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Escritores contra la vigilancia: una crítica al Facebook literario

Más de 500 escritores de todo el mundo han puesto en circulación un manifiesto (leer aquí) que exige a los gobiernos y las corporaciones el cese del espionaje social, realizado gracias a la venta de datos masivos por parte de Facebook, Google y otras empresas del sector de las nuevas tecnologías. Entre los firmantes cuentan cinco premios Nobel y otros nombres de enorme prestigio. A través de este post me gustaría pedir apoyo para la iniciativa, pero sobre todo, aprovechar el debate abierto para compartir una reflexión crítica sobre la utilización de Facebook en la comunidad literaria española. El texto tiene una extensión que me lleva a colgar una copia en PDF que puede descargarse aquí: Espigado, Miguel. Escritores contra la vigilancia. Una crítica al Facebook literario. La he enviado a un buen número de lectores, escritores y editores, animándoles a compartir sus opiniones en los comentarios, con el objetivo de redactar un segundo artículo donde se recojan esas intervenciones si la participación es significativa. Para los visitantes fugaces, un resumen:

Participar activamente en Facebook supone empoderar una empresa que ha traicionado la confianza de sus usuarios vendiendo su información a agencias gubernamentales, y se alinea con el comportamiento cada vez más antisocial de las grandes corporaciones del siglo XXI. Someter nuestro consumo de información cultural a un dominio que juega con los contenidos según criterios puramente comerciales, no hace más que consolidar viejas estructuras que deberían ser desafiadas a través de Internet. En el campo literario, ha convertido el marketing y la socialización en el centro mismo del intercambio cultural, provocando distorsiones preocupantes: las ocasionadas por la generalización de manierismos, comportamientos, y conductas condicionadas por la presión e imitación colectiva; la adaptación del mensaje intelectual y estético a las exigencias de la autopromoción on line; el fomento del sensacionalismo debido a la cuantificación constante de la popularidad; y la provocación de comportamientos patológicos que surgen cuando la relación con los agentes culturales se convierte en una relación social, resultando en una activación de prejuicios que afectarán definitivamente a la lectura (o renuncia a la lectura). Todo ello debería llevarnos a una reflexión profunda sobre cómo utilizar mejor las redes sociales para cumplir con los ideales universales del humanismo que deberían regir en el campo literario.

¿Y si fuera la vanguardia del pensamiento reaccionario?

Hasta hace poco, la defensa de Internet y el activismo en sus redes podían considerarse opuestos al pensamiento reaccionario, pues este se había esforzado en criticar el nuevo medio desde el desconocimiento y el prejuicio, solo por su capacidad para trastocar ese estado de las cosas que por definición el conservadurismo trata de preservar. Sin embargo, expertos y activistas de relevancia internacional como Eugeny Morozov o Julian Assange, así como los casos de espionaje destapados por todos los medios de comunicación más imparciales y decisivos, confirman que las plataformas virtuales que supuestamente debían ayudarnos a crear liberadoras formas de organización social, ha invertido perversamente ese ideal. En la bibliografía final, incluyo links a textos de ambos autores, donde se da información muy exaustiva sobre cómo las redes sociales y las nuevas tecnologías se han convertido en sistemas de vigilancia con un poder sin precedentes.

Aunque estos hechos ya comienzan a ser de dominio público, se observa en la falta de reacción de los usuarios de Facebook el nacimiento de un nuevo reaccionarismo, en un entorno hasta ahora bendecido con la fama de motor de progreso. Hablo de a quienes no les importará seguir empoderando Facebook con una participación acrítica, ignorando las pruebas objetivas que ponen a la empresa en la senda de las grandes corporaciones que operan con menosprecio del bien común. De esta manera, los usuarios de la red se estarían enrocando en el mismo conservadurismo al que antaño parecían estar haciendo un corte de mangas: conformarse con un estado de las cosas, pese a su nefasta configuración, solo porque así se ha establecido. Una parte importante del mundo literario español ha asumido este rol sin cuestionarse la forma en la que Facebook modifica las propias reglas de su juego. Por ello quiero compartir aquí mis conclusiones, fruto de varios años participando activamente en este entorno, y cometiendo todos y cada uno de los errores que hoy me atrevo a criticar. Posiblemente la mayoría de estos puedan extenderse a otras comunidades culturales, aunque yo me limitaré hablar solo de lo que conozco.

