Por qué dejé Facebook en 2018 y abrí un blog en 2020

Fui fanático de los blogs en la primera mitad de los 2000, cuando se convirtieron en los espacios literarios más dinámicos de Internet. Su popularización fue tan explosiva como todo lo que luego nos acostumbríamos a llamar viral. La mayoría de las escritoras y escritores practicamos el bloguismo en esa época.

Los veteranos se lo tomaron como un espacio para autopublicar las formas más periodísticas de literatura, como el columnismo o la crítica. Y yo, por entonces, todo lo que quería era escribir donde esos maestros: crítica en ABCD, novelas en Anagrama y columnas en El País. El blog se me antojaba como un milagroso atajo para abrirme un camino hacia la ansiada celulosa y, de paso, liberar mi prosa al mundo.

Luego llegaron las redes sociales y cambiaron para siempre nuestra forma de comunicarnos. Hasta los más recalcitrantes acabamos cerrando nuestros blogs como se chapan los garitos con buena música a los que no va ni Dios. La década siguiente iba a sacarnos a todos de nuestros particulares chiringuitos web para sumarnos a un macro festival de cuatro escenarios, con Facebook, Youtube, Twitter e Instagram como cabezas de cartel. Y ahí llevamos más de una década.

Y eso que los escritores pronto nos dimos cuenta de que el estilo literario y humanista, lejos de atraer likes y seguidores, los repelía con más violencia que un poema de Góngora a una clase de diversificación. Yo fracasé una y otra vez tratando de usar las redes como una página donde hacer literatura culta.

Y sin embargo, fue lo mejor que pudo pasarme.

Porque gracias a ese fiasco comprendí que la cultura libresca se había convertido en un gueto. Y que años de formación humanística y lectura de los maestros me habían transformado en una especie de seminarista de un culto solo comprensible para otros iniciados.

Y yo quería escribir para mis amigos, para la gente que me caía bien, para las personas con las que trataba en la vida. Y casi ninguno de ellos participaba en esa subcultura mía, aunque algunos eran buenos lectores.

Así que fui aprendiendo a escribir en Facebook. Me curré un estilo más viral, más oral, más interactivo. Allí se estaba produciendo el experimento de comunicación social más interesante de mi siglo; una completa renovación de la expresión humana, mucho más avanzada que cualquiera que hubiera podido emerger de una disciplina artística.

En poco tiempo logré llegar al público que a mí me importaba, tanto a amigos como a otras personas que jamás se hubieran leído una de mis novelas o ensayos. Y eso me resultaba más satisfactorio que mi experiencia de novelista en el mundo editorial tradicional, que se me hacía cada vez más claustrofóbica.

Por desgracia, con el paso de los años Facebook también demostró su perversidad. Los likes se convirtieron en una droga social; la venta ilegal de nuestros datos estaba sirviendo para crear aborrecibles laboratorios de manipulación política; cambios en el algortimo redujeron a mínimos la difusión gratuita de noticias, eventos y post. Y gracias a su ingenieria fiscal, la empresa evadía millones de euros.

¿Y qué hacíamos yo y otros cuantos millones de pringados más al respecto?

Crearles los contenidos GRATIS.

Todos los días me levantaba y publicaba ahí mis mejores post de literatura, cumpliendo con la labor fundamental de su perfecto Hoompa Lompa: mantener a los usuarios el mayor tiempo posible dentro de Facebook y en ningún otro lado.

Era demasiado lamentable. Tuve que cerrar mi cuenta.

Bueno, a partir de ahora podría limitarme utilizar las redes para divertirme y promocionar, como la mayoría de autoras y autores, y dejar la GRAN obra literaria para publicarla en libro, ¿verdad?

Pues tampoco. No hay nada más penoso que perder las libertades ganadas. Y es cierto que Internet se ha ido convirtiendo en una perversa herramienta de control; pero también que gracias a Internet hemos experimentado con formas maravillosas y revolucionarias de expresión e interación que ya son nuestras para siempre.

Y por comparación, los libros son una cárcel.

A quienes reivindican la pureza del libro hay que recordarles que estos no son más que el molde tecnológico que el comercio encontró al inicio de la galaxia Gutemberg para vender impresos. Fueron las características impuestas por el libro las que moldearon las formas literarias actuales, no al reves.

La literatura rebasa las limitaciones de este objeto, igual que las artes rebasan las de un museo. Los libros son plataformas perfectas para difundir novelas y otros géneros creados… para ser libros. Pero literatura también vive vidas muy interesantes fuera de ellos.

Yo ya solo puedo meter en libros una parte de mi producción artística; no la más importante.

Y todo ello me ha llevado (¡por fin!) a reabrir mi blog.

Por otro lado ¿No es entrañable la fe de los artistas en declaraciones grandilocuentes como esta que estoy soltanto? ¿No es enternecedor ese gesto megalómano que nos lleva a proclamar a los cuatro vientos una decisión con aire rompedor, como si un post por si solo pudiera cambiar el destino de la literatura?

Sí. Yo escribo esto con la ilusión delirante de que dejéis de regalar vuestros posts en Facebook, y de que la blogosfera vuelva a florecer.

Escrit@r, deja de regalarte para que multimillonarios amasen datos y jueguen a ser Dios. Independízate de la mayor estafa cultural de nuestro tiempo. Cierra tu puto Facebook. Ábrete un blog.

O por lo menos, pásate a visitarme de vez en cuando. 😘