Por qué escribo

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Este texto corresponde a la conferencia que impartí como invitado al ciclo de narrativa de la Universidad de Salamanca El escritor y la obra, celebrada en el Aula Magna del Palacio de Anaya el 21 de octubre de 2015.

Para organizar un poco mi conferencia, primero iré de lo general a lo particular. Hablaré de por qué hago arte. Por qué escribo novelas. Y finalmente, de por qué escribí las novelas que escribí.

¿Por qué hago arte? Para trascender de lo mundano

El otro día bajé a la tienda de informática a por un cable. Se trata de una tienda pequeña donde te atiende un hombre de cuarenta años con la amabilidad desesperada del tendero necesitado de clientes. Salí de allí y los quince minutos ya estaba de vuelta: me había confundido de cable y venía a por el correcto.

Para mí sorpresa, el hombre me ofreció devolverme el dinero del que compré en primer lugar, pese a que ya había roto el envoltorio. Entonces pensé que aquel tendero era en realidad una buena persona y no solo una persona desesperada. Tanto la tienda como él se veían un tanto desastrados, al borde de algo deprimente que sin embargo no terminaba de acabar con ellos.

Un rato más tarde, de vuelta a casa, me miré en un espejo y me di cuenta de que había bajado a la calle con la mitad de la barba sin afeitar. Una hora antes me estaba cortando la barba con una maquinilla eléctrica que se había quedado sin batería a mitad del proceso. Después me había olvidado de que tenía solo media cara afeitada y de esa guisa había comparecido no una, sino dos veces en la tienda de informática.

El hombre de la tienda debía haber sentido lástima de un hombre tan joven y sin embargo ya tan desequilibrado como para aparecer en público con unos viejos pantalones de montaña y barba solo en la mitad del rostro. Aquella tarde, además, también me veía embargado por una angustia relativamente nueva para mí, la angustia de que la vida se ha vuelto demasiado seria.

Me sentía  mal por haber gastado siete euros en un cable que no me servía para nada y no había tenido el valor de devolver a ese hombre por lástima, pero que el hombre había intentado que le devolviera, sin duda por lástima también hacia mí. Se quedara quien se quedara con el cable, el universo no podría equilibrarse en ese asunto, pues yo intuía que si le devolvía el cable a ese hombre es como si me lo estuviera devolviendo a mí mismo.

¿Cuál fue mi solución? pues me hice un ovillo en el sofá y me dispuse a releer el cómic American Splendor.

American Splendor se considera un cómic pionero, el primer cómic autobiográfico donde se nos narra su vida muy corriente. Antonio Muñoz Molina ha dicho de él lo siguiente: “en American Splendor las peripecias de la vida de cualquiera alcanzaban esa cualidad de las epifanías de lo cotidiano que buscaron Chéjov o Joyce”.

Yo había tenido una tarde cutre, llena de experiencias cutres y deprimentes, lo que podría situarse en el espectro opuesto de lo que se supone que se ocupa el arte. Sin embargo, yo había acudido a American Splendor, un cómic donde el autor llena páginas y páginas de anécdotas como la que acabo de narrar, para dejarme contagiar por su capacidad para convertir lo mundano, lo cutre, lo rutinario, en algo trascendente a través del arte.

Allí encontré la inspiración para escribir esta pequeña anécdota para comenzar esta conferencia, y así conjurar su intrascendencia. Y ahora el episodio se ha convertido en algo importante; en algo que mereció ser vivido, pues está siendo contado y me estoy esforzando por que el relato también trascienda para vosotros. Ahí está la magia del arte. Gracias al arte, trascendemos.

Otras actividades similares capaces de obrar esa magia son la exploración, la investigación, la actividad religiosa mística o el amor complejo. Practicar a diario estas actividades o consumir su fruto se trata para mí de una forma de vida aumentada respecto a la de quienes se limitan a sentirse a gusto con la vida. Sin embargo, la trascendencia no está de moda: lo estuvo en la Edad Media, en el Romanticismo. Ahora lo que está de moda es el éxtasis, que es distinto.

