El día que mi biblioteca ganó a mi IPad.

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O cómo uno comienza a desear una vida más analógica y se propone convertir su vieja biblioteca-almacén en un organismo capaz de ganar el juego de seducción a sus gadgets e Internet. Y cómo en el proceso se da cuenta de la liberación que supone deshacerse de todos esos títulos impuestos por los estudios, el canon, los críticos, los amigos, los padres o las modas, para conservar a su lado solo los más libres, amados y vivos libros de su vida.  

Cuando uno ha vivido varios años sin más pertenencias que las que caben en un par de maletas, se olvida de lo que es tener una biblioteca. Yo había pasado mi primer cuarto de siglo llenando cinco estanterías Billy en casa de mis padres, pero cuando me mudé al extranjero aquella biblioteca dejó de crecer, y acabó fosilizada dentro de esa vitrina en la que se convierten nuestros cuartos infantiles no reclamados.

Ahora había regresado a España definitivamente, y después de haberme acostumbrado a vivir sin todos esos libros no podía dejar de mirar la vieja colección con cierto desdén y pensar ¿Para qué sirve? ¿Para qué sirve todo eso? A mi generación no le ha sido permitido acantonarse. En cualquier situación de crisis, ya sea financiera o humanitaria, el movimiento es vida. Alquiler antes que propiedad; muebles desechables, ordenadores portátiles, hobbies transportables. El estilo comando triunfa. Tras siete años transportando toda mi biblioteca en un disco duro, y relacionándome con la cultura a través de una pantalla, ¿para qué necesitaba trescientos kilos de libros?

Pues exactamente por eso: llevaba siete años viviendo a través de una pantalla y estaba hasta los huevos.

Algunos vuelven a España buscando sol, amigos y terrazas; yo había vuelto buscando una vida más analógica. Tanto es así que me había hecho una firme promesa; todos los días, a partir de las diecinueve horas, mi vida será analógica; leería libros (de papel), jugaría a juegos (de mesa), y sobre todo NO miraría ni chats, ni mails, ni videojuegos ni Internet ni atendería ninguna mierda que hiciera zumbar mi teléfono móvil o calentara un microprocesador. A partir de las diecinueve horas de cada día regresaría a 1990, cuando el walkman constituía mi propiedad tecnológica más puntera.

 Y por supuesto, no hay mejor aliado para un viaje en el tiempo que una biblioteca de papel.

 Así que cuando fui a coger los libros a casa de mis padres para llevarlos a mi piso recién alquilado, tenía clara mi misión; quería volver a ser analógico, al menos durante esa hora feliz tras el curro en la que puedes dedicarte a tus cosas. Y para lograrlo, mi biblioteca debía acabar siendo más divertida que mi IPad. Pero, ¿cómo puede ganar una biblioteca a un IPad? Garabateé tres mandamientos que podían ayudarme a lograrlo:

 1.    La biblioteca no puede acabar como almacén de fósiles, sino convertirse en un espacio de elementos en movimiento, con presente y sobre todo, con mucho futuro. Si la biblioteca se parece mucho a las etapas de tu vida, mal. Si la biblioteca se parece mucho a tus planes, pasiones, esperanzas y terrores nocturnos, bien.

 2.    La biblioteca debe permanecer semivacía: así se evita la visión del almacén saturado de materia muerta, y sirve de recordatorio de todo el futuro que nos queda.

 3.    La biblioteca debe tener una cantidad importante (al menos el 30%) de libros por leer. Es importante comprarlos sin ni siquiera pensar en cuando podrás abordarlos, para que se olviden y luego recaer en ellos sin más. El restante 70% se lo repartirán los libros de consulta y aquellos que podrías releer una y otra vez.

Fase 1 de la mudanza: La Purga

Una vez elaborada la teoría, debía enfrentarme a esos anaqueles y evaluar unos cientos de títulos para celebrar el juicio sumario. En el proceso me di cuenta de que en mi biblioteca podían leerse todas las presiones culturales a las que había sido sometido. Pero esas influencias habían ya perdido su autoridad, y con ello, se había deshecho el sortilegio que antes me impedía despachar sus libros -como ahora hacía- al cajón del olvido. Con cada decisión de esta índole me iba sintiendo más ligero. Estaba construyendo algo más que una biblioteca útil; estaba construyendo una biblioteca libre; de las influencias, las autoridades, las obligaciones académicas, y con el canon desmitificado, al igual que la cultura nacional, el prestigio comercial, el prestigio crítico y todas las instancias legitimadoras restantes. Recaí en las equivocaciones y experiencias que me habían hecho falta para poder ahora soltar todo ese lastre. 

Fase 2 de la mudanza: el imprevisto

Mi selección libresca quedó truncada cuando nos dimos cuenta de que el cuerpo central de una de las librerías Billy no cabía en la Renault Picasso de mi amigo Caño con que hacíamos la mudanza. Sin dinero ni otro vehículo a motor con más capacidad de carga, eso significaba abandonar la Billie grande y casi la mitad de mis libros elegidos. Pero, ¿cómo prescindir de los imprescindibles?

Fase 3 de la mudanza: la escabechina

Había querido llevar conmigo solo aquellos libros que amaba con el corazón libre, en una selección ajena a cualquier criterio académico, crítico, bibliotecario. Pero, ¿cómo librarme ahora de casi la mitad de aquello que amaba? Recordé entonces las reglas que acaba de redactar: si antes el criterio había sido la libertad, ahora debía imponerse otro no menos extraordinario: la vida.

Uno a uno, evalué las constantes vitales de cada libro. Los iba tomando en mis manos y escuchaba sus latidos, o su ausencia de latidos. Conectaba mi mente a sus palabras, ya conocidas o por conocer, y trataba de obtener visiones telequinésicas de nuestras posibilidades de futuro como texto y lector. Horas después me marchaba en un Seat Ibiza lleno de bolsas de refrigerados ocupadas con no más de cien volúmenes. La manía de mi madre de comprar esas bolsas para congelados en el Mercadona y prestarlas a sus hijos para transportar materia pesada me servía para continuar la metáfora. Extirpados los órganos útiles a la recién fallecida, ahora debía conducirlos a toda velocidad hacia la nueva sala de operaciones donde esperaba ese nuevo ser necesitado de libros para comenzar a respirar, hablar, digerir. Pulsé la sirena, apreté el acelerador. Solo el movimiento, pensé, nos pondrá a salvo de la muerte.

Esta entrada se publicó el 03/09/2014 en 11:48 am y se archivó dentro de Uncategorized. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

2 pensamientos en “El día que mi biblioteca ganó a mi IPad.

  1. Después de unas cuantas mudanzas mi biblioteca se ha visto reducida mucho más de lo que hubiese deseado, pero de forma inconsciente he aplicado el primero de los mandamientos que nombras. Ahora puedo coger a ciegas cualquier libro con la seguridad de que me dará el mismo placer de la primera vez.
    Un placer detenerme en este sitio. Saludos.

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