El usuario no es el cliente: es el producto que se vende al cliente

Los ciudadanos del siglo XXI tenemos muy bien aprendida la lección sobre cómo nos manipulan los medios tradicionales de comunicación, ¿pero sabemos cómo nos manipulan las redes sociales? Un usuario de Facebook puede ser cooptado con el mismo nivel de inocencia que un espectador de televisión en los años 60, pero sus usufructuarios expertos suelen defenderse con argumentos del tipo: “eso solo pasa si no lo tienes bien configurado: a mí solo me llegan cosas interesantes y novedosas, que jamás conocería si no fuera por esta vía, porque solo sigo gente interesante, y elimino con filtros todo lo que no deseo ver”. Sin embargo, creer que nosotros en realidad “controlamos” nuestro muro, es precisamente la mejor prueba de que seguimos en un estadio de candidez similar al de nuestros abuelos cuando se sentaban delante del NODO.

En realidad, el usuario solo conoce intuitivamente cómo funciona el Edgerank, el algoritmo de Facebook para jerarquizar la información en cada muro. La empresa desea que sus miembros se sientan cómodos y participativos, y cuenta con herramientas para que supuestamente decidan lo que quieren ver. Sin embargo, mi experiencia tras años de utilización activa de Facebook es que, pese a conocer y configurar todas esas herramientas, el 80% de la información que llegaba a mi muro me seguía resultando indeseable. Por tanto, tal posibilidad es falsa, y la elección de lo que se ve, se halla fuera de nuestro alcance. Aquí daré varios argumentos personales para apoyar esa opinión: todos  se ven confirmado por dos explicaciones que se complementan perfectamente: la primera, la oficial de Facebook sobre el funcionamiento del Edgeranck en esta sencilla presentación (aquí, en inglés). La segunda, la versión crítica de Jeroen Panjer, un consultor que se dedica profesionalmente a asesorar a empresas para sacar el máximo partido a Facebook (aquí, en inglés). Cualquiera que se interese verdaderamente por conocer el técnicamente funcionamiento de “el muro” llegará a la misma conclusión innegable: toda la interacción social y cultural que realiza hoy la comunidad literaria en los muros de Facebook se está produciendo a través de una herramienta diseñada por y para el marketing y la extracción de datos con fines comerciales, férreamente controlada por la empresa, y no por el usuario.

1º Eliges a quién ves… Y ves a quienes pagan para que les veas. Cualquiera puede publicar en cientos, miles o millones de muros sin autorización alguna de sus usuarios, solo con pagar una cantidad irrisoria. En el Facebook literario la mayoría elige dedicarse a la difusión viral orgánica, compartiendo “solidariamente” contenido. Sin embargo, lograr con dinero 50 veces más difusión que estos networkers desinteresados es escandalosamente barato: por ocho euros puedes situar comentarios no solicitados en el muro de miles de personas, hundiendo automáticamente cualquier esfuerzo no pagado de difusión viral orgánica. Dado que el nuevo negocio de la empresa son los ingresos por promocionar estados en el muro, ésta entorpece intencionadamente la difusión gratuita de contenidos para dar una ventaja total a los clientes que pagan.

2º. Eliges a quienes quieres ver, pero nunca decidirás cuánto verás cada cosa. Al igual que las cadenas de TV, el objetivo de Facebook es lograr el máximo tiempo de permanencia frente a su programación. Y para lograrlo, engancha a sus espectadores ofreciéndoles la posibilidad de difundir sus mensajes, pero también controla con criterios interesados la ordenación de tales participaciones en los muros de otros usuarios. Así jerarquiza los contenidos más populares, que se nos ofrecen en primer plato en cantidades avasalladoras, mientras que los minoritarios quedan relegados a las catacumbas de los muros, o son fugaces en su aparición. Frente al mito del internauta que se ha convertido en su propio medio de comunicación, a mí se me revela una realidad bien diferente: en Facebook somos plumillas en manos de un editor todopoderoso que hace y deshace a su antojo, aplicando las fórmulas populistas para mantener a la gente enganchada.

3º No eliges lo que quieres ver: eliges a quienes quieres ver, y esas personas elegirán lo que, finalmente, vas a ver. El Facebook literario no existe: se trata de una abstracción con la que yo me refiero al conjunto de “amigos” que nos hemos agregado mutuamente por compartir el interés común de la literatura escrita y publicada en España. Esas personas me agregaron solo por conocer mi trabajo como escritor, y yo a ellas, por similares razones. Sin embargo, casi ninguno de mis 500 “amigos” (ni tampoco yo mismo) nos limitamos a compartir información cultural. Por el contrario, el feedback literario en esta red se presenta como una improvisación de elementos irreconciliables: de la crítica literaria a las fotos de los niños, de la reflexión filosófica a la exclamación futbolera, de la promoción de un libro al chascarrillo mediático. Son poquísimos los escritores que se atienen a una “línea editorial” coherente con una identidad literaria.