Aumentado aquí es un adjetivo escogido cuidadosamente. Porque la vida, sin esa búsqueda, sin la aspiración de colmar unas aspiraciones, me parece menos. Pero cuanto más escribamos, exploremos, amemos de formas complejas y enrevesadas, más vivamos así, más estamos en el mundo, y más mundo estará en nosotros.

¿Por qué escribo novelas?

Para vivir en las historias

Escribo para desvelar verdades. Me dejo guiar por una intuición que me señala las cosas que deben aclamarse. Deseo, sobre todo, dar a conocer. Para ello, me valgo de la literatura y no de técnicas documentales como el periodismo o la investigación humanística, porque la experiencia humana no puede plasmarse al completo a través de los relatos objetivos. La misión del arte, a mi parecer, es aprehender y difundir esa subjetividad embelleciéndola a través de sus lenguajes.

Yo, además, pertenezco a ese grupo mayoritario de personas a las que les gustan las historias. Lo que más me gusta de ellas es que me permiten vivir más allá de mi mismo, sentir un paso del tiempo diferente al mío.

Además, nuestra estructura mental parece estar predispuesta a comprender emocionalmente y racionalmente a través del relato. Los seres humanos tenemos una relación muy concreta con la dimensión temporal del universo. Y nuestra herramienta primordial de cognición, el lenguaje humano, se asienta sobre un sistema verbal, en el que el tiempo es el núcleo de la comunicación. En el principio fue el verbo, podríamos decir.

Además, cualquier evento de una mínima complejidad se organiza como una sucesión de causas causadas, y la herramienta cerebral que tenemos para comprenderlo es el relato. 

Para desenmascarar las historias

El relato es la forma más convencional de narrar los hechos acontecidos, generalmente, como una sucesión de causas causadas.

Hasta hace unos pocos años, se había tenido el relato por capaz de plasmar la objetividad. Pero desde hace tiempo, se ha cuestionado tal capacidad, y los pensadores y los propios escritores se han esforzado por mostrar sus trampas, sus trucos, hasta llegar casi a un escepticismo paralizante (la famosa muerte de la novela).

Más allá de las discusiones filosóficas, por supuesto, el relato sigue manteniéndose como herramienta para enunciar verdades: un informe policial o de la ONU, o un testimonio en un tribunal se consumen como verdades. Esto se debe a dos aspectos: el primero, que instrumentalmente el relato sigue siendo muy funcional, pese a sus trampas.

Pero, repito, a muchos poetas, filósofos y gentes capaces de aceptar una mayor complejidad, el relato como forma de verdad les parece insuficiente y tramposo. He estado muy influenciado por las corrientes que criticaban las formas convencionales de relato, que en novela quedan representadas por la novela realista, hija del positivismo histórico que se instauró como solución final en la literatura. La inmensa mayoría de los best-sellers que hoy se consumen, y la práctica totalidad de las series televisivas que hoy triunfan siguen a rajatabla la teoría de la novela realista.

Pero las historias lineales con un comienzo, un nudo donde se ha acumula la tensión de algo no resuelto y su desenlace final no se dan mucho en la realidad. La realidad, al revés de lo que ocurre en estas novelas y estas series, no se organiza de ese modo casi nunca; este tipo de relato es una herramienta mental, que las personas imponemos a la experiencia vivida para organizarla y así poder almacenarla en nuestros cerebros y transmitirla. (Pensemos en la expresión “no me cuentes películas”o “menuda historia”).

Para mí, la historia inicio-nudo-desenlace tiene funciones similares al verso en la poesía o el teatro. Además de por su musicalidad, el verso servía para que los iletrados rápsodas griegos, juglares medievales o actores barrocos memorizaran con mayor facilidad. Asimismo, la mente parece estar diseñada para comprender con mayor facilidad los discursos organizados como historias lineales, y por ello las personas demandan que los hechos, las ideas, las experiencias tomen forma de historia. Por ello, la gente prefiere leerse una novela histórica sobre la conquista de América que un libro de artículos históricos sobre la conquista de América.

