Reír por no llorar. Identidad y sátira en el fin del milenio

Reír por no llorar. Identidad y sátira en el fin del milenio. Espigado

Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2017

La sátira se ha convertido en una de las expresiones dominantes de nuestra
sociedad, pero sus implicaciones sociales, psicológicas y hasta evolutivas se
hallan muy lejos de ser evidentes. Miguel Espigado aúna investigaciones de
la psicología cognitiva, la semiótica social, la pragmática, la neurociencia o
el psicoanálisis para explorar la profunda huella que el humor satírico tiene
en nuestra condición de habitantes de la era global. Sus conclusiones le
servirán para enfrentarse a tres novelas clave de tres maestros contemporáneos:
David Foster Wallace, Junot Díaz y Wang Shuo. Un retrato conjunto
que trazará un panorama trascendental de la crisis de identidad colectiva
que vivimos tras la caída de los grandes idealismos.

ÍNDICE de la obra

Archivo_000.png

Archivo_001.png

Archivo_002.png

Archivo_003.png

Introducción (extracto)

 

Un comienzo habitual al hablar de sátira consiste en declarar su origen grecolatino, y más concretamente romano. Y no por solo su procedencia, sino también por su esplendor, pues sus dos periodos de mayor florecimiento se emparentan con la edad clásica: la grecorromana, con autores como Juvenal, Horacio, Persius, Aristófanes; y la neoclásica del XVIII, con los conocidos satiristas anglo-irlandeses Alexander Pope, John Dryden y Jonathan Swift (Simpson, 2003: 49). Suele sacarse a colación la cita de Quintiliano satura quidem tota nostra estpara señalar la idea romana de que la sátira había nacido en el seno de su cultura y les pertenecía por completo (M. Schegel, 2005: 4-5); y también a Diomedes, quien hace notar su naturaleza particularmente romana: satura dicitur carmen apud Romanos” (Knight, 2004: 16). También se suele partir del significado de su nombre latino “satura” para arrancar definiciones, pese a que su etimología resulte poco clara. Su raíz viene a significar lleno de mezclay se aplica tanto a pilas de sacrificio rellenas de hierbas diversas, como a salchichas compuestas de varias carnes o a una ley que contenga códices de variados intereses (M. Schegel, 2005: 4-5). De hecho, muchos latinos relacionan sátira con juegos de tipo no literario, de manera que ya desde el principio el concepto trasciende la mera terminología crítica para aludir a un modo discursivo del uso habitual del lenguaje (Habiner, 2005:177). En armonía con estas definiciones históricas, hoy en día consideramos la sátira como una herramienta comunicativa basada en un estado mental básico, anterior e independiente de cualquier género discursivo o artístico. Pese a que la tradición léxica del término la tienda a ligar a un género cultural, esta posee una naturaleza autónoma al utilizarse como herramienta en las comunicaciones ordinarias, y por ello responde a normas relacionadas con nuestro orden evolutivo e inteligencia emocional y cognitiva, no tanto a convenciones establecidas en base a las similitudes de un corpus de obras.

Pese a ello, en la actualidad muchos siguen abordando la sátira exclusivamente como género literario, asumiendo como verdades incuestionables que, en primer lugar, la sátira es literatura, y en segundo lugar, que la sátira es un género de aquella. Cercanos a estos planteamientos son quienes han teorizado específicamente sobre la sátira en la novela, dotándola de unas características distintivas fruto de su adaptación al formato literaria, aunque como Knight contrasta, poseen en realidad centros muy diferentes. El enfoque de personajes y conciencias individuales, y la exploración de protagonistas de las novelas difícilmente casa con la tendencia de la sátira al juicio social de una cultura al completo (2004: 204). Para Knight y para nosotros, la sátira responde a una pulsión más primitiva, fruto de una predisposición humana de encontrar un objeto de ataque apropiado para personificar su sentido del mal y la estupidez, y representarlo de una determinada manera para volver manifiestas sus cualidades condenables (3).

