El amor en los tiempos de la sinusitis crónica

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Sí, seguro que los ciegos recuerdan cuando se quedaron ciegos, siempre que fuera después de nacer. Una desgracia así siempre deja hitos que la memoria elige para poner su mojón y luego decirse “a partir de entonces supe que me estaba ocurriendo”. ¿Pero cómo me voy yo a acordar del día que había dejado de oler? Algún día de mi infancia había sucedido y yo no se lo comuniqué a nadie; ni siquiera a mí mismo. Tuve que aprender después, como los daltónicos, que me faltaba algo que otros tenían. Nunca escuché tampoco de ninguna pensión de invalidez para gente que no huele, de ninguna fundación que asesore a los padres de niños con las napias rotas. A nadie le dieron una paliza en el patio del colegio por no poder oler.

Sí claro, yo era una máquina de mocos. Un viajero del tiempo podría reconstruir la historia de mi vida siguiendo el rastro de kleenex usados que dejé tras mi paso. Pienso en esas decenas de miles de veces que sorbí como tres galones de ectoplasma cuando no tenía pañuelos a mano; en la lástima de mis amigos en primavera, ellos tumbados en la hierba, colocados, tocando el tambor mientras los copos de polen ascendían dibujados por el paisajista celestial, y yo me atragantaba con mis gargajos, entre lagrimones y urticaria. Alguna chica guapa me preguntaba entonces ¿estás enfermo o qué?

Sí claro, la cocaína tampoco ayudó. Durante las noches de consumo me iba enyesando las fosas nasales hasta producir una argamasa que luego había que tragarse durante el desvelo. Se me formaron costras internas que solía arrancarme produciendo costras aún más rocosas, y al cabo de unas semanas era como tener atorada en la nariz una colección de geodas. Dios, quería arrancarme la tocha ¿Para qué me servía este apéndice inútil que, para mayor de las vergüenzas, llevaba situado en el lugar más visible del cuerpo? Me sentía un lisiado, aunque el Estado nunca me ofrecería una pegatina con licencia especial de aparcamiento.

Pasaron los años, dejé de meterme tanta cocaína, me casé, tuve una hija, y conseguí un trabajo menos criminal que el anterior. Aunque vivíamos de alquiler, me esforcé por convertir la casa en un hogar. Con los años se fue llenando muebles acogedores y recuerdos que traíamos de los viajes relámpago que hacíamos cuando podíamos colocarle la niña a abuelo. Fue a la vuelta de uno de esos viajes, al pasar a buscar a la cría, cuando mi padre me dio un espray para la sinusitis crónica. No soporto la manía del viejo de dejarse caer por la farmacia, como quien va al videoclub, para comprar los remedios baratos que ve por la tele o le aconsejan las carcamales de sus vecinas. Se gasta 60 euros en un espray nasal sin que nadie se lo pida y luego te hace responsable del gasto. No intentes razonar con él, es como si le hubieran extirpado la máquina de sumar dos más dos del cerebro.

El espray tenía un gatillo que lanzaba una nube al interior de tu nariz, y eso me hizo gracia, así que empece a echármelo. Y funcionó. Mi mujer empezó a llevar kleenex en el bolso porque a mí se me olvidaba cogerlos. Salíamos de paseo por los pinares y yo respiraba con fuerza, disfrutando de la sensación del aire inundando mis entrañas Llenaba mis pulmones hasta el final y luego expiraba sin abrir la boca. Ella me cogía la mano, sonriente. Yo se la soltaba. Joder, no me sentía más enamorado de ella porque pudiera oler. ¿Por qué cuando uno siente algo de felicidad interior, los demás se le abalanzan a parasitarla como sanguijuelas?

Sí, claro, dicen que los recuerdos más profundos se relacionan con el olfato. Que alguna vez fuimos reptiles, antes peces, antes percebes o algo así. Y antes, como esos bichos de los que se alimentan las ballenas. La evolución vista marcha atrás nos va dejando ciegos, sordos, hasta reducirnos a un ser con nariz que segrega huevas en cuanto le llega por el agua un olor a esperma. El cerebro creó nuevas cortezas en torno a una médula donde residen los circuitos neuronales más primitivos, aquellos que se ocupan de las funciones universales de la vida animal. En el principio, fue el olfato, dicen.

Yo no recordaba haber olido en mi vida, pero cuando empece a hacerlo, empecé a recordar. Mejor dicho, empecé a evocar. Empecé a sentir recuerdos, sin imágenes, sin situación, fuera de escena y de tiempo. Llegaban desde un pasado remoto, a edades geológicas de mi presente. A veces olía algo y sentía una veta de pasado aumentando en mi percepción. Se abría un agujero por el que mi sensación temporal se combaba hacia una gravedad extraña. Pero no podía esperar que nadie de mi entorno compartiera mi entusiasmo. Mi mujer ya no me cogía de la mano. La gente quiere chuparte la felicidad, pero cuando comprueba que es imposible, no soporta verte disfrutar. Y menos de algo gratis.