La novela histórica, por supuesto, es más entretenida, pero ¿qué significa que es más entretenida? El cuerpo humano no da puntada sin hilo; escuchar historias es divertido por la misma razón que el sexo es divertido: el cuerpo premia aquellas actividades que nos han ayudado a sobrevivir y prevalecer. Curiosamente, parece que nuestro amor por las historias inicio-nudo-desenlace nos ha debido ayudar mucho en nuestra supervivencia como especie, del mismo modo que nos ha ayudado el sentido del humor, o la solidaridad.

Es mucho más fácil recordar lo que está conectado que lo deslavazado, lo inconexo. Igual que el verso une a través de la sonoridad las partes de un poema, la historia une los hechos, los conecta, es decir, que los colecta y los engarza como las cuentas de un collar.

Sin embargo, hoy entendemos el sexo, o el liderazgo, de forma más sofisticada a cómo lo hicieron nuestros antepasados. El relato realista de las series actuales o los best-seller es sofisticado en comparación con las historias del Antiguo Testamento, pero sigue la misma lógica de conectar los hechos narrrados en historias lineales con inicio-nudo-desenlace. Y quizás sea el momento de evolucionar.

Al viejo deber del novelista de construir historias se le une pues un nuevo deber: deconstruir las historias, destruir la propia institución de la historia.

Aparece una corriente crítica hija de la filosofía del último cuarto del siglo XX que propugna la naturaleza fragmentada de la realidad, e invita a construir los relatos como sucesiones de fragmentos que construirán una versión poliédrica, abierta, no definitiva, problemática de esos hechos y experiencias que se quieren narrar. A través de la narración fragmentada, la literatura está dando un paso más allá hacia esa misión de aumentar la vida a través del arte, de aumentar la experiencia a través de los lenguajes.

Para indagar en mi tiempo

Tengo un enorme apego al presente, y dedico mucho tiempo a pensar en el futuro. Sin embargo, soy incapaz de interesarme en exceso por mi pasado. Volvemos a la particular relación de los seres humanos con la dimensión temporal de nuestro universo. Yo creo que cada persona tiene una relación específica con el tiempo en función de su vida y sus cualidades.

Yo soy una persona muy desmemoriada. Teresa, mi mujer, que es una persona con muy buena memoria, tiene muy en cuenta su pasado, de manera que este se superpone en su presente. Digamos que su presente es una constante referencia a lo vivido, mientras que yo, en cambio, lo vivo más por sus posibilidades de futuro. Teresa habla mucho de las posibilidades que no fueron (arrepentimiento, dudas sobre las decisiones tomadas). Pero yo rara vez siento arrepentimiento de decisiones lejanas, o nostalgia. Tampoco soy rencoroso, porque olvido con mucha facilidad los agravios, y a la vez soy desconfiado, pues olvido con la misma facilidad el modo en que las cosas y las personas me hicieron feliz.

Por todo ello, mi visión está apegada al presente, y mi proyección, hacia el futuro. Por todo ello, escribo siempre novelas sobre el presente y el futuro. Igualmente, en la forma, me atrae la vanguardia y la innovación. No porque tengan buena prensa. De hecho, el sistema literario es un espacio conservador, en parte porque la población lectora está envejecida, en parte porque vivimos en un mundo bastante conservador en general.

Quien quiera experimentar en literatura muy posiblemente encuentre las puertas cerradas de editoriales, la indiferencia de los lectores y el desprecio de la crítica. Y a continuación hablaré de cómo traicioné los principios que acabo de enumerar, especialmente a este último, cuando escribí mis novelas.

Por qué escribí El cielo de Pekín

Llegó el día en que me vi escribiendo El cielo de Pekín, mi primera novela publicada. Digo me vi, y no decidí, porque la escritura en mí siempre se activa del mismo modo que el fumador comienza un paquete de tabaco, de esa forma nerviosa y algo enajenada con la que un adicto se entrega a su adicción. Yo soy adicto a la escritura, en el peor y el mejor sentido.