Nuestro interés por entender la sátira como una forma de comunicación y no un mero género artístico nos han llevado a buscar una definición completa en ramas que van de la psicología a la lingüística, de la filosofía a las teorías evolutivas. E inevitablemente, nuestra primera reflexión debe dirigirse a denunciar la gran dificultad que presenta describir el fenómeno para cualquiera de ellas. Hurley, Dennet y Adams, coautores de Inside Jokes, comienzan su estudio con una broma muy significativa. En 2010, nos comunican con solemnidad que ellos mismos daban los últimos retoques a su modelo evolutivo-neurocomputacional, donde parecía que no solo habían desvelado los mecanismos neuronales del humor sino que durante el proceso habían dado con una fórmula para generar estímulos humorísticos de todas las variantes. Inmediatamente después de este insólito anuncio, los propios autores se desdicen y lo declaran todo una broma, desvelando que solo se trataba de llamar la atención sobre la extrema improbabilidad de que alguien logre jamás reducir a un algoritmo la fórmula del humor, y lograr un modelo teórico definitivo para un fenómeno que se halla fuera del alcance de la sistematización rigurosa de las ciencias puras (Hurley, 2011: 11). Salvatore Attardo, uno de los estudiosos y teóricos más citados en el campo, también dedicará una parte importante de la introducción de su seminal tratado Linguistics Theories of Humor a denunciar esta dificultad y citar algunos escollos que desaniman a la investigación del humor; entre ellos, el hecho de que no haya contado tradicionalmente con una rama específica de estudios y por tanto las aportaciones vengan desde un conjunto de disciplinas muy heterodoxo (1994: 15). Tal dificultad, como también señala Jerry Farber, ha provocado que la mayoría de los comentaristas del mundo de la cultura, académicos incluidos, eviten valerse de teoría alguna para analizar una determinada pieza humorística (2007:2).

Pero sin duda el misterio más fascinante en la elaboración de una teoría sobre el humor reside en la eterna cuestión de si éste posee un patrón universal o, en cambio, una definición absoluta resulta imposible debido a su naturaleza intrínsicamente cultural. En nuestra propia investigación hemos comprobado cómo las teorías sobre el humor recorren un abanico de soluciones que van de lo sistémico a lo más “humanopasando por lo orgánico. Entre las más conceptuales se encontrarían las criticadas por Tsakoma, que tienden a concebir el humor a partir de realizaciones como el chiste, y lo analizan según criterios estructuralistas, de forma similar a la gramática de una frase. De algún modo, estas tratarían de revelar las relaciones lógicas entre elementos de un sistema abstracto, en búsqueda de determinados universales de funcionamiento de la secuencia humorística verbal, y en similar línea lógico-resolutiva, encontraríamos algunas teorías de la incongruencia. Después, avanzando hacia lo humano”, situaríamos los estudios fisiológicos que penetran en el terreno orgánico, pero se limitan a indagar las partes del cerebro implicadas en los procesos de asimilación y creación humorística y sobre todo de su manifestación más física, la risa. Un paso más en esa dirección y daríamos con las explicaciones que van desde la antropología y la ciencia evolutiva, e indagan las claves del fenómeno en el marco de nuestro comportamiento como especie, con constantes comparaciones con el mundo animal más emparentado. Y finalmente, nos encontraríamos los postulados basados en la conducta, donde se incluirían las teorías del alivio y la superioridad, con especial preponderancia de Freud y Bergson, cuyo protagonismo aún 100 años después de sus intervenciones (y cierta pérdida de prestigio) sigue siendo incuestionable en este campo. De todas ellas daremos cuenta en la exhaustiva definición que ofrecemos en este libro; pero antes, debemos explicar la razón que nos ha empujado a elegir tres novelas concretas para caer a fondo sobre cómo la sátira ha definido las identidades del cambio de milenio.

Cada día las sociedades contemporáneas vuelcan una inmensidad de material satírico en todos los formatos, ante un público cada vez más globalizado. Para comprenderla se necesita conocer los contextos sociales desde los que se diseña, pero también un sentido universal del humor, desde el bagaje que compartimos por la homogeneización de la experiencia vital en el presente. Comprendemos mejor las sociedades ajenas gracias a la globalización de la experiencia humana y los universales que nos unen como especie. Pero a la vez, cuando tratamos de entender las ironías de un dominican york como Díaz o un liumang como Wang Shuo, tomamos conciencia de que sin profundizar en los particularismos de cada colectivo, no hay posibilidad de una comprensión mutua profunda.

