿Eres un fiscal? Es una revista, hombre, ya está, ¿qué os pasa?

Podrías incluir otro tema: ¿qué hicieron los antiguos directores de la revista con los colaboradores de la otra etapa, la anterior a la anterior? ¿Les escribieron? ¿Les dijeron algo? Tengo testimonios si quieres y muchos. Te pueden interesar ya que buscas contrastar. Porque buscas eso, ¿no?

Varios colaboradores antiguos siguen colaborando en la revista, no hay problema, los que se han puesto en contacto con nosotros han sido atendidos en reseñas para algún artículo, no importa. El que no ha podido ser atendido o incorporado ha sido por otros temas. Para tu caso lo mismo, no nos cerramos a nada aunque como bien se supone cualquier cambio supone cambios. .

Y no tengo más que decir.

Un abrazo.

Fernando

Por lo que parece, Clemot nos emplaza a revisar la conducta de los coordinadores anteriores. Se olvida de que ni yo ni las personas perjudicadas por su proceder somos esos directores, y desde luego, ninguna responsabilidad ni parte tenemos en las tropelías que, según él, pudieran cometerse en el pasado. En vez de ofrecer una explicación responsable y rigurosa, nos hace ver que ellos no han hecho las cosas mal, ya que se han limitado a copiar a otros que hicieron las cosas mal antes. Nada útil se puede extraer de una respuesta tan sesgada, y poco importa resolver sus floridas contradicciones. Porque para mí, solo es otra prueba de que Clemot, lanzando balones fuera, no hace sino cubrir al verdadero culpable y director de la situación, amén de su nuevo jefe: el propietario de la revista, Miguel Riera.

Hace un año y pico, escribí a Jaime Rodríguez para decirle que iban a dejar de mandarle las críticas que mensualmente publicaba en la revista desde hacía tres años. En mi decisión, pesó sobre todo la forma cutre, jeta y desconsiderada en que Riera llevaba los términos profesionales con los coordinadores, razón fundamental por la que fueron largándose aquellos con quienes verdaderamente yo quería trabajar, como Jorge Carrión o Roberto Valencia. Y si me animo hoy a escribir estas líneas, no es para poner en solfa la torpeza del nuevo equipo, sino porque no me resigno a que los lectores de Quimera no conozcan la vergonzosa forma en que Riera ha minado a sucesivos equipos que trabajaron con buena voluntad durante años para sacar adelante su revista. Durante el tiempo que llevo dentro, Riera nunca ha pagado a los colaboradores, y ha escatimado hasta el absurdo pagos de coordinadores, maquetadores, becarios, diseñadores, etc, un comportamiento cuanto menos chocante viniendo del mismo editor de El viejo topo, un revista de órbita marxista. Y todo indica que el nuevo equipo trabajará todavía con mayor precariedad que el anterior.

Ahora pegaría remarcar el esfuerzo altruista de los que hicimos posible Quimera, frente al morro desconsiderado de su propietario. Bonito, pero no del todo cierto. Porque si este modelo editorial ha dado resultados, no ha sido por nuestro altruismo, sino por nuestro interés, basado en ese fabuloso sistema de compensaciones conocido como “capital simbólico”. Qué coño, nos hacía ilusión ver nuestros textos en letra impresa; buscábamos méritos para el currículum profesional; queríamos visibilidad y promoción como escritores o críticos; sentíamos que el prestigio heredado de Quimera nos daba cierta pertenencia a la familia literaria española. De los comentarios que he leído estos días, quizás sea uno hecho por Jordi Costa a Marc García el que más me ha dado que pensar:

“Creo, sinceramente, que nunca hay que trabajar gratis y menos para alguien como Miguel Riera. Sé que estabais haciendo la revista que queríais, pero nunca NUNCA hay que trabajar gratis para un empresario o para un medio profesional (es decir, un medio que cuesta dinero en los quioscos: algo que, en suma, no es un fanzine auto-gestionado o un blog personal) porque luego pasan estas cosas. Nunca he trabajado gratis, pero sí he aceptado cobrar poco (o cobrar menos) y el desenlace ha sido siempre el mismo: no esperes comprensión de la patronal. Y siento mucho si este mensaje suena a reprimenda de abuelo cebolleta, pero entre situaciones como la de Quimera o la tendencia de otros amigos de hablar de “gran fichaje” cuando lo único que han hecho es asociar su blog (gratuitamente) a la red de blogs de un medio profesional, no puedo evitar pensar que en el estado actual del periodismo cultural han desempeñado un papel importantísimo este tipo de debilidades. ¡Demonios, descubrir ahora que Miguel Riera es el enemigo! ¡A estas alturas! Me lo podríais haber preguntado a mí”.

Desde aquí contesto a Jordi lo mismo que le dijo Javier Calvo, quien hace semanas ya escribió un post cojonudo al respecto en su blog: tienes toda la razón. Los participantes en Quimera  deberíamos reflexionar sobre el invento grandioso del llamado “capital simbólico” que parece ser hoy la moneda oficial del mercado editorial más literario, tanto de las revistas como de los libros. Ante la falta objetiva de beneficios capitalistas, nuestro micromundo ha generado esa moneda oficial propia, que guarda un parecido asombroso con el dinero del Monopoli: solo es aceptado por quienes juegan contigo; fuera del tablero, todos se reirán de ti si tratas de utilizarlo. Una vez vi una comedia donde un prestigioso escritor de teatro argentino se veía detenido en la aduana de Israel. En su intento vano por hacerse valer, el director le gritaba al guardia: “¡busque, busque mi nombre con comillas en Google y ya verá lo que le aparece!”.

Con todo, tan ridículo sería ignorar las chorradas del “capital simbólico”, como negar el lado emocional y espiritual que mantiene viva la llama de la buena literatura. No me resigno a que tipos como Riera me roben la ilusión por los proyectos colectivos basados en el placer de compartir. Antes, la experiencia me sirve para entender la necesidad de redoblar esfuerzos por potenciar nuevas formas de dar vida a la literatura; formas que pasen por ignorar la obsoleta preemincencia del papel frente al bit; que apuesten por la autogestión antes que por plegarse a jerarquías abusivas; que sirvan para  pagar a los trabajadores; que ignoren una industria donde el que más curra, es el que no cobra; que no hagan de la subvención pública su salvoconducto para la mediocridad; y que manden a la mierda esos valores aristocráticos que todavía hoy rigen parte importante de los entornos literarios. Mucha gente ya está en ello, e irá a más. Bienvenidas sean las crisis, siempre que desemboquen en una revolución. Por supuesto, este es el último esfuerzo que le dedico a Quimera. Bon voyage.

Esta entrada fue publicada el 19/04/2013 a las 3:21 am. Se guardó como Crítica y etiquetado como , , , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.
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