¿Con la comida no se juega?

Rafaela la Niña ya se ha aburrido de su helado de tres sabores y lo aplana con la cucharilla hasta formar un paisaje glaciar, en el que la fresa es la montaña, el chocolate es el mar y la playa es el mango.

-Rafaela, no juegues con la comida- dice Apolonia la Madre.

Nos quedamos un rato en silencio. Es sábado noche en Tirso de Molina y nos hemos sentado tras las cristaleras de la Heladería Patagonia. Somos maniquíes vivos que devuelven las miradas a los guapos que pasan rápido hacia sus citas.

No jugamos con la comida por respeto a los que no la tienen. -digo yo, con la vista puesta en un hombre con aspecto de fugitivo que mea entre los contenedores-. Tratamos la comida como algo valioso porque es algo valioso si no tienes que comer.

Qué pena- dice Rafaela.

Yo nunca había pensado antes en el asunto. Pero es verdad que es una escena que ofende el instinto, la de alguien armando con la comida.

Por otro lado, si no te comes un helado, desaparece. Y si lo comes antes de tiempo, puede provocarte una descarga en las encías. Hay que escoger bien el momento de lamerlo, que no es el mismo que el de morderlo, y hay que saber cuándo darse prisa y también cuando esperar a que recupere la cremosidad si se encuentra demasiado congelado. El helado sí es una comida-juego, podría uno alegar.

Ahora los glaciares del helado de Rafaela han comenzado a derretirse, igual los glaciares reales de La Patagonia. Su tarrina se ha convertido en una maqueta animada del paisaje antártico del siglo XXI. Asistimos a su calentamiento global con la misma despreocupación.

“Con la comida no se juega”

¿Por qué? ¿Es qué acaso no deberíamos poder jugar siempre, con todo?

Claro que no, niña. Hay cosas serias, la comida es seria.

Ayer recibí un correo de la ONG Avaaz titulado “Los niños de Yemen no lloran”. La imagen de un esqueletito con pellejo al borde de la muerte ilustraba la petición de ayuda alimentaria.

Doné unos euros y al momento apareció una imagen del mismo niño pero en una camilla de hospital junto a su madre, ya recuperado y sonriente. Mi donación había transmutado al espectro famélico en un niño sano como por arte de birbirbirloque. Aquella lógica de videojuego, de tragaperras humanitaria, me repugnó. Parece que con las mentes sí se juega, pero por una buena causa.

Con el hambre no.

En China clavar los palillos en el arroz se considera de mala educación porque recuerda a sus ofrendas funerarias de palos de incienso. Con la comida no hay performance posible; porque la comida que remueve un niño es la misma que horas después un arrapado rescatará de la basura (ya no hay desarrapados en Occidente, todos los buscadores de la basura van bien arrapados, hay más ropa que comida a su disposición, habría que pensar en eso también). Del contenedor, a la boca.

Mientras, en la Heladería La Patagonia, hemos entrado en ese tiempo suspendido en el que dos adultos fingen esperar a que un niño se termine una comida que todos saben que se va a quedar en el plato.

Me distraigo con Yahoo Respuestas; una mujer dice: “es pecado jugar con la comida, aqui donde vivo, el 70% son indigenas en pobreza extrema y su comida consiste en taco de sal”.

(Atención: se conecta desde lugar donde comen piedras)

Pero la mayoría de los foreros son hijos del desarrollo que, embebidos de pedagogía, celebran el juego e inciden en que, mientras los zagales se lo coman, bienvenido sea. Así pues, con la comida sí se juega mientras se lo coman. Lo que no se puede es destrozar comida, hacer visible el desprecio a la abundancia, y el sagrado trabajo de los cocineros.

Porque muchos cocineros, sobre todo los domésticos, le echan amor a la comida, y con el amor tampoco se juega.

La tolerancia al juego tampoco se aplica cuando la comida sigue viva. Todos hemos visto a un gato torturar a una presa por pura diversión antes de comérsela. Y también a un torero. Y en general no nos gusta, aunque insistan en hacerlo de una forma estética y ceremoniosa.

La comida se presta a sentencias rotundas, inapelables: la comida no se tira, con la comida no se juega. Todas con la misma severidad, el mismo rigor. NO.

Sin embargo, si uno inspecciona los contenedores de un restaurante observa la tripa del Leviatán. Ahí la comida ha perdido toda inmunidad, se ha convertido en basura. Una vez declarada basura, uno puede hacer con la comida lo que le dé la gana.

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