Haz el favor de no llamarme humano, de Wang Shuo, La broma infinita, de David Foster Wallace, y La maravillosa vida breve de Óscar Wao, de Junot Díaz, entre la ilimitada oferta de películas, programas de tv, cómics, novelas o series que hoy conforman el cosmos satírico internacional, solo pueden tomarse como un pequeño botón de muestra de la sátira actual. Sin embargo, sentimos que a través de ellas podemos profundizar en algunas de las claves más importantes que han definido al yo social en esta nueva era. Los tres autores se valen del mismo sentido universal de la justicia, la igualdad y el bien común para guiar su acerado ataque contra los males sociales, y comparten una misión: desvelar las verdades incómodas (a menudo insoportables), que laten tras el telón de normalidad. Ya que el efecto humorístico solo se produce si el receptor está dispuesto a aceptar, aunque sea temporalmente, el sistema de valores en que se basa, reírse con Wang Shuo, Díaz y Foster Wallace supone reafirmar nuestra fe en la ética universal de los derechos humanos, aunque ninguna de ellos construyan una moralidad alternativa.

La suma de sus visiones cubrirá una amplia parcela de nuestro presente, al menos si concebimos el mundo como un espacio cuyas divisiones más relevantes se deben a la economía y no a la geografía, pues cada una de estas novelas nos da cuenta de un estadio diferente del desarrollo de la sociedad capitalista. La maravillosa vida breve de Óscar Wao nos habla del subdesarrollo del pueblo dominicano y su comunidad de expatriados, integrados como emigrantes capitalistas pero lastrados por un sistema patrimonial de valores. De la nación en plena explosión de desarrollo económico nos deja testimonio la China de finales de los 80 de Haz el favor de no llamarme humano, a punto de llegar a ese momento crítico en que su vertiginoso paso del comunismo a la sociedad de mercado se encontraba a punto de explotar. Y del imperio que marcó el ritmo y la personalidad de nuestra era, se nos ofrece el retrato distópico en La broma infinita, con unos Estados Unidos donde se acentúa la deriva más perversa de la contemporaneidad. Se trata de tres mundos que se comunican y desarrollan tres políticas representativas de los regímenes que han desembocado en el capitalismo avanzado: la república democrática por antonomasia, los Estados Unidos, sociedad de vanguardia que abre brecha de la edad capitalista; la potencia comunista en su momento de conversión a la sociedad de mercado, China; y la dictadura dominicana de herencia colonial cuya sociedad se desintegra en una experiencia diaspórica, mientras su territorio patrio queda anclado en el subdesarrollo.

La sátira abarca por tanto una diversidad de situaciones políticas y económicas, pero es en la experiencia humana, en toda su subjetividad, donde demuestran su mayor capacidad expresiva. Y lo que revelan tener en común las vidas de sus protagonistas se define con una palabra: alienación. Haz el favor de no llamarme humano expande su retrato a todo un mosaico social fruto de ese ruido rojoproducido por el choque de eslóganes y campañas de civilización espiritual contra el ruido de la fragmentación social, la descentralización política y económica, la anarquía, la descomposición y la deconstrucción nacional que se produjo durante los alocados años de crecimiento económico chino de los ochenta. La sátira define mejor que nada ese mundo picaresco, donde un caos radical se extiende a todos los ámbitos de la vida, y prosigue el legado deshumanizador del maoísmo. Los procesos de alienación, nos anuncia Wang, lejos de haber concluido, alcanzan nuevas cotas gracias al poder de las telecomunicaciones y la nueva locura empresarial. Mientras, La maravillosa vida breve de Óscar Wao convierte en protagonista a una familia de dominicanos naturalizados en Nueva Jersey, cuya emigración no les ha librado de una vida abocada a la desgracia. El pasado infernal del régimen trujillista, lejos de haber concluido con la muerte del dictador, todavía determina la vida de los hijos de la diáspora, cuyos padres se verán incapaces de superar los traumas vividos durante su juventud en la República Dominicana. En el gueto norteamericano, la sexualidad heteronormativa tradicional se impone como patrón de conducta tanto a hombres como mujeres, uniéndose a su situación de pobreza y discriminación racial para coartar más si cabe la libertad y las oportunidades de realización personal; una visión de los Estados Unidos que casa con el retrato que La broma infinita hace de su sociedad real y simbólicamente enferma, cuyos habitantes viven atormentados por las adicciones, la depresión, la invalidez o la locura.

