Pablo Neruda y el activismo literario, 40 años después

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Confieso que he leído con placer Confieso que he vivido, cuya inmensidad literaria siempre debería juzgarse al margen de la credibilidad que nos merezca el autorretrato que Pablo Neruda se hizo en esta autobiografía, publicada hoy hace 40 años. Siempre me acompañó la necesidad de comprender de qué manera la literatura y la política podían trabajar para objetivos similares. Esa curiosidad ha guiado mi lectura de estas memorias, que pueden resumirse como la historia de un poeta que decidió cabalgar a lomos de la política de su tiempo, especialmente de la ascensión del comunismo que se produjo en paralelo a su vida. ¿Qué se puede aprender de su visión, de su relato?

La verdad histórica del activismo de Pablo Neruda se halla fuera de mi alcance; pero su progresismo, su solidaridad popular, sus sacrificios por la justicia, la paz y la igualdad no parecen discutibles y ninguna crítica parcial debe desmerecerlos. Mi interés como lector, sin embargo ha sido más práctico y egoísta: he querido juzgar el discurso que Neruda nos legó a través de Confieso que he vivido por su validez como ejemplo de activismo literario para hoy en día. A eso voy.

Hay un concepto que parece guiar a Neruda como Estrella Polar, esto es, coordenada inmutable y perpetua, de incuestionable definición. Ese concepto es “pueblo”. Como en las demás defensas de sus convicciones, Neruda aquí adopta un tono celebratorio: no juzga al “pueblo” como hecho histórico, que debe tratarse en toda su complejidad, sino que lo sitúa en el centro de su estética política y asume su identidad estética como si fuera una identidad real. Su “pueblo” no se diferencia de la concepción en boga en el romanticismo revolucionario que convulsionó Latinoamérica desde la ascensión de sus líderes independentistas, posteriormente rescatado por el despertar de los movimientos revolucionarios del continente.

Sin embargo, esa idealización del “pueblo” ha perdido hoy su credibilidad, junto con las demás formas románticas de pensamiento político. El exagerado dominio de las emociones, tan útil para la alquimia de convertir realidad en poesía, ha demostrado un enorme peligro público. Si se ha destacado un enemigo político en la era de la propaganda, en la era de la democracia, en la era del “pueblo”, han sido, sin duda, las emociones desmedidas. No existe campaña de partidos mayoritarios, ni ascensión de caudillos, populistas, dictadores o revolucionarios despóticos que no hayan ganado el apoyo de las masas a través de una apelación intensa a las pasiones. Confieso que he vivido no da testimonio de pensamiento político racional; de hecho, Neruda confiesa sentir una “indiferencia natural hacia la teoría política”. La misión que debió imponer a su discurso tuvo índole diferente; la de convertirlo en una escultura de las emociones de la revolución comunista, a través de un inconmensurable trabajo estético con el lenguaje.

He aquí una vía muerta para emular a Pablo Neruda en el Siglo XXI. Si alguna misión política debería tener el pensamiento y el arte (o sea, la literatura) en los años venideros, es precisamente la de generar un ambiente que quizás nunca antes ha existido más que en grupúsculos; un entorno desapasionado donde se deje atrás la exaltación, y sirva para crear una opinión pública y un plan de acción conforme a hechos ponderados con la mayor objetividad posible. Si alguna debiera ser la misión política de la literatura en nuestro tiempo, es la de divorciarse de la dictadura de las pasiones.

Neruda también cantará con deleite a las identidades nacionales, esa otra herencia dudosa del romanticismo, sobre todo hacia Chile y los países comunistas que le invitaron y llenaron de homenajes. Pero, ¿quién puede ignorar hoy el riesgo que supone la sublimación de una identidad nacional, que siempre acaba capitalizada por algún político para sus intereses espúreos? Neruda tenía demasiado que celebrar y demasiados amores que corresponder en todo el mundo, sobre todo en el bloque rojo, pero también en Europa e incluso en EEUU. Tal deseo -el de ser un heraldo de la luz de su ideario- cobra cierto dramatismo cuando le llega la hora de construir la médula de su estética política (que no pensamiento): el comunismo.

Para mí, que he residido seis meses en la República Checa, he pasado no pocas temporadas en Berlín y he vivido cuatro años en China, el estado comunista no es un relato; es el sustrato del lugar donde ha transcurrido casi toda mi vida profesional. Por esa cercanía, no puedo evitar recordarme que en el momento de redacción de Confieso que he vivido, estos regímenes ya había generado aberraciones tan espeluznantes como los que el fascismo provocó en su fulgurante estallido; la Revolución Cultural y la Campaña de las Cien Flores perpetradas por Mao ya eran de dominio público; también se habían desvelado los horrores del gulag estalinista y la actividad de la Stasi y demás servicios secretos. Neruda da testimonio minúsculo de esos hechos; con un gesto de autocensura típico del superviviente intelectual del comunismo, sus críticas apenas alcanzan la epidermis y se resuelven con elipsis y circunloquios para evitar desmerecer esa causa mayor de la que el poeta decide ser apologista, e instrumento de propaganda, que no de juicio. He aquí otra lección necesaria para el activismo político de la literatura en la actualidad: un artista que hoy asuma una disciplina de partido, sustituya la visión de la realidad por la propaganda, y se entregue sin complejos al patrocinio estatal de sus actividades, pondrá en peligro su utilidad para el progreso social. Lo que tuvo sentido para arrancar los procesos revolucionarios a lo largo del siglo XX, hoy ha dejado de tenerlo.

En Confieso que he vivido Neruda llama la atención sobre la inconveniencia de que los combatientes vencedores de las guerras y guerrillas de liberación popular se conviertan en los ostentadores del poder de la revolución. Tener mejor puntería y la fortuna del sobrevivir no asegura cualidad alguna para ejercer el mando de un país. Idéntico argumento podríamos aplicar al artista; escribir una poesía excepcional tampoco demuestra capacidad alguna de gestión política. Tanto el guerrillero como el poeta gozan de la legitimidad de haber consagrado sus vidas a un bien común, y su carisma debe trabajar para apoyar a políticos de similar excelencia en materia económica, sociológica, legislativa, nunca para suplantarlos. Neruda lo sabía y no dudó en retirar su candidatura a la presidencia para dar todo su apoyo a Salvador Allende en esa mítica legislatura de final horrendo. Sus memorias de aquellos años y los anteriores retratan la admirable labor de un hombre comprometido con la principal causa política que reconozco; la defensa de la justicia social. También, dan cuenta de excesos que han acabado invalidando a los artistas como activistas de la política, y deben ser corregidos.

Esta entrada fue publicada el 16/07/2014 a las 7:36 am. Se guardó como Crítica y etiquetado como , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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