El teatro ha entrado en coma. ¿Entraré yo?

Desde que empezó esta mierda andaba preocupado por mi amigo Tulio, quien dirige junto a su pareja, Ixone, una compañía de teatro con éxito ascendente.

Cuando por fin me armé de valor para llamarlo, me confirmó que lo había perdido todo.

La cancelación de todas las programaciones teatrales han cercenado su futuro cercano. Meses de fechas ya cerradas, o lo que es lo mismo, el sustento de su familia para un año, cayó de un día para otro.

Y ni el gobierno ni nadie tiene idea de cuándo se abrirán de nuevo las salas, ni si el sector recibirá ayudas especiales para mantener sus constantes vitales durante los meses, y quizás años, que dure el cerrojazo.

Pues no es solo mi amigo: todo el teatro ha entrado en coma.

“Lo que más me jode es contarle esta historia a mis colegas con vidas estables y que me digan que me anime, que piense en positivo”, me dice Tulio.

Le doy la razón; la mala psicología le ha dado la excusa perfecta a gente sin empatía para cortar en seco a alguien que le cuenta penas reales: “pero no estés mal, hombre, anímate, todo va a salir bien”.

Tío, acompáñame en mi sufrimiento o deja de fingir que me escuchas.

El teatro no necesita ahora una puta taza de Mr. Wonderful: necesita cuidados intensivos. Acaba de estrellarse a 120 km/h y solo queda por determinar si vamos dejarlo en el suelo del hospital o vamos a pagarle una UCI entre todos.

Por desgracia, demasiados negocios y trabajos se han ido ya al carajo. ¿Cómo salvarlos a todos? ¿Puede el estado asumir semejante carga? ¿Y nuestra solidaridad?

Ni siquiera yo sé si estaré en condiciones de salvar a nadie; soy un autónomo que vive de la cultura, y cuando el tsunami ecónomico arrase las costas, lo voy a recibir en primera linea de playa, y con un flotador del todo a veinte duros.

A Tulio y a mí nos quedan muchas llamadas por delante para llorar nuestras miserias profesionales, mientras Amazon, Instagram y el streaming acaban de hacerse con las últimas migajas del bocadillo cultural.

Pero, pase lo que pase, nos seguiremos riendo con la boca torcida, como ya aprendimos a hacerlo durante la crisis del 2008. Ya entonces los dispensables, los prescindibles, vimos todas las puertas cerrarse y el suelo desaparecer bajo nuestros pies. Vale, no fue el fin del mundo. Pero sí fue el fin de nuestro mundo.

Y cuando por fin volvían a irnos las cosas medio bien, zasca.

Y encima la abuela de Ixone se murió la semana pasada”, me dice Tulio. “Murió sola, nadie pudo despedirla”

Joder.

Pienso que me importa la supervivencia del teatro, pero sobre todo me importa la supervivencia de Tulio e Ixone. A lo mejor, más que proteger la cultura como forma de vida, en los próximos meses deberíamos volcarnos en proteger la vida misma de la gente de la cultura.

No, no es lo mismo.

Hermana, hermano: cuida tu mente y tu cuerpo por encima de todo. Preserva tu salud y tu espíritu de cualquier cosa que pueda dañarlo demasiado, incluido el propio sueño del teatro.

Porque lo que venga en los próximos meses o años, nadie lo sabe.