La sátira se distingue por su capacidad para transformar el mundo al que alude, y cuando se junta con otros modos narrativos igualmente reivindicativos como el testimonio, redobla ese efecto. Sus implicaciones como acto de libertad cobran especial relevancia cuando sus autores trabajan desde sociedades que han sufrido violentas represiones y censuras, como la República Dominicana de Trujillo, o aún las experimentan, como la República Popular China. Y a esta represión directa se suma otra más subliminal en territorios que han legalizado la libertad de expresión, como los Estados Unidos: la que provoca la alienación de la población, cooptada por los discursos a través de los cuales los poderes imponen su sentido de la realidad. Además del desafío a la ley que supuso la publicación de Haz el favor de no llamarme humano, o la restitución de la verdad histórica que se impone en La maravillosa vida breve de Óscar Wao, ambas comparten con La broma infinita el objetivo de desestabilizar esos discursos convencionales que mantienen a la sociedad pacificada. La sorpresa y el divertimento de una sátira vienen dados porque sus formas nos desvelan aspectos que identificamos como latentes en nuestro conocimiento sobre el mundo, pero que no habíamos racionalizado previamente. En consonancia, la fuerza transformadora de estas novelas no se basa en desvelar al lector aspectos desconocidos de la sociedad, sino en volvernos consciente a través del reconocimiento del humor de aspectos criticables que le habían pasado desapercibidos o sido escamoteados a través de los discursos impuestos por los poderes fácticos. Por ello puede decirse que la sátira, más que descubrir verdades, las libera.

La ironía se convierte en la herramienta más utilizada en el discurso satírico de nuestros novelistas. Incluso Foster Wallace, aunque se preocupe de denunciarla como actitud existencial de descreimiento cínico, la utiliza constantemente como estrategia verbal. Lejos de limitarse a significar lo contrario de lo que expresa, la ironía permite a los autores hacer coexistir sentidos múltiples que producen una multiplicación semántica. Pero es que además las sociedades retratadas también quedan definidas por su uso de la ironía; la actitud nihilista propugnada por la actitud auto-paródica de la televisión se descubre como un rasgo definitorio de la sociedad estadounidense contemporánea de La broma infinita. En el ánimo satírico radical de Wang Shuo también identificamos una actitud generacional, propia del nihilismo profesado por la sociedad liumang que respondió al caos provocado por la violenta transformación de la Revolución Cultural a la Reforma Económica, y llenó de descreimiento, cinismo y ansias de libertinaje a un sector urbano. Por su parte, la ácida ironía con que el narrador Yunior nos cuenta la historia del pueblo dominicano en La maravillosa vida breve de Óscar Wao, en sí misma constituye un rasgo fundamental de su comunidad, que se ha valido de la ironía y el sarcasmo para transmitir su trágica situación y pasado sin el coste emocional que supondría narrarlo en su versión más cruda. La novela por tanto copia la utilización constante del humor de la que se vale la comunidad retratada para hacer circular historias y emociones traumáticas que de otro modo quedarían relegadas al silencio y la represión, cumpliendo con su papel de mecanismo liberador de tensión emocional (excepto, claro, para los satirizados).

Pero Díaz, Wang Shuo y Foster Wallace no se detienen allí donde el humor aporta ligereza y distanciamiento, sino que exageran lo patético hasta tornarlo esperpéntico, y dejan al desnudo el cruel absurdo en que la sociedad vive sumida, la gratuidad desquiciante de la maldad, el egoísmo y el sinsentido con que los hombres se destruyen los unos a los otros. Y cuanto más violenta y dramática es la situación narrada, más espejos deformantes interponen para tornar la mascarada en un monstruoso carnaval sobre la miseria y la locura humanas. Se trata de un tratamiento espectacular que contemporiza con la estética actual de la violencia, convertida en uno de los pilares de la industria del entretenimiento audiovisual. La crudeza y el realismo en lo escatológico, sanguinario, traumático o agresivo se exageran hasta llegar a su extremo más artificioso, y como lectores asistimos a este espectáculo debatiéndonos entre el disfrute y el extrañamiento, pero muy lejos de la risa.

Son giros a lo grotesco que casan con una fantasía que también los autores toman prestada de las comunidades que retratan. Haz el favor de no llamarme humano se contagia de cierta vigencia de creencias pre-científicas, al igual que sucede, con mucho mayor protagonismo, en La maravillosa vida breve de Óscar Wao. Díaz mezclará el pensamiento mágico de raíces populares que tanta fama literaria ha dado al Caribe con ese este sistema de creencias con la mitología pop proveniente de la cultura de entretenimiento originada en los Estados Unidos que se conoce como cultura nerd. Estas referencias parecen tener un papel similar al que desempeñó la cultura grecolatina, configurando todo un sistema de mitos que concentran gran capacidad simbólica para los iniciados. En la misma línea de fantasía pop, Foster Wallace proyectará su ficción hacia un futurismo distópico donde la contemporaneidad se expande hacia sus peores consecuencias, principalmente medioambientales. Y en la estela de la ciencia-ficción, ofrecerá al imaginario colectivo un nuevo escenario semi-apocalíptico de nuestro futuro cercano.

