La ciudad y los cerdos

La ciudad y los cerdos

En la vetusta Helmantic City, una fundación creada por un empresario jamonero decide contratar a un variopinto grupo de figuras de la comunicación para realizar una guía visual que ensalce las virtudes históricas y gastronómicas que tanto enorgullecen a las autoridades locales. Pero la normalidad saltará por los aires cuando los actores de esta fábula descubran sus intereses inconfesables, dejando al descubierto la crisis salvaje que late bajo las apariencias de prestigio y prosperidad con que la ciudad monumental se vende al mundo. La innata capacidad de observación de Miguel Espigado trabaja en esta ocasión para componer una novela sembrada de humor e ironía, que deposita su fe en la sátira como la corriente narrativa fundamental para abordar las convulsiones de nuestro tiempo. O como aconseja uno de sus personajes: “la verdad no importa, lo único que importa es la realidad. Y para mostrar la realidad, más te vale contar unas cuantas mentiras.

Otros han dicho…

 

Nuestro autor parece estudiar el lado más oscuro y vidrioso de aquel lema charro que todo universitario debiera conocer “Quod natura non da Salmantica non praestat”. La monotonía, la pobreza, la vulgaridad de la vida sencilla que se presupone a esta ciudad de provincia queda devorada por la avaricia, la gula, la sordidez o el hedonismo desenfrenado. El tono irreverente de la narración y el modo de componer de Espigado convierten el tipismo enervante en espejo de miseria a partir de un volteo satírico o como gusta decir un personaje “la humanidad es como una de esas pinturas 3D: hasta que no la miras desenfocada y turbia, no ves su verdadera forma”. La verdad, o al menos su espejo, está en el fondo del vaso, como decía ese gran personaje dramático de Valle Inclán al que apunta la homonimia del director Max y su radical ataraxia final. Miguel Espigado nos ofrece a vuelta de frase toda la cochambrosa ordinariez de la mundana vida, sin aspavientos ni aparente crueldad, con simulada asepsia.

Hay hallazgos notables como la descripción a través del recorrido de un barrendero de los arrabales conformados por chalés adosados donde las banderas nacionales “ondean en palos de fregona” o el discurso sagaz y suicida de Max Francia en la Universidad. Aparte queda la incisiva mirada del autor para abordar las cuestiones sociales más actuales poniendo en sana y desmitificadora solfa algunos aspectos de los movimientos asamblearios, la disquisición sobre el nuevo tipo de parado o los desternillantes consejos para manifestarse.

Francisco Estévez, en El Imparcial

 

Espigado parte de un planteamiento que recuerda un poco a las últimas películas de Berlanga (Moros y Cristianos, Todos a la Cárcel) ; es decir, todo surge a partir de la organización de un proyecto, en apariencia bienintencionado, por parte de las autoridades o empresarios locales – en este caso, la realización de un documental que ensalce las bondades del pueblo jamonero – pero que en realidad no es más que una pantalla tras las que esconder sus turbios manejos o un plan oculto del cuál pretenden salir beneficiados. Sin embargo, esta asunto será el detonante, la chispa adecuada, que ponga al descubierto todas las miserias de los implicados en el asunto. También comparte con Berlanga el rápido desarrollo de una serie de tramas que se van empujando e interrumpiendo la una a la otra hasta desembocar en el desastre absoluto, el caos o el desmadre total; en definitiva, nada sale bien y los presuntos implicados no sólo no consiguen su propósito sino que además salen bastante perjudicados o muchos peor que estaban antes.

Joseph B. Macgregor en Mundo Macgregor

 

Si el Nobel Mario Vargas Llosa tiene un libro titulado La ciudad y los perros, ¿por qué no iba a escbrir uno Miguel Espigado y titularlo La ciudad y los cerdos?

Redacción en Devaneos

 

El tema aquí no es otro que la reve­la­ción de la mecá­nica del turismo, como quien mano­sea una lám­para mara­vi­llosa al arru­llo de la reali­dad coti­diana. Sor­prende por ello la elas­ti­ci­dad del autor para no caer en el relato luga­reño y lechoso, máxime cuando una espe­cie de piro­tec­nia narra­tiva basada en la glo­ri­fi­ca­ción del dato y el sen­tido del humor levanta una car­to­gra­fía ani­ma­lista y sen­ti­men­tal de la cara B de Hel­man­tic City. Una cara B atra­ve­sada por ape­ti­tos incon­fe­sa­bles, teo­rías cons­pi­ra­ti­vas y mugi­dos de arti­maña muy bien escritos.

Runty Molusco en Koult

 

Nunca el jamón resultó tan siniestro como en esta novela de Espigado. El jamón resulta aquí motor de la economía y metonimia de la corrupción, la física y, sobre todo, la moral. El jamón es untuoso, el jamón pringa. El jamón se convierte en una sustancia contagiosa y globalizada. Aquel que lo toque o lo coma puede acabar convertido en un zombi, su carne es purísima economía sumergida y pelotazo.

Javier Moreno en Microrrevista

 

 

 

 

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