Bárbara Blasco te enseña honestidad brutal

Bárbara Blasco. Fotografía de Sara Llopis

Todos tenemos pensamientos despiadados sobre los demás. No podemos evitarlo. Nadie elige las ocurrencias que asaltan su mente, solo qué hacer con ellas, y a veces ni siquiera eso; nuestros pensamientos nos manejan más que nosotros a ellos. Pero nosotros no somos nuestros pensamientos, aunque a menudo confundamos lo que pensamos con lo que somos.

Va mejor pensar que somos lo que decimos. ¿Pero lo que decimos a quién?

Para todo el atracón de hipocresía social con buenas intenciones, Dicen los síntomas, la última novela de Bárbara Blasco, es un bálsamo de hiel

La piedad, la buena educación, la empatía, nos llevan a acallar una enorme cantidad de juicios sobre nuestros más allegados y sobre la realidad misma. Hacerse adulto es, entre otras cosas, aprender a inhibirse y mostrar una versión extremadamente censurada de nuestro juicio.

Deseamos quedar bien, hacer sentir bien, y evitamos confrontar las grandes certezas y relatos de nuestra comunidad. Somos mentirosos consumados, y la mentira es buena. Mentimos para bien, nos repetimos. Y aquellos que nos espetan sus opiniones sin filtrar nos parecen, sencillamente, gilipollas.

Para todo este atracón de hipocresía social con buenas intenciones, Dicen los síntomas, el último premio Tusquets de novela escrito por Bárbara Blasco, es un bálsamo de hiel. Se trata de un libro que, como las medicinas antiguas, aplica el mal trago para la sanación.

En Dicen los síntomas somos invitados al foro interno de Virginia, la protagonista narradora que relata sus experiencias en torno a la cama de hospital de su padre comatoso. Allí ya solo se espera el fallo multiorgánico que lo mande a la tumba.

Virginia posee un excepcional talento para definir ese escenario sin ninguna piedad. Y la piedad es un gran atributo para procurar bienestar a nuestros semejantes, pero una nefasta máquina escamoteadora de las verdades más agudas que se nos ocurren. La novela de Bárbara Blasco desata una lucidez descarnada, limpia de filtros bienintencionados. Y nos manifiesta sin paños calientes los juicios sobre una familia en su momento más expuesto.

Esa poética de la honestidad brutal nos dibuja a una madre narcotizada por muchos psicofármacos, pero sobre todo por toda una vida de fingimiento y autoengaño:

Ella tiene esa forma inteligente de hacerse la estúpida, construye dobleces dentro, pequeños cajones donde guarda secretos que ella misma olvida.

Decía Holly Black que las mentiras más fáciles de contar son aquellas que desearíamos que fueran ciertas. Y el gran talento de esta madre es, precisamente, haberse hecho la estúpida durante toda una vida. La señora parece militar en esa escuela que Cristina Cifuentes llamaba “hacerse la rubia”, cuando hablaba de sus pericias políticas.

A su vez, el padre desvalido, ya a punto de ser embalsamado en una buena cobertura de mentiras piadosas, es sometido a un minucioso ajuste de cuentas en la cabeza de su hija, quien no tiene (o no parece tener) un confesor de carne y hueso con quien compartirlas.

Pero sí las comparte con el lector. Y ahí se observa la capacidad intimista de la novela para convertirse en un secreto que se hace público sin perder su aire de secreto.

Virginia es camarera y carece de poder transformador. Sin embargo, disiente de muchos relatos colectivos predominantes, como la tecnofobia, los eufemismos médicos, el tabú del dinero, la corrección política o el naturismo; también de ese marketing que los precarios le compramos al capitalismo para salvar nuestra dignidad:

Mi piso es funcional, aunque también podría definirse como deprimente.

Y ante tanta elpisis, tanto eufemismo, ama la enfermedad porque al menos es honesta:

Me gusta reflexionar acerca de las patologías, porque la mayoría de las veces me parecen más sinceros los síntomas del cuerpo que las opiniones de quienes los habitan. Porque encuentro que no hay trampa en ese lenguaje físico emancipado de la hipocresía social.