El retrato de la dictadura de Trujillo realizado por Díaz se basa en testimonios que ya han naturalizado muchos clichés, y el tono fabulesco con que la novela trata el pasado contrasta con la vigorosa estética realista con que se retratan las realidades presentes que el autor conoce por experiencia directa. En David Foster Wallace la sátira de la representación no se centrará tanto en los estereotipos sociales como en los ficcionales, aquellos que componen esa realidad alternativa audiovisual en la que la población estadounidense vive instalada gran parte del día a través de la televisión. Los personajes de La broma infinita se permiten la debilidad de sumergirse en los esquemas emotivos básicos pero placenteros de los clichés seriales y cinematográficos, no porque crean en ellos, sino por el placer que les provocan. Asimismo, en la sátira de Wang Shuo, la teatralidad en los comportamientos de la sociedad de Haz el favor de no llamarme humano parece determinar que no importan tanto los actos como su escenificación, de modo que la propia realidad se convierte en una representación de sí misma. Así, se satiriza cómo la exagerada presión propagandista y protocolaria del régimen comunista ha provocado que los discursos hayan sustituido a la propia realidad con su manto interpretativo. Calificada como antialegórica, esta novela parece principalmente dirigida a denunciar y subvertir los estereotipos y discursos de décadas de ficción y cultura doctrinaria y propagandística en China. Haz el favor de no llamarme humano surge en un momento en que su sociedad se halla en pleno proceso de desmitificación del yo revolucionario y en la emergencia de un sujeto no maoísta. Se tratan todas de novelas antialegóricas, en las que el mito del nacionalismo construido a través de las excelencias raciales y riquezas exclusivas de una nación, quedará ampliamente denostado.

Han quedado expuestas algunas de las indagaciones esenciales que guiarán este libro. Sin embargo, solo cuando atendemos a los textos originales en detalle, logramos aprehender toda la originalidad y significación de su obra. Volveremos al arte, una y otra vez, y nos perdernos en nuestras búsquedas de conocimiento, pero sus verdades más importantes solo podrán vivirse, esto es, comprenderse a un nivel subjetivo. No puede haber mejor introducción a este trabajo que el humilde reconocimiento de la magnitud de la literatura para superar a la ciencia en la enunciación de las verdades humanas. Ofrecemos por tanto una nueva incompletud, un nuevo sesgo que a su vez acumula los límites que los propios autores jamás pudieron traspasar. Pero lejos de frustrarnos, la imposibilidad real de concluir el trabajo de enunciar el sentido del mundo redobla nuestra fe en la literatura. Ahí reside la magia de las Humanidades, y de esa magia se constituye el lugar donde vive nuestro conocimiento. Por ello nos sentimos muy satisfechos de poder ofrecer a continuación una visión muy detallada de algo que no se acaba nunca.

Entre lo excepcional y lo transnacional

Antes de entrar en materia, creemos importante dar una mínima explicación de los compromisos metodológicos que guían este libro. Hoy ya nadie niega la naturaleza social de los enfoques de los investigadores y su consiguiente condicionamiento de las verdadesque producen, frente a la falsa idea de que la ciencia estableció hace siglos un estándar incuestionable de verdad que, una vez interiorizado, se aplica de forma universal. En ese sentido, resulta reveladora una reflexión de Gauch: pregunta a un científico cómo concibe que debe ser su método, y este adoptará una expresión solemne y a la vez esquiva, porque en realidad se estará preguntando cómo disimular el hecho de que en realidad no tiene una opinión al respecto(2003:10). Para evitar ese error, nosotros sí queremos dejar constancia de la forma de investigación en la que hemos decidido creer.

