Universo 2

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Estar comprendidos en un destino común, por terrible que sea, hace sentirse menos solos. Incluso las pesadillas de una guerra atómica entre las dos superpotencias, con la consiguiente devastación del day after, tenían una grandiosidad de alguna forma consoladora, que resulta más difícil para quien muere degollado en Bosnia o en Ruanda o para quien muere desvalido y solo. Ningún apocalpisis nos conforta ya, solos con nuestra muerte y nuestro miedo

 Claudio Magris, Utopía y desencanto.

A las 6.44, un hombre de 56 años llamado José Antonio Palacios recibe el primer pensamiento consciente de la mañana. Luego espera durante 1 minuto, al igual que cada día de los últimos 25 años, a que salte la alarma de su reloj digital para poner un pie en el suelo y comenzar su jornada. En la mesilla descansa Nuevos horizontes, un libro de divulgación científica del Círculo de Lectores sobre los nuevos avances en física de partículas y cosmología, a cuya lectura se ha entregado en las últimas veladas. Mientras baja las escaleras de su chalet de 250 m2 y prepara café, intenta desentrañar la maraña de un sueño en el que, juraría, algunas vivencias se han mezclado con teorías leídas la noche anterior; teorías sobre la existencia de un número infinito de universos paralelos que contienen todas las posibilidades concebibles, incluidas todas las variables sobre su propia vida. Habría, por ejemplo, un universo donde José Antonio descubre que durante la noche le ha crecido un cuerno de oro. En cualquier caso, el café borra los últimos retazos de estas divagaciones y pronto su mente se centra en cosas más terrenales. Se centra, por ejemplo, en el silencio de la casa. Antes siempre desayunaba con su familia, y formaba parte de algo. Había hijos que proteger. Ahora ya no queda nada de eso, y José Antonio se ha convertido en el único habitante de un océano de metros cuadrados. Bueno, también está Tiburón, el bulldog de la familia. Desde que su mujer se ha ido, Tiburón le sigue a todas partes. En este momento, escucha el garrapateo de sus patas descender la escalera y llegar hasta la cocina.

– Hola Tiburón, hola Tiburón bonito…

Tras terminar su taza de café, José Antonio se acicala como cualquier otro día de los últimos 25 años en los que ha ejercido de médico de familia. Nunca le han faltado pacientes. Siempre son viejos. Siempre están enfermos. Siempre acaban, invariablemente, muertos. Ese trabajo, donde nunca le salva la vida a nadie, sino, en el mejor de los casos, le procura un final generoso, debería haberle preparado para afrontar la tarea que hoy tiene por delante, no exactamente médica, (hoy es domingo y el doctor Palacios no tiene guardia), sino relacionada con su familia. Con haber aceptado el encargo de una madre de 87 años (a una persona de 87 años no se le niega nada, se repitió para persuadirse), que pocos asumirían: volver a su pueblo natal para desenterrar el cadáver de su padre. Y de paso, los de sus demás antepasados.

– A los muertos hay que cuidarlos- le dijo su madre- ¿quién va cuidar del nicho familiar cuando yo me muera? ¿Vas a ir tú a cuidarlo? Eso es una vergüenza. Hijo, no voy a descansar tranquila si ahí está tu padre de cualquier manera, con mi padre y mis hermanos. Ya no queda nadie, soy la última de mi familia. Además, tú solo tienes que ir a recoger las cenizas, ya he pagado y el cementerio se encarga de todo lo demás.

Ya en el coche, enfilado por la nacional que conecta la ciudad con ese pueblo al que no vuelve desde hace décadas, José Antonio sigue sorprendiéndose de la mentalidad de su madre; de que empatice más con los muertos que con los vivos, y se considere la última de una estirpe perdida, que es mejor arrancar de la tierra, extirpar al borde del hundimiento, antes que dejarla a merced de la verdadera muerte, sin misa ni luto. Mejor desmenuzar a los muertos hasta lo más cerca que los crematorios puedan estar de desintegrar la materia, que sufrir la vergonzosa soledad del olvido. Cavila sobre esto mientras va tomando curvas sin prestar demasiada atención a la carretera, que conoce de memoria desde niño. Recuerda hasta la gasolinera que ahora se vislumbra al final de la recta, a pocos centenares de metros. Normalmente las gasolineras cambian de compañía y pierden todos sus distintivos, pero esta se ha mantenido casi igual desde la década de los sesenta. Incluso ha conservado el viejo cartelón torcido que la anuncia por su nombre: La Fragata.

José Antonio aparca su monovolumen y deja que un gasolinero se encargue de llenar el depósito mientras entra en el establecimiento. La antigua bodega, antes llena de moscas y tinajas de vino, es ahora una tienda de snaks y revistas. Solo han respetado algunos carteles de corridas de toros que ya lucían por las paredes en los tiempos de su padre, y le impresionaban por los lomos negros perlados de sangre, las lenguas exhaustas, las banderillas oscilando sobre sus ganchos clavados en la carne. En el mostrador, un chaval le cobra mientras con el otro ojo vigila una quiniela. “Sabes”, está tentado de decirle José Antonio, “hay un universo donde esa quiniela SEGURO que te ha tocado”.