Sin embargo la suya es una disidencia íntima, como la que muchos espíritus críticos sostenemos, sin más efecto sobre el mundo que el de protegernos a nosotros mismos del arrastre de los lugares comunes. En eso nos parecemos mucho al intelectual chejoviano que definió así Nabokov:

“Sabe con exactitud lo que está bien y por qué merece la pena vivir, pero que al mismo tiempo cada vez se hunde más en el fango de una existencia monótona, infeliz en el amor, desesperadamente ineficaz en todo: un hombre bueno que no sabe hacer el bien”.

En consecuencia, Virginia tampoco se salva de sufrir la estupidez en sus citas con desconocidos, a los que procura la cortesía estipulada. Alcanza el clímax de humillación durante el sexo, cuando debe participar en una falsedad de nivel mayor, todo un despliegue de recursos dramáticos para acompañar al otro en su cachondez, en su gustarse follando.

Es que esas citas tinderelas se parecen mucho a una reunión entre comerciales. ¿Y acaso un comercial puede permitirse contradecir abiertamente a su potencial cliente?

Y cuando Virginia se atreve a romper el voto de hipocresía y manifiesta sus verdaderas opiniones. ¿Qué recibe? Rechazo. Su sociedad no le tolera disentir. A ella solo le está permitido actuar bajo las directrices férreas de una función para todos los públicos, blanca, inocua, en la que no es admisible el espíritu crítico que la distingue como sujeto.

Me pregunto si Bárbara Blasco ha compuesto sus personajes inspirada en personas de carne y hueso, en seres (no tan) queridos que pueden verse reconocidos en su novela. Si es así, hay que tener mucha valentía.

Frente a esa omerta, Virginia la camarera, la hija segundona, el polvo de una noche, ejecuta su venganza, que también se gira contra si misma: no comparte con su familia el cáncer de mama que la asoló. Y tampoco compartirá con los hombres que se folla a pelo su intención de quedarse embarazada:

Me conformo con poco, con unos genes. Normalmente soy yo quien desaparece. A menudo doy un teléfono falso, a veces un nombre falso.

Ella fantasea con la gran escena catártica de desclasificación de la verdad descarnada; aparecer embarazadísima por sorpresa en un escenario en el que solo lo previsible debe reinar: el funeral de su padre.

En definitiva, Dicen los síntomas debería poner muy nervioso a todo aquel que se identifique con Virginia. Porque la conclusión es que nuestra vida se nos está escapando por los vericuetos de la mentira social:

Y cuanto más fingimos, mejor va todo. La vida se compone en tres cuartas partes de fingimiento, un inmenso océano en el que flotan unas pocas verdades como islotes.

Si anudáramos los minutos, las horas, los días dedicados a la simulación, los saludos amables a los vecinos cuyas plantas gotean, cuyos hijos molestan, las continuas negaciones, pero qué me va a haber sentado mal a mí eso, claro que me ha gustado tu libro, compondríamos una vida que nadie sabe bien a quién pertenece, tal vez una vida colectiva, fruto de algún peaje social obligatorio.

Sí, todo ese fingimiento nos pasa factura. Tanta hipocresía acabará por curvar nuestra moral como una escolosis chunga, tras años y años de postración. Luisgé Martín lo escribió muy bien:

“No sé quién habría llegado a ser si en todos aquellos años cardinales no hubiera tenido que mentir día tras día. Tengo la impresión de que sería más afable y compasivo. De que mi neurosis no tendría los rasgos patológicos y antisociales que a veces tiene. De que mis pulsiones sexuales estarían reglamentadas con más simetría. De que no habría llegado a escribir algunos libros dolorosos que he escrito ni a concebir algunas teorías poco piadosas que defiendo cuando me dan la ocasión de hacerlo. De que sería un hombre más insignificante y más feliz de lo que soy.”

Al final me pregunto si Dicen los síntomas es pura ficción o Bárbara Blasco se ha inspirado en personas de carne y hueso, en seres (no tan) queridos que pueden verse reconocidos en su novela. Si es así, hay que tener mucha valentía. Porque soltar verdades siempre tiene consecuencias. Pero hay quienes, simplemente, no pueden evitar ver al emperador desnudo. Y para ellos asumir la hipocresía social se parece mucho al peor coma imaginable: enterarse de todo y no poder mover un solo músculo para intervenir. Solo la honestidad brutal podrá salvarles de esa tortura. Y para que algunos se liberen otros tendrán que caer.

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