Por lo que respecta a lo histórico, nos unimos al consenso entre una parte determinante de los estudiosos actuales que rechazan enfoques que adaptan el conocimiento literario a intereses nacionalistas. Nos sumamos a Linda Hutcheon cuando dictamina que el hecho de que la escritura de la historia literaria sirva para intereses políticos se ha tapado a menudo con alegaciones de fines educativos o mediante una retórica y un tono de objetividad científica” (2006: 239). Nos sumamos también a George Steiner, quien llamó la atención sobre cómo en todas partes la historia de los estudios literarios modernos muestra la marca de este ideal nacionalista de mediados y finales del siglo XIX (237). Y a Bhabha, quien incidió en cómo la fuerza narrativa y psicológica que aporta la identidad nacional a la producción cultural y la proyección política es el efecto de la ambivalencia de la “nación” como estrategia narrativa. Como aparato de poder simbólico, produce un continuo deslizamiento de categorías” (2006: 71). Muchos más podrían citarse.

Por supuesto, sí hay épocas para las que la Filología posee una razón de ser. Cuanto más nos remontamos en la historia posterior a la caída del Imperio Romano, s sentido tiene esta acotación territorial de los estudios literarios. La dificultad extrema de las comunicaciones, las barreras idiomáticas, el dogmatismo religioso y moral, el clima de fanatismo e intransigencia intelectual, el hermetismo de las sociedades premodernas y su aislamiento son algunas de las causas que explican los particularismos territoriales de la literatura del pasado. Unido a la parquedad del corpus grecolatino superviviente, las influencias entre estas tradiciones artísticas aisladas eran fácilmente rastreables, por lo que el sistema filológico no solo servía bien a los intereses del estado sino que también resultaba el más riguroso posible.

Con todo, tampoco se puede negar la existencia de las naciones en el presente ni su poder de unificación cultural. Coincidimos con el punto intermedio que encuentra Lambert al afirmar que, aunque no esté organizada de forma explícita, la estandarización es la consecuencia normal de que las personas vivan juntas, no sólo en una nación sino en todos los niveles sociales, incluso en la familia. Sin estandarización o convencionalización no hay comunicación. Y además, cada estandarización también genera desestandarización: tan pronto como los niños sienten que los padres condenan una palabra, juegan el juego del “conflicto del lenguaje” y desde el mismo momento en que van a la escuela, prueban a utilizar palabras dialectales y otras formas poco ortodoxas. Además de las diferenciaciones lingüísticas cada vez más rápidas y de las corrientes antagonistas sobre literatura y artes, la mayor parte de las sociedades también se caracterizan por tradiciones artísticas y lenguajes autóctonos más antiguos, prenacionales, de manera que lengua, nación y literatura están poco sincronizadas. (2006: 122-123). Cierto es que la versión nacional de una cultura es un constructo, pero es que estas novelas son un constructo también, narraciones que se contagian de otras narraciones y relatos, y no se construyen por mera observación directa de la realidad sino filtradas por patrones de comprensión previamente adquiridos. Y las obras que analizamos también están contaminadas por los mismos clichés intelectuales que los estudiosos se esfuerzan por evitar.

Claramente, nuestro contexto cultural afecta a nuestra forma de estudiar la realidad. Pero es que en literatura el contexto cultural es la realidad misma que se estudia. Para un biólogo es obvio que la evolución de las especies no se ve alterada por el cambio del paradigma cultural, que solo afecta a la mirada que el hombre vierte sobre el fenómeno. Sin embargo, la literatura es un hecho cultural y se puede decir que los mismos factores ideológicos que influyen en los estudiosos son también aquellos que influyen en los escritores. Eso provoca que, quizás, los mejores métodos literarios sean sincrónicos a la literatura que aborden. Por tanto, resulta lógico que la Filología mantenga su validez como herramienta para analizar la literatura barroca, dado que su idiosincrasia sí coincide con la imperante en la época en que se fraguó la literatura de siglos anteriores. Pero, por lo mismo, resulta igualmente claro que para estudiar nuestro presente se vuelven necesarias otras herramientas más universales.

Por supuesto, el estudio global de la literatura no es nada nuevo, como tampoco la globalización. La weltliteratur de Goethe es invocada muy a menudo con el idealismo de quien aún la considera la estrella polar de un movimiento intelectual sin fronteras. Sin embargo, Shöning nos habla de la desvirtuación histórica que ha sufrido el concepto original tal y como Goethe lo transmitió a Eckermann en 1837, donde Weltliteratur se oponía claramente a literatura nacional (2006:314). En realidad, la literatura comparada que surgió a raíz de este pensamiento, deseaba superar las fronteras nacionales, pero, por otro lado, ratificaba su existencia (Romero López: 2006:13). Hutcheon subraya que sus orígenes se encuentran tan profundamente enraizados en la noción romántica alemana del Volksgeist, o en las características particulares de una nación, como lo están los de la narrativa nacional única (…). La propuesta teórica inicial de Goethe, en 1827, de una Weltliteratur, fue ciertamente una respuesta al contacto cada vez mayor entre las naciones europeas a causa del comercio y la comunicación. Pero su reconocimiento de la diversidad cultural se fundamentaba en las premisas de la creencia en características separadas y distintas de las culturas individuales de cada nación” (2006: 289).