4º. No eliges lo que quieres ver: eliges verlo todo para que otros te vean. En el entorno literario, donde la interacción se articula en torno al mercado editorial y la difusión de obra intelectual, la tendencia a la autopromoción típica de Facebook se agudiza hasta el extremo. Casi todos sus participantes son agentes interesados en promocionar productos u obra intelectual, y por eso desean hacer el mayor número de “amigos” posibles y corresponderles para lograr su atención. Al igual que otros motores fundamentales de Internet como Google, la página premia a los proactivos, a los usuarios nodo, dando más presencia a sus contenidos. Entonces ¿cómo puedo elegir de verdad lo que quiero ver, si me veo obligado a elegir ver al mayor público posible y atender y difundir sus publicaciones para que ellos a su vez elijan atenderme y difundirme a mí?

5º Eliges verlo todo, así que acabas no viendo realmente nada. Facebook invita a que observemos su web como un continuum en avance imparable, acercándose más al ritmo de la televisión que al de una revista. Tal movimiento se alimenta gracias a un flujo constante de información, que arde a la velocidad del carbón en una caldera donde se liquidan libros, revistas, artículos, post, links, y comentarios a gran velocidad, mucho antes (aquí lo dramático) de haber podido ser ponderados adecuadamente. Nada se salva de la quema: la red azul se ha convertido en el escaparate perfecto de la sobreproducción intelectual que el mundo cultural derrocha por los cuatro costados, saturando la oferta hasta liquidar por completo el valor de la obra.

Concluyendo; cualquier usuario del Facebook literario puede confirmar en el comportamiento de muchos escritores, editores, blogueros o letraheridos públicos, la mayoría de estas perversiones, que de forma manifiesta guardan estrecha relación con los comportamientos empresariales que define Jeroen Panjer en su artículo anteriormente citado. Debido a que Facebook ha sido diseñado por y para las exigencias del marketing, estos agentes interiorizan un conocimiento intuitivo del funcionamiento del algoritmo de el muro y comienzan a actuar para lograr hacer prevalecer sus contenidos. Por eso acumulan amigos, pican sin parar “me gusta” en todas las entradas ajenas, y nunca paran de publicar para no perder posicionamiento en los muros. Por tanto, su interacción y producción cultural pasa de estar solo motivada por criterios intelectuales/estéticos, a ser interesada: ahora gestionan su mensaje según los criterios del marketing impuestos por Facebook.

La socialización de la literatura

Ya no se trata solo de que Facebook trastoque el modo de difusión de la literatura; también influye en la concepción de la obra y la recepción que la crítica y la comunidad lectora harán de la misma. Resulta obvio pero a la vez fundamental recalcar que esta red se define como una “utilidad social”, y lo que precisamente hace -mejor que nada- es socializar la literatura. De esta manera, transforma el hecho literario (cuya dimensión íntima había sido la regla desde la domesticación del objeto-libro y la alfabetización masiva) en un acontecimiento que se produce bajo el influjo constante de la interacción colectiva. Mujeres y hombres que antes disfrutaban de un consumo pasivo (ya sea de periodismo cultural, librerías, o la literatura misma), hoy se relacionan interconectados con todos los agentes culturales a su disposición; escritores que concebían su obra desde el aislamiento vital o territorial, ahora se someten diariamente a una descarga de “actualidad” literaria y feedback público, a la vez que pueden auscultar la suerte que corren los otros. Facebook no solo ha socializado la literatura, sino que lo ha hecho en sus propios términos, con gran nivel de novedad histórica. Pero una vez se ha superado la fascinación inicial por su mundo de posibilidades, van quedando al descubierto sus perversiones.