En ese momento acababa de llegar a Pekín para trabajar, y era bastante desgraciado, y a la vez sentía un asombro sobrecogedor por todo cuanto me rodeaba.

Pekín hoy es puro presente y puro futuro; es la punta de lanza de una sociedad que a la vez es la punta de lanza de nuestro periodo histórico. Que esa lanza se dirija hacia el desastre ya es otro tema, pero se comprenderá que para alguien obsesionado con el futuro era como si de pronto mi tabla de surf hubiera cogido esa ola perfecta que llevaba esperando toda mi vida. Así pues, me entregué a esa actividad que me define: el registro a través del lenguaje literario de la realidad que me rodeaba, y su transformación en una historia. 

El Cielo de Pekín es una novela fragmentaria que construí muy influenciado por estas teorías.

Sin embargo, no es ni mucho menos la más audaz de los experimentos literarios en ese sentido. Mucho más lo serían La vida, instrucciones de uso, de Perec, o Nocilla Dream, de Agustín Fernández Mallo.

Pero aunque es menos vanguardista que estas, sí trata de ser fragmentaria. Y debo decir que al escribirla, constaté que, efectivamente, la narrativa fragmentaria resulta más fiel a la hora de plasmar una serie de hechos y experiencias que la novela realista.

Como decía antes yo acababa de llegar a Pekín y estaba bastante sobrecogido y lo estaba pasando bastante mal.

Y como decía antes de antes, yo busco la trascendencia a través de las artes, la exploración, las formas complejas de amar.

En Pekín lo tenía todo por escribir, todo por explorar. Además, por aquel entonces estaba experimentando formas muy complejas de amor. Experiencias difíciles en el amor hacia los demás y, por supuesto, hacia mí mismo.

Me sentía como un astronauta acojonado pero resuelto a llevar a cabo su misión: el registro literario de la experiencia subjetiva de vivir todo aquello. Así que me lancé a vivirlo.

Decir que me lancé a vivirlo para escribirlo no me parece exagerado. Teresa muchas veces se sorprende por la cantidad de cosas que soy capaz de hacer solo para escribir sobre ellas. De hecho hubo dos razones fundamentales que me enviaron a Pekín: Teresa y el deseo de escribir sobre Pekín. Así que me lancé a vivir y a escribir.

Según iba viviendo iba escribiendo, y como quería escribir una novela fragmentaria, componía pequeños ensayos sobre mi extrañamiento, pequeñas descripciones estéticas del paisaje urbano y la vida de ese hormiguero extraterrestre, y todas esas sensaciones que me embargaban en la noche. Ahora bien, aquello no componía una historia. Y aquí es cuando os descubro mi traición a la corriente crítica del relato.  

El cielo de Pekín fue mi primera novela, pero no mi primer intento de escribir otra novela. Un año antes, había escrito Billetes de ida, donde me ceñía de forma mucho más estricta a dos criterios de moda en ese momento: el fragmentarismo y la no ficción.

Se la mandé a Sergio Gaspar, el editor de DVD, que por entonces era el editor que publicaba las novelas más raras de España, y tuvo la amabilidad de leerla y contestarme. Me dijo que en el texto demostraba que yo era un escritor, pero que no era una novela. Era otra cosa, que a él le gustaba, pero que no vendería más de 100 ejemplares, y eso con suerte. Y por tanto, impublicable.

El fragmentarismo había topado con el mercado. 

Y aunque mi compromismo con la trascendencia era grande, yo sentía una necesidad no sentirme insignificante y desgraciado, y para ello, parecía inevitable conseguir algún éxito social en la vida, lo que en literatura significa publicar en una editorial nacional y salir en los periódicos.

