Epílogo

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Estar comprendidos en un destino común, por terrible que sea, hace sentirse menos solos. Incluso las pesadillas de una guerra atómica entre las dos superpotencias, con la consiguiente devastación del day after, tenían una grandiosidad de alguna forma consoladora, que resulta más difícil para quien muere degollado en Bosnia o en Ruanda o para quien muere desvalido y solo. Ningún apocalpisis nos conforta ya, solos con nuestra muerte y nuestro miedo

 Claudio Magris, Utopía y desencanto.

Hay una lancha, rodeada de tiburones, en un mar vacío. Por eso al hombre que la tripula le llaman “el de los tiburones”, aunque él nunca llegará a saberlo. Antes, mucho tiempo atrás, había buceo en estas aguas. Las autoridades protegían a los turistas. Ahora el mar trae restos, que cuentan la historia del fin del mundo. Desde el este se cierne un resplandor que nunca se apaga y forma dos atardeceres, uno a cada lado del firmamento. El hombre conoce bien esa amenaza, quizás mejor que nadie. La noche ya nunca es total. Ya nunca se ven las estrellas. Bajo la superficie, el coral ha comenzado a regenerarse.

Antes patrullaba con otros hombres, y formaba parte de algo. Había barcos que proteger. Ahora ya no queda nada de eso, pero ellos siguen haciendo incursiones en su territorio y él sigue masacrándolos. Ellos siempre son jóvenes. Los ve acercarse desde la costa con sus botes. A veces el viento trae retazos de sus conversaciones, en algo parecido a un idioma. Pero antes de estar a tiro de sus palabras, el hombre abre fuego con un cañón automático que destroza los cascos de sus precarias embarcaciones e incendia sus motores. Luego los sigue a cierta distancia hasta que hunden, y se acerca a rematar a los que no se ahogan. De la sombra que proyecta su lancha emergen como esporas los tiburones que destrozan los cuerpos hasta reducirlos a jirones, dejándolos luego a merced de las gaviotas y otros pájaros que devoran pacientemente sus restos. El mar siempre está en calma, y el hombre nunca tiene ningún sitio a donde ir, así que pasa muchas noches en la quietud, rodeado de carnaza flotante.

Otras noches apaga el motor, y se deja arrastrar en silencio por las corrientes, hasta vislumbrar las luces de los asentamientos, que salpican la costa con hogueras e hileras de bombillas alimentadas por unos generadores que acallan con su estruendo las voces del desierto. El hombre llegó por mar, desde que llegó no ha pisado tierra, y posiblemente acabe descomponiéndose en el limo marino y esa sea la última tierra firme que toque. Pasa la noche observando el baile de sombras que se sucede entre los escombros de esas poblaciones derruidas, sombras que se proyectan sobre cascotes y ferralla retorcida, y dan testimonio de un conjunto de acciones inexplicables, ajenas a cualquier código conocido.

A su vez, esos jóvenes también tratan de leer el idioma del hombre en la distancia, cuando va a por suministros a una fragata encallada en los arrecifes, y el mar queda fuera de su vigilancia y pueden espiarlo sin temer la mordida del cañón. Lo vieron trabajar sin descanso durante dos días, arrojando cadáveres por la borda de la fragata, y congregando a la jauría de tiburones y gaviotas que ya nunca le abandonaría. Desde entonces, el hombre puede pasear por el interior torcido del barco sin tropezar con los cuerpos de sus compañeros, aunque quedan trazas de sangre marrón y pequeños restos incrustados que congregan a las moscas y vician el aire de olor a matadero. Moscas, gaviotas, tiburones. Son los animales que se están comiendo a los hombres.

Solo una vez queda un cuerpo intacto tras una de las matanzas, en otra jornada en la que el hombre ve arrojarse contra sus balas explosivas a un cargamento de seres humanos. Milagrosamente, uno de los muertos es respetado por las bestias, y queda flotando a escasos metros de la lancha. El hombre maniobra hasta tenerlo al alcance de su bichero, que le hunde en la espalda para alzarlo a cubierta. Allí lo deja, sentado en la proa, y se va a dormir.

Pasan varias horas de medianoche cuando el hombre vuelve a cubierta. El resplandor tiñe el cielo de una luz sucia, entre gris y anaranjada. El muerto parece mirarle mientras él toma asiento frente a él y se enciende uno de sus últimos puros. Un fragmento de algo le ha atravesado el pómulo y le ha deformado la mandíbula, pero excepto por eso y la hinchazón característica, el muerto se conserva bastante bien.

“¿Fumas?”, pregunta el hombre, extendiéndole el puro.

“¿Cómo voy a fumar, con este agujero en la boca?”

A partir de aquella noche, las barcas desaparecen y los tiburones y las gaviotas abandonan la compañía de la lancha. El cielo a veces aparece surcado por las estelas de aviones que cruzan el mundo, saltando sobre su zona. El hombre nunca ve los aviones, solo sus estelas. Quizás no sean aviones. Quizás sean misiles. O cohetes. O naves. Por las noches, la radio le ofrece en todas las frecuencias un potente ruido que llega desde los límites del universo, irradiado en el Origen, hace miles de millones de años. Pero el hombre no puede saber nada de eso. Él solo oye un silencio rayado.

“Ya siempre será así”, le repite el muerto, “tu misión ha terminado”.

Dentro de millones de años, al otro lado del universo, alguien reconocerá el ruido del fin del hombre. Pero a este lado, lo único que se escucha son los motores fueraborda de la lancha y sus propios gritos ensordecidos mientras conduce sin destino, ya hacia ninguna parte, después de arrojar el cadáver por la borda. Navega en línea recta toda la tarde, hasta los límites de su territorio. Bebe su última reserva de alcohol antes de caer rendido. A medianoche, un sonido le sobresalta. Es el mismo muerto. Su cabeza ha impactado contra el casco. Flota bocabajo. En la quietud absoluta de las aguas. Lo alza con el bichero. Lo sienta. Se miran.

“¿Qué quieres?”, dice el hombre.

“Me debes algo”, dice el muerto.

“¿Qué quieres de mí?”

“Debes ir tierra adentro y desenterrar a mis muertos”, responde, “pronto no quedará nadie para honrarlos. Cuando todos muramos, no quedará nadie para glorificar sus restos. El tiempo se ha acabado, y debemos destruir cada trozo de nuestra estirpe. Los muertos no deben yacer solos.”

“Por eso venís a mí, sin cesar”.

“Sí. Tú has venido del este, donde se concentra todo el mal. Dime, ¿qué dejaste atrás? ¿De qué huiste?”

“Ni siquiera sé si llegué a escapar. ¿Y vuestras mujeres?”

“No nos importan. Ellas no merecen ser purificadas. Arderán con el resto del ganado.”

“¿Y los niños?”

“Tú has matado a todos los niños. Nuestros niños parecen hombres. Nacen caminando”.

Esta entrada se publicó el 27/11/2014 en 6:46 am y se archivó dentro de Relatos. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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