Bailar la ironía o bailar el guay

La bien querida 1

El pasado jueves fui al concierto conjunto que La Bien Querida e Hidrogenesse ofrecieron en la sala Ochoymedio para el público madrileño. Ambas formaciones sonaron como lo que son: dos referencias del pop español que se han ganado justamente su lugar por su calidad musical y talento interpretativo. Y sin embargo, mientras me bebía un par de copas y bailaba con verdadero frenesí post-semana-de-mierda, me iba reafirmando en mi opinión sobre las enormes diferencias que distancian ambas bandas, para mí representativas de dos vías muy diferentes de la escena nacional. Y es que mientras Hidrogenesse me pareció que dialogaba de tú a tú con las tendencias más contemporáneas del arte, La Bien Querida me demostraba ser muy solvente, sí, pero a través de ofrecer de nuevo la misma sensibilidad que lleva dando vuelvas por occidente desde el Romanticismo, solo maquillada de novedad por el uso de las últimas tendencias musicales del indi.

En realidad, La Bien Querida sonó muy bien en la Ochoymedio, y yo deseaba dejarme llevar a su terreno y disfrutar de su propuesta como el resto del público. Yo deseaba sentirme parte de su historia, y ser hipnotizado por esa voz encharcada de reverberación y ecos que engalana el timbre precioso y susurrante de Ana Fernández-Villaverde. Y a punto estuve de sumergirme gracias a esos míticos graves de sintetizador Moog que adornaban algunos temas, a esos timbales que el batería lanzaba con garra desde sus parches electrónicos.

Hidrogenesse y otros practicantes de religiones amigas (Astrud, Manos de Topo, Los Punsetes, Las Bistec, Los Ganglios, Ojete Calor) han marcado un hito al haber renovado la ironía con mayúsculas en la música pop española

Sin embargo al final no fui capaz. Porque en su conjunto solo acabaron evocando para mí un sentimentalismo romántico machacado, y un estilo musical demasiado usado para vender cosas al target de universitarios nacidos en los setenta y los ochenta. No es que el grupo de Ana no sea auténtico, ni honesto (que sin duda lo es): es que practica un estilo y evoca unas emociones que han sido tan utilizadas en la publicidad y el mainstream español que ya solo me remiten a la sociedad de consumo, y han quedado asociadas a tantos productos superfluos que ya no significan nada para mí. A alguien a quien a día de hoy le guste La Bien Querida lo sitúo dentro de los amantes de las variaciones sobre la repetición, actitud fundamental del público mayoritario. La gente quiere lo mismo una y otra vez, pero un poquito cambiado, y esa pequeña variación suele conseguirse a través de un afilado talento para ser guay. El jueves eso quedó perfectamente cubierto gracias al atuendo de la cantante: melena indi oficial, vestido victoriano sexy oficial a lo Björk, zapatos de charol oficiales con suelda gorda, y más que bailes, poses de póster oficial con un glamour rollo Lana del Rey. Sin embargo, lo guay no es más que una epidermis que genera la ilusión de atarnos al nuevo momento. Y así, nos permite seguir como siempre.

Por mi incapacidad para disfrutar de La Bien Querida, a nadie le extrañará que cuando hicieron mutis y comenzaran a escucharse los vocoders irónicos de Hidrogenesse estos me sonaran a cánticos serafines. Hidrogenesse entabló desde el primer momento un diálogo con la vanguardia contemporánea, al mismo nivel expresivo que cualquier obra de arte con presencia en el circuito internacional. Pronto quedó claro que, aparte del uso de sintetizadores y secuencias, poco más iban a tener en común con sus compañeros de cartel. Hidrogenesse ni siquiera son la anti-tendencia pues no son no son anti, sino alter. Contra toda la presión trendy de querer ser guay, Hidrogenesse demuestra haber logrado una deshinibición freudiana increíble. Dalinianos, andróginos en un estilo casi fascio, con Hidrogenesse sentí como la emoción de lo chocante me embargaba, y me limpiaba de esa emotividad de festival patrocinado por Heineken y Seat Ibiza. Hidrogenesse envía información. Hidrogenesse posee discurso.

Hidrogenesse 2(1)

En muchos aspectos, Hidrogenesse y otros practicantes de religiones amigas (Astrud, Manos de Topo, Los Punsetes, Las Bistec, Los Ganglios, Ojete Calor) han marcado un hito al haber renovado la ironía con mayúsculas en la música pop española. Sus juegos de referencias, su absurdo posmoderno, su emotividad anti-romántica actúan como filtros limpiadores de toda la basura cultural que el consumo y los medios arrojan cada día sobre nosotros. Ya solo como mero estímulo su ironía me resulta mucho más poderosa que las evocaciones naif de amor o desamor de Ana Fernández, pues yo no necesito el arte para procesar mis relaciones sentimentales; lo necesito para curar el pathos de mi amor y desamor por la cultura, el conocimiento y la sociedad. Para todo ese dolor cognitivo que sufrimos a diario, debido a las incongruencias que distancian el mundo cultural (en que deseamos vivir) y el real (en el que vivimos), Hidrogenesse supone cura que nos soba y deshace nuestros nudos como manos de buen fisioterapeuta. Su música logra que el anacronismo y absurdo que nuestra cultura contemporánea ejerce sobre nosotros se relaje, y así, nos reconcilia con ella y nos permite seguir amándola.

Frente al espíritu gregario alimentado por el cool del indi romántico, Hidrogenesse se ubica en un espacio donde solo caben individuos. Su estética se encuentra más allá de lo imitable, o tan solo imitable durante un grotesco carnaval. Sin embargo, uno puede aprender mucho de su actitud y practicarla en casa, en la cama, en sus relaciones sociales o sus experimentos artísticos. Se trata de la ironía como sentimiento a flor de piel, como algo que se suda, se salta, se bebe. Y así en la Ochoymedio el pasado jueves saltamos la ironía, bailamos la ironía, y hasta nos besamos y restregamos con la ironía de Hidrogenesse. Mientras, allá fuera, en la regada noche madrileña, colgaban los carteles con los rostros Mariano Rajoy y Soraya Sáenz de Santamaría acompañando su lema de campaña: España en serio.

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