Por tanto, un año después me encontraba yo en Pekín intentando con todas mis fuerzas ser rabiosamente fragmentario, sí, pero también construir una cosa que me permitiera cumplir mi sueño de gustarle a mis padres, y a las chicas y sentirme ligeramente inteligente y creador ante la sociedad que tan apocado y acomplejado me tenía.

Así que con mucho esfuerzo, puse a funcionar la máquina de hacer historias del cerebro para crear unos personajes y unos argumentos independientes en los que podía ir engarzando artificialmente todo aquel material.

De aquella experiencia de escritura no tengo nada más que decir. El resultado es El cielo de Pekín, y si tenéis más curiosidad ya sabéis que tenéis que hacer.

Y ahora la confesión; he expresado mucha voluntad y predisposición como motores de la novela, pero que su resultado final se debe a la conjunción de esta voluntad y la acción del error.

El error quizás sea la fuerza de originalidad creadora más importante de todo experimento artístico de vanguardia. De manera que estoy seguro de que la mayoría de los aciertos de la novela se deben a mi incapacidad para escribir según los planes que me tracé inicialmente. Los errores son lo mejor del arte, creedme. Los errores darían para otra conferencia, o para un máster. Podemos proponer una asignatura para el próximo año: Teoría de la Equivocación. 

Por qué escribí La ciudad y los cerdos.

Un año después aproximadamente, comencé a escribir La ciudad y los cerdos, mi segunda novela, en unas condiciones diferentes.

Después de mi aventura cósmica por Pekín me había visto obligado a regresar a casa de mis padres, emocionalmente destrozado y sin un puto duro. Pekín me había trastornado, y en Salamanca acabé de enloquecer cuando ese hogar al que yo volvía con la esperanza de encontrar un respiro, también saltó en mil pedazos.

Me vi abocado a una existencia sin sentido. No sabía dónde iba, ni me creía capaz de ir a ninguna parte. Se suponía que estaba escribiendo una tesis sobre Bolaño, que odiaba porque me había propuesto escribirla solo para conseguir el título, o sea, a escribirla mal, así que no la escribía en lo absoluto.

Pasaba muchas horas tumbado en la cama de un dormitorio al que no llegaba un solo rayo de luz natural, solo los sonidos sexuales de las parejas que follaban en junto a las ventanas del tragaluz, y se mezclaban con la charla desquiciada de un discapacitado mental que vivía en el piso de arriba.

Frente a esa cama había un único cuadro, uno de esos cuadros religiosos budistas llamados “thangkas” donde todas las historias coexisten en un abigarrado mosaico de cuerpos de dioses, demonios y santos. En ese contexto, empecé a imaginar una historia.

Con el Cielo de Pekín vivía para escribir, y mientras vivía, escribía. Sin embargo, en el momento que decidí escribir La ciudad y los cerdos me encontraba en el grado cero de la vida. La vida que me atravesaba era anhedonia pura, es decir, ese momento de la depresión en el que dejas de sentir, y ni siquiera tienes interés en que tu situación cambie.

Así que decidí escribir sobre unos personajes inventados que vivirían una historia inventada que no tuviera nada que ver conmigo. Además, decidí que sería una sátira, porque necesitaba invocar ese poder de distanciamiento que solo el humor es capaz de proporcionar. Necesitaba salir de mi mismo, y necesitaba reírme. 

Después de mi experiencia por la vida en Pekín, Inglaterra, Chequia y Granada, había vuelto a Salamanca, y aquello me parecía a todas luces, una maldición.

Yo siempre he sentido un amor muy problemático por Salamanca. Básicamente la odio como se odia a una familia que te ha hecho lo que eres y a la que sabes que volverás hasta el final de tus días. Yo me siento tan salmantino, y me considero tan ligado a esta ciudad hasta el día de mi muerte, que me siento en el pleno derecho a decir que siento hacia ella esa forma tan compleja de amor que para resumir podemos llamar odio.