Linda Hutcheon introduce aquí un tema capital para aquellos que deseamos comprender la literatura en el siglo XXI: la confrontación de los estudios literarios con la globalización en cuanto a fenómeno y en cuanto a teoría totalizadora. Las objeciones más inmediatas vienen a recalcar el carácter antiguo de la globalización frente a la falacia de estar viviendo una revolución de contemporaneidad”, según transmite cierto discurso generalista sobre el presente. Hutcheon sigue a Edward Said cuando señala que la gran experiencia de los últimos doscientos años es global y universal y ha implicado cada rincón del planeta, así al colonizador como al colonizado. El imperialismo europeo creó una red de obligaciones globalesque compite con cualquier red de comunicaciones electrónicas y de capitalismo transnacional que se haya producido hoy; y no solo, pues imperios anteriores a los europeos sirvieron como centros globales durante siglos (2006: 282). Y Paul Jay continúa por la misma línea cuando niega que el giro trasnacional de los estudios literarios y culturales se deba simplemente al desarrollo reciente que hemos llamado globalización, cuando su comienzo debería cifrarse al menos en el siglo XVI, cuando el colonialismo europeo comienza a tejer sus redes (2010:10).

Con todo, pese estas puntualizaciones sobre su falta de actualidad, la creencia de que nuestro tiempo posee un carácter excepcionalmente global no encuentra resistencia, si bien se considera que en otras épocas del pasado ese repunte también se ha dado. Rodhes, especialista en american studies, concluye que existe una fase nacionalista en la literatura americana que abarca de 1865 a 1981, mientras que la actual fase transnacional tiene más en común con periodos de escritura en las postrimerías de la guerra de la Independencia, cuando los límites nacionales estaban mucho menos asentados (2012: 906).

Por tanto, tan cierto es que la globalización lleva siglos en funcionamiento como que sus efectos se dejan sentir con muchísimas diferencias de intensidad entre las diferentes etapas y territorios afectados, pues existen épocas de mayor sinergia y otras de mayor aislamiento. Solo con volver la vista al caso chino basta para encontrar grandes irregularidades en el espacio y el tiempo. Wang Ning se remite al racionalismo marxista para establecer el umbral de la globalización, aunque no deja de señalar que la globalización en China es un evento contemporáneo y posee un origen occidental. (1997:585). Desde el comienzo de 1990, Como fenómeno económico, la globalización como teoría se suma a las tendencias críticas y culturales que han estado penetrando en el país desde el comienzo de los años veinte. Sin embargo, muchos intelectuales chinos siguen viendo la globalización” como algo relacionado solo con la capitalización y las multinacionales, que no casa con la sociedad aún pobre y subdesarrollada predominante en gran parte de su territorio, y la tratan con las mismas reservas que otras importaciones de occidente (585). Por otra parte, entre los que sí consideran su impacto existe la creencia de que una cultura manufacturada, comercial y dirigida al consumo va en contra de sus valores tradicionales de sublimación y elegancia cultural. Algunos académicos se muestran críticos y temerosos del impacto de la cultura de consumo traída por la globalización, y tratan de oponerse en su campaña por salvar el espíritu humanístico de la crisis en la que se ve sumido (592).

Paradójicamente, una resistencia asentada en valores intrínsecos y genuinos de la identidad china encuentra similitudes con otras vividas en Estados Unidos, considerado por muchos el crisol de donde irradian todos los fenómenos de la globalización”. En el seno de la comunidad de los american studies se ha generalizado el debate en torno al concepto exceptionalism. Evan Rodhes señala que descubrir el genuino “carácter americanoes consustancial a los fundamentos de los estudios que surgen en las condiciones históricas de la Guerra Fría (2012: 899). Se cita como representativa la posición de Robyn Wiegman, quien alerta de que la celebración de la fluidez de identidades transnacionales no repara en las depredaciones y el coste humano de la dislocación que el flujo global del capital imponen, y solo supone otra crítica más al excepcionalismo americano dentro de un debate agotado (409).

