Réquiem por un árbol

Todo lo que creo destinado a morir después que yo, a efectos de mi vida, es eterno. Así que cuando se muere algo antes de tiempo, lo que se me muere es la eternidad misma.

Así viví yo el derrumbe de uno de mis árboles favoritos, arrancado de cuajo por la nevada Filomena.

El árbol sigue abandonado en la tierra congelada del parque Atenas. Los del ayuntamiento no dan abasto con el caos arbóreo. Lo he ido a visitar cada noche de temperaturas polares y le hice algunas fotos. En nuestro tiempo no suelen fotografiarse los cadáveres, excepto para denunciar la atrocidad de su muerte. Solo la muerte por atrocidad es hoy fotografiable.

Ese árbol que estaba destinado a sobrevivirme me devolvió el recuerdo de mi ahijada. Falleció de muerte súbita. Una niña sana a buen recaudo se echó una pequeña siesta, una más de su plácida existencia, y no despertó. Aquello nos dejó flotando en el vacío, sin saber muy bien cómo volver a respirar.

La familia entonces nos invitó a hacerle un pequeño recordatorio, y pensé que a lo mejor podía ponerle su nombre a una estrella. Había oído que se podía. Sin embargo, las empresas que ofrecen ese servicio no tienen nada de oficial, así que al final elegí una por mi cuenta y le dediqué un pequeño poema y una canción. Esa fue la eternidad que se me ocurrió: bautizar a una estrella con el nombre de mi ahijada para poder buscarla en el cielo, y aliviar así el sinsentido de que hubiera sido yo, y no ella, quien hubiera sobrevivido.

Ahí por primera vez busqué la belleza para hacer más soportable la muerte de lo eterno. Inventé un rito.

Los operarios tarde o temprano retirarán el árbol y harán leña del árbol caído. Todos los cuerpos orgánicos, de un modo u otro, nos convertimos en leña, reciclados por algún organismo. Nos convertimos en otras cosas y eso está bien, supongo.

Cuando le hablé a Apolonia sobre estas cosas me contó la historia de Antonio.

Antonio vivía con Chico en un piso de Madrid hasta que se marchó y solo volvió años después, aquejado de un cáncer terminal. Pasaba las horas en el sofá de Chico, devastado por los tratamientos, observando una buganvilla que crecía en una maceta. Adoraba esa planta. A veces la dibujaba. Antonio siempre tenía una leve sonrisa en el rostro. No sé qué significa esa sonrisa.

Cuando murió vertieron sus cenizas en la buganvilla y desde entonces Antonio moraba en esa maceta. Chico se hizo cargo de ella durante mucho tiempo. La bunganvilla moría todos los años pero cuando estaba a punto de tirarla a la basura volvía a florecer. Se mudó de casa en casa y siempre se la llevaba consigo.

Pasaron más años y Chico organizó un espacio teatral y adoptó la buganvilla como símbolo de lo que está muerto pero vuelve a florecer. Así era su proyecto, un órdago en medio de una época de ramas sin savia, de raíces secas. En la presentación del espacio dio su discurso con su amigo Antonio debajo del brazo, en forma de maceta, en forma de buganvilla.

Quizás yo también podría dibujar el arbol caído, igual que Antonio dibujaba la buganvilla para invocar a la vida misma. Tenía en la retina una fotografía que le hice a ese árbol en el esplendor de sus muchos días soleados, en el que los pinos y el césped bien cuidado lanzaban sus colores vivos bajo el cielo azul y la catedral de la Almudena que señorea desde su promontorio. Recorrí todo el carrete de mi Google Photos hasta que di con ella.

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