Sobre todo, mi odio hacia ella es un resentimiento. Porque siendo yo tan salmantino, y estando tan ligado a ella, Salamanca me desprecia desde que soy un niño. Dejemos algo claro. El desprecio no es una forma de amor. El desprecio que profesa Salamanca hacia los de mi calaña es el anti-amor: es la pura indiferencia Me desprecia y me hace sentir extranjero, casi un parias cultural, aunque no económico. Salamanca me ha despreciado como ateo no bautizado; me ha despreciado como hijo de padres de izquierdas; me ha despreciado como persona desconectada del mundo rural, como adolescente punk, como progresista, como artista, como consumidor de estupefacientes, como músico callejero, como activista, como persona afeminada, y finalmente, como trabajador.

Y no solo me ha despreciado a mí, sino que ha despreciado a casi todos mis amigos. La mayoría de ellos se han tenido que irse.

Y muchos de los que se han quedado, los más valientes, los que más admiro, son la resistencia, y viven rebelados contra esta Salamanca intransigente, que gracias a la docilidad de los siervos castellanos sigue controlada por una clase dirigente que conjuga los valores del terrateniente del Antiguo Régimen con los del emprendedor hostelero del tardofranquismo.

Como forma de amor, el odio es muy potente. Tanto que me iba a llevar a realizar el mayor acto de amor-odio por mi ciudad, quizás el definitivo, quizás el que había pergreñado en mi durante décadas, de niño, luego de adolescente y de universitario. Mi acto de amor-odio consistiría en reírme de ella.

Y me reiría de ella para cambiarla, porque en el fondo de mi corazón, de ese corazón que solo sabe mirar al futuro, siempre estoy lleno de esperanzas e ilusiones sobre futuros posibles. Me reiría de todo lo que odio de Salamanca, como conjuro para cambiarla a través del sortilegio de la burla, la ridiculización, la risa.

Así que fui dejando mis sentimientos de autocompasión a un lado, y durante un par de meses me tiraba en esa cama, escuchando los gemidos fingidos de una adolescente, los gruñidos del discapacitado, frente a los ángeles y demonios budistas, y me ponía a imaginar un argumento, unos personajes, y de ahí salió La ciudad y los cerdos. 

Pero volvamos a las teorías sobre la realidad, la fragmentación y la narración. Con La ciudad y los cerdos, sinceramente, me importaba ya un pijo si el relato con inicio-nudo-desenlace se ajustaba o no a la realidad. Lo que quería era hacer un producto cultural entretenido, divertido, que fuera capaz de hacer llegar mi mensaje a un amplio público.

Porque mi compromiso aquí ya no era trasladar una realidad, como en El cielo de Pekín, sino cambiar la realidad misma.

La ciudad y los cerdos es una obra activista: pretende cambiar la realidad, y para ello recurre a estrategias comunicativas como el humor, y los argumentos con clímax.

Para ello, me propuse parodiar una guía turística de Salamanca en cuyo interior subsistía realmente una trama con muchos personajes e historias entrecruzadas al estilo de las teleseries.

Sin embargo, todavía mantenía un hilo de fidelidad con las teorías posmodernas que tanto me habían influido, y por ello, la compuse de una forma secuencial, es decir, con escenas que se sucedían al estilo de la narrativa audiovisual.

El resultado fue de nuevo una novela extraña, que apenas interesaría a lectores no familiarizados con Salamanca o la narrativa literaria, pero que sí gustó a los amigos salmantinos que la leyeron. Como era de esperar, la novela pasó sin pena ni gloria por Salamanca. Ni siquiera fui capaz de conseguir que Salamanca me odiara por mi novela. Simplemente, de nuevo, me despreció. 

Para terminar, comentaré un último aspecto de La ciudad y los cerdos. Aunque más extravagante que audaz y vanguardista, La ciudad y los cerdos también entronca con esas teorías filosóficas que tratan de desenmascarar los metarrelatos, es decir, esos discursos que los poderes imponen a la realidad para lograr fines que nada tienen que ver con el establecimiento de la verdad.

