En lo peor de la tormenta nos sentimos culpables

En lo peor de la tormenta muchos nos hemos sentido afortunados de seguir vivos, de tener refugio, comida y algún amor que echarnos por encima. Mientras, en nuestros hospitales otros libraban la batalla.

Pero nuestro sentimiento de fortuna no podía durar más de lo que duró la creencia de que nos enfrentábamos a un desastre natural.

Smith dice que los desastres naturales no existen; que la diferencia entre quién vive y quién muere se debe a una serie de decisiones sociales, visibles e invisibles.

Dicho de otro modo: que las muertes siempre son culpa de alguien.

¿Pero de quién?

¿De Pedro Sánchez y Díaz Ayuso? ¿De tu voto?¿De mis tuits? ¿de los chinos que arrestaron al médico que iba a dar la alarma en noviembre? ¿De los que ocuparon con fusiles el capitolio de Michigan? ¿De los bots de Abascal? ¿De las autonomías? ¿Del sistema sanitario? ¿De la OMS? ¿De las estructuras de poder que se esconden bajo la superficie? ¿De los patrones de corrupción y las desigualdades no reconocidos?

Ja.

Hemos convertido este debate público en un potro para torturar conciencias. Y le repetimos al otro: esto tiene que ser culpa tuya; los desastres naturales no existen.

Aunque quizás es culpa de todos.

Porque la suerte siempre es gracias a Dios, pero el apocalpisis siempre es culpa de los hombres. Así, al completo.

Y en los tiempos oscuros el ojo comienza a ver. La oscuridad nos ilumina, que dijo Roethke.

Hay quien se atreve a preguntarse si no es nuestra destrucción de la naturaleza la responsable del Covid-19.

Invadimos los bosques tropicales, cortamos los árboles, matamos a los animales o los enjaulamos y los virus perdieron sus huéspedes naturales. Y cuando eso ocurre, los virus necesitan un nuevo huésped.

El 60% de las nuevas enfermedades que nos afectan proceden de animales, como resultado de nuestra disrupción en los bosques prístinos de la vida, informa John Vidal.

Dicho en otras palabras: el Covid-19 es King Kong.

Invadimos su selva, lo cazamos y lo trajimos encadenado hasta la metropoli. Pero rompió sus cadenas y ahora está destruyendo la civilización a puñetazos.

O también puede ser que esta teoría no sirva más que para flagelarnos, como tanto nos gusta a los judeocristianos, que diría Layla Martínez.

Y así, decir que el coronavirus son los anticuerpos que la madre Tierra ha desarrollado contra la agresión del ser humano no sea más que versionar el Antiguo Testamento en clave ecologista.

“Yo creo que el sentido de culpa le agrega otro sabor al pecado. ¡Qué cosa aburrida debe ser pecar cuando se es ateo!”, se lamentaba un personaje de Benedetti.

Mi religión dicta que la verdadera catástrofe ha sido que la humanidad contaba con los conocimientos técnicos para ahorrarle la muerte y el sufrimiento a muchas más personas. Y no lo ha logrado. Hemos fallado a muchos.

Ahora bien, ¿debería sentirme culpable por ello?

“Ni vos ni yo tenemos demasiado la culpa”, rebate Horacio a La Maga en Rayuela, “no somos adultos”.

Yo sí soy adulto, Julio. Y encima he leído a Byung-Chul, que dice que en esta sociedad quien fracasa es, además, culpable y lleva consigo esta culpa dondequiera que vaya. No hay posibilidad alguna de excusa o expiación: el día en que nos declararon libres también nos proclamaron responsables de nuestro destino.