Crónica de una lectura. Autopsia, de Miguel Serrano

image

No me propongo escribir una crítica sobre Autopsia, la última novela de Miguel Serrano Larraz, sino contar una historia sobre su lectura. La crónica empieza con un paquetito envuelto en papel de estraza, encontrado al volver a la casa de mis padres, y una maleta donde acomodo el libro recibido, con esa distinción que le damos a los títulos reservados para nuestros días de vacaciones. Lo comencé días después, durante una tarde de temporal en casa de mis suegros, en un pueblo de la cuenca sur de Gredos. Por lo pronto, pensé que se me caería de las manos antes de terminar las cien primeras páginas. No es cierto que la novela literaria no tenga género: es un género en si mismo, y Autopsia cumple con convenciones casi inalteradas desde el modernismo. Así que cuando el autor comienza a desojar la magdalena con un poema sobre el que gravitan los recuerdos formativos de la primera juventud del yo narrador, pensé que me vería inevitablemente desplazado. Como cuando estás en un garito que te gusta mucho pero empieza a sonar una música que no es para ti.

Muy lentamente, fue pasando esa tarde; de mucho encierro, por cierto. Yo, en el cuarto de infancia de mi mujer, recluido por timidez, mientras la lluvia chorreaba por las ventanas; una tarde, lo convendrán, de Antiguo Régimen, igual a aquellas en las que fue cuajando la lectura íntima entre la burguesía de Occidente. Seguí leyendo por lo mismo que el resto de esas damas que dieron su época de gloria a la novela: porque estaba muy aburrido, y no podía salir de casa. Sin previsiones excitantes, me resignaba a la tibia experiencia de la lectura como mejor opción ante un día sin estímulos. Fue entonces, en ese ecosistema ideal (encierro obligado, vitrificación decimonica), cuando la novela de Serrano empezó a navegar.

Horas más tarde, cuando salí a dar un breve paseo bajo el paraguas, quise rectificar la mala opinión primeriza que antes había compartido con Teresa (mi mujer).Y le dije algo así como “su capacidad narrativa supera todo lo que he leído de gente de su edad”. Eso es mucho decir, dijo ella. Pero sí, lo creo de verdad. Quizás Miguel Serrano sea el mejor narrador de su generación, aunque no creo que nadie tome en serio mi afirmación, ni que él vaya a tener mucho éxito, ya nadie lo tiene. Pero posee una humanidad desmesurada, logra relatos extraordinarios. Me la tengo que leer entonces, respondió ella, que a mí me gustan más los tostones que a ti. (Entre nosotros a las novelas ya las llamamos cariñosamente “tostones”: a ese punto hemos llegado).

Por la noche Autopsia había dejado de ser aburrida y había comenzado a hablarme. Volví a emocionarme. Últimamente leo cómics, leo manuales de armonía, leo lingüística cognitiva, leo los pdfs de los programas a las europeas de los partidos políticos: cualquier cosa menos literatura. Así que tenía razones para entusiasmarme con que aquel libro me estuviera hablando a mí directamente, y a mi alrededor se fuera produciendo una reconcentración de túnel de gusano, propia de esas sesiones de lectura que se expanden aprovechando el lienzo blanco de la noche, cuando todos a tu alrededor se han dormido.

La mañana siguiente después esa noche en vela (primera en mucho tiempo ocasionada por la literatura), me puse componer una piecita de electrónica. La titulé Autopsia. Normalmente tomó las decisiones musicales en función de lo que la propia música me va pidiendo, pero esta vez quise comportarme como si hiciera una banda sonora. Con mis limitados recursos, traté de atrapar el estado mental que transmitía el protagonista de Serrano, esa mezcla de melancolía y coqueta desazón existencial que se reconcentraba sobre sí misma y tendía a la parálisis por puro extrañamiento. Después pasaría otra mañana recitando ante un micro de mierda uno de los pasajes que había marcado con una doblez, y escribí a Miguel para pedirle permiso para publicarlo, por aquello de los derechos. Su respuesta se pareció a otras anteriormente recibidas. Lacónica pero cálida, siempre con la disculpa de encontrarse en medio de algún trajín que le impedía comunicarse con más extensión (me dieron ganas de contestar con sorna: gracias, con las 400 páginas de Autopsia ya es suficiente😉.

Y aquí está la pequeña pieza, una mínima porción de la extraña belleza del discurrir de nuestro protagonista:

.

De vuelta a Salamanca, abordé las 200 últimas páginas. Las leí en una apartamento ajeno mientras Teresa jugaba con el niño de otra persona. En el sofá de la casa de mis padres, mientras ellos veían fotos de nuestra vida en Asia. Utilizaba el libro para aislarme en las situaciones sociales que mi visita vacacional a España me obligaba. Cambiaban las casas, los sofás, los aperitivos, pero yo seguía empotrado en un bucle infinito de socialización familiar, y el hecho de no irme a otra habitación a leer ya me parecía suficiente muestra de cariño. Pero sobre todo, me veía secundado por la sociopatia del protagonista de Autopsia, esa que la literatura de Miguel Serrano había vuelto estética, y sublimado hasta convertirla en fascinante. No por nada la novela hunde sus raíces en la epopeya, y se digna en convertir las existencias más anodinas en bloomsdays. ¿No hablábamos antes de modernismo? ¿No habla Miguel Serrano de parques de los 80´ llenos de jeringuillas, bares como escuelas de vida, rebeliones ruinosas, amigos-gurú, frustración de clase media? Era mi adolescencia en verso yambico, sublimada por su buena literatura.

No conozco a Miguel. No soy su amigo, aunque hemos cruzado algunos emails esquemáticos. Veo su cara sajona en la solapa y ni siquiera puedo decidir si concuerda con la persona que un día fui a ver, en calidad de lector interesado, a una presentación de un libro que ni siquiera cita en su semblanza. Entonces solo crucé con él cuatro palabras. Teresa y yo utilizamos sus cuentos con nuestros alumnos de licenciatura en la universidad de Pekín donde trabajamos. A los chicos les encanta, y eso que ni siquiera les gusta leer. Siento cariño hacia él, como me pasa con otros escritores españoles de su edad a los que admiro.

Si, esto se acaba y no he hablado nada del libro. Pero ya dije que que esto no era una crítica, sino la crónica de una lectura, que navegó con precariedad durante el temporal, hasta que comenzó a hablarme, profundo, más de lo que últimamente me había hablado ninguna novela. Bastante más. Y bastante es muchísimo, habida cuenta de los tiempos que corren.

Esta entrada fue publicada el 13/02/2014 a las 9:18 am. Se guardó como Uncategorized y etiquetado como , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: