Una añoranza plástica, de manoseo

Un titular de 2016 decía: “nadie quiere hacerse cargo de las cabinas ni de las guías telefónicas”.

El confinamiento me provoca una nostalgia de vidas callejeras de otro tiempo. Echo de menos usar y mirar cabinas, como quien desea oler unos zapatos, o se queda observando desde la esquina a dos vagabundos besándose. Es una añoranza plástica, de manoseo.

Las cabinas no son de nadie, nadie las ha amado, o son de la compañía telefónica, a la que siempre guardamos especial rencor.

Las cabinas fueron esclavizadas y más tarde retiradas.

Cuando le dije a mi madre que había que recuperar su memoria, ella se adelantó y me dijo: las detesto.

Quizás porque uno no poseía esas charlas, las alquilaba.

Todo lo que funciona con monedas impone una urgencia al peso. Y conseguir monedas siempre ha resultado muy complicado.

En realidad es increíblemente fácil conseguir monedas; solo hay que pedirlas en el banco y te venden blisters enteros con las monedas que tú quieras.

Pero en lugar de eso, nos pasamos la vida mendigándolas a los dependientes.

De ahí la angustia de quedarte sin monedas justo cuando te iba la vida en la llamada. Tras un sonoro clon el hilo se cortaba. El desamparo era tan bestial como la furia.

Las cabinas podían ser vapuleadas como muy pocos objetos de nuestra época pueden serlo.

Muchas palizas dirigidas a mujeres y hombres fueron recibidas por las cabinas que se interponían entre ellos.

Y tú y yo echamos la última moneda sin conciencia de que sería nuestra última moneda.

Manoseamos su redondez de metal acuñado y sus sobrerrelieves, y luego la dejamos caer, y nos concedió unos últimos minutos a los que no dimos importancia. O sí.

La cabina te enmarcaba igual un televisor o una Polaroid en medio del paisaje urbano. El cine se alimentó de esa belleza.

Tu imagen se traslucía tras los juegos de refracciones del cristal, y quedaba semi oculta por el detritus vertical de pintarrajeos y trozos de celulosa de pegatinas mal arrancadas.

Mil cicatrices en su carcasa atestiguaban nuestro frenesí de monos locos con la mano que quedaba libre. La otra sostenía ese auricular que era la pieza mecánica más sólida a la que nos hemos aferrado en nuestras vidas.

En las películas las cabinas sonaban. Nunca tuve la suerte de que me llamaran a una cabina. Una cabina que suena para ti por sorpresa es lo más parecido a una llamada De Dios. En España ni siquiera sé si tal cosa era posible.

El teléfono quizás sea el instrumento que más ha mediado en nuestros afectos, más incluso que la cama. La cabina marcó una etapa de nuestra historia sentimental. Quiero tocar una cabina.