Correa transmisora de manierismos

La actual explosión de las redes virtuales ha ampliado enormemente la transmisión de todo un protocolo de comportamiento, de “saber estar”, una serie de estereotipos sobre cómo enfocar un rol literario, que se adquieren a través del aumento masivo del contacto con la comunidad. Los testimonios de las viejas tertulias en los cafetines del XX o las camarillas cortesanas del Siglo de Oro no admiten comparación con el nivel de articulación y conectividad del Facebook actual. Afirmemos, sin darle la más mínima importancia a este perogrullo superlativo del siglo XXI, que en Facebook se cuece hoy la red literaria más grande que ha existido en España. Dentro de la diversidad de esa sociedad, cobran más importancia manierismos, códigos de conducta, modas y prejuicios estéticos y adoctrinamientos intelectuales que antaño solía restringirse a las capitales donde existía abundante concentración física de letraheridos. Mientras antes que una persona aislada solo tenía acceso a la sociedad literaria como consumidor pasivo de publicaciones, (textualidad elaborada, editada, temática), ahora, ese mismo individuo accede a una socialización, que se articula a través de un interés común. Sin embargo, la literatura pronto quedará relegada como centro de interés, sustituida por el interés por su sociedad misma.

Sensacionalismo

Cualquiera que haya seguido las estadísticas de un blog literario podrá confirmarlo: una entrada que critica a una persona, entidad o producción intelectual/artística conseguirá 40 veces más visitas que un texto narrativo o poético. Las pruebas empíricas se obstinan en demostrar que los internautas muestran una pereza extraordinaria para consumir literatura en la red, mientras se lanzan encima de todo lo que pueda tener consecuencias sociales para alguien de la comunidad. Aunque la notoriedad de la polémica no tenga ninguna novedad, sí lo tiene la precisión estadística con que una personalidad literaria puede medir su nivel de impacto, gracias a los cuantificadores de popularidad de los que Facebook hace su estandarte. Todo ello, en mi opinión, está comenzando a redundar en una mayor distorsión psicológica del hecho literario.

Comportamientos patológicos

El combustible de Facebook es la satisfacción aditiva de ser escuchado y proyectar una imagen/mensaje públicos. Es muy posible que los escritores siempre hayan perseguido un estímulo semejante, pero rara vez pudieron disfrutarlo de forma tan vivencial; la abstracción de ser leído por lectores invisibles ha sido sustituida por la interacción diaria (casi horaria) con ellos. El éxito en esta empresa se vuelve adictivo, mientras que su fracaso se vuelve más adictivo todavía, de un modo similar al de cualquier droga, donde no se trata tanto de darse placer sino de paliar la insatisfacción que causa su privación. Las redes actuales han abierto una miriada de canales que hacen posible la satisfacción de ser leído; necesariamente, aumentan también los condicionantes que modifican la conducta del escritor para procurarse tal deseo y gestionar sus fracasos, su abstinencia.

Marketing casero

Lograr esos niveles socialmente competitivos de popularidad “azul” fomenta la producción de mensajes de mayor aceptación (amarillismo, sarcasmo, humor, alardes de ingenio, laudatio, reflexiones críticas), y entierra aquellos que pasarán inadvertidos. Accederemos a estadísticas que definen con exactitud el origen mundial de nuestras visitas, estudiaremos las listas de los contactos que eligieron un comentario como favorito; queramos o no, estamos sometidos constantemente a observar sondeos de nuestra impactación. La decisión íntegra del artista según el ideal clásico pasaría por ignorarlos en pro de su independencia; muchos agentes del mundo literario, sin embargo, no podrán evitar que esa datación les acabe afectando de un modo consciente o incosciente, llegando trastocar su producción, y hasta a sumirles en el silencio.

Activación de prejuicios

Quien crea en las teorías de la recepción, que dictan que el sentido de una obra se ve modificado por el bagaje emotivo e intelectual de cada lector, estará de acuerdo en que la información que tenemos de antemano sobre un autor resulta determinante en este proceso. Cuando Facebook se convierte en la plataforma de mediación entre nosotros y la obra, la personalidad de un autor pasa generalmente a primer plano, sobre todo si éste realiza un uso pleno y desinhibido de la red. Frente a la información aséptica de las biografías “de solapa”, Facebook supone conocer al escritor más allá de su relato estandarizado; supone la interacción con sus facetas informales, sus devaneos, su contradicciones. Esto no sería necesariamente malo si no pusiera en juego una serie de prejuicios que se activan en cada individuo cuando interactúa socialmente.

Las patologías sociales ocurren habitualmente cuando debemos posicionarnos a nivel personal con quienes convivimos día a día, y no tanto con quienes solo imaginamos a través de relatos formales como la biografía. Facebook sitúa la posibilidad de que tales trastornos tengan lugar en la relación entre lector y escritor en un nuevo nivel, alentando las lecturas “trastornadas” de la literatura o, todavía peor, la renuncia a determinadas lecturas. No estamos ni remotamente preparados para “conocer” a los demás a través de Facebook; apenas hemos comenzado a aprender a construir nuestro propio yo con las herramientas de las redes sociales.

