Me sentí afortunado durante el confinamiento

Esta crisis me ha hecho experimentar la extraña forma de felicidad del que está a salvo; del que tiene un perro y un descampado para sacarlo; del que tiene familia y amigos por los que preocuparse, y no se asfixia con un respirador metido hasta los pulmones.

A esa forma de felicidad la llamamos sentirse afortunado.

¿Cuántas veces a lo largo de las últimas semanas yo y mis amigos nos habremos repetido lo afortunados que éramos? Y eso que mi generación siempre ha sido más de cagarse en su suerte que de dar gracias por ella; tanto que hasta hemos tenido que inventar aplicaciones de móvil para que nos enseñaran de nuevo la magia de la gratitud.

Antaño la gente se pasaba el día dando gracias a Dios, que era la manera popular de quedarse con lo bueno, precursora de la psicología positiva. Por algo la emblemática festividad protestante se llama Día de acción de gracias, y muchas culturas poseen ceremonias para agradecer la cosecha. Así se sacraliza la suerte de tener para vivir un año más.

Nuestros ancestros sabían bien que la diferencia entre una buena o mala cosecha marcaba su suerte, igual que a mí esta mierda de pandemia me ha vuelto felizmente consciente de los privilegios que me mantienen a salvo.

Por contra, en tiempos de bonanza uno tiene que esforzarse mucho más para sentirse afortunado. Como cuando te lamentas por una pequeñez y alguien te suelta eso de: “acuérdate de los niños que se mueren en África”. Y con ese zasca tus quejas quedan reducidas a lo que se ha puesto de moda llamar “problemas del primer mundo”.

Juan Cruz publicaba el pasado sábado en El País una versión más sofisticada de lo mismo, que tituló, por si a alguien se le escapaba el patetismo, “Jesús, te pido una pastilla de jabón”. Trataba de una monja que trabaja en una misión de Camerún donde la cosa está bastante cruda.

La misionera contaba que los pigmeos, de camino al río, van cantando “tenemos para comer, qué mas necesitamos para ser felices”.

El mensaje implícito para el español que lee el artículo en su tumbona de teca mientras mordisquea su donut espolvoreado de virutas de chocolate, no puede ser más claro: debes sentirte afortunado.

Cuanto más cercana sentimos la desgracia menos esfuerzo debemos realizar para empatizar; si los pigmeos no logran tu compasión, a lo mejor lo hacen las familias españolas confinadas en una sola habitación, esperando una bolsa de comida de la Cruz Roja.

Y si ni por esas, la imagen del momento sacudirá definitivamente las telarañas de tu empatía: la de los entubados, de tu mismo origen y condición, que mueren solos en la UCI.

He aquí una demencial paradoja moral: la desgracia de nuestros semejantes nos hace sentir un alivio muy parecido a la felicidad. Se llama sentirse afortunado.

Sin embargo, no hay emoción más alejada de la filosofía de nuestro tiempo. El motor de nuestra época se nutre de la insatisfacción, de un profundo inconformismo con la suerte que nos ha tocado a cada uno, y de la constante promesa de que podemos cambiarla.

Lucharemos toda nuestra vida por alcanzar el estatus y la identidad que nos prometieron que nos merecíamos, logrando por el camino toneladas de insatisfacción.

Quizás por eso fue tan extraordinario que durante un tiempo nos sintiéramos tan afortunados.

Porque durante esa brevedad se detuvo la insatisfacción.

Y hasta las estrellas pop, infatigables factorías de deseos, se unieron a la homilía mundial de acción de gracias: C.Tangana, en la última entrevista que le hizo Lorena G.Maldonado, siguió en la línea de redención pandémica que ya señalaron Ernesto Castro y Víctor Lenore:

“Durante todos estos días me he imaginado qué hubiera pasado si hubiera tenido que echar la cuarentena en las casas que tenía antes. En la que estoy ahora, en Madrid, tengo un pequeño jardincito y cuando sale un poco el sol me siento realmente afortunado”.

Mientras, al otro lado del atlántico, la actriz de Disney Sofia Carson hacía un vídeo en la cuenta oficial de Instagram. Nos llamaba a estar agradecidos si estábamos en casa, permanecíamos seguros y nos sentíamos amados. En los comentarios, la gente ponía sus razones para sentirse agradecida: “por estar vivo” “por mi familia”, “por mi salud”.

Solo faltaba el pavo.

Tangana y Carson, por supuesto, no envían un solo mensaje sin convertirlo en una promoción de si mismos. Sus intenciones, de hecho, marcan bien el momento en que los productos han dejado de intentar venderse a través de sus valores intrínsecos, exclusivos, para intentar venderse con los nuevos valores universales de solidaridad (sí, como en Navidad). A ellos se van sumando todos los vendedores, de Bankinter a Cruzcampo, y cómo no, las celebrities.

¿Pero cómo no desnudarse de los ropajes de la abundancia en medio de este llamamiento a renunciar a todo lo superfluo?

Los raiders nos suplican que dejemos de poner sus vidas en riesgo para llevarnos a casa mierdas inútiles, mientras en un país más civilizado llamado Francia el primer ministro prohíbe distribuir esa clase de bienes. Los bares, los conciertos, Tinder…

Se nos ha llamado a evitar satisfacer cualquier deseo que que no tuviéramos ya abastecido entre las cuatro paredes que nos confinan.

El gran espectáculo de la primavera ha sido un telediario desde el que, por primera vez desde que estoy vivo, se me ha pedido que no desee lo que no tengo.

Nunca un viejo millennial como yo se vio en otra semejante.

Continuará…