Sin embargo, Rodhes concluye que, al igual que en el caso chino, nunca antes estuvo tan justificado el enfoque trasnacional para abordar la lectura nacional de la cultura americana. Ratificando lo anterior, nosotros seguiremos a Linda Hutcheon, quien defiende algo intermedio entre excepcionalismo y enfoque transnacional, llamando la atención sobre la necesidad de replantear los estudios literarios atendiendo a las nuevas condiciones socioeconómicas:Cualquier modelo histórico-literario alternativo debería tener en cuenta los desplazamientos demográficos y económicos y las relocalizaciones diaspóricas, importantes desafíos para la fácil nostalgia de cómoda totalización y teleología ofrecida por el modelo único de la narrativa evolucionista nacional” (2006: 287). De eso, exactamente, vamos a ocuparnos.

El nivel de abstracción

Para terminar esta introducción, queremos añadir una última reflexión sobre el nivel de abstracción que nos permitiremos. Nuestra experiencia en Teoría de la literatura nos ha hecho desarrollar un fuerte sentido crítico contra la aplicación de sistemas filosóficos complejos al análisis literario, sobre todo cuando tales fueron concebidos como cerrados en sí mismos, solo comprensibles si se relacionan con los autores y obras del canon filosófico occidental. Y lo mismo nos lleva a no hacer del posmodernismo una brújula, ya que, en nuestra opinión, resulta el ejemplo perfecto de teoría desdibujada por un corpus inabarcable y contradictorio. Bajo el paraguas del posmodernismo, se han desarrollado los mayores excesos del teoricentrismo, y su teoría ya no parece destinada a explicar el mundo, sino que el mundo parece destinado a servir como material para enriquecer, agrandar y hacer cada vez más compleja la teoría. Pese a su frecuente denuncia del positivismo histórico, el posmodernismo se ha convertido en algo similar al Romanticismoo el Renacimiento, con todo el reduccionismo que eso conlleva. Muchos de sus presupuestos más significativos, además, son comunes al clima general del pensamiento, y no hay ninguna necesidad de reivindicarlos explícitamente desde su etiqueta.

Trataremos además de evitar caer en los abusos de libertad motivados por el misreading que se hace de teorías que relativizan la validez del método científico, en consonancia con numerosos objetores, como Philips (2001: xi), Söoning (2006:14), o Gauch, quien advierte de cómo se ha puesto de moda entre relativistas, escépticos y filósofos posmodernos comenzar las investigaciones afirmando que no hay principios de racionalidad en los que pueda confiarse para acceder a la verdad (2003:4). Para sortear esas dificultades, acudiremos a otras áreas como las ciencias sociales o la psicología, en las que el nivel de abstracción suele ser menor, por lo que su aplicación como herramienta teórica resulta más limpia e inequívoca. No deseamos usar una teoría subjetiva para crear teoría sobre otra subjetividad como es la literatura.

Identificados estos peligros, queda llamarnos la atención a nosotros mismos sobre el caso contrario; cuando la investigación se vuelve tan particular y prosaica que acaba perdiendo su valor como conocimiento. En ese sentido, consideramos valiosas las críticas que Bernard Philips hace a la sociología, y creemos aplicables a los estudios literarios. Según el autor, su fallo para empatizar con conceptos de alto nivel de abstracción deriva de la relación de la disciplina con la filosofía, de la que ha querido distinguirse enfatizando su enfoque empírico. Este hecho ha conllevado, en ocasiones, su inoperancia para abordar la época moderna (Philips, 2001: 28). Este especialista considera que son las falsas pretensiones de objetivismo a través de sistemas matemáticos/cuantitativos las que lastran la necesaria capacidad para establecer verdades más generales y relacionadas a través de un lenguaje de abstracción. En realidad, el sociólogo no cuestiona los métodos de recogida de datos sino que estos no sirvan luego para generar inducciones que se valgan de todo el potencial del pensamiento crítico y abstracto. Por ello, nuestro estudio literario va a tomar esa dirección: primero nos concentraremos en crear una herramienta objetiva de definición con ayuda de las humanidades, y las ciencias sociales y de la salud. Y después será el momento de usar todo nuestro poder de abstracción para aplicar dicha herramienta a las obras que nos competen. Empecemos, pues, con la definición.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s