En La ciudad y los cerdos, lo que pretendía era contraatacar la propia versión que la ciudad hace de sí misma, que es básicamente una versión turística, es decir, una reinterpretación de su historia, su paisaje y etnografía para ponerlas al servicio del lucro de sus empresarios.

Como ciudad monumental y con cierta incapacidad para ser relevante en el presente o el futuro, es el pasado aquello que la ciudad ha tematizado, reelaborándolo en las formas promocionales que todos conocemos. Todo ese discurso fariseo impuesto a la ciudad, que cala en la identidad que tenemos de nosotros mismos los salmantinos, debe caer. Debe ser destruido. Y La ciudad y los cerdos es el intento loco de un individuo muy motivado y muy excéntrico (o sea, lo que viene a ser un escritor) por lograrlo a través de la literatura. 

Ahora, tocaría una frase rotunda que resuma todo el contenido de mi conferencia, Una oclusión cuya sonoridad y impacto de sus ideas sean perfectas para provocar esa sensación de final, de que hemos llegado a alguna parte. Sin embargo, esto traicionaría mis extravagantes principios ético-filosóficos, así que lo dejaremos abruptamente, tal cual: espero haberles provocado al menos una insatisfacción interesante. Gracias.

Esta entrada fue publicada el 25/11/2015 a las 8:35 am. Se guardó como Crítica, El autor, Uncategorized y etiquetado como , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

6 pensamientos en “Por qué escribo

  1. Felicidades por tu conferecia, Miguel. Me he divertido leyéndote.

    Describes muy bien algunos sentimientos que recuerdo. Yo he nacido en La Coruña pero he estudiado en la USAL y Salamanca se me ha quedado en el alma. He regresado muchas veces porque no quiero que forme parte de sólo un recuerdo. Voy de vez en cuando a “controlar” si todas las piedras centenarias siguen en su sitio. Adoro Salamanca pero también me he sentido juzgada en muchas ocasiones. Es una ciudad de verdaderos contrastes. Claro que, el no ser de allí y no vivir allí ahora, me libro de sufrirlos.

    Un texto magníficamente escrito. Gracias por compartirlo.
    Un saludo,
    Livia

    • Gracias a ti Livia por la lectura. Salamanca es una ciudad complicada de amar, efectivamente, porque te da mucho, pero también te niega mucho. En ese estado de amor y odio están la mayoría de los amigos de mi generación. Un saludo arenisco.

  2. rocioan en dijo:

    Fue todo un honor poder asistir a tu conferencia. Tus libros resultan tan curiosos como tu persona. En ellos muchas veces he encontrado ese sentimiento que tú mismo posees. He de decir que como salmantina y actualmente estudiante en la USAL, es todo un orgullo poder decir que he tenido el placer de poder conocer a un escritor también salmantino cuyos libros me han llegado profundamente al alma.
    Gracias por compartir todo tu mundo interior.
    Un saludo, Rocío.

    • Rocio, gracias por tus palabras pero sobre todo, gracias por acercarte a mis libros. A veces nos olvidamos de que un lector puede resucitar una obra tiempo después de su publicación, y que con su lectura vuelve a dar sentido al acto de escribir. Tu palabras de aliento me llegan a además en unos días en que comienzo la redacción de mi próxima novela. Las tendré muy presentes. Saludos.

  3. Me resultó muy agradable escucharte en la charla que diste, tus palabras me resultaron cercanas y veraces, cualidades que bastantes escritores no profesan.

    Muchas gracias por describirnos parte de tu experiencia, me ha resultado enriquecedor.

    No conocía tu obra pero ya te tengo en mi lista de lecturas para este año.

    Un abrazo, te deseo que sufras bastante menos en tu presente y futuro, aunque quizás del pasado ya te acuerdes menos y las comparaciones se hagan mas difíciles 🙂

    • Gracias a ti Aurelio por escuchar, espero que libros también te resulten enriquecedores. ¡Y por tus deseos! Ya sabes que en arte se busca hacer del sufrimiento belleza, así que no hay que tomarse muy al pie de la letra mi rollo de plañidera😉. Un saludo.

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