Hora de radicalizarse

Hoy me pongo el traje de fanático.

Ha llegado la hora de crear un código de conducta que me saque del mundo y me vuelva fiel a mi mismo.

Pienso mucho en los monjes, en los taoístas, en las sectas filosóficas de la Grecia Clásica, en los neorrurales.

Ansío una vida radical que me descabalgue de lo cotidiano. ¡Cuántas existencias variopintas nos estamos perdiendo!

el buen fanático sabe que la libertad no es vaciarse de restricciones, sino cambiar las restricciones impuestas por otras de su elección.

Solo hay que asomarse a la Historia para tomar conciencia de la variedad de vidas que fueron posibles.

Estamos tan encerrados en nuestros simulacros de libertad que ni siquiera nos percatamos de cuán ridícula es su oferta.

Sin embargo, un pequeña pequeña recolocación de nuestra postura en grados muy pequeños puede llevarnos, del dolor y la caída, a la belleza y la evolución. Como sucede en el yoga, la danza o la escalada.

De hecho, ya solo me interesan las revoluciones de los pequeños gestos.

Dejar la cama y dormir un año en el suelo cambia más a un adulto que hacer un viaje por el Sudeste Asiático, o cursar un máster.

Ahí veo el mayor atractivo de volverse vegano. Ese constante esfuerzo de encontrar tu forma de hacer en un entorno hostil te tiene que volver poderoso de algún modo.

Echo de menos ese fanatismo entre los míos, el fanatismo del monje zen, no el del caballero templario, no el del yihadista forrado de explosivos.

Echo de menos a mi lado al fanático que barre el suelo para no pisar las hormigas.

Y hace tiempo que siento envidia de quien cree en un dios; sobre todo de quien es capaz de tener fe en un dios de su invención. Envidio a Kinder Malo cuando mira al cielo y dice “solo le pido a Dios dinero”.

Ha llegado la hora de radicalizarse.

Pero el capitalismo conspira contra cualquier propósito disciplinario que no sea el suyo. El capitalismo es una religion monoteísta; las compritas de Amazon, los dónut de chocolate, la aspiración de hipoteca… no son más que las galletitas con formas de hueso con las que va premiando nuestra correcta respuesta al adiestramiento.

Y nos hace creer que la mayor felicidad es librarse de todas las restricciones, gozar de la mayor libertad que puede dar el dinero y la falta de responsabilidades.

(Siendo esta aspiración en la mayoría de los casos el espejismo que nos mantiene dando vueltas en la rueda del hámster).

No, el buen fanático sabe que la libertad no es vaciarse de restricciones, sino cambiar las restricciones impuestas por otras de su elección.

Me seduce la idea de que el personaje de mi vida no tenga más libertad de opciones a su disposición (ni menos) que el protagonista del videojuego GTA V.

Pero quiero ser yo quien diseñe el videojuego, claro.

He sido un náufrago de las supuestas posibilidades infinitas del capitalismo. Pero la pandemia me ha enseñado la cara luminosa de los límites.

Y ahora veo más revolución en renunciar al turismo y quedarme para siempre en la comarca (como hacían los antepasados cuando solo se viajaba para hacer la guerra o comerciar), que en recorrer el mundo en vacaciones.

Ahora veo más revolución en renunciar a las compras en Internet que en deleitarme con la variedad infinita del catálogo de AliExpress.

Ahora veo más revolución en viajar a pie, sin más equipaje que unos enseres mínimos. Quiero abrazar el delirio de jornadas de sed, de frío y perros ladrando a mis espaldas, mientras atravieso fincas y tierras sin caminos.

Toda esta radicalidad debería llevarme a un espacio mental nuevo.

Y transformar el adentro es transformar el único afuera que jamás vamos a tener a nuestra disposición, que es el afuera tal y como resuena dentro de nosotros.

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