Aquella incomprensión me volvió un poco loco (lo reconozco) y me dio por ignorar a mi familia más de lo habitual. Me obsesioné con el pinar. Estábamos en septiembre y Dios había puesto el climatizador justo donde a mí me gustaba. Dejaba el coche en la curva de una carretera secundaria, que transcurría siguiendo la cota de una ladera. Saltaba el murete de contención y cuando veía que los helechos me ocultaban, me tiraba a cuatro patas y me ponía a oler. Pegaba mi nariz al suelo tanto que aspiraba tierra, líquenes, piedrecitas, que luego expulsaba de un resoplido. Me ponía hecho un Cristo, como un perro cachondo.

Los animales siguen rastros en busca de hembras, machos, comida. Yo seguía rastros buscando recuerdos. Cuanto más intenso se volvía el olor, más aguda su capacidad para incendiar mi cabeza con esa sensación de agujero negro. Oler era como tirar una piedra a una sima; no iluminaba el camino, no me mostraba lo que había en el agujero, pero cuando llegaba al final, su eco me proporcionaba una sensación abisal y sobrecogedora. Y yo buscaba su origen por el bosque, seguía cualquier rastro hasta su fuente, que podía ser la rama de un pino, una bosta mojada por el rocío, o unas malas hierbas fermentándose, mezcladas con el aroma de la gasolina quemada de una motosierra. Esos olores no me decía nada de mí mismo, pero yo solo buscaba hundirme en el pasado ciego de mis padres los reptiles, mis madres percebes, mis primos los microplancton.

Aquello duró hasta que una mañana no sentí el habitual cosquilleo al echarme el espray nasal. Había durado un mes como estaba previsto en la etiqueta. Fui a casa de mi padre, aunque abrí con mi llave del portal en vez de llamar a su timbre. Si, claro. Pedirle consejo mi padre: lo último que necesitaba ese hombre era sentir que tenía la razón en algo, y más si se relacionaba con su hijo. Las vecinas me conocían desde que era un niño, y unas cuatro momias salieron al rellano en cuanto puse un pie en la escalera. Por ellas me enteré de que el espray se vendía en un herbolario chino del mercadillo de los miércoles. Pregunté si entraba por la seguridad social. Se rieron de mí en la cara. Ni siquiera yo sabía por qué se lo había preguntado, ya que a mí me habían quitado hacía meses la tarjeta sanitaria.

Cuando le conté a mi mujer lo que costaba, casi le da un infarto. En aquel entonces, estábamos tan mal de dinero que los desayunos, comidas y cenas se sazonaban con indignación. Cuando declaré que me pensaba comprar el espray de todos modos empezó a burlarse de mí de una forma muy cruel. Yo le arrebaté las gafas de la cara, las tiré contra el suelo y las pisé hasta hacerlas picadillo. Lo mismo hice con las de la cría. Fui al baño y les tiré las lentillas por el retrete. Después la vi dirigirse al dormitorio dándose topetazos contra los muebles. Yo respiraba los olores de mi mujer con el vigor desafiante de un anuncio de caramelos mentolados: el champú, su crema facial, los restos del perfume, el abrillantador de la madera de la cama, el suavizante de las sábanas, el alcanfor de la colcha recién sacada del armario. Todos me resultaron ácidos y repugnantes.

Aquella noche me gasté 60 euros del presupuesto familiar en un gramo de cocaína. En dos horas tenía la nariz completamente atorada. Pasé la noche de bares y llegué a casa con el tiempo justo para darme una ducha y ponerme el uniforme. De camino al trabajo, el aire entraba frío por las ventanillas del coche, con los pinares aún cubiertos de jirones de niebla que el sol iría deshaciendo. Traté de aspirar hasta sentir pinchazos en los pulmones, pero no arañé ni un átomo de oxígeno. Boqueaba como un pez fuera del agua. No puedo respirar, no puedo respirar, no puedo respirar. Eso era lo único que tenía en la cabeza.

Di un volantazo, subí hacia los pinares. El coche se paró con un tirón de la caja de cambios, y una rueda quedó fuera del arcén. Me quité la ropa y me dejé caer hacia el bosque. Sí, claro, no olía nada, así que me metí un puñado de tierra en la boca. Así que me metí ramitas por los oídos. Me metí agujas de pino por los ojos. Así que me metí piedras por la piel, cortezas, y musgos. Hasta por el culo si hiciera falta.

Esta entrada se publicó el 07/07/2014 en 8:03 am y se archivó dentro de Relatos. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

2 pensamientos en “El amor en los tiempos de la sinusitis crónica

  1. Alberto Cao Blasco en dijo:

    Sup-erior, sublime y extremo….muy bueno, macho. Jajajjajjaj.

    Date: Mon, 7 Jul 2014 08:04:04 +0000 To: alcanio@hotmail.com

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