Las mil formas de “mentir” en español

Hay tantas formas de engañar como sinónimos de mentir, casi tantas como palabras tienen los esquimales para nombrar el blanco.

Camelar es cuando te seducen a ritmo gitano. Aunque sean de raíces distintas mi mente siempre quiere leerla como caramelar, mezcla de camelar y acaramelar, algo así como camelar acaramelándose. Quien es camelado se vuelve caramelo para el que camela, que se lo mete en la boca y lo chupa hasta hacerlo desaparecer.

Como mentira, estafar tiene la claridad de un delito tipificado en el código penal. Aunque sean de raíces distintas mi mente tiene a confundirla con estofar, de manera que a quien es estafado lo veo cocinándose en su propio jugo, normalmente a fuego lento. Cuando la tapa se abre ya es demasiado tarde; nos han convertido en guiso para los estómagos de nuestros estofadores. Piezas habituales de sus ollas son la ancianidad gagá, los analfabetos funcionales, los estúpidos codiciosos y algunas almas buenas de Sichuan.

Los embaucadores te quieren meter en algún marrón que disfrazan con la apariencia de lo que te conviene. Aunque sean de raíces distintas mi mente quiere leerla como bucanero, de manera que para mí el embaucador se ve rodeado de mar, nubes de pólvora y crujientes maderos apetrados por los paños tensos del velamen. Las rápidas embarcaciones embaucaneras ganan a nuestras torpes maniobras por zafarnos de sus andanadas de filfas, cuyas espesas nubes de confusión acaban ocultando cualquier sol de clarividencia. El embaucanero, más que engañarte, te aturde con patrañas hasta dejarte tan grogui que luego ya puede hacer contigo lo que quiera.

Los hay que te tangan con mentiras elásticas que se te meten por la raja del culo; los hay difamadores, que dan mala fama falsa a quien no la merece, y se asemejan a los calumniantes, rumiantes con tres estómagos de libelos listos para ser regurgitados en la oreja del crédulo mejor dispuesto. Quien malmete también engaña, a si mismo el primero, dando por buenas obsesiones que le llevan tan lejos de la verdad como a los peliculeros que fantasean con sus exageraciones una vida más dramática y emocionante, pero solo para ellos. Suma y sigue. Si dijera que aquí se agota el léxico castellano de la trola, os estaría timando.

Normalmente se considera la capacidad de mentir un signo de inteligencias superiores, pero según Mancuso, el neurobiólogo italiano, hasta las plantas nos engañan; el centeno empezó a imitar el aspecto de la semilla de trigo para engañar a los humanos que así lo plantaban junto a su cereal favorito. ¿Y qué es el camuflaje de cualquier bicho sino una mentira visual? Nuestros perros, las mascotas más fieles y nobles, se convierten rápido en unos trileros del chantaje emocional, por no hablar de nuestros hijos, capaces de manipular nuestros corazones desde su más tierna infancia.

Así que, o cambiamos el concepto de inteligencia y decidimos que el centeno, los perros y los bebes son, en verdad, muy inteligentes, o cambiamos el concepto de mentira, y declaramos que quien vive, simplemente, miente.

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