Poco después, el monovolumen supera la última cota del puerto de la sierra que separa la ciudad del pueblo. Se hallan en lo más crudo del invierno, y la carretera esta casi vacía. Una luz pálida y sucia se filtra entre las nubes y crea claroscuros en las colinas boscosas que descienden hacia la llanura. En su último tramo, la vieja calzada ha sido sustituida por un tramo de autopista, y antes de lo esperado, el doctor ha cruzado el umbral del pueblo y se halla ante el cementerio. Llega muy pronto, demasiado pronto, quizás.

-Todavía no hemos terminado con sus difuntos, señor Palacios- le informa uno de los operarios- estamos en ello. Si me acompaña…

Nada podía haberle preparado para enfrenarse al extraordinario estado de conservación en el que se hallaba su padre, enterrado ya hace más de una década, cuando se lo presentan recién sacado de su sepulcro. Mientras el resto de sus familiares se muestran irreconocibles, los microorganismos parecen haber respetado milagrosamente las facciones del progenitor, que se conserva casi intacto excepto por un cráter tumefacto a la altura del pómulo, que le deforma ligeramente la mandíbula.

– ¿Se encuentra bien, señor?

– Creía… creía que mi madre ya les había pagado por este servicio. Se supone que me tenían que dar unas cenizas. ¡Joder!

– Será mejor que espere fuera, señor. Esto debería estar hecho ya, pero como ha venido tan pronto. Por favor, espere fuera…

Treinta minutos después, el doctor José Antonio Palacios remonta el puerto de camino a la ciudad. Se ha colocado en el carril de la derecha, y circula a menos de 80 kilómetros por hora. En el asiento del copiloto, descansa una caja gris de cartón llena de ceniza. En la radio, el comentarista deportivo se ha desvanecido en un mar de ruido de fondo.

Hay un momento en que toma una salida y se detiene en una pista de tierra desde la que se divisa el valle. Sale del coche y se planta cara al sol, que apenas es ya una raya naranja en un horizonte gris. Tiene la caja entre las manos (las manos no engañan, le ha dicho muchas veces a sus hijos, si queréis saber de una persona miradle las manos…), que le tiemblan un poco. El doctor odia llorar, así que, simplemente, calcula la dirección del viento, abre la caja y deja que las partículas de sus muertos se confundan con las corrientes que las elevan por los aires. En ese momento acude a su mente algo leído en Nuevos horizontes; la idea de que todos tenemos átomos que pertenecieron a Cleopatra, y a Platón. Simplemente, una vez nos disgregamos, los átomos se distribuyen por nuestro mundo de tal forma que todos nos constituimos de todos los seres muertos. No tendríamos todavía átomos de Elvis, aclaraba el autor, no había pasado el suficiente tiempo para que se dispersaran. En la lejanía, los aviones cruzan las capas altas de la atmósfera. Al doctor le gusta observar sus estelas. También le gusta ver a las aves rapaces que describen círculos junto a las carreteras. Se habla mucho del fin de la naturaleza, pero en la región del doctor los bosques son cada vez más frondosos, y cada vez hay más aves sobre el cielo.

Es de noche cuando oye crujir bajo las ruedas de su monovolumen el montón de hojas secas que el invierno ha ido acumulando en su cochera. A esas horas la calefacción central ha caldeado el ambiente, pero otra forma de frío parece emboscarse en las habitaciones desiertas, a lo largo de las cuales José Antonio va abriendo un pasillo de bombillas encendidas. En la cocina, abre una lata de cocido madrileño Litoral, que calienta en el microondas. Luego pone un mantelito en la mesa familiar y se sienta a cenar. Tiburón da vueltas en torno a la silla. Hace mucho viento, y cuando hace mucho viento, la tele tiende a descomponerse. Finalmente, la pantalla se llena de niebla gris y un ruido áspero que absorve a José Antonio hasta que acaba la cena. Luego sube las escaleras, se desviste, pasa al baño. Mientras se lava los dientes, sus ojos se cruzan con los del hombre que le mira desde el espejo.

“Ya siempre será así. Tu misión ha terminado”.

Su propio reflejo le ha recordado la cara de su padre, al que no veía desde hacía más de una década, tumbado en la mesa del tanatorio.

Ya en la cama, se entrega a sus lecturas sobre el universo cuántico. Sobre cómo los científicos han descubierto leyes físicas que se hallan más allá de cualquier comprensión intuitiva del entorno. El mundo parece hallarse inextricablemente conectado, y dispararse hacia lo inconcebible. Poco antes de apagar la luz, cuando comienza a sentir el efecto del Zolpidem 5 mg, le llega un pensamiento: si existe una cantidad infinita de mundos, si el cosmos se dispara en una cantidad de dimensiones que abarcan todas las eventualidades posibles, cada cosa que imaginemos, cada cosa que soñemos, es la revelación de un mundo paralelo, tan real como nosotros mismos, hecho de partículas conectadas por cuerdas invisibles a nuestras propias partículas, que también fueron las partículas de nuestros antepasados, y también serán las del último sol que arderá en la galaxia. Esa idea de unión parece aliviar un poco el pánico que, desde que duerme solo, le embarga cada noche en la antesala de sus sueños.

Esta entrada fue publicada el 09/12/2014 a las 8:47 am. Se guardó como Relatos y etiquetado como . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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