La nieve es un mandala dibujado por el cielo

En la histórica nevada de enero 2021, los comercios y los trabajos de mi barrio cerraron. Tampoco se podía viajar fuera de Madrid pues los trenes dejaron de circular, también los aviones y los autobuses. Las personas ya no tienen la obligación de ir a ninguna parte, así que las calles se ven salpicadas de viandantes que han perdido sus propósitos previos, y su única misión es vivir.

Yo siento que han regalado un viaje sin viajar. Hacía mucho tiempo que no salía de Madrid, pero ahora mi barrio se ha convertido en un lugar nuevo. Una ciudad diferente ha caído del cielo en pequeñas piezas de Lego que se han ido montando cuidadosamente sobre la ciudad anterior, hasta ponerle un disfraz completo.

La diversidad de colores se ha uniformado y los pocos ruidos de la calle sin tráfico quedan amortiguados por el acolchamiento de los paquetones. El cielo refleja las luces nocturnas y dota a la noche de la brillantez que irradia el cobre de una resistencia justo después de haber sido apagada.

Pero lo que más impresiona es que la vida parece otra cosa. En mi barrio la calle ha pasado a ser propiedad de los perros, los niños y los grupos de amigos que no tienen más que hacer que disfrutar del placer de relacionarse con el entorno. El único testimonio del desastre lo dan las muchas ramas tronchadas de los árboles.

La invasión de los peatones de las calzadas da la imagen del cambio de orden. El coche, que domina el espacio urbano, ha quedado reducido a la nada bajo una gruesa mano blanca que lo aplasta contra un asfalto que ha dejado de servirle. Esa pátina con la que el motor extiende su dominio hacia los más lejanos confines de la Tierra, ha quedado oculta bajo un manto que primero acolcha y después el frío petrifica, poniendo a sus ruedas pies de cemento.

La nieve crea un tiempo de excepción, en el que los semáforos dejan de tener sentido.

En los chats de grupos cada uno da cuenta de su día excepcional. Pero la nieve de los demás parece menos excepcional que la nieve propia. Pasa como con las fotos de los hijos. En Instagram cae tal alud que annega metros y metros de timeline. Imposible transitarlo. Acaba entrando mucho frío y también hay que echarle la persiana.

El colega Shi ha pintado tags en la nieve, los mismos grafitis que suele firmar con químicos indelebles, hechos para perdurar en un muro. Pero la nieve siempre es un mandala de arena para quienes le dan forma.

Dice Internet que, entre las artes tibetanas, la pintura con arena coloreada se considera una de las más exquisitas. Millones de granos de arena coloreados se colocan minuciosamente sobre una plataforma plana durante varios días. Una vez el mandala se ha terminado, y para simbolizar la impermanencia de todo lo que existe, las arenas coloreadas son cepilladas y vertidas en un río o arroyo cercano.

La nieve es el mandala del clima, al menos en Madrid. El cielo hizo su obra de arte efímera, su ready made.

En los días siguientes La Obra va perdiendo esponjosidad y empaque. Baja como un bizcocho al que no se le ha echado la suficiente levadura. La coherencia de su manto se emborrona de roderas, y en los aledaños no transitados un caos de bloques recuerda a esas estampas catastróficas del deshielo en el Ártico. Una cama muy desecha se arremolina con sus dobleces ya sucias, impresas con las huellas de millones de madrileños en el efímero cemento de hielo. La fiesta de la blancura ha terminado. Ahora toca recoger la casa con resaca.

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