Facebook, vida y muerte. Confesiones de un virus

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Mi casa es la casa de todos mis amigos. La casa de mis amigos se superpone a la mía. Habitamos secuencialmente la casa de todos. Pasamos fugaces por sus estancias. Hacemos oscilar el tiempo, hacia delante y hacia detrás, con la moviola de nuestros ratones, hacia la casa en la que estuvimos, hacia la casa donde estaremos. Cuando hablamos no miramos a nadie: miramos a todos. A veces nos responden y entonces miramos a la cara, si es que nuestro interlocutor tiene cara. Pero normalmente hablamos para todos. Recibimos su calor o su silencio. Tanto su calor como su silencio son objetivos, pues son cuantificables. Entendemos mejor su calor que su silencio. Su calor nos confirma, nos legitima, nos valida, nos sitúa. Su calor multiplica nuestra voz, es el coro de nuestras palabras, y cuanto más crece más y más crecemos, más casas invadimos, más se expande nuestra etérea presencia y penetra en la casa de los desconocidos que ya dejarán de serlo. Pero qué hay de su silencio, ¿eh? ¿Qué significa? Ese silencio incomprensible, donde cada uno pinta el cuadro que desea, ha expulsado a muchos de aquí. Los ha matado, lo ha colocado al otro lado. El silencio es como el calor, pero peor. Sobre el silencio caben toda clase de especulaciones y es donde se desata la tormenta de nuestros miedos. Sin calor, y a base de silencio, es como morimos aquí. Esa es la muerte. En el mundo físico, son los virus los que traen la muerte a los hombres. Pero aquí, son los virus los que te dan la vida, los virus que se infectan de ti y con su calor infectan a sus círculos, y los amplían, sin que nadie haya agotado las posibilidades, nadie haya llegado al final, al mensaje definitivo que llegue a la totalidad. Se especula sobre el advenimiento de un mesías capaz de lograr la viralidad total, que acabará inundando toda la red y colapsando cualquier otro mensaje. Se trata, por supuesto, de una profecía que jamás se cumplirá pero nos sirve como línea de horizonte.

Así hay que pasear por esas casas donde muchos mensajes nos son arrojados a la cara y no hay que mostrar ninguna clase de reacción. De hecho, lo habitual es que ni siquiera nos detengamos lo suficiente para escuchar terminar aquello que nos están diciendo; así funciona con la inmensa mayoría de las casas que visitamos, de las que solo consumimos la fugaz muestra que nos sirve para desecharlas. Nos acercamos sin embargo a la velocidad de la luz a los tumultos que rodean oradores al principio invisibles, que luego se abren ante nosotros como una flor de obsceno veneno. Su popularidad nos penetra tan profundo como si acabáramos de entrar en un invernadero plagado de anos, penes y vulvas en plena floración, en plena liberación de su hedor glandular, que clava nuestra carne a la estaca, y nos lanza en procesión. ¿Ahí nuestra estupidez? ¿Ahí nuestra simplicidad? ¿Ahí somos nosotros? ¿Eso somos, esto no podemos dejar de ser, esto nos consume, y consumirá nuestro tiempo hasta que el silencio nos coma por completo? Sí, clavados a esas estacas nos sentimos morir, y vivir también, claro está, ay, la vida, por supuesto. Nunca nos convertimos en centro de nada, porque cuando abrimos la boca, solo sentimos ese silencio devorador, esas líneas de tiempo, y esos esos virus que giran sobre las ruletas de sus ratones como hámsteres, alejándose de nosotros. Entonces solo tenemos una opción, solo una para no morir de silencio, y es dar calor: dar calor a los otros: no, no podemos recibirlo, pero podemos darlo. Sí, nos mantendremos vivos dando calor. Sí, ya que nadie nos lo da, no mantendremos en pie dando calor. Pero todo sigue azul, azul como un mar del norte. Sí, azul y blanco son los colores del gran norte. Allí, en los polos, donde se multiplican las señales de nuestro fin.

Esta entrada fue publicada el 23/02/2015 a las 8:47 am. Se guardó como Relatos y etiquetado como , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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