En definitiva, cada uno deberá decidir hasta qué punto le importan esas perversiones para dirigir su conducta. Yo hace un mes decidí eliminar mi perfil de Facebook y ahora mantengo solo una página que uso para publicar enlaces a las nuevas publicaciones de mi blog, lo que supone dedicar a la plataforma un tiempo total de unos 2 minutos al mes. Tengo la esperanza de que nuestra experiencia creciente como usuarios nos lleve a una utilización más racional y exigente de las redes sociales, y sobre todo, a la búsqueda de mejores redes sociales que Facebook, que sin duda quedará para la Historia como un ejemplo del primitivismo reinante en los albores de Internet.

Bibliografía interesante

Noticia de El País que incluye el manifiesto firmado por más de 500 escritores de renombre internacional contra la vigilancia masiva:

Dos excelentes ponencias del experto Evgeny Morozov sobre el ataque a la democracia que supone la política basada en la recopilación de datos masivos:

http://www.technologyreview.com/featuredstory/520426/the-real-privacy-problem/

 http://www.carnegiecouncil.org/studio/multimedia/20110125/index.html

Libro donde Assange y otros ciberactivistas explican las técnicas de vigilancia desarrolladas por los gobiernos para espiar a los ciudadanos a través de su utilización de las redes sociales y las nuevas tecnologías:

Sobre cómo funciona el algoritmo de Facebook (explicado por el propio Facebook):

Sobre cómo el algoritmo de Facebook alienta el spam en vez de los buenos contenidos (explicado por un consultor profesional que asesora a empresas para promocionarse en Facebook).

Esta entrada fue publicada el 07/01/2014 a las 6:16 am. Se guardó como Crítica, Uncategorized y etiquetado como , , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

3 pensamientos en “Escritores contra la vigilancia: una crítica al Facebook literario

  1. Amhakiir en dijo:

    Reblogueó esto en La luna de Amhakiiry comentado:
    Comparto esta interesante entrada de Miguel Espigado que me ha dado mucho que pensar y replantearme el tipo de interacción y actividad que tenemos día a día en el mundo de las redes sociales. Posiblemente después de leer este artículo ponga en marcha ciertos cambios con respecto a la idea de continuar, y de qué manera, o no, como producto de la empresa Facebook y así evitar que lleguen ha producirse los llamados comportamientos patológicos que cada vez son más frecuentes en estas vías de comunicación. Merece la pena leerlo.

  2. Owen en dijo:

    El que haya llegado hasta aquí y escriba este comentario, deja patente que no llevas razón del todo en tu entrada.
    Estoy de acuerdo con lo que dices, pero creo que no solo afecta a facebook, sino a las redes sociales en general.
    Ese comportamiento de masa, o de creador literario de un día del que hablas se puede encontrar ampliamente por toda la red.
    Internet y las redes sociales en particular son solo un reflejo de la sociedad en la que vivimos, y era lógico pensar que tal y como se produce en el mundo real, las modas, el ensalzar a los cielos a tal o cual personaje, etcétera, tuviera el mismo camino en el mundo virtual.

    Para mí, las redes sociales son un arma de doble filo, te permiten y ayudan a difundir tu trabajo a gente que como yo, sino no tendría muchas más opciones de dar a conocer su obra.
    Pero también es cierto que se potencia como bien has dicho, otro tipo de difusión, desde los escritores autopublicados que bombardean constantemente al usuario con sus libros, hasta el usuario de publicación o tuit graciosete que consigue millones de seguidores en tres meses y decide escribir un libro.

    Qué es o qué no es literatura de todo ese ruidoso mundo de redes sociales quizás nadie pueda aclararlo. Pero también veras esas publicaciones en las librerías del barrio, porque saben que con ello se gana dinero. Así que, lo bueno y lo malo te lo puedes encontrar en todos los sitios y en todas las partes.

    Pero siempre quedarán usuarios y lectores que se tomen el tiempo de leer las cosas, y de buscar el contenido que quieren encontrar.
    Sino yo no hubiera llegado hasta, aunque sea un año y medio después de su publicación.

    • Gracias por tu comentario, cuyos puntos de vista comparto en términos generales. Sigo pensando acerca de la relación entre la cultura y la red, y todavía me queda mucho por aprender. Pero, como bien dices, ninguna de las cualidades del Facebook literario, le son exclusivas, y pueden observarse en otros lugares del campo literario. Saludos

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